Cuando
Rafael acude a Roma a petición de
Julio II y sugerencia de su paisano
Bramante, la primera ocupación de Rafael es la decoración al fresco de las Estancias, situadas sobre los Apartamentos Borgia que en el Castillo Vaticano había pintado
Pinturicchio para
Alejandro VI. Bajo la bóveda de crucería que habían comenzado a pintar poco antes
Sodoma y
Bramantino, comenzó en 1508, finalizándola en 151, la Sala llamada de la Signatura, así conocida por utilizarse para la firma de los decretos de gracia. En la bóveda fijó primero la temática cuádruple que luego desarrollaría en los muros, la Teología, Filosofía, Poesía y Justicia, que le dan pie para los grandes murales de la Disputa del Sacramento, o Triunfo de la Eucaristía, de amplísimo escenario dividido en estratos para separar el cielo con la Trinidad y los Santos de la asamblea de los fieles en torno a la custodia, entre los que incluye retratos. A la Filosofía y a los filósofos del pensamiento antiguo dedica el monumental fresco de la
Escuela de Atenas, bajo las grandiosas bóvedas bramantescas que emulan las del legado romano, presidiendo
Platón,(con rostro de
Leonardo) y
Aristóteles, entre los que se reconocen retratos de Bramante como
Euclides,
Miguel Angel (Heráclito),
Sodoma y el propio Rafael. En los restantes muros, el Parnaso,
Dante incluido, y las Virtudes.
La contigua Estancia le tuvo ocupado otros tres años, hasta 1514, denominada de Heliodoro por ser su tema representativo la Expulsión del Templo del sacrílego general, que se inscribe en otro grandioso espacio abovedado. La Misa de Bolsena, que dio pie a la institución de la fiesta del Corpus, se narra en otro mural con retrato del Papa Julio II y el grupo tan llamativo de los guardias suizos de rodillas. San León deteniendo a Atila a las puertas de Roma y el sorprendente nocturno de la Liberación de San Pedro comparan con episodios medievales la actuación presente del pontífice.
La tercera Estancia llamada del Incendio (1514) por la pintura del
incendio del Borgo vaticano en los días de
León IV, exalta la protección del papado sobre la Iglesia y es la única de esta sala en que intervino Rafael, ya inclinado a introducir esguinces protomanieristas, en desviar a un costado a los protagonistas, desarticulando la simetría e introduciendo buen número de desnudos miguelangelescos, en la que le secundó
Giulio Romano.
Además de las tres Estancias (la cuarta o de Constantino ya es obra de sus continuadores), Rafael dirigió la suntuosa decoración al fresco y estucos de las Logias situadas en la tercera planta del bramantesco Patio de San Dámaso, donde le secundaron sus ayudantes en desglosar en los recuadros de las bóvedas los numerosos episodios de la llamada Biblia de Rafael, concluida hacia 1518.
Otra de las empresas más singulares acometidas por Rafael, esta vez encargo de
León X, fue la de pintar desde 1514 diez cartones para tejer otros tantos tapices en la manufactura de Bruselas, con episodios extraídos de los Hechos de los Apóstoles, con objeto de recubrir los zócalos de la Capilla Sixtina, bajo las historias de Cristo y Moisés pintadas para Sixto IV por
Botticelli y
Perugino con otros pintores florentinos y umbros cuya escala menuda quedaba minimizada por la bóveda recién pintada por Miguel Angel. No todos los cartones originales se conservan en el Museo Victoria y Alberto de Londres, pero por ellos se ha tejido la serie muchas veces. La príncipe fue obra del tapicero Pieter van Aelst, ayudado en Bruselas por el pintor
Van Orley. Constituyen, por la monumentalidad de las figuras y la composición, uno de los mayores aciertos del
Clasicismo, hasta han sido comparados con
Fidias.
No faltó en esta activísima etapa romana el cultivo de temas de la mitología. La ocasión la tuvo en la decoración de la
Villa Farnesina que el banquero Agostino Chigi había hecho construir a
Peruzzi, quien también pintó en ella. Rafael realizó para esta mansión nupcial
El triunfo de Galatea (1511) y la logia de Psique y Cupido (h. 1517-1518), de sensual ambiente inspirado en el Asno de Oro de Apuleyo.
También produjo Rafael en sus años romanos otra galería de retratos, logradísimos estudios de psicologías muy diferentes:
Julio II (Londres), El Cardenal (Prado) o
Baltasar de Castiglione (Louvre). No desmerecen los femeninos como los de
La Fornarina (Galería Nacional, Roma), la panadera que fue su amante y modelo, o La donna velata (Pitti, Florencia). Cultivó el retrato doble, que luego continuarían
Holbein y
Van Dyck, como el de A. Navagero y A. Beazzano, contertulios suyos (Galería Doria Pamphili, Roma), o el Autorretrato con su maestro de esgrima (Louvre), e incluso el triple, el papa León X con los cardenales Julio de Médicis y Luis de Rossi (Uffizi), vistos con oblicuidad
manierista.
Tan numerosa como la serie de Madonnas de los días florentinos, pero transportadas a una grandiosidad más espectacular, es la que llevó a cabo en Roma, muchas veces con ayuda de su equipo. Citemos entre otras la Madonna de Alba (Washington), influida por el
Tondo Doni de Buonarroti, la Virgen de la Silla (Pitti), las del Pez y de la Rosa (Prado) o la más monumental, la
Madonna Sixtina (Dresde). El Prado posee además de otras Sagradas Familias y una Visitación compartidas con Giulio Romano y
Penni, el llamado Pasmo de Sicilia o Cristo camino del Calvario, que influyó sobre la pintura barroca española.
Colofón a esta frenética actividad romana es el gran lienzo de la
Transfiguración, encargada en 1517 por el cardenal Julio de Médicis con destino a la catedral de Narbona, que el artista no pudo terminar al sorprenderle la muerte en 1520. Como este cuadro se pintaba paralelamente al de la Resurrección de Lázaro que el mismo cardenal encargó al veneciano
Sebastiano del Piombo, y a éste le asesoraba Miguel Angel, los contemporáneos vieron en ellos un pugilato entre los dos colosos. Dos episodios separados en los Evangelios se superponen: arriba, la nívea transfiguración de Cristo entre Moisés y Elías ante los asombrados tres Apóstoles predilectos; abajo, el milagro del niño endemoniado ante el resto de los discípulos. La partición en dos estratos, la gesticulación de manos y la hélice a que somete a la madre del muchacho, pregonan la consolidación del manierismo naciente en esta postrera pintura de Rafael, la que presidió inacabada sus funerales (Pinacoteca Vaticana).