Inicialmente tallada para el palacio de F. Berio en Nápoles, esta obra de
Canova, el más importante escultor italiano de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, ilustra adecuadamente, como otras obras suyas de este período, su vinculación teórica con las ideas de
Winckelmann, no sólo en cuanto a la imitación analógica de las estatuas griegas, a las que como señalaba el erudito alemán había que imitarlas para alcanzar a ser inimitables, sino también en relación al método de realización, abocetando fogosamente y realizando con flema, procedimiento seguido ejemplarmente por Canova. Conviene recordar también que este grupo es poco anterior a una de las obras más meditadas y simbólicas de Canova, el Perseo, verdadera recreación del ideal de la escultura clásica que Winckelmann veía en el Apolo del Belvedere.