Los devastadores efectos provocados por las
bombas de la aviación alemana fueron más psicológicos que materiales. No obstante, el miedo de la población a ser atacada con gases tóxicos indujo al gobierno de
Churchill a repartir máscaras antigás, tanto entre los civiles como entre los servicios especiales (SS), unidades de defensa civil, bomberos, ambulancias, etc. Portada en una bolsa bajo el brazo, era manejable y ligera, y permitía la instalación de un micrófono para contactar con el exterior.