Desde los micrófonos, Iva Ikuko, más conocida como la Rosa de Tokio, se encargó de llevar a cabo una
labor propagandística a favor de los japoneses. Hija de japoneses, su objetivo era acabar con la moral de los aliados. Trabajaba en una emisora japonesa y gracias a un
prisionero de guerra norteamericano que le enseñó los secretos de este oficio logró hacer llegar a las tropas estadounidenses con mensajes negativos que mermaban su moral. En 1948 fue sometida a juicio y condenada a una década de prisión y una sanción monetaria. En 1977 obtuvo el perdón del presidente
Ford y se retiró a Chicago.