Domenech realizó para el Orfeón Catalán una obra muy representativa del
sentir y del pensar cultural de Cataluña. El arquitecto pone los medios
tanto racionales (estructura metálica que somete un solar irregular y
permite calar los muros envolventes) como orgánicos (fusión unitaria sala
-palcos flotantes-escenario) , para que se integren todas las artes en un
auténtico manifiesto del Modernisme y del orgullo nacionalista hermanado
con la cultura universal: vidrieras de la firma Rigalt, Granell & Cía;
mosaicos de Lluís Bru; esculturas de Eusebi Arnau; grupo exterior
alegórico de la Canción popular, de
Miquel Blay; bustos
interiores sobre Clavé,
Beethoven y grupo de walkirias,
alusivos a la música popular propia y romántica extranjera, obra de
P.
Gargallo.
El Palacio de la Música Catalana es síntesis del
momento
cultural, lugar simbólico -de creación y de vida- donde
confluyen las actitudes que conformaron la época. Para ello, todo un
recorrido iconográfico: en el interior hay una permanente consagración de
la Primavera presidida por la claraboya -la luz que se desgrana en llamas,
nubes y ángeles-. En él todo tiene cabida: Oriente y Occidente, lo primitivo-
la cançò popular- y la contemporaneidad -
Wagner-, lo
autóctono y lo universal. El simbolismo decorativo señala el optimismo de
una burguesía que, recuperada su identidad política, se reconoce también
en el universalismo y la intemporalidad de la música.
El edificio fue reformado entre 1982 y 1990 según un proyecto de Oscar
Thusquets y Lluís Clotet.