La primavera de 1887 supone para Van Gogh una absorción clara de las influencias del
Impresionismo y de los artistas "independientes" que trabajaban en
París. Quizá sea este momento su única experiencia con el
Puntillismo, siguiendo al joven
Signac con quien mantenía una estrecha amistad. Los contrastes cromáticos son en esta ocasión tremendamente pronunciados, interesándose por encontrar los colores complementarios, alejándose de las tonalidades originales de los edificios. El color es aplicado a través de pequeños toques de pincel, como si se tratasen de puntos o comas. Vincent va experimentando hasta encontrar un estilo totalmente personal.