Al mismo tiempo que
Clístenes instaura la
democracia en
Atenas, las ciudades de Jonia se ven amenazadas por el persa
Darío I. La guerra se salda con la caída de
Mileto y otras poleis, cuyas poblaciones son masacradas. En el año 490 a.C., el ateniense
Milcíades vence en Maratón en el curso de la Primera Guerra Persa.
Diez años más tarde se declara la Segunda, en la que el persa
Jerjes comanda un ejército y una flota espectaculares. La tenaz resistencia de Atenas y sus aliados no servirá para evitar las derrotas del espartano
Leónidas en las Termópilas y de la flota griega en el cabo Artemision. Sin embargo, y pese a saquear Atenas, los persas pierden desastrosamente en Salamina frente a los barcos del griego
Temístocles. Envalentonada, la flota griega persigue a la persa y consigue devolver la independencia a algunas poleis de Jonia.
Al mismo tiempo, el mundo griego se va a ver amenazado por otra potencia emergente, esta vez en el Mediterráneo Occidental. Desde mediados del siglo VI a.C. los cartagineses van manifestando su ansia expansiva y, en el 480, intentarán conquistar Sicilia, siendo derrotados por una coalición comandad por el tirano Gelón de Siracusa.
En el 478 a.C Atenas promueve una alianza con sede en el santuario de Apolo en
Delos, la Liga Delio-Ática, con el objetivo de liberar a las poleis griegas del yugo persa y ofrecer resistencia a cualquier agresión exterior. Atenas se encuentra en la cumbre de su poder: internamente ha desarrollado un
sistema político democrático mientras, en el exterior, sigue un programa expansionista. A mediados del siglo V
Pericles sucede a
Cimón, llevando a cabo un amplio programa de gobierno que situará a Atenas a la cabeza del mundo clásico.
Firmada la paz con los persas en 449 a.C., la Liga, bajo hegemonía ateniense, es utilizada en contra de sus enemigos. Primero cae
Egina; los siguientes objetivos serán
Corinto, Megara y
Esparta, la gran rival.
Atenas vive su mejor momento, tanto económico como militar. La plata de las minas de
Laurion y el acceso privilegiado a los distritos mineros del norte del Egeo le procuran grandes riquezas. Su comercio se desarrolla favorablemente en todo el Mediterráneo, sin apenas competencia.
Sin embargo, el imperialismo político y militar de los atenienses provocará la Guerra del Peloponeso, que durará treinta años y terminará con la derrota de Atenas, que pasa el último decenio del siglo V bajo efímeros gobiernos oligárquicos.
El siglo IV a.C. conoce un estado de conflicto permanente en el mundo helénico, que sufre las consecuencias de la reciente guerra. Esparta y Tebas se sitúan de manera efímera como potencias dominantes, Atenas es ocupada de manera intermitentes y es frecuente la cristalización de alianzas o ligas.
En el Mediterráneo Occidental cada vez toma más cuerpo un distanciamiento respecto a las metrópolis. Las antiguas colonias toman conciencia de su propia identidad y fuerza, frente al cercano enemigo cartaginés, que ha asolado poleis como
Selinunte, Himera, Gela o Camarina. No sólo los púnicos, también los pueblos itálicos amenazan la prosperidad de las ciudades helenas.
Esparta se siente ahora con fuerzas como para contestar la presencia persa en Jonia. Los espartanos se benefician del estado de división en que están sumidos los persas, estando enfrentados
Artajerjes y
Ciro II.
Esparta consigue afirmar su hegemonía durante algunos decenios, pero será vencida y sustituida alternativamente por
Atenas y Tebas, una potencia emergente. El estado de profunda división y guerras interminables en que están sumidas las poleis griegas favorecerá la
entrada de una potencia periférica, Macedonia, desde el norte.