Nunca existió en Grecia una casta sacerdotal que elaborara y ordenara los asuntos religiosos. Serán los
poetas las máximas autoridades en materia religiosa. Cada ciudad rendía su homenaje a los dioses a través de los sacrificios, los himnos, las procesiones, los certámenes y los concursos gimnásticos. Algunas de estas fiestas revestían un carácter supranacional como las celebraciones y certámenes que se celebraban cada cuatro años en torno al santuario de Zeus en
Olimpia o las llamadas Pitias, que tenían lugar en el santuario de Apolo en
Delfos. Se decretaba una tregua durante el tiempo de las fiestas y los juegos que se desarrollaban, compitiendo los mejores atletas, músicos, poetas, etc. por obtener el triunfo. En Atenas se celebraban también cada cuatro años las Grandes Panateneas, que culminaba con la ofrenda del
peplo nuevo a la diosa, tal y como se representan en los frisos del Partenón.
Los
dioses olímpicos viven lejos y no se ocupan demasiado de los asuntos humanos. Esa es la sensación que tendrán los griegos en un momento de crisis religiosa como lo fue el siglo IV a. C. y el posterior
helenismo. Los dioses se hicieron más lejanos y resultaba más difícil encontrarlos y dialogar con ellos. Esa es la razón por la que en época helenística los hombres tuvieran la esperanza de encontrar dioses más cercanos a los olímpicos, dioses que bajaran a la tierra. Los nuevos monarcas helenísticos, inspirándose en el modelo oriental que adopta
Alejandro, acabarán convirtiéndose en los nuevos dioses hechos de carne y hueso que el hombre anhelaba desde antiguo. Estas crisis religiosas motivaban el desarrollo de
oráculos y presagios, siendo el más famoso el de Apolo en
Delfos donde la Pitonisa servía de transmisión de las respuestas del dios que serían interpretadas por los sacerdotes del templo. La joven pitonisa mascaba laurel y algún alucinógeno que provocaba el éxtasis y el encuentro con Apolo.