Los fieles que acudían a
Roma a visitar los sepulcros de los apóstoles
san Pedro y
san Pablo, aparte de las numerosas basílicas que albergaban los restos de infinidad de
santos y mártires, estaban reafirmando consciente e inconscientemente el papel de la urbe como cabeza de la Cristiandad. Sin duda, la
consolidación de la primacía pontificia debió mucho a estos viajes. Centro asimismo de la peregrinación expiatoria, por albergar al
Papa y a la
curia, el apogeo religioso de la ciudad se alcanzó sin duda en 1300, cuando
Bonifacio VIII proclamó el año jubilar, concediendo a todos los
peregrinos la tan deseada indulgencia plenaria.