Veronés se deja seducir en esta escena por el
Manierismo, al recurrir a esos fuertes y marcados escorzos -especialmente el del ángel- y a los tonos anaranjados. La composición se enmarca en una clara diagonal que abarca la superficie vertical del lienzo, anticipándose al
Barroco. Las expresiones de las figuras también son una preocupación para el maestro, como ocurre en
Jesús y el centurión.