Discípulo de
Ludovico Carracci, Guido Reni se reveló, desde su llegada a Roma en 1602, de más temperamento que ningún otro "incamminato" y con una mayor autonomía en sus relaciones con
Annibale, adoptando desde un principio posiciones orgullosas y competitivas con sus colegas, sobremanera con
Domenichino y Albani. Protegido por Pablo V y por el cardenal Scipione Borghese, a más de por el cardenal Sfondrato, de los que obtuvo importantes encargos, mantuvo una actitud de constante búsqueda expresiva y una voluntad de abierto cotejo lingüístico con otras propuestas del panorama romano coetáneo, especialmente con la poética caravaggiesca. Reni dio del clasicismo la interpretación más convincente, la más integral, donde el estudio de
Raffaello, de
Correggio, de la estatuaria antigua, es enunciado de un modo programático con los pinceles: equilibradísima composición, elegantes cadencias rítmicas, calidades luminosas y color transparente. Su ideal de perfección y belleza del cuerpo humano, unido a sus criterios estéticos de gracia, los expuso de modo magistral en este San Sebastián. Reni define su poética ya del todo formada, más lírica que la de cualquier otro de los clasicistas, consistente en el culto de la idea que se manifiesta en la relación dialéctica entre naturaleza y regla clásica.