Para el retablo mayor de la iglesia del Convento de Agustinas Recoletas de Monterrey en Salamanca pintó Ribera esta excepcional Inmaculada Concepción por encargo del entonces Virrey de Nápoles, don Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey. Con esta obra el maestro valenciano rompe con la severidad tradicional de las Inmaculadas españolas hasta ese momento, representadas por
Pacheco,
Velázquez o
Zurbarán. Ribera sigue el prototipo empleado por
Lanfranco para la iglesia romana de los Capuchinos, aunque también toma algunos modelos de
Guido Reni, demostrando su admiración hacia las obras de
la escuela boloñesa liderada por
Carracci. Sin embargo, a pesar de las fuentes de inspiración, el valenciano realiza una obra totalmente personal, adaptando los modelos italianos a la espiritualidad propia del
Barroco español. La Virgen aparece envuelta en un amplio manto azul, vistiendo túnica blanca -siguiendo la visión de Santa Brígida de Suecia, recomendada iconográficamente por Pacheco- y pisando la media luna como símbolo de dominio sobre el infiel. Un grupo de angelitos forma un semicírculo en la zona baja y porta los atributos marianos: la palma, la rama de olivo, rosas, lirios o el espejo. En la zona baja de la composición contemplamos dos ángeles mancebos que dirigen su tierna mirada hacia María mientras que en la zona superior se advierte la escorzada figura del Padre Eterno, rodeado de ángeles y acompañado por la paloma del Espíritu Santo. En la composición contrasta el dinamismo de todas las figuras respecto a la Virgen, cuyas manos se cruzan en el pecho y su mirada se eleva hacia Dios Padre. Ribera ha abandonado cualquier referencia al
tenebrismo de
Caravaggio e inicia una etapa caracterizada por el pictoricismo y el luminismo, dentro del más absoluto barroco colorista. Carl Justi llegó a decir que "eclipsa (...) todo lo que
Murillo, el
Guido (Reni) y
Rubens han obtenido en sus interpretaciones de este asunto".