El pintor noruego realiza un segundo viaje a la capital francesa en 1889, donde conoce la obra de
Signac y
Seurat y experimenta la técnica pictórica de los puntillistas. Es a partir de esta segunda estancia en París cuando Munch enuncia las nuevas bases de su pintura, alejándose ya de los conocimientos adquiridos de los artistas franceses para empezar a representar "seres humanos vivos, que respiran, sienten, sufren y aman" acercándose así, paulatinamente, al expresionismo.