Aunque muy influida su obra religiosa por
Rubens, en esta efigie oficial
Crayer sigue los esquemas del retrato de corte, ya fijados por
Pourbus y
Moro. En clave áulica, bastante teatral, sitúa al personaje de pie, junto a una mesa de respeto y contra un fondo con columna y cortinaje, que se abre a un profundo paisaje. Esplendorosa sinfonía de rojos, el artista centra su atención en las texturas de los diferentes tejidos (cortina, mantel, alfombra y traje cardenalicio). Sin duda, se retrató al individuo, pero también se proyectó la imagen del Estado.