En plena efervescencia el asunto de
los cuadros de las Facultades, Klimt abandonó Viena durante el verano para trasladarse a las orillas de lago Atter, su lugar favorito para hacer paisajes y olvidarse así de los cuadros "oficiales". El resultado de estas estancias veraniegas lo podemos observar en este excelente paisaje, donde observamos la influencia del
puntillismo de
Signac y
Seurat en la manera de aplicar el color. Las tonalidades verdes dominan el conjunto, mostrando una amplia variedad de matices cromáticos, salpicados de otros colores como el blanco, rojo, malva o marrón, creando un efecto decorativista que recuerda a los mosaicos de Ravena y anticipa la etapa denominada caleidoscópica. Las líneas desaparecen ante el peso del color y aunque Klimt parte del
impresionismo, no se interesa por asuntos atmosféricos ni lumínicos sino por mostrar la naturaleza en toda su extensión.La disposición de los árboles en el tupido prado crea el efecto de perspectiva, dificultando con sus copas la visión del horizonte y del cielo, ligeramente presente. El resultado es una obra de gran impacto visual que contrasta con la época dorada que se impondrá en estos momentos, como observamos en el retrato de
Adele Bloch-Bauer.