Los primeros años de la producción artística de Manet están marcados por la vena
realista que muestra en sus obras. Habitualmente emplea figuras aisladas, en las que se aprecian ecos del
Barroco español. No debemos olvidar que el artista se sintió sorprendido por la pintura española en sus visitas al
Louvre, a lo que se añade la afición por lo español que existió en Francia durante el
Romanticismo. Por eso, este pequeño sujetando una gran espada nos recuerda a la etapa sevillana de
Velázquez, cuando el
naturalismo tenebrista definía sus escenas. Manet sitúa la figura sobre un fondo neutro y recurre a utilizar diferentes tonalidades para diferenciar la zona del suelo y de la pared. Así otorga volumen al niño, cuyo modelo sería Léon Köella Leenhoof, el hijo de Suzanne Leenhoof y supuestamente de Manet. Ya lo empleó en una postura similar en la obra
Caballeros españoles, volviendo a unificar lo antiguo con lo contemporáneo, recurso muy habitual en aquellas fechas. Las grandes dotes como dibujante de Manet, aprendidas en el taller de
Couture, se ponen claramente de manifiesto en el rostro, las manos o la espada. Respecto a los colores, le interesan los contrastes, eliminando las tintas medias, es decir, pasa de un tono oscuro (negro o marrón) a uno claro (blanco) sin emplear tonos intermedios, como se hacía hasta entonces. Esta novedad pudo estar motivada por la influencia de la estampa japonesa que se aprecia en todos los artistas del
Impresionismo. La pincelada empleada recuerda a
Courbet, detallista - zapatos, golilla, espada - y algo más rápida - cinturón -. El empleo del fuerte foco de luz procedente de la izquierda ayuda a crear volúmenes y espacio.