En la década de 1660 Rembrandt realizó una serie de apóstoles y evangelistas entre los que se incluye el
Autorretrato como San Pablo y este San Mateo que contemplamos. Siguiendo la tradición
naturalista iniciada por
Caravaggio y continuada por
Ribera, Rembrandt representa a los santos como figuras reales, identificándose en este caso el ángel con su hijo
Titus. Esta es la razón por la que la escena parece más terrenal. San Mateo se presenta como un hombre de edad avanzada, con barbas blancas, muy semejante a las figuras que el maestro realizaba durante su periodo de Leiden como
Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén. La diferencia la encontramos en la forma de trabajar ya que Rembrandt aplica el color a base de pinceladas sueltas, casi manchas, obteniendo una sensación atmosférica inspirada en
Tiziano. Gracias a la iluminación dorada podemos observar la mirada y el gesto del evangelista, así como sus manos que escriben por inspiración divina a través del ángel que le susurra al oído. Detrás de las figuras, la oscuridad, la sombra. El
Apóstol Simón y el
Apóstol Bartolomé posiblemente formaran parte de esta serie.