Durante los años de estancia en Italia, Degas se entusiasmó con la obra de
Mantegna, uno de los pintores
quattrocentistas más preocupados por la figura humana. Fruto de esta devoción surge la copia del Calvario, captado en sus líneas generales sin ofrecernos la minuciosidad del italiano. El mismo pintor comentó en alguna ocasión que "quería buscar el espíritu de Mantegna con el colorido de
Veronés".