Igual que
San Gregorio Magno, San Agustín se nos presenta sentado y escribiendo, sosteniendo el pesado libro sobre sus rodillas. Eleva su cabeza tocada con mitra papal hacia el cielo, buscando la inspiración divina que dicte sus escritos teológicos. La composición de la escena es claramente piramidal, muy del gusto
neoclásico imperante en aquellos momentos, al igual que la monumentalidad de la figura, inspirada en la escultura
renacentista. Algunos especialistas encuentran ecos de
Murillo en toda la serie. Lo más sorprendente es la técnica empleada por Goya, similar a la de los frescos de
San Antonio de la Florida, apreciándose claramente los rápidos toques del pincel, situándose muy cerca del estilo
impresionista que se impondrá casi un siglo después. La iluminación resalta la volumetría del santo, esculpiendo su figura de entre las oscuridades del fondo.