San Ambrosio es quizá el más oscuro de los cuatro santos Padres de la Iglesia que Goya pintó en las pechinas de la iglesia de San Juan de Calatayud. Exhibe su monumentalidad adaptándose al marco perfectamente, creando un sensacional efecto de perspectiva reforzado por su mano alzada. El joven maestro continúa las enseñanzas de
José Luzán, trabajando en un barroco efectista relacionado con lo que se estaba haciendo en Italia, cuyo máximo representante, Giovanni Battista Tiepolo, desarrolló en la corte madrileña. El conjunto - formado además por
San Jerónimo,
San Agustín y
San Gregorio Magno - respira grandeza y monumentalidad, demostrando el joven artista sus buenas maneras.