Durante la estancia de Gauguin en Bretaña en 1888 se interesó especialmente por representar las figuras típicas del lugar. En esta escena el muchacho ha sido relegado a una esquina, acompañado por un ternero que no concluyó el artista. Gauguin le da más importancia al fondo de paisaje, que se convierte en el auténtico protagonista, ejecutándolo a través de líneas diagonales interrumpidas por la verticalidad de los árboles. El colorido de malvas, grises, verdes y rosas recuerda las primeras obras - véase
Susana cosiendo - donde la impronta
impresionista de
Pissarro era muy fuerte, poniendo de manifiesto que Paul aún no ha escogido un camino concreto, experimentando en diferentes direcciones.