Poussin es, sin duda, el máximo exponente del paisaje clásico junto con
Claudio de Lorena. Sin embargo, frente a la naturaleza vaporosa del pintor lorenés, plena de fenómenos atmosféricos, el paisaje en Poussin es un acto de idealización. El artista retorna a la Antigüedad en busca de la belleza clara, sencilla, llena de piedad y devoción por la naturaleza. Desea, de este modo, comunicar la armonía de las cosas. Fiel reflejo de esta concepción un tanto panteísta de Poussin es esta obra de 1659, una de las obras maestras de su madurez.