Para realizar esta obra, Gauguin buscó inspiración en los relieves y frescos del templo de Borobudur en Java, indicando la importancia del arte primitivo en el artista, igual que ocurre en
Ta matete. Por supuesto, la protagonista del lienzo es una mujer polinesia, en esta ocasión desnuda, representada posiblemente como una Eva a la tahitiana ya que coge una flor con su mano derecha mientras a la altura de su cabeza encontramos un imaginario lagarto con alas rojas. De esta manera, conjuga Gauguin la religión católica con el mundo polinesio; no debemos olvidar la importancia de la religión en la pintura de Gauguin, como atestiguan obras de la talla de
El Cristo amarillo,
Ia orana María o
La visión tras el sermón. La muchacha se recorta sobre un fondo de paisaje tropical en el que abunda el colorido vivo, a base de verdes, amarillos o naranjas. Ciertas desproporciones en las figuras hacen acto de presencia en estas imágenes, observándose aquí en los pies, que otorgan un aspecto de escultura primitiva a la figura. Las líneas ondulantes y la aplicación plana del color traen a la memoria las
estampas japonesas que tanto interesaban a los impresionistas.