Herrera Barnuevo es considerado por los especialistas como uno de los principales promotores de la admiración en Madrid hacia la
escuela veneciana del
Renacimiento. Discípulo de
Alonso Cano, Herrera supo asimilar los gustos de su maestro y transmitirlos a la generación de jóvenes artistas que trabajaban en la corte merced a su puesto como pintor de Cámara, sucediendo a
Martínez del Mazo. Los ecos de la pintura de
Tintoretto y de
Veronés se encuentran presentes tanto en este bello lienzo que contemplamos como en toda la producción. Posiblemente se trate de una obra que coronaba un retablo, debido a su reducido tamaño y a la perspectiva empleada, denominada en italiano "de sotto in su". Las figuras están concebidas para ser contempladas desde abajo, adquiriendo la Virgen una monumentalidad casi escultórica - no en balde Herrera también practicó este arte - rodeada de los escorzados angelillos, creando un sensacional efecto de dinamismo. La composición se organiza a través de un rombo, inmersos Dios Padre, la paloma del Espíritu Santo y Cristo en la zona superior mientras que María y los querubines se inscriben en la zona baja. Una línea vertical enlaza la cabeza de María, la corona y el Espíritu Santo. Los fondos dorados nos indican que nos encontramos ante un hecho sobrenatural, recurso muy habitual en el
barroco. Los colores empleados son muy vivos, presididos por el amarillo del celaje y el rojo de las túnicas. La factura rápida, a base de largas pinceladas, es totalmente deudora de Alonso Cano y de la escuela veneciana, al igual que el efecto atmosférico creado en el que se puede apuntar a
Velázquez como principal responsable.