Es un tema relativamente infrecuente. Evoca un pasaje bíblico, del Libro de los Jueces, en que los judíos realizan un ataque nocturno contra el enemigo. Gedeón, al frente de sus tropas armadas con cántaros vacíos y cuernos, y antorchas dentro de los cántaros. Cuando llegaron al campamento de los madianitas, hicieron sonar los cántaros y los cuernos con gran estrépito. Despertados de este modo, los madianitas se dieron a la fuga en medio de un gran pánico. En la confusión de la huida, muchos madianitas murieron atravesados por las armas de sus compañeros. Con un gusto todavía
manierista, Poussin refleja en esta composición tumultuosa un gusto por las grandes escenas que se hace patente en las otras dos grandes obras de batalla de este periodo,
la Batalla de Josué contra los Amorreos y
la Batalla de Josué contra los Amalecitas, con las que se relaciona. Los gestos retorcidos y el amontonamiento de figuras reflejan el lastre que Poussin todavía arrastraba de su aprendizaje en un París todavía apegado a formas que en Italia había sido ya descartadas con la llegada de
Caravaggio y los naturalistas, por un lado, y la vuelta de los clasicistas, por otro.