Tras su estancia durante el verano de 1874 en Argenteuil junto a
Monet y
Renoir, Manet aclara paulatinamente su paleta. La relación con
Degas servirá además para introducir nuevas temáticas en la producción de Edgard como serán los
cafés o las mujeres en actitudes intimistas. Nos encontramos ante una mujer que se contempla en un espejo; el corsé azulado y las enaguas blancas recuerdan a
Nana, pudiendo tratarse de una versión diferente de ese tema. La pincelada es rápida, aplica el color con largos toques de pincel, aunque apreciamos la exquisitez del dibujo que conforma el volumen de la figura. Los colores son alegres, lejos de las tonalidades oscuras de su primera etapa como apreciamos en el
Trapero o el
Filósofo. Manet se incorpora al
Impresionismo manteniendo, eso sí, su independencia lo que le llevó a no exponer en ninguna de las ocho muestras del grupo.