Manet pasó el último verano de su vida en una casa alquilada en Rueil, que será el motivo de algunos
cuadros. A su lado se situaba un pequeño jardín por que el pintor no sentía mucha estima, produciéndole de hecho gran irritación. Aun así será el tema de varios lienzos como éste que contemplamos, protagonizado verdaderamente por la luz y el color, enlazando con el
Impresionismo de sus amigos
Monet y
Renoir. La iluminación que penetra por la izquierda provoca sombras coloreadas, diferenciando las tonalidades verdes según incida en ellas. La factura es tremendamente rápida, mediante pequeños toques de pincel que organizan una especie de puzzle lleno de vitalidad, posiblemente la que le faltaba al propio Manet, víctima de las enfermedades.