Leonardo escogía con sumo cuidado los papeles sobre los que trabajaba al carboncillo. Los papeles teñidos en rosa, rojo o azul son muy frecuentes en su obra y contribuyen a distinguir sus esbozos. En este caso, la textura recia y porosa del papel apoya el dibujo con la cadena montañosa, contribuyendo a dar una idea de paisaje agreste, visto desde la lejanía. Estos estudios de paisaje y en especial los de montañas eran auténticas herramientas de trabajo para el maestro, quien más tarde incluía sus apuntes en los fondos de cuadros más importantes. Esta costumbre también la tenía el alemán
Alberto Durero, que se dedicó a captar todos aquellos lugares por los que pasó, así como aquellos objetos o personas que le llamaban la atención. De esta manera, los artistas del XV y del XVI se construían un nutrido archivo de imágenes que poder recuperar en momentos de necesidad para terminar una obra.