En esta escena de la
capilla Brancacci, Masolino recoge el gran discurso que san Pedro pronunció el día de Pentecostés, después de la llegada del Espíritu Santo, especialmente el momento de proclamar la conversión y el bautismo de todos los presentes. El santo aparece de perfil exhortando a los judíos a la conversión con el movimiento de su mano derecha y el gesto duro de su rostro, mientras que las multitudes se disponen en varios planos para crear profundidad, cerrada con unas montañas en las que se ha querido ver la mano de
Masaccio. Los personajes gozan de una atractiva volumetría y de expresividad, empleando un cromatismo vivo que destaca aún más gracias a la luz.