La relación entre
Émile Bernard y Toulouse-Lautrec se inició en el estudio de Cormon, hasta que Bernard fue expulsado por su maestro por insubordinación. Rápidamente abandonó el
Impresionismo para desarrollar primero el
puntillismo y más tarde el sintetismo, relacionándose con
Gauguin. El propio Bernard cuenta cómo tuvo que posar en más de 20 sesiones para que Henri realizara su retrato, pero el tiempo de espera mereció la pena al haber conseguido Toulouse-Lautrec captar la seriedad que siempre manifestó su amigo, aunque esté conseguida a base de pequeñas pinceladas que hacen que la imagen parezca más trabajada. La figura en primer plano es sobria y elegante, recuerda los retratos de
Manet, uno de los artistas que antes llamó su atención. En esos primeros años, Toulouse-Lautrec pone en marcha todas sus posibilidades como retratista para representar a la sociedad con la que se relaciona.