Los molinos de agua serán una temática muy frecuente en el paisaje holandés del
Barroco, momento en el que buscó la inspiración la
Escuela de La Haya donde se formó Van Gogh. La figura de
Jacob van Ruisdael se encuentra presente en esta obra tomada directamente del natural para eliminar elementos anecdóticos y románticos. El molino se sitúa en el centro de la composición entre dos cabañas, recortado el conjunto sobre un intenso cielo azul. Las aguas plateadas del primer plano destacan por sus reflejos, otorgando a la escena una agradable sensación de profundidad. El color ha sido aplicado de manera rápida, sin detenerse en detalles superfluos, interesándose Vincent por conceptos cromáticos y lumínicos que más tarde evolucionarán durante su estancia en París en contacto con el
Impresionismo.