Durante el tiempo pasado en La Haya, Van Gogh pudo contemplar las obras de los grandes maestros del
Barroco, especialmente
Rembrandt y
Vermeer, interesándose por estas obras de las que tomó el colorido, los contrastes de luz y la temática cotidiana como observamos en esta imagen donde una campesina casi de espaldas trabaja ensimismada en su torno de hilar. Es una escena íntima que contrasta con la serie de los
tejedores, suponiendo un canto de Vincent a la vida rural y tranquila frente a la vorágine de la Revolución Industrial y urbana. La mujer se sitúa en un interior del que apenas existen referencias espaciales, a excepción de unos objetos en primer plano que sirven para crear la profundidad. Una intensa luz procedente de la izquierda baña al personaje, impactando en sus manos y rostro, sin inmutarse por nuestra presencia. Empleando una factura rápida y empastada, sin atender a detalles, Vincent iniciará su camino hacia una pintura dominada por el color, en este caso tonalidades oscuras con las que transmite su estado de ánimo.