En este lienzo elaborado en el otoño de 1887 Vincent parece retomar la tradición
barroca holandesa para representarnos una naturaleza muerta ante un fondo oscuro, iluminada por un potente foco de luz. La gran diferencia la encontramos en la utilización de colores tremendamente vivos, jugando con el contraste entre el blanco y el rojo. La ejecución de la obra responde al estilo habitual en el artista en estos momentos, aplicando el color a base de pequeños toques de pincel de manera similar al
Puntillismo.