Uno de los momentos favoritos de Turner para representar en sus obras era el amanecer, con esa magia especial provocada por la luz que nace, las nubes que intentan ocultarlo y la oscuridad que va desapareciendo. Todo esto, si tiene lugar en una montaña, adquiere una mayor grandeza al ponerse de manifiesto la pequeñez del ser humano -representado aquí por un pastor con sus ovejas- respecto a la naturaleza, punto clave de
la filosofía romántica.
Ya en estas primeras imágenes de paisaje, Turner va a centrar su atención en los efectos atmosféricos, jugando con la luz a través de las nubes y el efecto vaporoso del momento. Por eso, la zona superior adquiere mayor iluminación, empleando colores grises, amarillos y blancos, mientras que el primer plano queda en total penumbra, a excepción del brillo que produce la luz en el agua del torrente. El dominio de la perspectiva será una característica común a todas las épocas del artista, como podemos observar en las obras pintadas en
Venecia durante el año 1834.