Durero trabajó por encargo para la alta burguesía alemana, en el mejor estilo nórdico perfectamente sintetizado con las novedades del
Cinquecento que el autor había estudiado en Italia. En este retrato combina el realismo detallista propio de los alemanes, con cierto idealismo en el tratamiento de la figura. Sin embargo, los rasgos nórdicos predominan, puesto que es una pintura de encargo: la pose de tres cuartos, el material de
óleo sobre tabla, el predominio al fin y al cabo del realismo sobre la idealización, etc.