La población de las
ciudades libres y federadas, por más que mantuviera una cierta apariencia de autonomía política, se
romanizó con una gran rapidez. A su vez, se mezclaron pronto con los
emigrantes itálicos. Baste unos datos ilustrativos de Sagunto. Los nombres de los magistrados monetales, ya para los años 120-90 a.C., de
Saguntum/Arse son todos, sin excepción, de composición y estructura romanas: Q(uintus) Valerius, M(arcus) Ae(milius), L(ucius) Calpurnius, Cn(aeus) Baebius, C(aius) Popili(us), M(arcus) Acili(us), L(ucius) Sempronius Vetto y L(ucius) Fabi(us) Post(umus). Y todas las ciudades libres o federadas pasaron a tener un estatuto privilegiado entre época de
César y los Flavios.
Algunas ciudades que mantuvieron su estatuto estipendiario hasta fines de la
República disponían de un gran contingente de población romano-latina. El caso de
Cartagena es evidente. Sabemos que recibe estatuto de colonia romana bajo César, entre otras razones por su titulatura de Colonia Urbs Julia Nova Carthago. Pero noticias anteriores como los nombres de sus magistrados monetales, la epigrafía urbana -la más abundante de la Hispania republicana- y los últimos restos arqueológicos nos presentan a Cartagena como una ciudad dotada de un importante contingente de población romano-latina. Las ciudades portuarias y/o cercanas a importantes distritos
mineros fueron las que primero y en mayor cantidad recibieron a inmigrantes italo-romanos. Y basta seguir la línea costera desde los Pirineos para encontrarnos con ciudades receptoras de tal emigración:
Barcino,
Tarraco,
Saguntum,
Valentia, Carthago Nova,
Malaca, Carteia, Gades,
Hispalis y Olisipo, que pasan todas a ser colonias o municipios de derecho romano en época de César en reconocimiento a la concentración de la población romano-latina, además de por haber sido favorables a la
causa cesariana. Y lo mismo puede decirse del municipio de Castulo (Linares, Jaén), de la colonia de
Corduba y de las otras colonias de Salacia (Ubeda la Vieja, Jaén) y Onoba (junto a Huelva), todas ellas privilegiadas por
César y cercanas a importantes distritos mineros. En cambio, las ciudades del interior que acceden a un estatuto privilegiado a fines de la República o eran grandes centros urbanos prerromanos como son los casos de Obulco (Porcuna) y Carmo (Carmona), o bien eran centros receptores de colonos, lo que representa un fenómeno de implantación reciente de
emigrantes: así se presentan, por ejemplo, Hasta Regia (cerca de Asta, Jerez), Urso (Osuna), Itucci (Baena), Ucubi (Espejo), Pax Julia (Beja) y otras. Lo más significativo es constatar que muchas ciudades que se habían mantenido como estipendiarias hasta fines de la República venían siendo receptoras de grandes contingentes de itálicos con
estatuto romano-latino.
Ahora bien, en muchas ciudades estipendiarias, la población libre estaba compuesta por dediticios, es decir, por libres indígenas sometidos al poder romano y obligados al pago de impuestos regulares. Entre éstos encontramos enormes diferencias según nos situemos en unas o en otras áreas de la Península. Una primera apreciación global permite comprobar que la población del Sur y del Este, la del
área ibérica y la primera que pasó a la dependencia de Roma a raíz de
la II Guerra Púnica, estaba profundamente marcada por la cultura romana: abandono progresivo de la lengua ibérica por el
latín, vinculación al culto de dioses romanos o de dioses indígenas
sincretizados con los romanos y prácticas de vida social semejante a la romana.
Estrabón dice que los turdetanos eran togados, togati, a comienzos del Imperio. Esa situación ayuda a entender que
Augusto continúe la
obra colonizadora y municipalizadora de
César concediendo estatutos privilegiados a ciudades del Sur y Este peninsular.
Ahora bien, en el mismo valle del Guadalquivir siguió habiendo ciudades estipendiarias hasta
época de los Flavios. Y esta pervivencia de las condiciones indígenas fue más extensa y profunda en los pueblos del interior: lusitanos, carpetanos, vettones, vacceos, celtíberos y vascones. Prueba de ello es que sólo unas pocas ciudades de estos pueblos reciben un
estatuto privilegiado bajo César/Augusto y que, incluso después de los Flavios, siguió habiendo ciudades estipendiarias entre los mismos, hecho diferenciador del proceso de integración de iberos y baleáricos en la romanización. El mayor retraso en la aculturación romana corresponde, pues, al área de
la Hispania céltica.
En esa parte céltica de Hispania se testimonian formas de
organización social prerromanas aún durante el
período altoimperial. La mención de personas con estructuras onomásticas que incluyen, además del nombre personal y la indicación de filiación, la referencia a un grupo suprafamiliar, a una gentilidad o a una gente (genitivos del plural en -um/-orum, gentilitas, gens) es una primera razón de las pervivencias culturales tradicionales. Otra no menos importante es la constatación análoga de que, también durante el Alto Imperio, sigue vigente la veneración a dioses indígenas que
coexisten con los dioses romanos. Ahora disponemos además del testimonio de los bronces en lengua céltica procedentes de Botorrita (Zaragoza) y de época republicana, como sabemos también que la epigrafía prerromana del área ibérica no desapareció a raíz de la conquista. En otros términos, la mayor parte de las comunidades de la Hispania céltica siguieron conservando su cultura, su lengua y sus creencias religiosas así como sus formas organizativas tradicionales durante el período republicano. El arraigo de estas tradiciones es tan fuerte que seguirán perviviendo a veces incluso después de que las ciudades se romanicen y reciban un estatuto privilegiado. Baste recordar el caso de
Segovia, que llegó a ser municipio bajo los Flavios: aun así, una parte de su población, aunque escribiera y leyera ya latín, seguía presentándose con estructuras onomásticas prerromanas del tipo siguiente: nombre personal + indicación de filiación + referencia al grupo suprafamiliar.