La muerte de
Felipe II cuya figura es exaltada en los diferentes catafalcos que con dicho motivo se levantan en las catedrales de las principales ciudades de la Monarquía, en contraste con las críticas que desde varios sectores -palatinos, eclesiásticos- se hacían a su gobierno personal, por distanciarse de los
Consejos y recurrir al asesoramiento de unos pocos ministros reunidos en la Junta de Noche, suscita enormes expectativas de cambio. Pese a las instrucciones legadas a su hijo, éste optará de inmediato por delegar el poder en el
duque de Lerma, iniciándose así el régimen de los
validos y con él la pujanza de
la aristocracia, hasta entonces relegada a un plano secundario.