En septiembre de 1868 el pronunciamiento militar iniciado, cómo no, en la bahía de
Cádiz, provocaba el destronamiento de
Isabel II y el final del sistema moderado de poder. España iniciaba una nueva singladura política con un sistema cualitativamente diferente: la democracia, cuya espina dorsal fue la
Constitución de 1869.
Resulta evidente la
carga intelectual de la revolución de 1868. Con frecuencia se ha hablado de los demócratas de cátedra, para referirse a un sector de las elites dirigentes cuya impronta, bien por su acción de gobierno, o por el discurso que elaboraron y difundieron, definió el transcurrir de los primeros tiempos de la nueva situación política de un país que buscaba, entre otras cosas, nuevos planteamientos éticos para el desarrollo de la gestión política. La encrucijada de los principios
krausistas, los
postulados librecambistas y el ideario de los demócratas crearon el caldo de cultivo del que surgió la septembrina.
Sin embargo, un cúmulo de dificultades trabaron la evolución de la nueva realidad política. Dificultades estructurales en forma de
desarrollo económico, cohesión social, atraso cultural, desigualdad acusada en el reparto de la renta, ausencia anterior de las prácticas parlamentarias en su sentido más profundo... De ahí, que por encima de los principios teóricos que informaron una época, la praxis estuviera trufada de acciones que recordaban épocas pretéritas. Baste señalar el arraigo de los personalismos que llenaron las tensiones más allá de la confrontación estrictamente ideológica o el hecho de que la vigencia de la
Constitución de 1869 estuviera contrapesada por los variados estados de excepción que impuso la violencia insurreccional. Tengamos en cuenta que el país vivió en ese período tres conflictos de suma intensidad: la
guerra carlista, la
sublevación cantonal y la
guerra cubana. Esta última condicionó desde el exterior el devenir político del Sexenio. El auge democrático correspondió a los años
1869 y 1870, para observarse un frenazo en el desarrollo de estos principios en tiempos de la
monarquía de
Amadeo y una etapa de fuerte inestabilidad durante la
República. Y subyaciendo a todo esto,
Cánovas preparaba pacientemente la Restauración borbónica.