La década que comenzó en 1860 ofrecía un aceptable panorama en términos de modernidad; el tendido
ferroviario y el telegráfico posibilitaron la consolidación de un mercado nacional, por el que las ideas, los
hombres y los capitales circulaban de forma más fluida, proporcionando más recursos que permitieran poner en marcha nuevas iniciativas. El Estado-nación adquirió una mayor estabilidad en el momento en el que el ideal democrático irrumpió con fuerza ante el liberalismo doctrinario imperante hasta entonces. La revolución de 1868, sin duda el hecho más significativo del decenio, fue producto de la confluencia de toda una serie de fenómenos y acontecimientos anteriores. No cabe hablar únicamente de factores económicos explicativos de su desencadenamiento, como ha sido habitual en la
historiografía, tales como la
crisis financiera de 1866 o la de subsistencias del invierno 1867-68, ya que desvelan sólo parte de la trama. Resulta necesario analizar el
acontecer político,
militar e
intelectual de la época para comprender el
declive del régimen isabelino y la culminación de un discurso alternativo al mismo.