La necesidad de una Constitución integradora, que permitiera a los diferentes
partidos gobernar de acuerdo con sus propios principios, nos indica, en primer lugar, la existencia de partidos con principios. Frente a la extendida creencia de que las ideas estaban completamente ausentes de la vida política, porque ésta consistía básicamente en el reparto de los beneficios del poder, y de que los partidos
liberal y
conservador no se distinguían uno de otro porque ambos eran meras redes de influencias políticas, o de caciques, hay que afirmar que, aunque efectivamente existía una componente clientelar muy fuerte y los partidos
no eran fundamentalmente partidos de opinión, las ideas sí estaban presentes y desempeñaban un papel importante, en parte como informadoras de todo el sistema y en parte como legitimadoras del lugar que cada partido ocupaba en el mismo.
Tanto el partido conservador como el liberal compartían un intenso sentimiento nacionalista, junto con lo esencial del liberalismo y el capitalismo de la época: sus objetivos comunes eran hacer compatibles la libertad política y el orden social, y sacar a España del atraso en que se encontraba. Pero conservadores y liberales fueron continuadores de dos diferentes tradiciones del liberalismo español: las que provenían de la Unión Liberal y del partido demócrata, respectivamente. En los debates constitucionales y en los relativos al ordenamiento jurídico de los principales aspectos político-sociales, especialmente numerosos en los momentos iniciales del régimen, ambos partidos expusieron doctrinas diferentes que plasmaron en distintos textos legales.
Frente a la pretensión de los moderados -aliados del grupo de
Cánovas en la
restauración alfonsina- de restablecer la
Constitución de 1845, Cánovas impuso su criterio favorable a la elaboración de una
nueva Constitución con el carácter integrador ya indicado. Para conseguirlo, el político malagueño actuó con gran habilidad política, promoviendo la escisión del partido constitucional, el partido que se vislumbraba como posible alternativa de izquierda, pero que durante 1875 todavía defendía la vigencia de la
Constitución de 1869. Un grupo de dicho partido, dirigido por
Manuel Alonso Martínez, se apartó de las tesis defendidas por
Sagasta y la dirección del mismo, formando un nuevo partido llamado Centro Parlamentario, dispuesto a colaborar con Cánovas. En la Comisión de Notables encargada de la elaboración del proyecto constitucional, canovistas y centralistas se impusieron a los moderados. La operación le salió redonda a Cánovas: logró la Constitución que quería, marginó a los moderados en la derecha del sistema, y forzó a los constitucionales a aceptar las reglas del juego establecidas por él.