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A la espera del último golpe de Estado
Desde 1863, los demócratas y progresistas puros se retraen de la vida pública. Actitud que corresponde a la desazón de los progresistas, que deciden no presentarse a las elecciones por la insuficiente libertad en la campaña electoral y, en definitiva, por la disposición de Isabel lI a la que consideran un obstáculo insalvable para llegar al gobierno. Era el anuncio de que volvían a optar por el pronunciamiento como medio para obtener el poder.
El gobierno de O'Donnell (junio de 1865 a julio de 1866) intentó atraerse a los progresistas con una nueva ley electoral pero no lo consiguió. Por el contrario, tuvo que hacer frente al pronunciamiento de Prim (enero de 1866) y al levantamiento del Cuartel de San Gil (junio de 1866). En todo caso, su desacuerdo con la reina condujo a un nuevo gobierno de Narváez (julio de 1866 a abril de 1868) que no sólo no consiguió acercar a los progresistas sino que llevó al alejamiento de los unionistas a los que impidió manifestar su desacuerdo en las Cortes al proceder a la disolución de éstas.
En agosto de 1866 se reúnen demócratas y progresistas y llegan al pacto de Ostende, por el que se comprometen a derrocar a Isabel II, tras lo que se elegiría por sufragio universal masculino una Asamblea constituyente que decidiría sobre la forma de gobierno monárquica o republicana. Los unionistas, a la muerte de O'Donnell en 1867, bajo la dirección del general Serrano se unen al Pacto de Ostende si bien con la condición del respeto por la forma monárquica. Se advierte una pérdida de prestigio de la monarquía como institución, acentuada por lo que se refiere a la persona de Isabel II. La soberana, con sus arbitrariedades, se granjea antipatías y se va quedando sola, con su camarilla cortesana, alejada de la clase política. Su apoyo queda reducido a los moderados y no a todos. La muerte del propio Narváez en 1868 deja aún más sola a la reina. Demócratas, progresistas y unionistas se alían para cambiar la situación. La crisis económica que sufre España desde 1864 era un buen fermento de la revolución. Termina el período con un gabinete presidido por Luis González Bravo (abril a septiembre de 1868) quien acude cada mañana a su despacho por inercia, mientras dure, a la espera inminente de un golpe de Estado.
Actitud de los hispanos ante las invasiones
La sociedad hispana de comienzos del siglo V no era una sociedad cohesionada. Los senadores y aristócratas se oponían tenazmente a los bárbaros al igual que la alta jerarquía de la Iglesia Católica. Así, los bárbaros penetraron en una sociedad que no tenía fuerza para rechazarlos ni para someterlos, pero tampoco la flexibilidad necesaria para asimilarlos. Entre los bárbaros sólo una parte de sus jefes, militares, aristócratas de la guerra en palabras de Brown, se dejaron absorber por el prestigio, la cultura y el refinamiento de la sociedad romana, como Teodorico, rey de los ostrogodos, quien afirmaba: "Un godo capaz quiere ser como un romano; sólo un romano pobre quiere ser como un godo". En Hispania, los bárbaros nunca fueron asimilados totalmente y durante el siglo V permanecieron como una casta guerrera asentada al frente de una sociedad que los soportaba con el mayor distanciamiento posible. La poca huella dejada en Hispania a lo largo de sus dos siglos y medio de dominación -en comparación con el mundo romano o, posteriormente, con el árabe- es, a la larga, el argumento más claro de esta difícil convivencia.
Ya hemos insistido anteriormente sobre la existencia de una sociedad fuertemente piramidal en la Hispania bajoimperial. El comportamiento de la aristocracia es el que determina la actitud ante los bárbaros. Si hubiera existido, como en la época altoimperial, una amplia y poderosa clase media, la situación hubiera sido diferente; pero la burguesía urbana era prácticamente inexistente y en el grado inferior de esta pirámide social sólo se encontraban los humiliores, a quienes muy poco les importaba quiénes fueran los que detentaban el poder. De estos humiliores hay que separar a aquellos que, reducidos a la miseria total, desarraigados de la sociedad, habían pasado a formar parte de bandas movidos por el odio, como señala Hidacio, que actuaban primero contra las grandes propiedades hispanorromanas y la Iglesia, después en favor de los bárbaros durante las invasiones del año 409 y, frustradas sus esperanzas de cambio, continuaron durante los siglos posteriores actuando contra la nueva aristocracia y constituyendo una reserva potencial a utilizar en las numerosas guerras de la nobleza. En esta época el término con el que eran conocidos es el de bagaudas.
Después de la proclamación como emperador del usurpador Constantino III, éste envió a su hijo Constante con el fin de dominar Hispania. Zósimo dice que con esta acción pretendía tanto incrementar su poder como poner fin al dominio allí ejercido por los parientes de Honorio. Conocemos la resistencia que los ejércitos de siervos (o ejércitos rústicos en palabras de Gibbon) de Dídimo y Veriniano presentaron a Constante y Geroncio, general de las tropas. Este se vio obligado a solicitar refuerzos a fin de asegurarse la victoria. No obstante, había más parientes de Honorio en Hispania. Conocemos al menos a otros dos, Lagodio y Teodosiolo, hermanos de los anteriores (según Sozomeno) que no participaron en la campaña contra Constante, sino que ambos huyeron de la Península, uno a Italia y el otro a Oriente. Lo interesante de estos acontecimientos, en relación con el conjunto de Hispania, es que nadie, excepto parte de los parientes de Honorio, se opuso al nuevo emperador ya fuera por descontento con la administración de Honorio o porque la nueva situación no parecía que fuera a afectar a sus intereses o por los riesgos que implicaba hacer frente a un ejército profesional con un ejército de campesinos. La legión estacionada en la Península había sido neutralizada; el cambio de los mandos militares legionarios había sido una de las primeras medidas del usurpador Constantino III. Además, las tropas hispanas venían demostrando un alejamiento de las luchas dinásticas.
Después de la victoria, quedó Geroncio como representante del nuevo poder en Hispania. Este estableció su residencia en Caesaraugusta (Zaragoza) y situó a las tropas galas que se habían quedado con él como tropas de defensa de los pasos pirenaicos "por más que las legiones de Iberia hubiesen solicitado que, según era costumbre, se les confiase a ellos la guardia y no quedase la seguridad de sus tierras en manos de extranjeros", nos dice Sozomeno. Opinión expresada en términos semejantes por Orosio. Ambos autores coinciden en la trascendencia de esta medida que lesionaba los intereses y el sentido autóctono de la diócesis. El descontento hacia esta medida de sustitución de las fuerzas defensivas parece que fue general. A partir de entonces Geroncio introduce una serie de cambios entre los personajes que le habían acompañado que despierta sospechas en Constantino III.
De nuevo envía a su hijo Constante a Hispania. Los acontecimientos posteriores han sido interpretados de forma muy diversa por unos y otros historiadores. Las fuentes antiguas son confusas y a veces contradictorias. Así, mientras para algunos autores -como J. Arce- se establecería una colaboración entre una parte del ejército de Hispania, adicto a Geroncio, con los bárbaros situados al sur de las Galias -en Aquitania- a fin de utilizarlos en el inminente enfrentamiento con Constante, otros autores -A. Chastagnol, entre otros- creen que fue el césar Constante quien estableció una alianza con estos bárbaros y obtuvo su ayuda a cambio de la promesa de entregarles la mitad occidental de la Península, opinión que nos parece se ajusta mejor a los acontecimientos posteriores. En todo caso, Hispania se encuentra en estos momentos claramente dividida entre los partidarios de Geroncio, los seguidores de Constantino III, los partidarios del emperador oficial, Honorio, y los bagaudas proclives a los pueblos bárbaros. Hidacio alude a la alianza que estos rebeldes establecieron con los suevos, participando en las operaciones de violencia y rapiña conjuntamente, en los primeros momentos de penetración de los bárbaros en Hispania.
En medio de este complejo panorama, Geroncio, desvinculado ya totalmente de Constantino III, procede a nombrar un nuevo emperador para Hispania. Este, llamado Máximo, era un cliente suyo, es decir, un personaje de la aristocracia local hispánica, vinculado y adicto a Geroncio.
La medida puede entenderse como un último intento de aglutinar a los aristócratas hispanos en torno a un emperador autóctono, pues como señala Brown "durante esta época se habían endurecido las fronteras y se había despertado un sentimiento más agudo de la propia identidad que había conducido a una mayor intolerancia respecto a lo exterior". En todo caso, Geroncio fracasó en sus planes. En el año 409, tras la derrota frente al hijo de Constantino III, los suevos, vándalos y alanos penetraron en Hispania, ocupando el oeste y el sur de la Península y en el año 411 el emperador Honorio logró acabar con el usurpador Constantino III. Así, finalmente, la Península había quedado dividida: una parte del territorio hispano estaba en manos de los bárbaros, mientras la otra parte estaba bajo el control del emperador Honorio.
Actividad económica de los pueblos iberos
Quizá sea éste uno de los aspectos sobre los que peor estamos informados en las fuentes antiguas con respecto a los pueblos prerromanos de España, pues los textos de los escritores greco-latinos se ocupan, sobre todo, de la narración de la conquista y rara vez hallamos en ellos referencias a los elementos que forman la estructura económica de los pueblos que van paulatinamente siendo conquistados por los romanos.
Es, por ello, muy difícil encarar con perspectivas de éxito el análisis de la estructura económica de los pueblos de España en general y, concretamente ahora, de los del área ibera, si tenemos en cuenta, además, que los intentos de evaluación de las noticias económicas por parte de algunos investigadores resultan poco eficaces, al tener que utilizar datos y noticias de áreas geográficamente muy distantes e incluso de épocas bastante alejadas.
Hasta el momento dos han sido las vías de análisis de la organización económica de los iberos, una puramente descriptiva, en cuyos trabajos se realiza simplemente una enumeración de productos a partir de los datos que nos transmiten los autores greco-latinos, con los problemas que la propia naturaleza de estas noticias trae consigo, y otra teórica, cuyos trabajos están esencialmente enfocados desde planteamientos del materialismo histórico y en los que se lleva a cabo un análisis de las relaciones de producción, muy difícil en estos casos, pues los datos son escasos y con una escasa posibilidad de comprobación en el ámbito indígena por la falta de fuentes fidedignas.
No obstante, sí hay una serie de datos que, aunque dispersos, no podemos dejar de analizar, apoyando las escasas noticias de las fuentes escritas con los hallazgos arqueológicos realizados en estas áreas que, en época prerromana, estaban ocupadas por los pueblos iberos.
Optamos por un análisis de todo el área en general, ya que, como en otros aspectos, lo que buscamos es dar una visión de conjunto de cada una de las áreas histórico-culturales en cada uno de los aspectos analizados.
Dos son los sectores que hay que destacar de la actividad económica que debió desarrollarse en el área ibera: la agricultura y la minería; el primero por todo el área y el segundo con sus centros principales en Cástulo, Cartagena y el valle medio del Ebro. A ellas hay que añadir otras actividades en los sectores ganaderos y de la caza y la pesca, así como las actividades artesanales.
Actividades artesanales
La dominancia que posee en la economía antigua en general, y específicamente en la Hispania romana, la producción agrícola-ganadera determina el carácter subsidiario de las actividades artesanales y comerciales; esta subordinación tiene su reflejo en las consideraciones peyorativas que suscita su valoración y en determinadas disposiciones jurídicas que prohíben explícitamente la vinculación de la elite senatorial al comercio. Su carácter subsidiario no implica falta de rentabilidad y, en la práctica, su atractivo económico se proyecta en la vulneración de estas restricciones dictadas a comienzos de la expansión mediterránea por la aristocracia romana mediante diversos procedimientos entre los que se encuentran los de individuos o sociedades interpuestos. Pese a ello, su infravaloración favorece el que sectores marginales de una sociedad dominada por valores aristocráticos, como los libertos, encuentren en el comercio un arriesgado medio de promoción social.
Dada su subordinación a la explotación de los recursos naturales, el desarrollo de las actividades artesanales en la Hispania del Alto Imperio se encuentra mediatizado por las transformaciones que se operan en la agricultura, con la aparición de excedentes especializados comercializables que requieren el correspondiente envase; en la pesca, donde se aprecia el mismo tipo de exigencias; o en las explotaciones mineras, que requieren el correspondiente aporte de instrumental, que también requieren otras actividades. La incentivación del proceso de urbanización constituye asimismo un acicate para las producciones artesanales, que proporcionan todos los elementos materiales e instrumentales que exige la ciudad.
Un fenómeno general domina las actividades artesanales en el período posterior a la instauración del principado; se trata de lo que podemos llamar inversión de la situación colonial dominante durante gran parte del período republicano, en el que los centros itálicos envían hacia las nuevas provincias hispanas una serie de manufacturas; así ocurre con los envases de productos agrarios, como las ánforas vinarias conocidas en la correspondiente clasificación tipológica como Dressel 1 y Dressel 2/4 que, aunque derivadas de modelos griegos, se fabrican y se exportan desde Etruria, el Lacio y Campania, o con la vajilla de lujo de barniz negro conocida como campaniense, sustituida desde fines de la república por la cerámica de barniz rojo procedente primero de Italia (sigillata aretina) y con posterioridad de los talleres del Sur de la Galia (sigillata sudgálica).
Las transformaciones que se producen tienen una proyección desigual y dependen de los cambios ocurridos en las otras esferas de las que son subsidiarias las actividades artesanales. En ciertos ámbitos perdura el carácter doméstico de la producción artesanal e incluso las tradiciones artesanales previas, que se documentan en la continuidad que tienen durante los siglos altoimperiales las cerámicas pintadas de tradición indígena, que incluso se producen en los mismo talleres donde se fabrican las producciones "de moda". No obstante, la inversión anotada, que no excluye las importaciones de productos manufacturados, implica un nuevo sistema productivo en el que se imponen formas de organización tales como la estandarización de los productos, la consecuente fabricación en serie y el desarrollo de talleres de relativa importancia, donde se concentran productores organizados en asociaciones (collegia) y productos, y en donde se proyectan nuevas técnicas como la del vidrio soplado.
Los cambios que se introducen son especialmente constatables en las producciones de cerámica, que poseen una importancia reseñable dadas sus relaciones con la comercialización de determinados productos, con el instrumental doméstico o con el sector de la construcción. Concretamente, los talleres artesanales van a proporcionar los envases que permiten la comercialización de productos agrarios como el vino, el aceite, o de los salazones y de salsas derivadas de la pesca. La localización de los hornos productores de los distintos tipos de envases se localizan en su mayoría en la Hispania meridional y en las zonas costeras; especial importancia adquieren los diversos centros (figlinae) de ánforas conocidas tipológicamente como Dressel 20 en el valle medio del Guadalquivir, que proporcionan el correspondiente envase para las exportaciones de aceite. En el resto de la Península se aprecia asimismo la presencia y fabricación de grandes contenedores destinados al almacenamiento de productos esencialmente agrarios a modo de grandes orzas o tinajas (dolia).
En el ámbito doméstico, los cambios en las producciones de cerámica se observan en la amplia difusión que adquieren las vajillas de barniz rojo claro que conocemos como sigillata hispánica, que imitan producciones realizadas con anterioridad en Italia y en el sur de la Galia. Fabricadas a molde cuando llevan elementos decorativos, normalmente de carácter vegetal y excepcionalmente con motivos faunísticos, o a torno cuando carecen de ellos, generan un número importante de hornos que se ubican usualmente en el extrarradio de las ciudades. Precisamente la Lex Ursonensis estipula la localización extramuros de los hornos de determinada capacidad para evitar consecuencias dramáticas como la propagación de incendios.
Actualmente se conoce un número importante de figlinae vinculadas a este tipo de producción; entre ellas se encuentran las de Corella (Navarra), Solsona y Abella en Lérida, Brochales (Teruel), Cartuja (Granada) o las que se localizan en diversas zonas de la provincia de Málaga. No obstante, dos centros dominan el panorama productivo; uno de ellos se ubica en la Tarraconense, en los alrededores del municipio Tritium Magallum (Tricio, Logroño), y el otro en los Villares de Andújar (Jaén), donde se localiza el también municipio de Isturgi Triumphale. Las investigaciones realizadas en este último han permitido fijar un cuadro más preciso sobre el inicio de las producciones y su desarrollo ulterior; su comienzo se produce en época de Tiberio o de Claudio y se desarrolla hasta el siglo siguiente.
La importancia que adquiere la producción de estos hornos puede apreciarse en el gran número de sellos que identifican a los administradores de los correspondientes talleres (officinae); en ellos la heterogeneidad social se observa en la presencia de nombres latinos e indígenas correspondientes a esclavos, libertos y ciudadanos romanos. Los hornos de Tricio distribuyen su producción por amplias zonas de la Península en las que dominan los territorios de la Lusitania; en la Betica dominan los productos de Andújar, que se proyecta en la otra orilla del Mediterráneo en la Provincia Mauritania Tingitana (Marruecos).
También en las actividades textiles se producen cambios con respecto a su organización tradicional. La producción doméstica que había caracterizado el período precedente se mantiene durante el Alto Imperio, como se constata arqueológicamente en la dispersión que tienen las pesas de telar de cerámica en los espacios privados tanto del hábitat rural como urbano; en las excavaciones del poblado de Cabezo de Azaila, por ejemplo, se han encontrado más de 400 pesas. El propio Columela subraya la función que desempeña tradicionalmente la mujer en este tipo de actividad, al indicar que la esposa del administrador (villica) debe instruir a las que trabajan en el telar que abastece a la villa.
No obstante, a partir del principado de Augusto, las actividades textiles superaron los límites de la organización doméstica, como se constata en la documentación epigráfica que alude a la existencia de asociaciones o de oficios claramente relacionados con la producción de tejidos que satisfacen esencialmente las necesidades del mercado local, en la variedad de vestidos que se aprecian especialmente en sus representaciones en mosaicos, o en la propia tradición literaria que subraya la importancia de las correspondientes materias primas objeto de exportación.
Lana, lino y esparto constituyen los tres productos que se emplean en la fabricación; la importancia de la lana se subraya especialmente en relación con los rebaños de la Meseta, pero también en el Sur de Hispania debe de considerarse algo relevante, como cabe deducirse de su progresiva calidad, alcanzada por el tío de Columelaal realizar cruces de ganado de procedencia africana e itálica. El lino tiene sus zonas de producción en la provincia Tarraconense y en el Sur de Hispania; concretamente en las proximidades de Caesaraugusta, en El Cuadrón (Farasdués), se ha localizado un taller de tratamiento de lino compuesto por tres depósitos comunicados, que permiten cardarlo, obteniendo, como anota Plinio el Viejo, 15 onzas de lino por cada 50 tratadas. La zona de producción del esparto, cuyo tratamiento permite la fabricación de aperos, está constituida por los alrededores de Carthago Nova, que incluso llega a conocerse como spartaria por su abundancia.
Las actividades textiles están condicionadas en su desarrollo por los cambios que se operan en otros ámbitos económicos como los agrícola-ganaderos; pero a su vez impulsan el desarrollo de otros sectores entre los que se encuentra el del tinte. También en este aspecto se observa en el mundo romano una importante especialización que se proyecta en los oficios que obtienen sus nombres de los correspondientes colores que aplican, entre los que destaca el de la fabricación de púrpura a partir de las conchas de nurex y purpura tan abundantes en las costas meridionales hispanas; la documentación epigráfica testimonia su presencia mediante la correspondiente identificación de estos oficios ejercidos por libertos y esclavos.
El desarrollo que se produce en los distintos sectores productivos demanda la fabricación, a su vez, del utillaje necesario, en cuya elaboración las actividades metalúrgicas cumplen una función fundamental. Aunque el material puede ser transportado en bruto y las propias Leyes de Vipasca estipulan la prohibición de transportarlo de noche bajo multa de 1.000 sextercios, las fundiciones se localizan en las proximidades de las minas como se aprecia concretamente en las fundiciones de galena argentífera descubiertas en el distrito minero de Castulo, en las proximidades de la actual Vilches (Jaén), compuestas por varios hornos yuxtapuestos. En cambio, debemos aceptar que la elaboración del variado instrumental para las actividades productivas, militares e, incluso, la fabricación de objetos con metales preciosos debió de ubicarse en el contexto urbano, como se ve concretamente en Emporiae (Ampurias), en Bilbilis (Calatayud) y en Turiaso (Tarazona).
El desarrollo que alcanza el proceso de urbanización en las provincias hispanas y las peculiaridades constructivas que se introducen, en claro contraste con las tradiciones indígenas, generan las correspondientes actividades artesanales, que se vinculan tanto al ámbito estrictamente constructivo como al decorativo, y exigen asimismo el aporte de otras actividades como las metalúrgicas, presentes por ejemplo en las conducciones de plomo para el agua o de hornos de cerámica que facilitan diversos materiales de construcción.
Dada la importancia que en la técnica edilicia posee la piedra, el proceso de urbanización genera una intensa explotación de canteras de diversos tipos entre los que se encuentra la caliza, el granito, el travertino o el mármol; cuando el medio lo posibilita, estas canteras se ubican en las proximidades de las ciudades, como ocurre con el tipo de piedra utilizada en las construcciones monumentales de Barcino, procedentes de Montjuic, en las de Tarraco de El Médol, en Baria (Villaricos) de Albox, en Antikaria en las proximidades de Antequera, o con las canteras de granito de Guillena que abastecen a Hispalis y a Italica.
La excepcionalidad del mármol, al mismo tiempo que la exigencia de determinadas calidades condicionan la producción de determinadas canteras, que irradian mas allá de las necesidades locales; tal ocurre con el mármol de Macael o con el de Almadén de la Plata, donde la documentación epigráfica constata la existencia del pagus marmorarius, que abastece la construcción de centros relativamente lejanos como la nova urbs de Italica. La propiedad de las canteras se relaciona con la de la tierra y se vincula tanto a particulares como al emperador, y la extracción recae en la misma heterogeneidad social que hemos reseñado para los yacimientos mineros.
Innovaciones técnicas y nuevas características de la producción artesanal se difunden por Hispania en clara relación con el proceso de urbanización, como son concretamente el opus caementicium, mezcla de cal, arena y agua, el ladrillo, y las tejas planas y curvas; en todos ellos está presente la producción en serie. Los hornos de fabricación (figlinae), al igual que ocurre con la producción de vasos de cerámica, se ubican extramuros, como ocurre concretamente en Conimbriga, donde el sello de un ladrillo documenta el cupo diario de producción al que estaban obligados los trabajadores, pero en ocasiones se constata la existencia de instalaciones en villae, cuya producción abastece tanto a la ciudad en cuyo territorio se ubican como a zonas más lejanas; tal ocurre con las tejas elaboradas en la villa de Torre Llauder en el territorio de Iluro, propiedad de Lucio Herennio Optato, que abastece a una amplia zona entre Tarraco y la Galia Narbonense.
La proyección del modelo urbanístico romano en Hispania durante el Alto Imperio implica también la de los correspondientes monumentos y aspectos decorativos. La difusión no se realiza de forma mecánica y en determinadas zonas subsisten, mediante su adaptación a la nueva situación, elementos de tradición indígena. Así ocurre con la presencia en la Meseta de las estelas funerarias, que emplean en su decoración elementos de tradición celta tales como discos solares, lunas crecientes, escuadra, etc. No obstante, la amplia constatación arqueológica de elementos constructivos de valor artístico, como capiteles corintios, esculturas de particulares, emperadores y dioses, o mosaicos descubiertos en las principales ciudades hispanas, ponen de manifiesto la importancia de los talleres artesanales que se constatan en Emporiae, Barcino, Emerita, Carmo, etc., que abastecen con sus producciones, en gran medida anónimas, las necesidades de los espacios públicos, especialmente de los foros de las ciudades, pero también las necesidades de otros ámbitos, como las domus de las colonias y municipios o las partes residenciales de las villae.
Administración de las minas
En el Código Teodosiano se conservan algunas leyes referidas a las minas. Todas ellas proceden del corto período que media entre los años 365-392 y sólo una es del año 394. No hay duda de que son un reflejo de una preocupación del poder imperial por garantizar la producción de oro necesaria para la creación de moneda. El áureo, aureus, era básico en el sistema monetario y no sólo como moneda de prestigio, aunque la circulación de áureos fuera muy reducida.
Algunas de esas leyes van destinadas al control de los mineros, metallarii, bien para prohibirles emigrar o bien mandando a los responsables políticos de las provincias que buscaran a los mineros fugitivos y los reincorporaran a sus minas, a fin de que las explotaciones no decayeran. Otras leyes permiten entender que la preocupación por estos mineros se orientaba principalmente a los que trabajaban en las minas de oro. Estas podían ser explotadas por particulares pero debían pagar al Fisco una tasa fija consistente en 1/3 en el año 365 y 1/6 según una disposición del año 367, pero el resto de la producción debía venderse obligatoriamente al Fisco al precio que éste impusiera. Estas leyes afectaban poco a la Península Ibérica, donde la producción de oro (tal vez en Braga y Tharsis, Huelva) era mínima.
Aunque no disponemos de información escrita sobre las minas hispanas durante el Bajo Imperio, nadie duda de que debió estar presente el Fisco de algún modo, aunque nada hace pensar que el Estado gestionara directamente ninguna mina. Lo más probable es que siguiera vigente el sistema de concesiones por arriendos temporales, con el consiguiente pago de un canon. Los concesionarios se encargarían de organizar libremente la explotación acudiendo a los recursos tradicionales de emplear algunos esclavos y otros trabajadores asalariados. En cualquiera de las situaciones, libres o esclavos, lo característico era que pesara sobre los mismos la obligación de estar adscritos al trabajo minero, dándose así una situación equiparable a la de otras profesiones que, durante esta época, se convirtieron en hereditarias. Los condenados, damnati ad metalia, sólo serían destinados al trabajo en las minas de oro y las canteras imperiales, pero no a las minas gestionadas por particulares en régimen de arrendamiento.
Si las minas se encontraban en dominios fiscales, los ingresos de las mismas iban destinados a la caja del rationalis summarum Hispaniae, mientras que si las minas pertenecían a los bienes de la corona ingresaban los beneficios en la caja del rationalis rei privatae per Hispanias. En todo caso, debió de haber algún tipo de intervención de los servicios financieros de la diócesis. En las primeras fases de la gestión financiera es probable que algunos curiales de la ciudad más cercana al distrito minero hayan intervenido, ya que un sector de estos curiales cumplía funciones semejantes a las que desempeñaban con anterioridad los procuratores imperiales. El Fisco conseguiría así un control más cercano además de librarse de la carga económica de tener que pagar a procuratores dependientes del mismo.
Tales condiciones eran propicias para que pequeños grupos, a veces una familia, ejercieran actividades mineras sin ningún control, interviniendo en minas abandonadas. La imagen de los buscadores de pepitas de oro, sirviéndose del viejo método de cribar las arenas con una batea, se ha repetido hasta épocas recientes. Pero estos casos aislados, aun con mucha fortuna, no modificaron las condiciones económicas o sociales de las comunidades hispanas del Bajo Imperio.
Afianzamiento del Islam
Los primeros decenios del siglo IX vieron producirse tanto en al-Andalus como en Ifriqiya una evolución jurídico-religiosa muy importante gracias al impulso de la escuela malikí. El Occidente musulmán, en su conjunto, se adhirió entonces a esta doctrina, una de las cuatro codificaciones e interpretaciones ortodoxas del derecho sunní, difundida por los discípulos del fundador, Malik b. Anas, muerto en Medina en el 795. En al-Andalus, se habían seguido sobre todo, hacia finales del siglo VIII, las enseñanzas de un estudioso sirio, al-Awzai, pero varios estudiantes, entre el año 770 y la muerte de Malik, volvieron del viaje ritual de estudios en Oriente entusiasmados por las enseñanzas de éste. Otros, un poco más tarde, se impregnaron en Qairawan de la enseñanza del discípulo más eminente de Malik, Sahnun, prestigioso alfaquí, que sería cadí de Qairawan al final de su vida. Estos especialistas malekíes eran numerosos en el arrabal de Córdoba, en la época de la revuelta contra al-Hakam II. El más conocido era Yahya b. Yahya al-Laythi, un faqih de origen beréber que había, como tantos otros, escuchado a Malik en sus años de formación. En el 802, en la época de la sublevación del Abd allah al-Balansi contra su sobrino al-Hakam I, gozaba ya de una notoriedad que le permitió ser elegido como negociador en el compromiso acordado entre el emir y su tío. Implicado en la Revuelta del arrabal, se exilió en Toledo pero pronto volvió a Córdoba, donde su prestigio era considerable. A pesar de haber rechazado el puesto de cadí de la capital que le ofrecía Abd al-Rahman II, jugó un papel principal en la adopción casi oficial de la doctrina malikí, al estar facultado hasta su muerte (en el 849) a nombrar a los cadíes.
Este refuerzo del malikismo probablemente tuvo relación con las tensiones religiosas que aparecieron al final del reino del emir Abd al-Rahman II y que motivaron el famoso movimiento de los mártires de Córdoba. Se observa un endurecimiento de la ortodoxia en varios puntos del mundo musulmán durante la misma época. El califa de Bagdad, al-Mutawwakil, bajo la influencia de los teólogos, condenó en el 849 el mutazelismo -doctrina inspirada por la filosofía griega, más racionalista que las interpretaciones teológico-jurídicas de los especialistas tradicionales, que habían gozado del apoyo de los califas precedentes- e incluso decretó en el 850 medidas contra los dhimmíes. Como se dijo anteriormente, el malikismo triunfó en la misma época en Qairawan, donde el prestigioso Sahnun, autor de un gran tratado malikí titulado al-Mudawwana, había sido nombrado cadí de Qairawan en el 849. También hizo reinar una atmósfera bastante poco tolerante hacia las otras escuelas jurídicas.
Agricultura y minería de los pueblos iberos
A partir de la Edad del Bronce el nivel técnico de las explotaciones agrarias había dado un gran avance y la agricultura era la base de la economía en la España ibérica.
El importante desarrollo histórico de estas poblaciones a lo largo de los siglo IV y III a. C. tiene mucho que ver con los medios de producción aplicados a la agricultura, en especial con los elementos tecnológicos. Tradicionalmente se había considerado que los instrumentos más avanzados utilizados para las labores agrícolas de la zona ibera eran debidos a los romanos, pero los trabajos realizados en este campo por Pla Ballester demuestran que los instrumentos de trabajo de hierro utilizados en plena época ibérica son los mismos que vamos a ver usando a estas poblaciones en época romana. En el poblado ibérico de la Bastida de Mogente (Valencia), destruido en la segunda mitad del siglo IV a. C., Pla Ballester ha hallado instrumentos de hierro para trabajar en sectores de producción muy diversos: agricultura, construcción, cantería, trabajos de la madera, de la piel, etc., con una gran variedad de instrumentos.
Es frecuente la presencia de rejas de arado en los poblados de la segunda mitad del siglo IV a. C., así como layas o palas de hierro, cucharas de sembrador, escardillas (azadas), podaderas y hoces.
Los productos más importantes del área ibera son los cereales, especialmente abundantes en la zona de Santo y en general en todo el área ibera, el olivo, traído a estas tierras por los fenicios y los cartagineses, y la vid, cuyo cultivo podemos situar a partir del siglo IV a. C. Parece ser que los frutales se cultivaban en todo el área ibérica, al igual que las hortalizas, algunas de las cuales merecen la cita de Plinio, como las que se cultivaban en Cartagena y Córdoba. También tenemos noticias del cultivo de palmeras, introducidas por los cartagineses, e higueras y han aparecido almendras en Baza en tumbas del siglo IV a. C. Entre las plantas textiles por los datos de las fuentes escritas sabemos que se cultivaban el lino, siendo muy famoso el de Tarraco (Tarragona) y Saetabi (Játiva), y el esparto, que se cultivaba sobre todo en el Sudeste de España. Presedo piensa que el lino se trabajaría con un sistema muy parecido al que Plinio describe para el esparto, pues la descripción que hace Plinio del trabajo del esparto se parece mucho al método empleado para el trabajo del lino en Galicia: se sembraba la semilla y se recogía en el mes de junio. Una vez quitada la linaza, se ataban pequeños manojos y se sumergía en agua durante una semana, se secaba al sol y se metía en un horno de temperatura no muy alta. Finalmente se "tascaba", cardaba, hilaba y tejía.
Las zonas más ricas en general debían ser las vegas de los ríos Ebro, Segura y Guadalquivir. Debió tener también gran importancia la explotación de los bosques, pues las masas forestales del sur de Sierra Nevada serían para Schüle uno de los mayores atractivos de la costa sur de España para los colonizadores mediterráneos. No tenemos noticias de ello, pero, sin duda, los cartagineses debieron encontrar en España la madera y la pez que necesitaban para los barcos de su flota y de su comercio.
Nos queda, todavía, una pregunta por resolver: ¿quiénes eran los propietarios de la tierra? Arribas y Vigil hacen referencia a la existencia de grandes terratenientes entre los iberos, mientras Maluquer propugna la existencia de una posesión individualizada por familias entre los iberos. Para el Alto Guadalquivir A. Ruiz y M. Molinos, aun sin decidirse claramente, parece que quieren ver un tipo de propiedad mixta, es decir, propiedad individual o familiar, en su caso, junto al oppidum, núcleo urbano-comunidad, como unidad de producción, a partir del texto de Tito Livio (28, 3, 4) donde se dice que algunas ciudades como Oringis contaban con sus propios campos, encontrando un caso semejante en la Torre Lascutana, cuando se permite a sus habitantes seguir manteniendo en usufructo las tierras que ya tenían como tales, pero cuya propiedad era del oppidum de Hasta Regia.
En lo referente a la minería compartimos plenamente la opinión de Presedo de que es muy probable que toda la historia de la España antigua, desde el Bronce hasta Augusto, esté determinada por la abundancia de metales, su búsqueda y explotación por los pueblos del Mediterráneo oriental primero y por Roma después.
Ya en época de predominio de Tartessos la explotación de los minerales estaba bastante desarrollada en el sur de España. En época ibérica se acrecentó la importancia, al añadirse ahora el empleo masivo del hierro a los metales tradicionales. El hierro aparece por primera vez en la Turdetania hacia el 700 a. C., desplazándose su uso hacia el norte y el este, fabricándose en este metal la mayor parte de los utensilios dedicados a la producción, así como las armas. Si hacemos caso a las fuentes antiguas greco-romanas, los yacimientos más importantes de mineral de hierro en esta época estaban en Bilbilis (Calatayud) y Turiasso (Tarazona), es decir, en el valle medio del Ebro, aunque también se extraía entre los bergistanos en Cataluña y en numerosos yacimientos se han encontrado restos de escorias de mineral de hierro de época ibérica.
Pero hay en el área ibérica otras zonas y otros minerales que son objeto de explotación en época ibérica antes de la llegada de los cartagineses, que se siguen explotando, incluso aumentando la producción, con los cartagineses y que no se dejan de explotar por los romanos, una vez conquistada la zona.
El territorio de los oretanos es una zona minera de gran importancia con dos centros mineros por excelencia, Sisapo (Almadén) y Cástulo (cerca de Linares). En época ibera se obtenían los metales de plomo y plata, aunque, cuando realmente se aceleró la producción, fue con la llegada primero de los cartagineses y luego de los romanos. Los datos de Plinio y los estudios de G. Tamain y C. Domergue al respecto son concluyentes.
Con la llegada de los cartagineses se intensificó la producción española de plata, utilizando nuevas técnicas aprendidas de los atenienses, y se desplazó la actividad minera de la plata hacia el Este. Se abandonan, al parecer, las explotaciones de la región de Huelva, pero se continúan explotando los yacimientos de Linares y, sobre todo, se realizan grandes explotaciones en la zona de Cartagena, donde tenemos noticias de que en la época de dominio cartaginés trabajaban 40.000 indígenas en la extracción de la galena argentífera.
Otros metales que se siguen explotando son el cobre de la zona de Cástulo, el oro de las minas de Sierra Nevada y el que se beneficia en los ríos que arrastran arenas auríferas (Genil y Darro), el minio, cuyo centro principal es Sisapo (Almadén) y del que Teofrasto nos habla en el siglo IV a.de C., y el plomo que se explota juntamente con la plata y que debió emplearse en abundancia, pues restos se han hallado con frecuencia en las excavaciones a partir del siglo IV.
Por lo que se refiere a los medios de producción es importante resaltar el conocimiento para esta época y en este área ibera del tornillo de Arquímedes, así como hornos de fundido con ventilación (Estrabón, 3, 2, 8-11).
En cuanto a las unidades de producción, también aquí parece que se puede hablar de la dualidad entre oppidum y familia, al menos para el área del Sur peninsular. En las casas del poblado minero de Riotinto A. Blanco ha encontrado escorias repartidas por el interior de las casas y no en grandes montones, como sucede en época romana, por lo que piensa que la producción no se realizaba en grandes establecimientos, sino que estaba repartida entre los habitantes del poblado con el carácter de pequeña industria doméstica. Por otra parte la ausencia de lucernas y trabajos de profundidad en época prerromana en las explotaciones de cobre demuestran que estas explotaciones a flor de tierra pudieron perfectamente ser explotadas por una sola familia. Junto a ello encontramos la especialización que se ha descubierto en los restos de mineral para algunos de los oppida. Se trataría, según A. Ruiz y M. Molinos, de la especialización de ciudades en determinados productos.
Lo que no está claro para la época ibérica es la propiedad de las minas, si pertenecían a propietarios privados o tenían carácter de públicas.
Al-Andalus en el siglo XI
Desde el punto de vista poblacional, el siglo XI se va a caracterizar por la heterogeneidad étnica. La población de al-Andalus, que en el siglo X se podía calificar como de andalusí, en el siglo XI se encontraría enfrentada a nuevos contingentes de beréberes norteafricanos, coexistiendo, además, con otros elementos étnicos no integrados en el tejido de la sociedad andalusí, que podía dividirse así:a) El elemento autóctono, formado por muladíes (muwallads), mozárabes y judíos, responde a una clasificación de tipo confesional. Los muladíes configuran en el siglo XI el núcleo mayoritario de la población. Son los hispano-godos convertidos al Islam como resultado de la política de islamización del Estado iniciada por Abd al-Rahman II, que suponía la integración de la población valiéndose del Islam como religión del Estado y acompañada de un desarrollo profundo de la Administración. Este proceso culminará en el siglo X con el califato cordobés, en el que, según algunos estudios, la proporción de musulmanes alcanzaba posiblemente el 50 por 100 de la población. Sin embargo, es significativo comprobar que, a pesar del elevado volumen de este sector de la población, no existiese en el plano político una taifa que se denominara muladí o muwallad, salvo, tal vez, la de los Banu Harun del Algarve. Los mozárabes, aquellos que siguen profesando el cristianismo, parecen constituir en el período que tratamos un elemento bastante minoritario pero, en todo caso, muy arabizado. Su estatuto legal era el de dimmí, protegido, con garantías de ejercicio privado de su religión y con la obligación del pago de la chizya, tributo de capitación. A finales del siglo XI este sector poblacional, ahora más rural que urbano, será casi residual y con nula trascendencia en lo político. A la categoría de dimmí pertenecía, también, la población judía. Grandes comunidades existían en las más importantes ciudades de al-Andalus, como Toledo, Córdoba, Badajoz, Zaragoza, Valencia y Sevilla, pero será en la Granada zirí, ciudad de gran tradición judía, donde una familia de judíos, los Banu Nagrella, desempeñará un destacado papel político aportando visires del régulo Badis y de su hijo Buluggín. Los judíos andalusíes habían adoptado la lengua árabe, como refleja su excelente producción literaria, y, dedicados a actividades mercantiles, diplomáticas e, incluso, artesanales, vivían en barrios separados en las ciudades.b) El elemento foráneo, constituido por árabes y beréberes llegados a la Península en el siglo VIII, se puede definir, también, como el elemento invasor cuya entrada fue fluida y no interrumpida desde entonces. Su diferenciación corresponde a un criterio étnico, dado que confesionalmente profesan el Islam. Esta dualidad étnica trascenderá al plano geopolítico de modo que las taifas que surjan tras la caída del califato se distribuirán étnica y geográficamente según su procedencia. Numerosos linajes árabes y beréberes andalusíes asumieron, además, el poder en territorios en donde muchos de ellos ejercían su dominio desde antiguo. En la primera mitad del siglo XI se alzan independientes taifas arabo-andalusíes en el sur y en la Marca Superior, separadas por una importante franja central ocupada por taifas beréberes-andalusíes. Pero, a lo largo de la segunda mitad del siglo, el panorama se simplifica en favor de dos focos arabo-andalusíes: los Abbadíes, en el valle del Guadalquivir, y los Banu Hud, en el valle del Ebro, que se anexionaron varias taifas, situadas a su alrededor.Hubo familias arabo-andalusíes que permanecieron, durante todo el período o durante alguna etapa sólo, al frente de las taifas de Córdoba (los Chahwalies), Sevilla (los Abbadíes), Niebla (los Yahsubíes), Silves (los Muzayníes), Huelva (los Balkríes), Almería (los Banu Sumadih), Murcia (los Banu Tahir), Valencia (los Amiríes) y Zaragoza (primero los Banu Hud y luego los Tuchibíes). Todas estas familias reclamaban para sí un prestigioso origen árabe, y decían descender de tribus oriundas de la Península Arábiga, a través de antepasados llegados a al-Andalus en el siglo VIII, aureolados por la gloria de participar en la expansión islámica.Por su parte, otras familias que lograron la soberanía de alguna taifa eran de origen beréber, pero estaban asentadas en al-Andalus desde el siglo VIII también, llegadas, asimismo, con la expansión islámica. Con el paso de los siglos se habían arabizado totalmente, y pretendían incluso tener una prestigiosa ascendencia árabe. Sus taifas se sitúan en el centro peninsular, en la franja central beréber, en Badajoz (los Aftasíes), Toledo (los Du l-Nún), Alpuente (los Banu Qasim) y Albarracín (los Banu Ratín). Constituían un elemento de reciente implantación en la Península y, por ello, poco aglutinados con el resto de la población. En contraste con los andalusíes, formaban el sector menos arabizado y apenas hablaban árabe. Su llegada a al-Andalus fue fruto de la política intervencionista norteafricana de Abd al-Rahman III, incrementada en tiempos de Almanzor. Un gran número de tribus beréberes que pasaron a engrosar el ejército amirí se vio, al comienzo de la fitna, desprovisto de función, por lo que decidieron apoyar como grupo a uno de los candidatos, Sulayman al-Mustain, quien en pago de los servicios prestados les concedió territorios en calidad de feudos, originando así la creación de nuevas taifas, legitimadas por el reconocimiento otorgado por el califa. Una particularidad importante a destacar es su pertenencia a dos grandes confederaciones beréberes, la de los Zanata y la de los Sinhacha, del Magreb. Estas taifas de beréberes nuevos se instalan en el sur de la Península, con el siguiente reparto según su origen tribal:-Eran Zanatas, o Zenetes, las familias que rigieron las pequeñas taifas de Ronda (los Yafraníes), Carmona (los Birzalíes), Arcos (los Jizruníes) y Morón (los Dammaríes).-Eran Sinhachas los régulos de la taifa de Granada, los Ziríes, que fueron muy importantes y llegaron a anexionarse la taifa malagueña de los Hammudíes, los cuales eran árabes idrisíes descendientes del Profeta, aunque muy berberizados, por residir en el Magreb hasta que, en los albores del siglo XI, empezaron a actuar en la Península Ibérica. Otro grupo advenedizo está formado por los eslavos, saqálibas, esclavos de origen europeo y del norte peninsular que ocupaban altos cargos en la administración y en el ejército califal. Convertidos muchos de ellos en libertos, mawali, crecieron en número y poder, pero no llegaban a integrarse del todo en la sociedad andalusí. Durante la crisis del califato intervinieron en apoyo de los omeyas, especialmente de los amiríes, y ante las turbulencias políticas producidas en la capital a principios del siglo XI, abandonaron Córdoba y se instalaron en el levante y sureste de la Península, consiguiendo, en un proceso bastante oscuro, forjar unas taifas en Tortosa, Valencia, Denia, Baleares, Almería y Murcia. Sin embargo, poco a poco fueron perdiendo poder y al comienzo del período propiamente de taifas sólo estaban consolidados en Denia y Baleares. Sus regímenes inestables y sin arraigo social se vieron dificultados por las circunstancias personales de muchos de ellos, que, siendo eunucos, carecían de garantías sucesorias. Los abid, esclavos negros de origen africano, proceden del intenso tráfico servil desarrollado durante el califato. Incorporados a la guardia personal de los califas, tuvieron un destacado papel en la crisis de principios del XI, pero, a diferencia de los eslavos, generalmente se pusieron del lado de los beréberes.El estatuto personal de mawali, manumitidos, sólo se obtenía con la conversión al Islam e implicaba una relación de patronato bajo sus antiguos dueños.El siglo XI produce dos hechos importantes en el espacio geopolítico de al-Andalus: la fragmentación del espacio interior y el retroceso de la frontera norte ante la presión cristiana, afectando particularmente al territorio de las Marcas, que ahora dejan de ejercer el papel defensivo para el que fueron creadas. Separando los nuevos Estados, existen en el interior de al-Andalus unas fronteras imprecisas, fluctuantes e inestables en función de la relación de fuerza pero que no parecen influir en otro tipo de relaciones como, por ejemplo, las mercantiles y culturales.
Al-Andalus omeya
Hace varias décadas aparecía el libro de Ignacio Olagüe que, bajo el llamativo título de "Los árabes nunca invadieron España", pretendía restablecer la verdad histórica sobre las condiciones en las que se realizó la vinculación de la Península Ibérica con el Islam durante el siglo VIII de la era cristiana. Esta extraña obra encontró entonces algún eco en los medios de comunicación, lo bastante como para justificar una traducción al español financiada por la Fundación March. Luego ha sido olvidada y ha quedado como una curiosidad historiográfica. Nadie, que yo sepa, se atrevería en la actualidad a hacer uso de ella.
El editor de la edición francesa resumía así las tesis de Olagüe: "Desde hace siglos, basándose en documentos incompletos y nada imparciales, las generaciones sucesivas de historiadores clásicos han sostenido como una verdad segura la invasión de la Península Ibérica por los árabes y la introducción del Islam en España por la fuerza de las armas. (...) Para el profesor Ignacio Olagüe, la verdad histórica parece ser muy distinta. (...) Muestra la España del siglo VIII, desgarrada por la guerra civil que enfrentaba a los seguidores del arrianismo con los cristianos ortodoxos. Y ve como una evolución lógica la libre conversión de los "herejes" vencedores a la religión musulmana. De hecho, el autor se replantea la propagación del Islam desde la predicación de Mahoma: ¿no sería el fruto, más que de imposibles conquistas militares, de movimientos internos de las sociedades que se han adherido a ella?"
Si traigo a colación las inverosímiles tesis de Olagüe no es para atribuirme la fácil gloria de una batalla ganada incluso antes de ser librada. Ni siquiera para recordar que algunas ideas del mismo tipo, bajo el manto de la objetividad histórica, siguen presentes aquí y allá en artículos y libros sobre la arabización, en la Edad Media, del país que los autores árabes llaman al-Andalus y que los historiadores modernos llaman con más frecuencia la España musulmana. Me sirven para plantear una vez más, desde la introducción de esta síntesis sobre los primeros siglos de la España musulmana, los problemas que encuentra quien pretende escribir historia, problemas que, en el caso de la España medieval, revisten gravedad especial y tienen la actualidad de los debates abiertos.
Evidentemente, los problemas centrales a los que se enfrenta el historiador son la objetividad histórica y la realidad histórica, ambos íntimamente ligados. Se podría decir, de alguna manera, que no hay otra realidad histórica que la que escribimos, ya que el pasado, por definición, no tiene existencia real mientras no lo escribimos o lo describimos. Describir o escribir, ¿hay que elegir realmente entre estos dos términos? El primero se refiere más bien a una realidad objetiva que convendría transcribir lo más exactamente posible, mientras que el segundo implica una parte mucho mayor de subjetividad. Se describe un paisaje, pero se escribe una novela. Mas si se describe un paisaje en una novela, hay grandes posibilidades de que este paisaje sea inventado. E, inversamente, un paisaje novelado puede ser real. Por tanto, las relaciones entre la escritura y la descripción no son sencillas a ningún nivel. Cualquier escritura conlleva una parte de descripción y cualquier descripción es escritura. Cualquier historia integra una parte de la una y de la otra. No puede ser ni pura escritura ni pura descripción, lo que significa que no es posible liberarla de la subjetividad ni extraer de ella una objetividad total. Sólo al decir esto, ya estoy tomando partido a favor de la objetividad en detrimento de la subjetividad y supongo que la historia tiene que ser, ante todo, objetiva.
Presentadas las cosas de esta forma abstracta, podrían parecer lejanas y, para algunos, algo borrosas. Unas líneas que un importante semanario francés publicó en el momento en el que estaba escribiendo esta introducción nos llevarán fácilmente al centro del debate. Jean Daniel, en el editorial del Nouvel Observateur de los días 13 al 19 de octubre de 1994, ruega a los franceses -o a los europeos- no "oponer a la guerra santa de los islamistas otra guerra santa que sería laica al designar como enemigo a una religión y una sola, el Islam. No hay que hacer del Corán el único texto religioso de entre las religiones reveladas, que se viva de una sola y única forma y que no pueda ser ni modernizado ni reinterpretado: es inexacto, absurdo y, una vez más, es peligroso. Muy peligroso". Se detiene después en el primer punto, el de la inexactitud, para evocar los múltiples momentos y lugares en los que el Islam, a lo largo de su historia, se vivió de forma diferente, y ante todo, "esta sacro-santa Andalucía donde, durante casi setenta años, reinó este maravilloso y sorprendente fenómeno que se llamó "el espíritu de Córdoba".
Como hombre preocupado por las realidades de mi época, me puedo adherir al razonamiento de Jean Daniel en su globalidad, que quiere evidentemente recordar que el Islam puede ser, y ha sido en la historia, y lo es seguramente todavía con frecuencia, una religión tolerante y abierta, al contrario de la alocada caricatura que de ella dan los integristas más extremistas. Como cristiano, no me opongo a la idea de que en cualquier religión, tanto en su doctrina, tal y como la elaboraron los hombres desde el primer impulso que cada creyente piensa haber recibido de Dios desde el comienzo, como en su historia, existe una parte de luz y otra de sombras. Seguramente, el califato de Córdoba rinde más honor a la humanidad que la Inquisición. Sin embargo, me sería difícil, como historiador, suscribir la presentación que hace de la sacro-santa Andalucía. Las palabras y el tono que utiliza muestran, por otro lado, que el propio Jean Daniel es consciente, en parte, del hecho de que el espíritu de Córdoba del que habla es, hasta cierto punto, un mito que deforma o transfigura la realidad histórica y que, al hablar de él, nos encontramos más en el campo de la escritura que en el de la descripción.
Una escritura mítica considerada probablemente eficaz. Eficaz, creo, pero como somnífero, a los ojos de los musulmanes que, con demasiada frecuencia, compensaron sus frustraciones históricas con la evocación nostálgica del Paraíso cordobés perdido. Especialmente eficaz para todos los que quieren, con razón, defender la grandeza histórica del Islam contra todos los peligros de lo que podríamos llamar el anti-islamismo primario, intrínsecamente vinculado con el islamismo más cerrado y limitado. Pero, ¿no nos estaremos exponiendo a caer en una especie, quizás no de falsificación pero sí de equívoco histórico, tal vez útil a corto plazo como argumento en un debate, y nocivo, me parece, en una perspectiva más amplia y también necesaria, de construcción de una historia desapasionada, lo que no significa no-actual?
Me gustaría, en las siguientes páginas, proponer una visión de conjunto, lo más desapasionada posible, de estos primeros siglos tan problemáticos de la historia de al-Andalus.
Al-Andalus, provincia del califato omeya
Después del asesinato de Abd al-Aziz b. Musa b. Nusayr en marzo de 716, parece que la provincia de al-Andalus vivió durante algunos meses una situación confusa, pero pronto volvieron las aguas a su cauce: es posible que los nusayríes, incitados por el alejamiento geográfico de la capital de Dar al-Islam, tuvieran intención de ejercer una especie de ambicioso proconsulado. A raíz de la muerte de Abd al-Aziz b. Musa, los jefes militares de al-Andalus o al menos algunos de ellos, entre los cuales los beréberes parecen haber jugado un papel de cierta relevancia, se habrían puesto de acuerdo para confiar provisionalmente el gobierno de la Península al hijo de una hermana de Musa b. Nusayr, Ayyub b. Habib al-Lajmi. Pero en agosto de 97/716, el representante del califa de Damasco en Qairawan, Muhammad b. Yazid, envió a la Península a un amil o wali, es decir, a un gobernador, llamado al-Hurr b. Abd al-Rahman al-Thaqafi, al frente de una fuerza armada cuyo número es difícil de determinar, pero que parece haber sido bastante importante y cuyo núcleo lo constituían notables árabes llegados de Ifriqiya. Se trataba, según parece, de asegurar el control de una región donde los elementos militares árabes y beréberes instalados tras la conquista habían mostrado demasiada independencia respecto del poder central.
A pesar de su brevedad y a veces poca claridad, tanto los textos árabes tardíos como los más cercanos a la Crónica mozárabe, concuerdan lo suficiente como para poder establecer la lista de gobernadores encargados de la provincia de al-Andalus desde la desaparición de los nusayríes hasta la gran revuelta beréber que sacudió el Occidente musulmán en los años 740-750 y que precedió a la caída del califato de Damasco en este último año. El primer hecho notable es el número relativamente elevado de estos gobernadores: una quincena entre 716 y 741, lo que significa que sus gobiernos sobre esta provincia situada en el extremo occidental de Dar al-Islam, donde se podía haber creído que el alejamiento respecto del centro de poder iba a favorecer la autonomía, duraron una media de apenas dos años.
Seguramente, la provincia andalusí era tierra de guerra santa (yihad), pero salvo el caso de tres de estos gobernadores, muertos de muerte natural o en guerra santa, como es el caso de Abd al-Rahman al-Ghafiqi, gobernador a partir de 730-732, caído en la célebre batalla de Poitiers, los demás fueron destituidos por voluntad del califa de Damasco. Nombramientos y ceses se sucedieron a un ritmo rápido que pone de manifiesto cierta inestabilidad gubernamental y administrativa en la cumbre del Estado, pero que demuestra también el fuerte control efectivo que el poder central omeya ejercía sobre la provincia. Y cuando se designaba a algún gobernador interino in situ no iba confirmado ni por Damasco ni por el gobernador de Qairawan, superior jerárquico del de Córdoba.
Numerosos problemas tuvieron que solucionar estos gobernadores. Uno de los principales, sobre el que las noticias son confusas en el primer momento tras la conquista, era el del ordenamiento de las tierras y la fiscalidad, tanto de los conquistadores musulmanes, árabes y beréberes, como de las poblaciones cristianas y judías sometidas. Resulta muy difícil conocer la realidad de las medidas que tomó cada uno de ellos y sus resultados. Sólo es seguro que los textos, tanto las crónicas árabes como la Crónica mozárabe, manifiestan claramente que fue el problema central con el que tuvo que lidiar la administración omeya durante el primer cuarto de siglo de la historia andalusí y que fue la causa de muchas tensiones a todos los niveles: tanto en las relaciones entre grupos etno-religiosos que poblaban desde entonces la Península, es decir, musulmanes, judíos y cristianos, beréberes, árabes y elementos indígenas, como sus relaciones con el poder provincial y con el califato.
Con seguridad, la acuñación de monedas estaba directamente relacionada con la situación económica y fiscal de la provincia, pero es bastante difícil determinar exactamente de qué manera. En 102/720, el gobernador al-Samh b. Malik al-Jawlani, enviado por el califa Umar b. Abd al-Aziz, emitió los primeros dinares puramente árabes, poniendo fin al breve período de transición durante el cual se habían acuñado monedas de oro latino-musulmanas primero, luego siempre musulmanas, por supuesto, pero bilingües en latín y árabe. De hecho, las series latinas y latino-árabes sólo aparecen -de forma discontinua- en los años 93/711 al 98/716-17; después no se conocen acuñaciones para los años 99 al 102/720-21, lo que parece indicar que la situación administrativa y fiscal del país no era muy clara ni muy estable. En cambio, de los años siguientes, tenemos monedas fechadas, en oro o plata, y excepcionalmente en cobre, de todos los años entre el 102/720-21 al 107/725-26, luego, con menos regularidad, únicamente monedas de plata entre este último año y el 131/748-49. En este momento las acuñaciones fechadas se interrumpieron completamente y no se reanudaron hasta el 146/763-64, en época del emirato omeya, cuando sólo se efectuaban acuñaciones de plata. Es muy difícil interpretar satisfactoriamente esta evolución, cuando sus determinantes económicos y político-administrativos se nos escapan ampliamente.
Al-Mansur en la cumbre del poder
Es probable que, por un lado, el nuevo hayib actuara como un verdadero soberano. Siguió desplegando una actividad militar considerable: dirigió dos grandes expediciones contra los cristianos en el 978, y tres en el 979. A partir del 978, mandó que se edificara una nueva ciudad principesca, enfrente de Madinat al-Zahra', al oeste de Córdoba. Los trabajos, en los que se usaron casi con seguridad materiales de construcción rápida, es decir tapial y no piedra como la ciudad califal, se terminaron en dos años. Trasladó allí todo el aparato central del Estado. Todo esto provocó la ruptura con su suegro, Ghalib, que siempre se había destacado por su lealtad hacia los omeyas. Las últimas cinco campañas que tuvieron lugar entre el verano del año 980 y el del año 981 fueron dirigidas más bien contra el jefe de la frontera que se había aliado con los cristianos que contra estos últimos. No hacía falta más pretexto para acabar con el viejo general, finalmente vencido y muerto en la batalla de Atienza en el verano del 981. A la vuelta, Ibn Abi Amir se engalanó con el sobrenombre o laqab sultaniano de al-Mansur, luego volvió a dirigir la guerra santa, llevando en el otoño del año 981 dos campañas contra la frontera occidental (Zamora y Portugal actual), descuidada desde hacía dos o tres años.
El ritmo de esta sorprendente actividad militar no disminuyó en los años siguientes, ya que hay datos de 55 expediciones de al-Mansur a lo largo de sus veintidós años de reinado. Las dos campañas más sonadas fueron las que terminaron con la toma de Barcelona en el 985 y con el saqueo de Santiago de Compostela en el 997. Esta incansable actividad de yihad victorioso era parte de una política reflexiva, la única capaz de procurar al dictador de al-Andalus la legitimidad que, por otro lado, dependía solamente de la decisión de un califa con la facultad de destituirle de su cargo de hayib teóricamente en cualquier momento. Sin embargo, sería inexacto entenderlo como un hecho puramente coyuntural. El Islam, en el que los ardores de guerra santa se habían apaciguado desde hacía tiempo, conoció en Oriente, con el Emir de Aleppo y Mosul Sayf al-Dawla, a mediados del siglo X (947-967), un cierto dinamismo militar frente a los bizantinos, asociado a una exaltación oficial de la guerra santa; en los mismos años en los que al-Mansur atemorizaba a la España cristiana por sus campañas victoriosas, los musulmanes de Sicilia, durante la dinastía kalbí de Palermo, inquietaron seriamente la Italia meridional. La gran victoria de Capocolonna que lograron luchando contra el potente ejército del emperador Otón II tuvo lugar en el año 982, tres años después de la toma de Barcelona. Unos años más tarde, en el extremo oriente del mundo musulmán, el emir de Ghazna Mahmud (997-1030) atacaba ferozmente la India del Norte que conquistó e islamizó.
A pesar de las precauciones para controlar la ciudad palatina de Madinat al-Zahra' -bajo estrecha vigilancia militar desde el principio- y para dominar la administración y el ejército, varias alertas revelan que la oposición al poder amirí siguió siendo peligrosa hasta el final. En el 979, entre la destitución de al-Mushafi de sus cargos y la victoria sobre Ghalib, una trama para asesinar a Hisham II y reemplazarlo por uno de sus primos desembocó en la ejecución de un alto oficial de palacio, Yawhar, el gran fata de sahib al-madina de Madinat al-Zahra' y de sahib al-radd Abd al-Malik b. Mundhir, famoso jurista, hijo del gran cadí de al-Hakam II, al-Mundhir b. Sald al-Balluti. Es posible que con estas ejecuciones Ibn Abi Amir buscara, a la vez, atraer la solidaridad de los fuqaha' malikíes, con gran poder entre la opinión pública. En el 989, Abd Allah "Piedra Sicca", gobernador omeya de Toledo, y Abd al-Rahman b. Muhammad, gobernador árabe tuyibí de Zaragoza, se pusieron de acuerdo con Abd Allah, el hijo mayor del dictador, irritado de la preferencia que demostraba su padre hacia su hermano Abd al-Malik, y organizaron un complot del que al-Mansur se dio cuenta a tiempo. Lo desmontó con su consabida sabiduría deshaciéndose de los conjurados unos tras otros. En el año 996, se habló todavía de un golpe de Estado legítimo, tramado por Subh, que restablecería al califa sus derechos. Curiosamente, el período transcurrido entre los años 368-377/978-988 fue marcado por un gran vacío en la emisión de moneda, que disminuyó hasta casi desaparecer. Durante este período se afirmó, no sin violencia, el poder de Ibn Abi Amir, a pesar de las resistencias mencionadas más arriba. Aquí también se tiene la tentación de ver en esta evolución de la actividad monetaria un efecto de la crisis política que se produjo en el país o al menos el efecto de una política deliberada cuyas razones se nos escapan.
En una tesis y un artículo recientes, Marie Geneviéve Balty-Guesdon propone una interesante interpretación de las célebres Clases de médicos de Ibn Yulyul -redactadas a petición de un miembro de la familia omeya de Córdoba y acabadas en el 987 ó 988- que considera la obra claramente favorable a la dinastía legítima y hostil a la afirmación del poder amirí. Si esta tesis, que se basa en argumentos bastante convincentes, fuera exacta, confirmaría la idea de que el mayor poder de los amiríes suscitaba también la oposición en ciertos ambientes intelectuales. El proceso abierto contra Abd al-Malik b. Mundhir por herejía y su posterior ejecución tuvo lugar al comienzo del ascenso del amirí en el año 979 y fueron implicados y molestados otros sabios interesados en la teología, la filosofía y la lógica en la trama destinada a devolver el poder a los omeyas. Sabemos que al-Mansur llevó a cabo una depuración de las grandes bibliotecas que había reunido el califa al-Hakam II y ordenó destruir todos los libros que trataran de las ciencias que los doctores malikíes y la población consideraban subversivas o ilícitas. Ibn Yulyul no mencionó en su historia de los médicos a los que formaban parte del entorno de al-Mansur y tomó indirectamente posición contra el régimen amirí afirmando que en Oriente, bajo el poder de los buyíes, no se había producido en el campo de la medicina nada que mereciera ser mencionado porque los gobernantes no eran reyes ni hijos de reyes, preocupados por la ciencia. Es clara la alusión al hecho de que al-Mansur no era rey ni hijo de rey y su política cultural, al contrario de la de al-Hakam II, sólo pretendía no contradecir los estrechos puntos de vista de los doctores malikíes.
Aparte de la represión de la oposición y de esta política netamente conservadora de los valores tradicionales, la actuación interior de al-Mansur apenas se conoce. Se tiene noticia del conjunto de reformas que impuso a la organización militar de al-Andalus cuya naturaleza exacta y alcance no es fácil descubrir. Por un lado, habría librado a los andalusíes del servicio militar a cambio de nuevos impuestos que le permitirían intensificar el reclutamiento de tropas mercenarias, beréberes o saqaliba, y por otro -cosa que parece algo contradictoria con lo que precede- habría roto la coherencia de las antiguas uniones tribales del viejo yund árabe creando nuevas estructuras en las que los yund/s de diferentes orígenes se mezclaban. Su deseo de desarmar a la oposición cada vez más amenazadora de los cuadros árabes y de su clientela que habían dominado hasta entonces al Estado cordobés le habría dictado esta política.
Alanos, vándalos, suevos y bretones
Con excepción de los últimos, ya hemos hablado de las circunstancias de la entrada de estos pueblos en Hispania y de su historia y desaparición como pueblos autónomos. En relación con los suevos, que fueron los únicos que permanecieron largo tiempo en territorio peninsular, concretamente en la Gallaecia hasta que Leovigildo puso fin a su reino, las informaciones que poseemos hacen referencia básicamente a la situación de la Iglesia católica, que parece gozar de una cierta libertad. Los suevos convivieron con la población autóctona, sin que conozcamos bien el grado de compenetración al que llegaron. Hay pocas noticias, salvo las de carácter militar de luchas contra la población y contra tropas imperiales en sus afanes expansionistas, que les llevaron a dominar una buena parte del territorio peninsular y que duraron tanto desde los primeros reyes conocidos, de Hermerico a Remismundo, como, tras un paréntesis de casi cien años, de Cariarico a Audeca. Las fuentes de la época, en especial Hidacio, cuyo relato se extiende hasta el 468, hablan de las frecuentes incursiones y devastaciones contra diversos pueblos de la Gallaecia y la Lusitania, y contra familias nobles y pueblos enteros. Por contra, sus relaciones con los visigodos de Tolosa parecieron estrecharse al convertirse los suevos al arrianismo. De todas formas, esta minoría étnica sí debió llegar a una mayor integración y convivencia con la población autóctona en la segunda mitad del siglo VI, cuando se convirtieron al catolicismo. De hecho, la actividad pastoral de Martín de Braga era propiciada por la monarquía sueva. Igualmente, de las fuentes y de los datos biográficos del propio Martín y sus contactos con algunos personajes como Venancio Fortunato, podemos deducir las relaciones que mantendrían con la Gallia merovingia, a través de la vía marítima del Cantábrico; contacto y vía que posibilitaría, por otra parte, la llegada de una comunidad bretona a tierras galaicas, como lo documenta la constatación de una ecclesia Britonensis, a partir de la fundación de un monasterio. El obispo de dicha diócesis acudió al Concilio de Braga del año 572.
Alfabetización y consumo cultural
La alfabetización, desde la célebre encuesta Maggiolo realizada en 1877-1880, ha sido cuantificada a través de las firmas de los individuos. La validez del test de la firma ha sido objeto de un amplio debate entre los historiadores franceses. Yves Castan no ve en las firmas más que una producción funcional derivada de la práctica judicial, notarial y comercial, pero sin deducir una correlación con la alfabetización de la población. La seguridad y la elegancia del trazo no testimonian más que la frecuencia del ejercicio. Meyer y Schofield han disociado, por su parte, el aprendizaje de la lectura y de la escritura considerando que los firmantes serían menos numerosos que los que saben leer, pero más abundantes que los que saben escribir. Es significativo a este respecto que el curandero morisco Román Ramírez, que tenía una buena biblioteca, leyese con dificultad y no supiese escribir.
Las fuentes documentales para el estudio de la alfabetización en España en los siglos XVI y XVII son, como ha señalado Bennassar, de tres tipos: judiciales, fiscales y notariales. Entre las primeras, sobresalen especialmente los procesos inquisitoriales, de los que se han estudiado especialmente, a este respecto, los de Toledo y Córdoba. Las preguntas a los acusados son del más elevado interés, porque deben aclarar si saben leer y escribir, si tienen libros y cómo son las oraciones fundamentales.
Entre las fuentes fiscales, destaca el registro del donativo, un impuesto que incluía a la propia nobleza y que recogía, con la precisa mención de la contribución pagada por cada cabeza de familia, la firma, cuando sabían hacerla, lógicamente.
Las fuentes notariales, sobre todo los testamentos, permiten conocer los porcentajes de alfabetos en función de las firmas de los testadores. Aparte de los problemas de representatividad social de la documentación, en Cataluña, por ejemplo, la fuente plantea importantes limitaciones, como la no necesidad de autentificar con la firma la documentación notarial hasta la ordenanza de noviembre de 1736. En Cataluña, sólo, por lo tanto, puede cuantificarse la firma desde la segunda mitad del siglo XVIII.
Bennassar ha llevado a cabo una encuesta sobre la alfabetización que cubre Galicia, la zona cantábrica, Castilla la Vieja, la región de Toledo, la Alta Andalucía, Cádiz y Madrid. Sus conclusiones son optimistas, ya que homologan la situación cultural de España a la de los países de la Europa Occidental de su tiempo. El clero, desde luego, era un estamento cuyos miembros sabían leer y escribir en una proporción del 90 al 95 por ciento. Los hombres de la nobleza sabían leer en una proporción del 90 al 95 por ciento. Sus mujeres sabían leer en su mayoría, pero no escribir. Letrados y grandes comerciantes sabían leer y escribir en su totalidad: sus mujeres estaban alfabetizadas sólo parcialmente.
Artesanos, pequeños comerciantes y labradores sabían leer y escribir en proporciones que oscilan entre la tercera parte y la mitad. Los jornaleros y los peones serían casi todos analfabetos. La formación de los criados domésticos dependía naturalmente de la de sus amos.
Geográficamente es evidente una mayor alfabetización en las zonas urbanas que en las rurales. Los contrastes son muy grandes. En el siglo XVII los porcentajes más bajos los vemos en Huelva (13%), La Bañeza (19%), Medina Sidonia (19,6%); los más altos en Avila (52,4% cristianos, 64,3% moriscos), Madrid (45,3%), Santiago (52,5%), Badajoz (44,2%) y los intermedios de Toledo (39%), Córdoba (40%), Oviedo (30%) y Avilés (38,7%).
La cultura es esencialmente elitista: el clero, los ambientes de la nobleza, de la administración, de los grandes rangos y empleos, el ejército en sus grados superiores, saben leer y escribir. La frontera entre la alfabetización y el analfabetismo se sitúa en el mundo del pequeño comerciante, del tendero y del artesano.
¿Quiénes tenían libros en la sociedad española del siglo XVI? Los inventarios de bibliotecas han sido explotados últimamente por varios historiadores. Bennassar en sus exploraciones en el Valladolid del siglo XVI localizó 45 bibliotecas sobre 385 inventarios (el 11,7%). En Barcelona, según la tesis doctoral de M. Peña, el número de poseedores de libros asciende entre 1473 a 1600 al 16,69 por ciento (una media de libros por persona: 28,06) con un 30,9% de lectores y en 8,64% de lectoras. La media del número de libros va aumentando (hasta 1500: 15, 6; 150150: 21,9; 1551-1600: 35,2).
El mejor estudio es el de Philip Berger para la Valencia del siglo XVI. Gracias al peritaje de 1.849 inventarios, Berger ha podido establecer 577 hombres sobre 1.715 (el 33,6%), 125 mujeres sobre 774 (el 16,14%). Entre estos 577 hombres aparecen 97 artesanos y 88 comerciantes, lo que no es en modo alguno desdeñable. Sobre todo, el promedio de los libros poseídos aumenta regularmente, cualquiera que sea el grupo social considerado; por ejemplo, los artesanos que tienen libros poseen solamente 2,8 unidades como promedio de 1490 a 1518, pero el promedio sube a 5,1 unidades de 1519 a 1560.
La lectura es un hecho excepcional en Valencia en el trabajador manual (aunque existen excepciones), mientras que interesa a un individuo sobre tres en el sector terciario, a uno sobre dos en la nobleza y al menos a tres sobre cuatro entre los profesionales liberales y el clero. Los porcentajes de posesión de libros en España son homologables a los que conocemos para París (10% en el siglo XVI), Canterbury (10%), Amiens (20%) o Grenoble (18%), aunque son muy inferiores a los de las ciudades alemanas.
La introducción de la imprenta no supuso cambio sustancial en el volumen de lectores. Lo que cambió fue el numero de libros de las bibliotecas, mucho más que el número de lectores. Los comerciantes hasta 1502 tienen un promedio de 4,3 libros que sube hasta 6,3 de 1503 a 1560; los médicos y juristas, también hasta 1531, tienen 26 libros, que subirían a 53,5; y el clero, 19 antes de 1531, 50 de 1531 a 1560.
Las bibliotecas con más de 500 títulos fueron excepcionales. Incluso las de 50 libros pueden considerarse grandes. De los 31 inventarios de bibliotecas particulares de los que se hace eco Maxime Chevalier, de 1504 a 1660, sólo 8 contaron con más de 50 títulos. Destacan las del marqués de Zenete (631 títulos) en 1523, el duque de Calabria (795 en 1550), D. Juan de Ribera (1.990 en 1611), el inquisidor general Arce y Reinoso (3.880 en 1665), el condestable de Castilla, D. Juan de Fernández de Velasco, el médico Jerónimo de Alcalá Yáñez... Quizás la biblioteca más importante fue la del conde-duque de Olivares, con 2.700 libros impresos y 1.400 manuscritos. Bennassar estudió la biblioteca del profesor de filosofía de Valladolid, Pedro Enríquez, con 852 títulos. El pintor Velázquez tenía 154 libros en 1660; el inca Garcilaso de la Vega, 188 títulos; Idiáquez, el secretario de Felipe II, 496; Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, 97; y la reina Isabel la Católica, 253 libros.
¿Qué leían los lectores del siglo XVI? La hegemonía del libro religioso es indiscutible. Bennassar, sin embargo, se ha esforzado en subrayar que los religiosos distan mucho de ser mayoría en algunas bibliotecas por él analizadas (el 25% en la biblioteca de Pedro Enríquez, el 11'1% en la del noble Francisco Idiáquez...), al mismo tiempo que ha destacado la importante presencia de las obras de derecho, historia y ciencias, lo que le ha llevado a insistir en el singular gusto humanista que demuestran muchas de estas bibliotecas. Naturalmente, las diferencias del gusto cultural de las diversas clases sociales son muy grandes.
¿Podemos deducir unas tendencias consumistas determinadas en la lectura del siglo XVI? Observaremos una inclinación hacia la medicina tradicional, con poca presencia de las obras más avanzadas. Sólo en el siglo XVII aparecen, y de modo muy escaso, Vesalio y Fracastoro. La filosofía presente es esencialmente escolástica con particular predominio de Aristóteles. Abunda el derecho canónico y civil, de todo tipo de corrientes, así como el derecho local. La literatura clásica griega (Homero, Sófocles, Heródoto, Platón, Diógenes, Esopo) y romana (Ovidio, Terencio, Juvenal, Catulo, Tibulo, Plauto, Virgilio) está muy representada. De la literatura catalana aparecen con cierta frecuencia Ausias March, Ramón Llull y Francesc Eiximenis. En los años finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI se constata una tendencia al relevo de las bibliotecas de la literatura medieval por los exponentes de la penetración renacentista, aunque ciertamente la penetración de este influjo fue lento, más precoz en la Corona de Aragón que en Castilla. La literatura italiana cuenta con seguidores que leyeron abundantemente a Petrarca, Dante y Bocaccio. De la literatura española es visible en los inventarios la afición por la novela caballeresca. La novela y el teatro estarán muy presentes en los inventarios, sobre todo en el siglo XVII (Cervantes, Lope y Calderón). Domina, desde luego, el libro funcional: religioso para clérigos, jurídico para abogados y científico para médicos.
Pero las lecturas no se limitaban a los libros. El interés del público se dirigió, de modo especial, hacia los pliegos sueltos. El pliego suelto, compuesto por 2 ó 4 hojas, recoge aproximadamente hacia 1560 sobre todo romances, glosas de romances, canciones y villancicos. Desde dicha fecha, y a lo largo del siglo XVII, el pliego suelto se especializa como subliteratura, en buena parte vendida por ciegos y con relaciones de crímenes, milagros y sucesos, en general de carácter truculento, que en ocasiones lleva incluso a sus autores a tener conflicto con la ley. Como mencionan Pedro Cátedra y María Victoria López Vidrieres, este tipo de literatura planteó muchos quebraderos de cabeza a sus productores y censores por muy variadas razones. Por la invención infamatoria de sucesos, muertes o suerte infernal de personas recientemente fallecidas sufrieron prisión el inventor del infundio, el toledano medio ciego Mateo de Brizuela, y varios impresores castellanos y sevillanos que elaboraron el pliego, ahora perdido. Por imprimir coplas sobre la muerte en cadalso de nobles rebeldes sufrió prisión el vallisoletano Fernández de Córdoba.
Los grandes especialistas en esta materia son sin duda el ya desaparecido Rodríguez Moñino y la profesora María Cruz García de Enterría. Se trata de una literatura para masas, sin que ello presuponga sólo a los grupos inferiores; un género que proporciona una importante fuente de ingresos para la imprenta tradicional española, con una continuidad que alcanzará hasta principios de nuestro siglo. Los pliegos se nos presentan en grandes cantidades en los almacenes tipográficos del siglo XVI. La literatura ha recogido la figura entrañable del ciego ambulante de la difusión cultural del Antiguo Régimen (Lazarillo, Cervantes, Lope de Vega...).
Los pliegos sueltos tenían otras aplicaciones. Con harta frecuencia, eran textos para la lectura en escuelas públicas, costumbre mantenida hasta el siglo XVII. En 1775 el conde de Campomanes se lamentaba de esta utilización, sobre todo en el caso de aquellos pliegos que trataban de "romances de ajusticiados, porque producían en los rudos semillas de delinquir, de hacerse baladrones... cuyo daño traían asimismo los romances de los Doce pares de Francia y otras leyendas vanas".
La realidad de la existencia abundante de esta literatura popular nos obliga a reflexionar sobre las formas de la lectura en la España del Siglo de Oro, es decir, sobre la capacidad de acceso a los escritos por parte del conjunto de la sociedad. Nos aproxima al objetivo de detectar la lectura efectiva en el Antiguo Régimen.
En el acercamiento a la lectura a través de los inventarios debe tenerse siempre muy presente que éstos son sólo la constatación de aquello que se ha conservado al final de la vida y no lo que realmente se ha podido leer a lo largo de la misma. Como ha señalado Fernando Bouza, sin duda alguna la mayor dificultad que deben superar los historiadores de la lectura es la determinación del público real de los libros, es decir el público que en la práctica conoció las obras impresas o manuscritas, bien porque la leyera personalmente, bien porque la oyera leer.
Porque el libro se prestaba, se regalaba, se intercambiaba, incluso se alquilaba. Maxime Chevalier citaba un pasaje del Guzmán de Alfarache en que, a propósito del casamiento de un pícaro, se criticaba a las doncellas que "dejándose de vestir gastan sus dineros alquilando libros".
El libro se leía no sólo a nivel individual sino también público, colectivo, lo que definía también, como ha señalado Roger Chartier, estrategias tipográficas diferentes en torno al texto según fuera dirigido a una lectura silenciosa o colectiva, a un público cultivado o más popular (presencia mayor o menor de imágenes, resúmenes, etcétera).
En este sentido, resulta necesario realzar algunas puntualizaciones que permitan desterrar viejos tópicos establecidos sobre la cultura de nuestro Siglo de Oro y su relación con el mundo impreso. Primero, la época moderna forma parte de un largo proceso general de hibridación de formas orales-visuales-escritas que conducirá de una situación de alfabetización restringida -que había caracterizado a las sociedades antigua y medieval- a una situación de alfabetización de masas como la actual.
Ahora bien, esta visión progresiva y teleológica del proceso no nos puede hacer caer en la distorsión que considera, en aras del progreso, a la cultura oral -respecto a la cultura escrita- como inferior, conservadora o tradicionalista. Ni lo oral ni lo icónico-visual como formas de comunicación perdieron vigencia alguna durante la época moderna, y menos en el siglo XVI.
Segundo, el empleo de estas formas plurales (visuales, orales y escritas) de difusión cultural no permite clasificaciones sociales. De ellas hizo un uso tan frecuente tanto la cultura popular de los iletrados, como la llamada cultura de las elites o minoría letrada.
Hoy es evidente que las formas de expresión oral e icónico-visual durante los siglos XV al XVII no estuvieron en retroceso, sino en pleno auge. Un caso típico de lectura colectiva aparece descrito en un famoso pasaje de Don Quijote (1, 31), aquel en el que Palomeque cuenta que durante la cosecha algún segador de los que pasan los días de fiesta en su venta "coge uno de estos libros en las manos, y rodéamonos de él más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas". Incluso, apunta Roger Chartier acerca de este episodio, parece que Cervantes jugaba con la posibilidad de que su Don Quijote se conociera siendo oído, por lo que el propio Cervantes -o su editor- habría diseñado capítulos breves; así un capítulo de la segunda parte, el sexagésimo sexto, se titula que trato de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchore leer.
Sin duda, son numerosos los ejemplos y testimonios acerca de la realidad cotidiana de este tipo de lectura en voz alta. Esta lectura en voz alta ha venido a romper otro postulado que, asimismo, estaba bien establecido en la tradición de la historia cultural europea: la igualdad entre alfabetización y acceso a la lectura. Casos como el citado de la venta cervantina prueban que no saber leer no suponía quedar fuera del alcance de la lectura y de los libros, aunque a una y a otros se llegara por vías diferentes.
El consumo oral del texto escrito se prolongó mucho más allá de los inicios de la imprenta y de la difusión masiva del libro, y de ello encontramos reflejo no sólo en los testimonios literarios sino también en los registros inquisitoriales. Cuando hacia 1600 los legajos de la Inquisición que registran el caso del morisco Román Ramírez dicen reiteradamente que éste leía de memoria libros de caballerías, están aludiendo a una recitación oral sin ningún texto de por medio. Ello revela la importancia que esta cultura dio al tema de la memoria.
Todavía es frecuente encontrar opúsculos del Siglo de Oro con títulos de Cómo mejorar tu memoria; y editores como Timoneda en el siglo XVI editaron narraciones breves, cuentos, fábulas o consejas, mezcla de relato y de mímica que arrancaba de más atrás, con la expresa finalidad de contribuir a mejorar la calidad y la cantidad de esa tradición oral. Los cuentos se publicaban para ser memorizados y luego repetidos en las conversaciones. La transmisión de la literatura a través de la voz (lecturas públicas, teatro, etc...) desempeñó, pues, un papel de primer orden.
Alfonso XI restablece la autoridad real
El rey Alfonso XI, una vez encargado del gobierno efectivo de sus reinos, puso fin a la anarquía que, durante su minoridad, había campado a sus anchas. Pero al mismo tiempo reanudó la ofensiva contra los musulmanes de al-Andalus y, sobre todo, realizó una formidable labor de fortalecimiento del poder regio. No obstante la crisis continuaba, manifestándose básicamente en la frecuencia de los malos años, pero también, al final de su reinado, en la presencia de la peste negra, de la que el propio Alfonso XI fue víctima.
Las primeras medidas de Alfonso XI, una vez proclamado mayor de edad, consistieron en suprimir la Hermandad y deshacerse de los tutores. Hubo nobles, como el inquieto Juan Manuel, que intrigaron contra el monarca, pero sin obtener el menor éxito. También fue un triunfo para Alfonso XI la renuncia definitiva de Alfonso de la Cerda a sus pretensiones, hecho que se sustanció en 1331. Renacida la paz en sus reinos, el monarca castellano entendió que había llegado el momento de poner en marcha de nuevo la "guerra divinal" contra los musulmanes.
Su objetivo era dominar la zona del estrecho de Gibraltar, en donde llevaban la voz cantante los benimerines norteafricanos, aliados de los nazaríes.
Alfonso XI, que deseaba el concurso de la flota catalana, pactó en 1328 con el rey de Aragón Alfonso IV. Las operaciones militares se iniciaron en 1330. Los primeros combates fueron favorables para los musulmanes, que consiguieron recuperar Gibraltar en 1333. Pero unos años después la ofensiva castellana, que contó en esta ocasión con la ayuda portuguesa, se saldó con la resonante victoria del Salado (1340). Un nuevo éxito, junto al río Palmones (1343), permitió a los castellanos conquistar Algeciras en 1344. Aunque la plaza de Gibraltar no pudo ser recuperada por los cristianos (precisamente estando en el cerco de dicha plaza murió Alfonso XI, en 1350), lo cierto era que se había conjurado el peligro de una invasión desde el Norte de Africa. Pero simultáneamente se había dado un paso gigantesco en otro ámbito: los castellanos se habían hecho con la llave marítima del Estrecho, elemento clave en la comunicación marítima entre el Mediterráneo y el Atlántico.
No obstante, el principal legado de Alfonso XI corresponde a otro terreno. Concretamente, pensamos en las medidas tomadas en orden al fortalecimiento del poder regio. Por de pronto dicho monarca instituyó el regimiento en el gobierno de los municipios. En 1345 se creaba el regimiento de Burgos, que estaría integrado por 16 hombres buenos, los cuales, junto con los alcaldes, el merino y el escribano mayor, constituirían el ayuntamiento propiamente dicho de la ciudad del Arlanzón. Los motivos que alegaba Alfonso XI para tomar esa medida respecto a la ciudad de Burgos eran garantizar que personas responsables ordenaran la vida de la urbe, al servicio tanto del rey como del "pro comunal de la dicha çibdad", y evitar las frecuentes discordias que había en el concejo. Las atribuciones que se asignaban a los regidores eran:
"que se ayunten ...dos dias en cada semana... e que vean los fechos del conçejo... e que ayan poder conplidamente para administrar todas las rentas de los comunes de la dicha çibdad... e... ayan poder de fazer e mandar fazer las lavores de la çerca de los muros, e de las calçadas, e de las puentes ...e...ayan poder para nonbrar de conçejo mandaderos, e enbiarlos a nos... e... ayan otros y poder de dar e partir en cada anno los ofiçios de la villa".
En ese mismo año se crearon los regimientos de León y de Segovia y en 1346 el de Madrid, propagándose en años posteriores el sistema por todo el territorio de la Corona de Castilla. Cada concejo estaría integrado por un número fijo de regidores, que eran nombrados por el rey, de entre los que le eran propuestos por las propias ciudades y villas, con carácter vitalicio. No se trataba, como a veces se ha dicho, de implantar el regimiento, o concejo restringido, en sustitución del concejo abierto, sino de respaldar un proceso que venía de atrás y que conducía al monopolio del gobierno local por sus respectivas aristocracias. De todos modos la intervención directa del monarca en la constitución de los regimientos consolidaba el poder regio de manera notable.
No menos importante fue la aprobación, en las Cortes celebradas en la localidad de Alcalá de Henares en 1348, del célebre Ordenamiento que lleva el nombre de esta población. La medida se justificaba por la necesidad de agilizar la administración de justicia, pues, dado el panorama existente en Castilla en aquel tiempo, "la justiçia non se puede fazer commo deve et los querellosos non pueden aver conplimiento de derecho". Pero en el fondo se iba más lejos, pues se trataba de poner en aplicación las disposiciones de carácter romanista recogidas en las Partidas. Ahora bien, con dicha medida se establecía la primacía, en el orden de prelación de fuentes, del derecho de la corona sobre cualquier otro de carácter territorial o local. La antigua dispersión normativa de los reinos de Castilla y León dejaba paso a la unificación, bajo el signo del Ordenamiento de Alcalá. Pero al mismo tiempo se potenciaba considerablemente la potestad regia.
Alí ibn Yusuf
El emir Alí sucedió a su padre Yusuf en 1106, y fue un digno mantenedor, al principio, de la trayectoria ascendente iniciada por éste; continuó la guerra santa. Tamin, su hermano, comandaba con los otros generales-gobernadores almorávides una campaña contra el castillo de Uclés, que fue ganado en mayo de 1108. Poco más de un año de este éxito, Alí pasó a al-Andalus por segunda vez en su reinado para dar a la empresa el mayor realce. El ejército almorávide, dirigido por Alí, atacó Talavera y entró en ella (agosto de 1109), siguiendo su marcha hacia Toledo, tomando el castillo de Canales, en plena ilusión de reconquistar la emblemática ciudad. Esta ciudad pudo ser defendida con éxito por los cristianos, obligando a Alí, tras un mes de asedio, a levantar el cerco.En Levante le tocaba actuar al ejército almorávide. Aunque Alí continuó respetando las buenas relaciones establecidas, por su padre, con el rey hudí al-Mustain. Pero, al morir éste en la batalla de Valtierra (enero de 1110), le sucedió inmediatamente su hijo Abd al-Malik, Imad al-Dawla. A consecuencia de esta batalla, en la que tuvieron los musulmanes gran mortandad, los zaragozanos quedaron divididos: los partidarios de los almorávides, aumentando día a día, fueron la mayoría, y no tardaron en llamar en su auxilio al gobernador de Valencia Muhammad ibn al-Hayy, que entró en Zaragoza el 31 de mayo de 1110, obligando al último régulo de los reinos de taifas, Imad al-Dawla, a huir y a refugiarse en el castillo de Rueda, sobre el Jalón, donde murió en 1130. Así, el Imperio almorávide consiguió, en esta época, la máxima expansión territorial en la Península. Mientras tanto, siguieron las luchas entre los nuevos conquistadores, por un lado, y los aragoneses y catalanes, por otro, en toda la Marca Superior y en Levante, desde Tortosa y Lérida, al Este, hasta Tudela, al Oeste. La ofensiva de los almorávides continuó a través de incursiones, por tierras aragonesas y catalanas, hasta ocupar las Baleares (en 1157) que, más tarde, se convirtieron en un señorío almorávide de los Banu Ganiya.Los almorávides, que habían llegado a su máximo apogeo militar y político, de pronto empiezan a perderlo. En mayo de 1117, Alí, cruzó, por tercera vez, el Estrecho y desde Sevilla, capital de la región occidental, marchó con su ejército hacia Coimbra y la tuvo cercada veinte días, sin lograr tomarla. Mientras, en el Valle del Ebro, y tras la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador en diciembre de 1118, el monarca aragonés no se detiene y culmina su avance y el desmantelamiento del ex reino hudí tomando, entre 1119 y 1124, las ciudades y fortalezas importantes de la Marca Superior, desde Tudela, Tarazona, Borja, Calatayud, Daroca y Cutanda hasta Alcañiz.La pacífica convivencia entre los almorávides y los andalusíes no podía subsistir; las relaciones entre ambos empiezan a deteriorarse. Los conquistadores africanos -como escribía Jacinto Bosch Vilá- comenzaban a ser vistos por la mayoría de la población como unos odiosos dominadores que, coartando su libertad con las prerrogativas concedidas a los alfaquíes, arruinaban al pueblo con nuevas exacciones que, en un principio, no existían, porque ellos mismos las habían condenado como ilícitas.
Alianza con Francia y conflicto con Inglaterra
A fines de 1794 era evidente el agotamiento tanto español como francés tras un intenso esfuerzo bélico. El ejército republicano tenía graves problemas de aprovisionamiento, ya que la colaboración de los habitantes de los territorios ocupados con los franceses era mínima, el sur de Francia sufría el desabastecimiento y el hambre afectaba a crecientes capas de la población. La caída de Robespierre el 27 de julio de 1794 había hecho que el régimen iniciado en Thermidor planteara nuevos objetivos: desvincularse del maximalismo del Terror y mitigar los afanes expansionistas de los girondinos, para lograr el reconocimiento europeo de la República burguesa y moderada que propugnaba. Esa política quedaba reflejada en las formulaciones expresadas en la Convención el 4 de diciembre de 1794: "Queremos la paz, sí; pero la queremos honrosa y duradera", para añadir: "España habrá de reconocer sin tardar que su enemiga verdadera, por no decir única, es Inglaterra", lo que venía a proclamar el deseo francés de salir de su aislamiento, reforzando su posición internacional, y atraerse a España como aliada, con su potencial naval, ante una previsible guerra con Inglaterra.
Los problemas internos, como la sublevación realista de la Vendée, en el Oeste francés, los preparativos de una invasión de emigrados, apoyados por Inglaterra, o la sospecha de que una mayoría de los franceses estaban, de alguna manera, descontentos con un régimen fundado, paradójicamente, sobre la base de la soberanía popular, alentaron los deseos de ir limitando los muchos frentes exteriores que tenía abiertos la República. La firma de la paz con Prusia en abril de 1795 y la alianza con Holanda un mes después se encaminaban al objetivo del Comité de Salud Pública de centrar todos los esfuerzos en el Rin e Italia y frente a la amenaza británica. Las tropas en España se encontraban extenuadas y faltaban los recursos mínimos para seguir avanzando e, incluso, para mantener el territorio conquistado. A primeros de marzo de 1795, el Comité de Salud Pública consideraba la situación crítica, estimando que en caso de no lograr una rápida paz, "la República se hallaría expuesta a los peligros más espantosos y quizá a sucumbir irremediablemente".
La situación hacendística española, las derrotas militares, con la pérdida de Figueras, Rosas y gran parte de las Provincias Vascas, la introducción de propaganda revolucionaria en aquellos territorios y un creciente malestar general que podía desembocar en una situación prerrevolucionaria, aconsejaban a Godoy aprovechar los deseos franceses de iniciar conversaciones para poner punto final a las hostilidades. La caída de Robespierre y el abandono por los thermidorianos de muchos de los postulados maximalistas, hicieron posible el inicio de contactos, que se traducirán posteriormente en la firma de una paz.
América antes del "descubrimiento"
En vísperas de la llegada de los españoles, es decir a fines del siglo XV, vivían en América varios millones de personas (entre 8 y 100 millones para ser más exactos, según los diversos cálculos realizados, y sobre los que volveremos más adelante), organizadas en distintos grados de complejidad sociocultural, desde simples bandas nómadas hasta imperios militaristas, pasando por tribus, señoríos y estados.
En síntesis, el continente aparece dividido en tres grandes áreas culturales o superáreas: 1) la América tribal (que ocupa el tercio septentrional de Norteamérica y el tercio meridional de Suramérica); 2) la América Nuclear (integrada por los dos grandes focos de civilización en el continente: Mesoamérica y los Andes Centrales), y 3) la América Intermedia o Area Circuncaribe (Andes Septentrionales, Baja Centroamérica y Caribe).
Entre los pueblos nómadas o seminómadas -muchos de los cuales quedarán fuera de la acción española- estaban los esquimales, atapascos, algonquinos, iroqueses, semínolas, comanches, siux, apaches, navajos, tupís, guaranís, patagones, fueguinos...
En las Antillas, escenario privilegiado de los viajes de Colón, vivían los ciboneys (recolectores), arauacos o taínos (agricultores organizados en cacicazgos o señoríos) y caribes (que dominaban en las Antillas menores y eran muy temidos por su canibalismo). Mientras, en la región andina de la actual Colombia habitaban los chibchas, verdaderos maestros en la metalurgia del oro y la tumbaga (aleación de oro y cobre); entre ellos sobresalían los indios de Bogotá y Tunja, autodenominados muiscas, organizados en dos grandes señoríos cuyos jefes tenían el título de zipa y zaque, respectivamente.
El sureste de Mesoaméríca, es decir el territorio que hoy forman Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras y los Estados mexicanos de Chiapas, Tabasco y la península de Yucatán, era a fines del siglo XV -y sigue siéndolo a principios del XXI- el área maya, integrada entonces por pueblos como los yucatecos, los itzáes en la zona del lago Petén Itzá (Guatemala), quichés, cakchiqueles y otros en la región meridional. Estos y los demás pueblos de lengua maya han demostrado una enorme capacidad de adaptación y resistencia a lo largo de su varias veces milenaria historia.
Sin embargo, hacia el año 1500 ya hacía mucho que había pasado el esplendor de la civilización maya (el período clásico se desarrolla entre el 300 y el 900 de nuestra era, y es seguido de un nuevo período de auge, con desplazamiento del foco cultural al Yucatán, que dura hasta mediados del siglo XV), y toda la región vivía ahora una fase de desintegración política (especie de reinos de taifas, se ha dicho), cuando no de abandono de ciudades, o de violencia y luchas internas. La decadencia maya fue anterior a la llegada de los españoles, que en este caso no la provocaron, aunque sí contribuyeron a mantenerla.
Andalusíes en el exilio
Tras la decadencia de los almohades y su abandono de al-Andalus, fue mayoritaria la emigración de las clases cultas a territorio musulmán del Norte de África y de Oriente. Emigraron místicos literatos como al-Susarí o el gran Ibn Arabí de Murcia (muerto en Damasco, en 1240); se refugian en Túnez literatos tan completos como Ibn al-Abbar, de Valencia (m. 1260), excelente poeta y prosista, o el autor de la qasida macsura, otra gran elegía por al-Andalus, Hazim de Cartagena (m. 1280), que apenas alcanzó el final de los almohades en al-Andalus. Emigra a Oriente también Ibn Said al-Magribí (m. 1274), que terminó de compilar la gran antología, que ya venían reuniendo sus antepasados, sobre la producción en verso y prosa andalusí, loa también de al-Andalus, que es su al-Mugrib; autor de la exquisita antología poética traducida por Emilio García Gómez con el título de Libro de las Banderas de los Campeones, donde incluyen también muchos de sus hermosos poemas, llenos de juegos metafóricos.La manifestación intelectual más destacada en tiempos almohades es la cima lograda por la Filosofía. Cronológicamente, los filósofos o falasifa andalusíes propiamente dichos comienzan con la figura de Avempace, pensador zaragozano nacido en 1107 y muerto en Fez, en 1138. Es, pues, anterior a la época almohade que ahora nos ocupa, siendo un predecesor de valía que ya comienza a reflexionar sobre "el régimen del solitario", estado que contraría la sociabilidad humana, pero que declara circunstancia motivada por la disconformidad del sabio con la realidad que le toca vivir, lo cual es declaración bien significativa.La idea del aislamiento individual y sus posibilidades fueron examinadas a continuación por el filósofo y médico Ibn Tufayl, de Guadix (1110-1185), autor del célebre El filósofo autodidacta, conocido y valorado en Occidente desde el año 1671. Esta obra ha sido muchas veces traducida a muchos idiomas, entre ellos al castellano, por F. Pons y luego por A. González Palencia. Ibn Tufayl sigue razonamientos similares a los de Avempace, pero insiste más en las posibilidades individuales, al contarnos el crecimiento físico, intelectual y espiritual de un hombre, aislado por azar desde su infancia en una isla solitaria, que llega por sí solo hasta la reflexión metafísica.
Ante la brujería
La ambigüedad ante la religión popular la refleja también la Iglesia respecto a la brujería. En este terreno la intelectualidad española dominante asumió los viejos principios formulados por santo Tomás en el siglo XII de que "las brujas realmente van", que propiciarán las actitudes de Nicolau Eymeric (siglo XIV), y ya en el siglo XVI, las obras de Castañega, Ciruelo o Martín del Río. En contraposición, tampoco faltaron los postulados racionalistas que defendían que las brujas "van" imaginariamente, como lo sostenían Pere Gil, Pedro de Valencia y el inquisidor Salazar Frías. La Inquisición, salvo momentos cruciales como el célebre proceso de las brujas de Zugarramurdi en 1610, adoptó sanciones penales suaves sobre las presuntas brujas que juzgó compartiendo la actitud escéptica de estos últimos intelectuales.
La razón quizá sea que la Inquisición debió ocuparse de otros problemas ideológico-religiosos más inquietantes, o quizá se consideró que las presuntas brujas podían ser rentables políticamente como lastres de un avance hacia el capitalismo, o simplemente se valoró su presunta utilidad en el control de la naturaleza en cuatro sentidos: la salud, el sexo, el conocimiento del futuro y la ambición económica, siendo las permanentes alternativas a la medicina académica, el amor conyugal o limitado y la servidumbre del presente y de la pobreza. No hay que olvidar al respecto la apelación de Felipe II al curandero morisco Pinderete o la identificación del discurso médico, clerical y hechiceril en torno al tratamiento del inefable rey Carlos II.
La teología española no fue monocorde. Melquíades Andrés dividía a los teólogos del siglo XVI en autores espirituales, humanistas, alumbrados y luteranos. La propia escolástica se escindió en varias corrientes: la escolástica tradicional entró en confrontación con la teología positiva mucho más historicista que representaba Melchor Cano. En el proceso a fray Luis de León parece que subyace la confrontación de estas dos corrientes escolásticas.
La polémica entre el tomismo ortodoxo de los dominicos y la concepción más moderna de los jesuitas en el vidrioso tema de la gracia divina y la libertad humana va a estallar a través del enfrentamiento dialéctico entre Domingo Báñez y Luis de Molina. El origen está en la publicación del libro de Luis de Molina Concordia liberi arbitii (Lisboa, 1588). La mayor oposición surgió entre los dominicos, al frente de los cuales se colocó Domingo Báñez, que con otros padres de la Orden firmó un libro titulado: Apología fratum predicatorum (...) adversus quesdam novas assectationes ciusdam doctoris Ludovici Molinae (...).
La discusión, centrada fundamentalmente, como decíamos, entre jesuitas y dominicos, hubo de pasar a la Inquisición española, de donde -incrementada- llegó a la Santa Sede. Tras grandes discusiones, Paulo V dictaminó que unos y otros podían defender sus respectivas conclusiones.
Francisco Suárez intervino en la polémica Molina-Báñez, formulando una tercera vía que es conocida como el congruismo. Para Suárez, la gracia eficaz es lo mismo que la suficiente, la única diferencia es que aquélla recibe una gracia congrua, adaptada a las circunstancias. En la obra Defensio fidei, Suárez se involucró en la polémica entre Paulo V y el rey inglés Jacobo I, refutando la fórmula del juramento de fidelidad a la Corona histórica y negando a los súbditos católicos facultades para prestar tal juramento. Suárez defiende aquí, en definitiva, la prioridad de la autoridad espiritual sobre la temporal, como hace también en De legibus. La obra que le dio más fama fue, sin embargo, Disputaciones metafísicas, de la que salen a la luz diecisiete ediciones que van a ir difundiendo su pensamiento por todo el amplio mundo europeo.
Dominicos y franciscanos chocaron fuertemente en su actitud ante los espirituales. Mucho más racionalistas, los primeros adoptan actitudes reticentes ante la tendencia a ofrecer credibilidad a los fenómenos de iluminismo y recogimiento. El proceso a Molinos marca, de alguna manera, el triunfo de los dominicos, que contaron con figuras fundamentales. Melchor Cano, autor de De iustitia et de iure (1537); Bartolomé de Medina, cuya mayor aportación fue haber sentado las bases del probabilismo moral; Diego de Zúñiga, modernizador del pensamiento aristotélico-tomista, fueron las figuras más significativas de los dominicos en estos años. Entre los escolásticos franciscanos destaca fray Alfonso de Castro, autor de De potestae legis poenalis (1551), la mejor obra del derecho penal en el siglo XVI.
Apertura al exterior
En estos años mejoraron paulatinamente las relaciones del Gobierno con El Vaticano, Estados Unidos y numerosas organizaciones internacionales. España entró a formar parte de la Organización Mundial de la Salud en 1951, en la UNESCO en 1952 y en la Organización Internacional del Trabajo en 1953. Las negociaciones militares con Estados Unidos seguían su proceso, y culminaron con tres acuerdos ejecutivos que conformaban el llamado Pacto de Madrid, que se firmó el 26 de septiembre de 1953. En ellos se sentaban las bases para la defensa mutua; se aseguraba el apoyo militar y económico a España; y se permitía la construcción y uso durante 10 años de tres bases aéreas y una naval en territorio español. Esto hacía que el Régimen tuviera un relación especial con la primera potencia mundial, así como una ayuda económica considerable.
Este acuerdo incorporó a España en la red militar del Comando Estratégico Aéreo y permitió una importante presencia militar americana durante las dos décadas siguientes. No hay duda de que esta relación fortaleció la imagen del Régimen en el interior del país y en el exterior. Martín Artajo afirmó que éste era el reconocimiento por parte de Estados Unidos de que la postura de Franco había sido correcta desde el principio. Sin embargo, había una oposición bastante fuerte a este acuerdo dentro de España, aunque no podía expresarse libremente. Los críticos argumentaban que era una relación asimétrica y que involucraría a España o al menos el territorio español en cualquier conflicto internacional en que tomara parte Estados Unidos. Cuando Talbott, secretario de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, anunció que se almacenarían bombas atómicas en España, hubo protestas procedentes incluso del propio Régimen. Aunque oficialmente las bases estaban bajo la soberanía conjunta de España y Estados Unidos, existía un acuerdo secreto adicional, por el que Estados Unidos podía decidir unilateralmente cuándo utilizar las bases para contrarrestar agresiones comunistas evidentes.
El pacto americano se firmó un mes después de obtener el éxito en los prolongados esfuerzos para firmar un concordato oficial con El Vaticano, para sustituir el viejo documento de 1851 que la República había dejado de lado. Los católicos españoles apoyaron el Régimen y jugaron un papel muy destacado en las negociaciones con El Vaticano, algo escéptico, para la firma del Concordato en agosto de 1953. Este acuerdo, en el mismo año que el que se pactó con los americanos, supuso un paso más en el reconocimiento internacional del Régimen, aunque la mayoría de sus apartados simplemente ratificaban el statu quo ya existente entre la Iglesia y el Estado.
Dos años después, en diciembre de 1955, España entró en las Naciones Unidas como parte de un conjunto de acuerdos. En 1956 incluso las relaciones con la Unión Soviética se habían relajado y se pudo repatriar a unos 4.000 españoles; niños evacuados durante la Guerra Civil y parientes de emigrantes políticos en su mayoría, pero también había alrededor de 100 prisioneros de la División Azul que habían sobrevivido todos estos años en campos de trabajo soviéticos.
Franco empezó a tener dudas acerca de las nuevas relaciones internacionales del Régimen después de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik con éxito en 1957. Esto se interpretó como la demostración más clara de los avances soviéticos en el lanzamiento de misiles, y Franco tenía un gran respeto, incluso algo exagerado, por los logros del sistema soviético en lo que al orden dictatorial se refiere. El temor a que la base militar de Torrejón involucrara a la propia capital en un conflicto nuclear con la Unión Soviética se hizo patente. Durante 1958-59 hubo discusiones de alto nivel con las autoridades americanas para que retiraran sus fuerzas nucleares de la base, pero Estados Unidos no dio su brazo a torcer. En su calidad de aliado menor, Franco tenía que conformarse con las ventajas políticas y económicas que había obtenido, y aceptar el riesgo estratégico, que no sería tan grande como se temía.
El apoyo americano también hizo posible el primer paso hacia la modernización de las fuerzas armadas desde la Guerra Civil. En 1952 se tomaron medidas para reducir el cuerpo de oficiales, que tenía unos 25.000 miembros. Al año siguiente se pasó de 24 divisiones a 18 y a algo más de 250.000 hombres, que se mantendría así durante los siguientes 30 años.
Desde 1944 el objetivo principal de las fuerzas armadas era poner fin a cualquier levantamiento dentro del país más que a la amenaza exterior. Muchas de las maniobras, misiones y destinos se realizaban y decidían con este objetivo, aunque después de 1950 el peligro de rebeliones internas se hizo muy remoto. A partir de ese año y hasta el final del Régimen, los problemas externos no vendrían de Europa ni de la Unión Soviética sino de la creciente dificultad en mantener la posición colonial en el noroeste de África.
La preocupación militar de Franco durante las dos últimas décadas de su vida fue Marruecos. Era una ironía, porque fue allí donde el Generalísimo había alcanzado su gloria y siempre tuvo una relación especial con África y una imagen romántica del lugar donde pasó quizá, los mejores días de su vida. Durante el ostracismo de posguerra, el Régimen había dado una importancia especial a la relación con el mundo árabe e hizo todo lo posible por mantener su posición en Marruecos. Se decía que en la historia de España se había creado una relación especial y un entendimiento con la cultura islámica y de hecho, el Gobierno español aplicó una política menos represiva con los nativos de su Protectorado que Francia. Pero a menudo no quedaba más remedio que poner fin a las rebeliones nativas por la fuerza y la única política conjunta que llevaron a cabo Francia y España durante la época del ostracismo fue, en diferentes niveles, la represión del nacionalismo marroquí.
Las relaciones con el mundo árabe se estrecharon a finales de los años 40 y principios de los 50, apoyadas por el no reconocimiento español de Israel y un creciente odio hacia el Estado judío después de que éste votara abiertamente a favor del boicot de las Naciones Unidas a España en 1949. Hussein de Jordania fue el primer Jefe del Estado que visitó España desde mucho antes de la Guerra Civil. Una visita de Martín Artajo al Oriente Medio resultó en una serie de acuerdos económicos y culturales. Los Estados árabes en general, estaban dispuestos a mantener una actitud positiva hacia el papel de España en Marruecos. El objetivo primordial del nacionalismo marroquí era Francia, de modo que su alto comisario después de 1951, el teniente general Rafael García Valiño, no tuvo grandes problemas en aplicar una política relativamente indulgente en el Protectorado. Fue por la presión marroquí que se logró que España se reincorporara a la administración de la zona internacional de Tánger en 1952.
Apogeo y declive demográfico
Hacia 1300-1325 la población de la Corona debió alcanzar su plenitud medieval. Carecemos de las fuentes necesarias para dar cifras concretas pero los indicios son concluyentes: de los territorios originarios de la Corona (Aragón y Cataluña) salieron importantes contingentes humanos para el repoblamiento de Mallorca y del reino de Valencia durante el siglo XIII e incluso más tarde; la monarquía no tuvo graves dificultades para reclutar tropas con las que hacer frente a sus conflictos en la Península y el Mediterráneo; mercenarios catalanoaragoneses lucharon en Sicilia contra los Anjou, en el Norte de Africa al servicio de los sultanes hafsidas y abdaluidas, y en el Próximo Oriente, primero como aliados de los emperadores bizantinos y después como fuerzas independientes; las fuentes no hablan de despoblados sino de rivalidades por la posesión de tierras y pastos; el aparato productivo parecía disponer de la fuerza de trabajo necesaria; los marineros catalanes navegaron por el Mediterráneo en gran número; la monarquía encontró los colaboradores que precisaba; las filas de la Iglesia estaban también bien nutridas, etc. Que Jaime I construyera un segundo recinto amurallado alrededor de Barcelona en pleno siglo XIII y que Pedro el Ceremonioso hiciera lo propio, es decir, un tercer recinto, en pleno siglo XIV, corrobora esta impresión de un continuo crecimiento humano. Estudios locales, como el efectuado por I. Ollich con testamentos de Vic del siglo XIII, aportan datos más precisos: la historiadora encuentra un coeficiente familiar de 4,12 personas por familia y realiza cálculos aproximativos de la tasa de natalidad (2,88 por ciento) y de mortalidad (1,58 por ciento) que le permiten situar la tasa de crecimiento en un 1,29 por ciento, lo cual supone la duplicación de la población de Vic en el curso del siglo XIII. Naturalmente, no se pueden extrapolar estos datos al conjunto de la Corona, pero, unidos a otros menos precisos, confirman la idea de un crecimiento sostenido hasta el siglo XIV, y coinciden con la vieja propuesta de J. Vicens de admitir la duplicación de la población peninsular entre 1240 y 1340. Crecimiento también, a raíz de las conquistas de Jaime I, por la incorporación de poblaciones musulmanas del Levante peninsular en una cifra que se ha estimado en unas 150.000 personas. Crecimiento, por último, del que da testimonio la propia Crónica de Alfonso X el Sabio cuando cuenta las dificultades del monarca castellano para encontrar pobladores de sus reinos con los que repoblar Murcia, y de los pobladores catalanes que allí se asentaron en su lugar: "e porque no podía haver gentes de su tierra que poblasen, vinieron y poblaron muchos catalanes de los que eran venidos a poblar en el reino de Valencia".
Posiblemente el punto álgido, al menos para la mayor parte de la Corona de Aragón, se alcanzó en algún momento del primer tercio del siglo XIV cuando Barcelona, al decir de C. Carrére, pudo estar cerca de los 50.000 habitantes; la isla de Mallorca llegó a los 61.700 (26.780 en la capital y 34.920 en el campo), en 1329, según F. Sevillano, y la saturación demográfica causó conflictos entre los habitantes de Valencia y los señores del entorno a causa de la escasez de tierra cultivable.
A partir de ahí empezaron las dificultades, que inicialmente fueron sobre todo crisis de subsistencias a causa de malas cosechas y problemas de aprovisionamiento: en 1310-1314 y 1324-1329 hubo unos primeros años de escasez de cereal, especialmente en el reino de Valencia; en 1333-1334 los países de la Corona de Aragón, en general, conocieron una hambre terrible, a causa de la cual, según estimaciones, probablemente exageradas, de los contemporáneos, murió una gran parte de los campesinos pobres de Cataluña, y Barcelona perdió unos 10.000 habitantes, mientras los precios alcanzaban en esta ciudad y en Valencia niveles insólitos; y en 1340-1347 ("l'any de la gran fam") se produjo, al menos en territorio valenciano, el ciclo más largo y quizá mortífero de escasez. Aparecieron también en estos años algunos primeros brotes epidémicos: en 1331 en Mallorca y en 1326 y 1334 en Valencia. A distancia, estos datos pueden interpretarse como los inicios de la inversión de la tendencia expansiva que desde siglos empujaba a los países de la Corona de Aragón, aunque probablemente los contemporáneos en general (excepto hombres como el cronista catalán que definió 1333 como "lo mal any primer") no tenían conciencia de que empezaba una nueva fase.
Las fuentes achacan las carestías a malas cosechas ocasionadas por accidentes climáticos y a dificultades por obtener grano de otros países, o bien porque también allí carecían de ellos o bien porque los conflictos político-militares dificultaban el transporte. De hecho, las crisis frumentarias, de tipo antiguo, fueron habituales en Europa los siglos anteriores a la industrialización, aunque probablemente durante el siglo XIV se produjeron con mayor frecuencia. ¿Por qué? En el fondo, la única explicación plausible es que el sistema productivo feudal alcanzaba sus límites, y la sociedad se mostraba incapaz de producir los alimentos que necesitaba para su población en crecimiento. Malthus, que lo vivió en su época tenía, pues, razón, y no debe ser criticado por lo que dice, sino por lo que calla: que la particular estructura de clases del sistema feudal, con el peso de la sustracción (señorial, fiscal, eclesiástica) y el nivel de subyugación (servidumbres) de los productores, que coartaba la inversión e impedía el progreso técnico, condenaba a la sociedad a una forma de crecimiento extensivo de alcance limitado, es decir, que, a partir de un determinado nivel, el crecimiento de la población y de la producción no podían seguir el mismo ritmo. Con Malthus, se podría pensar en un movimiento que se reequilibra a sí mismo: las mortandades eliminarían el sobrante de población o incluso más, con lo que pronto se podría reanudar el crecimiento.
Una vez más el razonamiento es lógico, pero se olvida la reacción señorial ante la caída de la renta que va a consistir en exprimir más a los supervivientes, profundizando la crisis y retardando así la recuperación.
En este contexto, un factor añadido, accidental, pero muy grave, fue la Peste Negra de 1348, que en Cataluña -y quizá en el conjunto de la Corona- debió eliminar a un 20 por ciento de la población aproximadamente, y sus rebrotes durante más de un siglo: en 1362-1363, 1370-1371, 1373-1375, 1380-1381, 1383-1384, 1395-1397, 1401, 1410-1411, 1428-1429, 1439, 1448, 1450, 1458, 1465-1466, 1475-1477, 1483-1486, etc. Estos años los países de la Corona de Aragón, de forma desigual, sufrieron los efectos de las epidemias que diezmaron generaciones y muchas veces eliminaron a la población infantil, con lo que destruyeron los eslabones necesarios para asegurar los relevos generacionales y, con ellos, la continuidad de las explotaciones. Las malas cosechas y el hambre reaparecieron entonces castigando con fuerza desigual, aunque con mayor gravedad que antes (a veces durante largos años), a los pueblos de la Corona: carestías de 1351, 1355-1359, 1367, 1374-1375, 1385, 1389, 1393-1405, 1416, 1422, 1424-1427, 1429-1430, 1435, 1438-1442, 1444, 1446-1447, 1475, etc.
Las pérdidas de población causadas por la Peste Negra y los rebrotes epidémicos de la segunda mitad del siglo XIV se han estimado entre un 30 y un 60 por ciento, y, aunque el segundo porcentaje es claramente exagerado, es imposible pronunciarse con firmeza, puesto que no disponemos de fuentes adecuadas para calcular globalmente la cifra de habitantes de la Corona anterior a las grandes mortandades. Disponemos, en cambio, de fuentes fiscales, que, aunque no sean muy de fiar (Ch. Guilleré encuentra que en la Gerona de la segunda mitad del siglo XIV el 25 ó 30 por ciento de la población escapaba a los registros fiscales), nos dan una idea aproximada del movimiento de la población durante la segunda mitad del siglo XIV y el XV. A partir de datos extraídos de los primeros fogajes (13591360, 1378-1381) y del morabetín de Mallorca (1329, 1343, 1350) se ha calculado que antes de la Peste Negra la Corona tenía como mínimo un millón de habitantes (unos 500.000 Cataluña, unos 200.000 Aragón, unos 200.000 o 250.000 el reino de Valencia y unos 50.000 las Baleares), cifra que contrasta con el potencial demográfico de los vecinos reinos de Castilla y Francia.
Aragón: de Pedro el Grande a Juan II
Entre el reinado de Pedro el Grande (1276-1285) y el de Juan II (1458-1479) transcurrieron doscientos años de historia de la Corona de Aragón pletóricos de acontecimientos de todo orden, muchos de ellos decisivos para el futuro de esta entidad política y sus pueblos en el seno de la monarquía hispánica en la Edad Moderna. Plenitud y crisis son los conceptos que globalmente definen los dos siglos que nos disponemos a examinar. La Corona de Aragón llegó a su apogeo a finales del siglo XIII y a comienzos del XIV, cuando la población alcanzó su techo medieval; la producción pudo entonces satisfacer las necesidades de este número acrecido de hombres y a la vez alimentar un comercio internacional próspero y técnicamente maduro; el tejido social aparentemente resistió las tensiones inherentes al desigual reparto de la riqueza, y el poder político llevó a su culminación el imperialismo feudal iniciado siglos atrás, a la par que completaba su desarrollo institucional.
Desde el punto de vista de la historia de la realeza, la plenitud de la Corona de Aragón corresponde a los reinados de Pedro el Grande (1276-1285), Alfonso el Liberal (1285-1291) y Jaime II (1291-1327). En el segundo cuarto del siglo XIV, durante los reinados de Alfonso el Benigno (1327-1336) y Pedro el Ceremonioso (1336-1397), se inició la decadencia política de la Corona y comenzó la crisis bajomedieval, durante la cual y con importantes matices regionales e incluso locales, se contrajo el número de hombres; el aparato productivo experimentó disfunciones; el comercio atravesó dificultades; la moneda y las finanzas conocieron una historia tormentosa, y el tejido social se agrietó al punto de romperse, especialmente en Cataluña. La historia política revela las dificultades de mantener las posiciones ganadas por el imperialismo feudal y, por tanto, traduce rupturas en el seno de la clase dominante y divorcio entre el poder y su base social. En este contexto, se sitúan los reinados de Juan I (1387-1396) y Martín el Humano (1396-1410), los últimos monarcas de la dinastía originaria, y la crisis sucesorio que fue resuelta con la entronización de los Trastámara (Compromiso de Caspe, 1412), unos monarcas de origen castellano cuyo encaje en la compleja realidad de la Corona, especialmente en Cataluña, resultaría problemática: reinados de Fernando I (1412-1416), Alfonso el Magnánimo (1416-1458) y Juan II (1458-1479).
Área ibera
Esta área ocupa la franja mediterránea de la Península Ibérica y el suroeste y en ella se pueden distinguir dos zonas:
1. Zona ibera propiamente dicha, que incluye Levante y Cataluña, influenciada por la colonización griega y los aportes de la Cultura de los Campos de Urnas, de clara filiación indoeuropea y factor difusor de elementos indoeuropeos por el valle medio del Ebro y, de aquí, a la Meseta Norte (valle del Duero), aunque con una pujante cultura propia en la época del Bronce, sobre todo en la zona del Sudeste.
2. Zona de influencia ibera o zona meridional, que se corresponde con la Andalucía actual en casi toda su extensión, así como el Algarve portugués y parte de Extremadura, en cuya formación tienen que ver sobre todo la cultura de Tartessos, que tuvo su desarrollo en la zona más occidental de Andalucía, aunque, a pesar de los grandes esfuerzos desplegados por arqueólogos e historiadores, aún no sepamos dónde estaba situada su capital o centro principal, y los elementos aportados por las colonizaciones griega y púnica.
La Cultura de los Campos de Urnas se desarrolla en Europa Central hacia 1200 a. C. y penetra en la Península ibérica por los pasos del Pirineo Oriental. La característica principal de esta cultura es el ritual de la incineración, en el que las cenizas eran depositadas en unas urnas, lisas o decoradas. La Cultura de los Campos de Urnas se propagó hacia Occidente, lo que significó la integración de grandes áreas geográficas de la Península Ibérica (Cataluña y Valle del Ebro) y del Suroeste de Francia (Languedoc y Aquitania) en el ámbito general de una cultura superior.
Área ibera. Pueblos del sur y este de España
Como hemos visto anteriormente, aunque es difícil poder delimitar con exactitud las distintas áreas histórico-culturales de la Península Ibérica en época prerromana, se puede afirmar que, a grandes rasgos, el área ibera se corresponde geográficamente con la zona oriental y meridional de la Península. Esta área no es uniforme, ni en su orografía, ni en su clima, ni en su ecología, pudiendo distinguirse dentro de ella varias subáreas: Cataluña, con diferencias entre la costa y el interior, el valle del Ebro, Valencia, Sudeste, Alta Andalucía y Baja Andalucía.
Este área se halla constituida por un mosaico de pueblos entre los que existen manifestaciones culturales similares, que nos permiten generalizar para todos ellos la denominación de civilización ibérica o pueblos del área ibera, aunque dentro de un área tan amplia haya una serie de matices y diferencias entre unas y otras regiones, debidos tanto a la diversidad del sustrato indígena, como a los contactos, directos o indirectos y más o menos intensos con los pueblos colonizadores, pues se trata precisamente de la zona de influencia directa de las colonizaciones fenicia, griega y púnica. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que la civilización ibérica es la respuesta cultural indígena a los estímulos colonizadores.
Con una localización más o menos precisa, debido sobre todo a que en muchos casos no sabemos hasta qué punto la administración romana respetó las divisiones originarias indígenas, a partir principalmente de los datos de las fuentes greco-latinas de época clásica romana, vamos a señalar los pueblos más importantes de este área, los de mayor amplitud geográfica:
- Con respecto a Cataluña, tenemos que en los valles de los Pirineos se encuentran los arenosios (valle de Arán), los andosinos (zona de Andorra) y los cerretanos (en la Cerdaña).
En las zonas llanas de Vich y Gerona estaban situados, según J. Maluquer, los ausetanos, aunque A. del Castillo los sitúa en la Costa Brava en contra del testimonio del propio Livio. La discusión ha surgido por un texto de Ptolomeo (2, 2, 70), que relaciona a los ausetanos con la ciudad de Gerunda, lo que ha llevado a muchos autores modernos a considerar que la comarca de la Selva estaba ocupada por este grupo de población. En la actualidad (J.M. Nolla y E. Sanmartí sobre todo) se piensa que los indiketas ocupaban todo el litoral gerundense, mientras que los ausetanos ocuparían el interior, la comarca de Osona. Esta ubicación se compadece mejor con las noticias del resto de los autores antiguos (Avieno, que los denomina ausoceretes, y Plinio el Viejo sitúan a los indiketas en la costa y a los ausetanos en el interior, mientras Estrabón se olvida de los ausetanos en su descripción de la costa).
En la zona de Berga se encontraban los bergistanos, gente salvaje entre los que abundan los bandidos que atemorizan al resto de la población, según Plinio.
En los alrededores de Barcelona, en las comarcas del Maresme y el Vallés, se ubicaban los lacetanos. Es probable que tanto los lacetanos, como los lasetanos, laletanos y layetanos de las fuentes, fueran un mismo pueblo o pueblos muy relacionados (en Plinio aparecen lacetanos, laletanos y lasetanos, que para Schulten son todos lacetanos).
- En el área del valle del Ebro, el historiador Estrabón sitúa a los ilergetes en las ciudades de Osca (Huesca) e Ilerda (Lérida). Parece que estos ilergetes no tienen que ver directamente con los ilercavones a los que Plinio ubica en la costa al Sur del Ebro hasta las proximidades de Sagunto. Los ilergetes se adentraban en territorio aragonés hasta entrar en contacto con los celtíberos. Se trata, por las noticias de las fuentes, de un grupo de gran personalidad y dureza.
Otro grupo de población muy importante en la zona del valle del Ebro son los sedetanos. Para la ubicación de este grupo de población ha sido decisiva la tesis doctoral de G. Fatás. Hasta entonces (Bosch Gimpera y García y Bellido entre otros) habían sido incluidos dentro de los edetanos, por el Bajo Aragón hasta más arriba del Ebro, ignorando la existencia de los sedetanos. Ahora sabemos que los sedetanos ocupaban las tierras situadas entre los Montes de Castejón y la Muela, los Monegros hasta la Sierra de Alcubierre, con los ilergetes al Norte, el río Matarraña que sería el límite con los ilercavones y por el Sur la línea natural que cambia la divisoria de aguas de la cuenca del Ebro en la provincia de Teruel.
Tenemos también en esta zona a los suesetanos localizados en los textos de Tito Livio como vecinos de los sedetanos y los lacetanos, por lo que algunos historiadores modernos (Rodríguez Adrados, Vallejo, etc.) han pensado que debían estar situados en la actual provincia de Tarragona. Para Fatás hacia comienzos del siglo II a.C. no había suesetanos en Tarragona, sino en la Tarraconense, ocupando la mayor parte de la actual comarca de las Cinco Villas de Aragón, en el limite entre Aragón y Navarra.
- En el País Valenciano, uno de los grupos principales de población de la zona son los edetanos. Estrabón los menciona en la costa, pero sin una localización fija. También ha habido aquí confusión de pueblos. En este caso se habían confundido los edetanos y los sedetanos (Schulten fue el principal defensor de esta identidad), pero, como hemos visto antes, a partir del estudio que de los textos de los autores antiguos, más concretamente de Plinio, los sedetanos estaban más cercanos al Ebro y los edetanos en las provincias de Castellón y Valencia, en el territorio que encierran los ríos Sucro (= Júcar) en la frontera meridional y Udiva, identificado por Schulten con el Mijares, siendo Liria una de sus principales ciudades.
También en esta zona las fuentes mencionan a los contestanos, que han sido objeto de estudios detallados de Llobregat y Uroz. De los autores antiguos únicamente Plinio y Ptolomeo se refieren a ellos con claridad, pues Estrabón no menciona para nada a la Contestania, cuyo territorio es atribuido a los edetanos. Sin duda, en el caso de Estrabón estamos ante un texto con referencias de carácter general, sin concretar el territorio exacto de cada una de las poblaciones que ocupaban las distintas zonas de la Península Ibérica, pues, sólo a medida que se fue conociendo con más claridad el territorio de los distintos pueblos, aparece como tal en los autores greco-latinos. Schulten proponía el carácter celta de los contestanos a partir de etimologías y relaciones de la raíz del nombre, aunque en la actualidad se atribuye un origen mediterráneo antiguo a todos los pueblos cuyo nombre termina en -itani o -etani. Además, por su cultura material y por su escritura este grupo de población es ibero, por lo que, como dice Presedo, parecen ociosas estas discusiones lingüísticas. Para Plinio la Contestania se extiende desde el río Taver, que desemboca en el golfo ilicitano, hasta el río Sucro, donde limitarían con los edetanos. Saitabi (Játiva), Ilici (Elche), Lucentum (La Albufereta, Alicante) y Dianium (Denia) son sus principales ciudades.
- En el área del Sudeste peninsular nos encontramos, de acuerdo con los datos de las fuentes antiguas, con los deitanos citados por Hecateo. Para Plinio el territorio que ocupa este grupo de población coincide con la costa oriental de la Citerior, entre los contestanos y los bastetanos. Según Bosch Gimpera y Pericot los deitanos están situados a partir del siglo III a.C. al nordeste de los mastienos y tartesios, mientras Cabré, con base en el estudio arqueológico de la región, afirma que a partir del siglo V a. C. podemos hablar de la fase ibera de la zona. Por lo que hoy sabemos su territorio estaba en la vega del río Segura, separando a los contestanos de los mastienos.
Al Sur de los deitanos y a continuación en la costa se encuentran los mastienos, que reciben este nombre de la ciudad de Mastia y a quienes el Periplo de Avieno cita sin ninguna precisión. Tampoco parece que Hecateo y Teopompo tengan más suerte en la descripción del lugar de asentamiento de este pueblo, hablando Hecateo de alguna de sus ciudades como ciudad céltica. Para Schulten una de sus principales ciudades, Molybdana (citada por Hecateo), estaba situada en la región de Cartagena.
También en esta zona junto a los mastienos se cita a los libiofenices, habiendo pensado algunos autores modernos que su territorio coincidiría en gran parte con los mastienos. El hecho de que aparezcan citados por Avieno junto con los mastienos debe llevarnos a la conclusión de que se trata de pueblos distintos, aunque, si hacemos caso a Eforo, que los da como habitantes de Malaca, Sexi y Abdera, se trataría de los mismos mastienos de Hecateo. Lo que sí parece claro es que se trata de pueblos extranjeros, ya que Plinio les llama siempre poeni. Serían los pueblos orientales y sus descendientes y los hallazgos de la arqueología en los yacimientos de Toscanos, Trayamar y otros similares así parecen confirmarlo.
Siguiendo por la línea de costa nos encontramos con los bastetanos, a quienes Estrabón atribuye una situación en el litoral entre Calpe y Gades y que pertenecen a la Turdetania. Hay una gran confusión entre los autores antiguos en cuanto a su localización, incluso dentro de la descripción del mismo Estrabón, para quien en otros pasajes los bastetanos habitan en el interior desde las sierras de la provincia de Cádiz hasta Granada, llegando casi hasta Málaga. Ptolomeo habla de dos grupos, los bártulos al Oeste y los bastetanos al Este, denominando a los primeros bástulos poenos los cuales, en opinión de Schulten, corresponden a los blastofenicios de Apiano y a los poeni de Plinio. Actualmente se piensa que estaban situados en Almería y con una penetración hacia la vega de Granada, identificando su población principal y la que les da el nombre, Basti, con Baza, a pesar de que la arqueología no ha sido muy explícita hasta el momento en ese sentido. Otra de sus ciudades importantes era Tutugi, identificada con Galera.
- La Alta Andalucía estaba habitada en época prerromana por los oretanos. Ni Avieno, ni Polibio los citan expresamente. Sí lo hace Estrabón a la vez que a sus ciudades más importantes, pero los hace llegar hasta la costa Sur. Los datos de Ptolomeo no son relevantes, pues para entonces ya la administración romana había desdibujado los límites primitivos de los pueblos. Por Estrabón sabemos que su territorio es atravesado por los cursos altos del Betis (3, 4, 12) y del Júcar (3, 4, 14). En la actualidad parece claro que los oretanos ocupaban la zona oriental minera de Sierra Morena, la mitad Este y Norte de la provincia de Jaén y parte de las de Ciudad Real y Albacete, esto es, la zona natural de paso entre el Centro, Sur y Levante de España. Destacan entre sus ciudades Castulo (cerca de Linares), que tuvo una gran importancia en la época de dominio cartaginés de la Península por su vinculación con Aníbal, y Oria u Orissia (probablemente Granátula).
- En el valle del Guadalquivir, de todos los pueblos citados por los autores antiguos pertenecientes al área ibera los de mayor extensión e importancia son los turdetanos. Según varios autores antiguos y modernos, este término es una forma de denominación de los tartesios, aunque, como dice Presedo, comúnmente la palabra se emplea entre los arqueólogos para significar la época que va desde el siglo V hasta la conquista romana y, por esta razón, lo tartésico es para nosotros la fase más antigua de esta misma región. Sus elementos de cultura material son comunes en lo fundamental con los de los iberos. Estrabón identifica turdetanos y túrdulos, pero para Polibio y Plinio son distintos, estando los túrdulos al Norte de los turdetanos. Plinio da noticia de unos turduli veteres en Lusitania, noticia que ha sido confirmada recientemente por el hallazgo de un pacto de hospitalidad en el Castro da Senhora da Saúde os Monte Murado (Pedroso), V.N. da Gaia, fechado en el año 7 d.C. por los cónsules y en el que aparecen como participantes unos turduli veteres. Para Estrabón la Turdetania comprende todo el valle del Guadalquivir, limitando con los carpetanos y por el sur con los bastetanos. Según este autor, tiene forma de cuadrado con 2.000 estadios de ancho y de largo. Podría ser este nombre el que denominaba a toda la región, en la que habitaban, según los datos de las fuentes, poblaciones menores dificiles de localizar (etmaneos, olbisios, cilbicenos, igletes o filetes, etc.).
El mapa del área ibera se completa con los bártulos, ya citados al referirnos a los bastetanos, que estarían situados en la actual provincia de Granada.
Área indoeuropea
En la historiografía actual se está imponiendo la utilización de este término, que tiene un contenido esencialmente lingüístico, por ser más comprehensivo de la realidad a la que se refiere que otros términos utilizados en épocas pasadas.
A partir de una serie de estudios y hallazgos recientes hoy podemos delimitar con bastante claridad la denominada área indoeuropea de la Península ibérica, aunque con algunas zonas de transición.
A grandes rasgos comprende las dos Mesetas, el norte y el oeste de Hispania, extendiéndose desde el valle medio del Ebro (claramente establecido el límite en la actualidad tras el conocimiento del Bronce de Contrebia) y el Sistema Ibérico al este, hasta el río Guadiana por el sur, el Atlántico por el oeste y el Cantábrico por el norte. Esta área es la señalada por los lingüistas como área de claro dominio de las lenguas indoeuropeas y dentro de ella quedan incluidas todas las lenguas de carácter céltico (como es el caso de la celtibérica, en el valle medio del Ebro sobre todo), como las no propiamente célticas (como es el caso de la lusitana, que ocuparía el centro de Portugal y parte de Extremadura), y, también en su seno existen, por supuesto, como han demostrado los últimos trabajos de M.L. Albertos, diferentes regiones o áreas antroponímicas menores definidas por la presencia de ciertos nombres personales característicos.
Muchos eran los pueblos que ocupaban este territorio durante la Antigüedad: celtíberos (citeriores y ulteriores), carpetanos, vacceos, vettones, lusitanos, tumodigos, astures, galaicos, etc., pero todos ellos presentan en el plano lingüístico una característica común que da cierta unidad a la zona, el carácter indoeuropeo de sus lenguas.
Pero existe un elemento diferenciador que son sus formas organizativas sociales. Atendiendo precisamente a estas formas de organización social la supuesta unidad desaparece debiendo diferenciar del conjunto a la zona del Noroeste, los galaicos de los textos romanos, que ocupaban en la Antigüedad un territorio un poco más amplio que la actual Galicia. De acuerdo con las investigaciones más recientes esta zona del Noroeste posee en época prerromana y primeros tiempos de la dominación romana una organización diferente, que se reconoce sobre todo a partir de las fuentes epigráficas, todas ellas, como ya hemos visto, de época romana, pero en las que aparecen reflejadas instituciones y formas organizativas características de la sociedad indígena. A partir de la epigrafía de época romana podemos conocer parte de las estructuras organizativas indígenas y observar los procesos de cambio que en ellas se van produciendo junto con las transformaciones históricas que tienen lugar dentro de la Península Ibérica.
Tradicionalmente se había pensado que existían las mismas formas organizativas indígenas entre los galaicos, los astures, los cántabros y demás pueblos del área indoeuropea, aunque reflejadas en la epigrafía con términos distintos, gentes, gentilitates y genitivos del plural en -um / -orum con sus variantes en el caso de los astures, cántabros, vettones y pelendones entre otros, y en el caso de los galaicos con una "C invertida", que era leída como centuria (A. Schulten, A. Tovar, M.L. Albertos, P. Le Roux y A. Tranoy, entre otros). Como en tantos otros asuntos epigráficos de nuestra historia antigua fue la intuición de M.L. Albertos la que puso sobre la pista de la interpretación correcta a epigrafistas e historiadores proponiendo la equivalencia "C invertida" = castello. J. Santos y, sobre todo, G. Pereira han continuado esta intuición reforzándola desde el punto de vista histórico, frente a los que seguían manteniendo la interpretación como centuria u otras interpretaciones, como tendremos ocasión de ver más adelante. La hipótesis se vio confirmada en su totalidad con la aparición de una nueva inscripción en Astorga, en la que aparecen dos individuos que, aparte de su pertenencia a la comunidad de los Lemavos, del primero de ellos, que es una mujer, Fabia, se dice que vive en "C invertida" Eritaeco y del segundo, Virio, posiblemente su hijo de siete años, se dice que vive en "C invertida" Eodem, por lo que creemos que se ha pensado, con toda razón, que el término con el que debe concordar debe ser neutro por razones de lengua y castellum (que muy probablemente debamos traducir como "castro") por razones históricas.
Hoy sabemos, sobre todo a partir de los estudios de M.L. Albertos, J. Santos y M.C. González, que los términos que encontramos en la mayor parte del área indoeuropea (gens, gentilitas y genitivos de plural) son términos que aluden al nombre de una unidad suprafamiliar, es decir, mayor que una familia, que viene expresada en la mayor parte de los casos por el uso del genitivo del plural y que están relacionados con el parentesco (Por ejemplo la siguiente inscripción de Yecla de Yeltes, Salamanca, territorio de los vettones: Segontius Talavi f(ilius) Talabonicum = Segontio, hijo de Talavo, de los Talabonicos, o esta otra de Poza de la Sal, Burgos, territorio de los pelendones: D(is) M(anibus). Atili(a)e Cantabrequn, Ati(lii) f(iliae) = A los dioses manes. A Atilia, hija de Atilio, de los Cantabrecos).
En el área del Noroeste (Gallaecia), independientemente de la interpretación que se dé del signo epigráfico "C invertida" (para unos centuria y para otros castellum), lo que sí parece claro (y en esto tanto P. Le Roux, A. Tranoy, J. Alarçao y R. Etienne, por un lado, como G. Pereira y J. Santos, por otro, estaban de acuerdo ya en el I Seminario de Arqueología del Noroeste, en Guimaraes en 1979) es que la realidad que encierra este signo está referida al lugar de origen y habitación de la persona en cuestión, lo que lo diferencia claramente de la función de los términos gens, gentilitas y genitivos de plural. Se trataría de núcleos de población (posiblemente castros) con una independencia organizativa imposible de determinar de momento en el interior de los populi o civitates. (Por ejemplo la siguiente inscripción de Braga, en territorio de los galaicos bracarenses, Albura Caturonis filia) "C invertida" Letiobri, an(norum) LXX, h(ic) s(ita) e(st) = Aquí yace Albura, hija de Caturo, de setenta años, del castro Letiobro; o ésta aparecida en Cerdeira do Coa, Portugal, al sur del Duero y a unos 150 kms del territorio de los Límicos, es decir, fuera del territorio de la civitas (comunidad ciudadana) o el populus de este grupo de población: Fuscus Severi f(ilius) Limicus "C invertida" Arcuce, an(norum) XXII h(ic) s(itus) e(st). S(it) t(ibi) t(erra) l(evis). P(ater) f(aciendum) c(uravit) = Aquí yace Fusco, hijo de Severo, del pueblo (o civitas) de los Limicos, del castro Arcuce, de veintidós años. Que la tierra te sea leve). En este último caso, por haber muerto el individuo fuera del territorio de la civitas a que pertenece el castro en el que vive, se indica, además del referido asentamiento, la civitas, que es lo significativo dentro de las relaciones de derecho público.
Este límite de los castella y las unidades suprafamiliares es el mismo que señalan, por un lado, el curso inferior del río Duero hasta el Océano y, por otro, la divisoria entre galaicos y astures. Desde la desembocadura del Duero sigue el curso de este río hasta encontrar la desembocadura del Sabor; continúa el curso de este río en sentido ascendente por una línea imaginaria entre el río y las Sierras de Bornes y Nogueira, sigue al Oeste de la Sierra de la Culebra y Sur de la Sierra Segundera, para continuar hacia el Norte por las de San Mamed, Caurel y Ancares y ya, por último, por el curso del río Navia hasta su desembocadura en el Mar Cantábrico, tal como expone J. Santos a partir del análisis de la zona en que han aparecido las inscripciones con mención de castella y sin indicación de la ciudad en la que estaba integrado cada conjunto de castros. De esta forma, por exclusión, queda trazado el limite noroccidental del área geográfica de las organizaciones suprafamiliares.
El resto del área indoeuropea y sus límites vienen dados aproximadamente por los lugares de hallazgo de las inscripciones con mención de organizaciones indígenas suprafamiliares o, por decirlo de otro modo, unidades organizativas indígenas. Este límite, que puede tomarse como punto de referencia en la separación del área indoeuropea y el área ibera, ha sido establecido con claridad por M.C. González a partir de la recogida y análisis de todas las inscripciones y documentos con mención de unidades suprafamiliares, que ha reflejado en un excelente mapa en su obra Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania, y es el siguiente: en la parte occidental y hacia el Sur tomamos en la desembocadura del Duero la línea de costa hasta la desembocadura del Tajo, abarcando el territorio lusitano, y, desde allí, por el curso del río Tajo hasta encontrar territorio vettón. Sigue en dirección este por las cercanías del río Almonte hasta llegar a las proximidades de la Sierra de Altamira y los Montes de Toledo, ya en territorio carpetano. Desde los Montes de Toledo sigue por las actuales provincias de Toledo y Ciudad Real hasta alcanzar la Sierra de Almenara y la Serranía de Cuenca. De aquí a los Montes Universales, a los que corta, dirigiéndose hacia el Sur de Peñalba de Villastar en la provincia de Teruel. Este punto es el más suroriental. El límite por el Este y en dirección Norte alcanza el río Turia en la misma provincia de Teruel y continua hasta la comarca de Belchite, ya en Zaragoza; prosigue entre los límites de esta comarca y la de Azaila, cortando el río Huerva, por el Sur del Ebro hasta las proximidades de Zaragoza (que queda al Norte); continúa por el Sur del río Ebro hasta la divisoria actual de Navarra y Zaragoza, dejando al Norte, en territorio vascón, a Cascante, y sigue por el Sur del Ebro hasta el río Alhama, en la actual provincia de La Rioja y, desde aquí, a Arnedo, Bergasa y El Redal en dirección Norte para luego alcanzar de nuevo el Ebro a la altura de Mendavia (vascona) que queda al Norte de esta línea y, de aquí, al extremo oriental de la Sierra de Cantabria. En este tramo coinciden los límites entre los celtíberos, los berones y los vascones, como afirma M.A. Villacampa en su obra sobre los berones.
El límite oriental en el valle medio del Ebro viene marcado por el triple límite entre celtíberos (contrebienses), vascones (alavonenses) e iberos (saluienses), límite que se ha podido precisar con bastante exactitud a partir del hallazgo de la denominada Tabula Contrebiensis o Bronce latino de Botorrita. Este documento público fechado por los cónsules en el año 87 a.C. expone un litigio entre comunidades indígenas por la compra de un terreno para una canalización de aguas y para la resolución de este litigio se recurre a una tercera comunidad, Contrebia Belaisca. En la parte final del documentos aparecen los individuos que han sostenido la causa de cada una de las comunidades, así como aquellos de los contrebienses que han actuado como jueces. El sistema onomástico de los distintos individuos (la diferente forma de expresar el nombre) es distinto, según se trate de los miembros de una u otra comunidad. Los que actúan de jueces, ciudadanos de Contrebia Belaisca, celtíberos por ello, presentan el mismo sistema onomástico que el resto de los pueblos del área indoeuropea (nombre personal + genitivo de plural + filiación: Lubbus Urdinocum Letondonis f. = Lubo de los Urdinos, hijo de Letondo). La causa de los saluienses, habitantes de Salduie, sedetanos según las fuentes y, por ello, iberos, fue defendida por un individuo cuyo sistema onomástico y naturaleza de sus antropónimos son distintos a los de los contrebienses (nombre personal + filiación + ciudad: (- - -)assius (-)eihar f. Salluiensis= (- - -)asio, hijo de (-)eihar, saluiense). La causa de los alavonenses, habitantes de Allavona, ciudad perteneciente a los vascones según las fuentes, fue defendida por un individuo cuyo sistema onomástico es idéntico al del saluiense que aparece anteriormente (nombre personal + filiación + ciudad: Turibas Teitabas f. Allavonensis= Turibas, hijo de Teitabas, alavonense). Gracias a la diferente forma de expresar su nombre los individuos que allí se mencionan se ha podido establecer de modo preciso el límite entre las áreas indoeuropea e ibera en el valle medio del Ebro, descubriéndose claramente que la zona de Contrebia Belaisca (valle del río Huerva) debe incluirse dentro del área de la Hispania indoeuropea con lo que queda establecido el máximo de penetración occidental en el valle del Ebro de los celtíberos y su lengua.
Pero en este punto se nos plantea una duda: los vascones, que en el documento a que hemos hecho referencia aparecen con un sistema onomástico no indoeuropeo, sino semejante al de los iberos, ¿deben ser incluidos en el área ibera o en el área indoeuropea? Y lo mismo los várdulos en cuya epigrafia no ha aparecido ninguna mención a unidades indígenas suprafamiliares. En el estado actual de la investigación no tenemos datos suficientes para decidirnos por una u otra alternativa, aunque, como veremos más adelante, en el proceso de formación histórica de estos pueblos antes de la llegada de los romanos influyen los mismos elementos transpirenaicos que en el resto de lo que denominamos zona indoeuropea y, en este caso, con mayor intensidad si cabe por ser los primeros puntos de contacto.
Falta ya únicamente trazar en este límite oriental de unidades organizativas indígenas la divisoria desde el Este de la Sierra de Cantabria hasta el Cantábrico. Para establecer esta línea M.C. González toma como base la presencia o ausencia en los documentos epigráficos de menciones a organizaciones indígenas suprafamiliares. En la epigrafía de los várdulos (pueblo limítrofe por el Sur con los berones) no hay ni un solo ejemplo de este tipo de unidades organizativas, a pesar de la abundante presencia de nombres personales indoeuropeos, mientras que sí aparecen, aunque no abundantemente, entre los caristos, con lo que podríamos hacer coincidir el límite con el de várdulos y caristos: desde la Sierra de Cantabria sube hacia el Norte hasta encontrar el Condado de Treviño y, de aquí, por el Sur de los Montes de Vitoria y al oeste de Alegría de Alava, por el puerto de Arlabán, la Sierra de Elguea, la Sierra de Aitzgorri y el Puerto de Azcárate por el Deva hasta su desembocadura en el Cantábrico.
Estos son los límites que perfilan el área peninsular ocupada por documentos epigráficos con mención de organizaciones suprafamiliares (gentes, gentilitates y genitivos de plural), que coincide en gran medida (Sur y buena parte del Este) con el límite de la Hispania indoeuropea.
Ninguno de los términos arriba mencionados (gens, gentilitas y genitivos de plural), ni el signo epigráfico "C invertida" aparecen en las inscripciones del área ibera, donde los individuos expresan su origen únicamente a través de la filiación (nombre del padre en genitivo y filius, ya sea en toda su extensión, ya con la sigla f.) y de la ciudad a la que pertenecen.
Área indoeuropea. Pueblos del centro, oeste y norte de la P. Ibérica
En la historiografía actual se va imponiendo este término, a pesar de su contenido esencialmente lingüístico, por ser más comprehensivo de la realidad a que queremos referirnos que los términos utilizados con anterioridad.
Este área se corresponde fundamentalmente con los territorios y poblaciones antiguas de los valles del Duero y Tajo, toda la cornisa cantábrica, utilizando palabras de Estrabón, "de los galaicos hasta los vascones y los Pirineos" (aunque no se pueda afirmar con él que todos tienen el mismo modo de vida y organización), parte del valle medio del Ebro (La Rioja) y los valles de los afluentes del Ebro por la derecha (Jalón y Jiloca) en la parte sur de este valle medio. Es decir, la parte peninsular al norte de una línea imaginaria trazada desde la cuenca baja del Tajo a la cuenca alta del Ebro.
Tampoco en este caso podemos hablar de uniformidad en cuanto a las formas organizativas de estos pueblos, pues han tenido un proceso de formación histórica distinto, en el que han influido su propia evolución interna y los estímulos exteriores, y han llegado a grados de desarrollo distinto en el momento de ser conquistados por los romanos, que es cuando, debido a la propia conquista, tenemos más noticias de ellos. Y es fundamentalmente a partir de los datos de las fuentes literarias, confirmados en algunos casos por los trabajos de la arqueología, cómo podemos distinguir a estos pueblos o conjuntos de pueblos y su ubicación geográfica, no olvidando en ningún momento lo afirmado anteriormente en el sentido de que las fuentes y datos que poseemos para el conocimiento de estos pueblos son fundamentalmente romanos y no indígenas.
Comenzando por los celtíberos debemos afirmar que en los escritores greco-latinos de época clásica hay grandes imprecisiones con respecto a la ubicación de estos pueblos y su territorio. Así, por ejemplo, Plutarco sitúa a Cástulo en la Celtiberia, Artemidoro hace lo propio con Hemeroscopeion y Diodoro hace de Indíbil, régulo ilergete, un celtíbero. A partir de los datos de Polibio, Livio, Estrabón, Plinio y Ptolomeo, completados recientemente por el extraordinario documento latino aparecido en Botorrita (Tabula Contrebiensis), se pueden trazar unos límites más o menos precisos.
En primer lugar es necesario hacer una distinción entre celtíberos citeriores y ulteriores. Los celtíberos citeriores ocupaban los valles del Jalón y del Jiloca y parte de las márgenes derechas del Ebro, mientras que los celtíberos ulteriores ocupaban las altas cuencas del Duero y la llanura hasta el Tajo, es decir, la actual provincia de Soria en su totalidad, gran parte de la de Guadalajara, parte de la zona sur de la de Burgos y la parte oriental de la de Segovia.
Entre los celtíberos citeriores las fuentes citan a lusones, titos y belos. Los lusones limitan en el valle medio del Ebro con la zona ibera y con los vascones, como se ha evidenciado a partir del bronce latino de Botorrita. Destacan entre sus centros Contrebia, en las proximidades de Daroca, y Bilbilis, la actual Calatayud. Los titos y los belos limitan con los arévacos y apenas tenemos noticias de ellos por su temprana conquista. Segeda, en las cercanías de Belmonte, era el principal centro urbano de los belos, así como Arcobriga, Arcos de Jalón. Por el sur se extendían por toda la zona del este de Guadalajara. Todos estos pueblos recibieron las influencias ibéricas que, procedentes de Levante, remontaron el valle del Ebro, al estar situados en los pasos estratégicos del valle del Ebro a la Meseta.
A los celtíberos ulteriores pertenecen los arévacos y los pelendones. Los primeros constituyen, al menos según las fuentes romanas de la conquista y posteriores, el principal grupo de población de los celtíberos. Entre sus ciudades destacan por su importancia Clunia-Peñalba de Castro, Burgos, Termantia-Montejo de la Sierra, Soria, Vxama Argalea-Burgo de Osma, Soria y Segontia-Sigüenza, Guadalajara. Al parecer en época prerromana los pelendones fueron arrinconados por los arévacos hacia las zonas montañosas del nordeste de la provincia de Soria (zona de los castros sorianos), si tenemos en cuenta los datos que nos aportan autores greco-latinos y la interpretación que de estos datos han hecho F.J. Lomas, M.C. González y J. Santos, entre otros. Del análisis de las fuentes puede deducirse que los pelendones fueron un pueblo sometido por otro pueblo indígena en expansión, los arévacos, posiblemente en el momento inmediatamente anterior a la conquista romana. La política seguida por Roma devolvió a los antiguos habitantes, pelendones, el territorio del que habían sido desalojados. De ahí que Numancia aparezca en unos autores como arévaca y en otros como pelendona.
Los carpetanos estaban situados al sur de los celtíberos en el valle del Tajo, ocupando un territorio bastante amplio desde la Sierra de Guadarrama hasta La Mancha y gran parte de la cuenca del Tajo hasta pasada Talavera de la Reina. Centros importantes son Toletum-Toledo, Complutum-Alcalá de Henares y Consabura-Consuegra.
Podemos decir que los vacceos ocupan las mejores tierras cerealistas del valle medio del Duero en las provincias de Burgos (Roa de Duero-Rauda), Palencia (Pallantia), León (Terradillos-Viminatium), Zamora (Zamora o alrededores-Oceloduri), Valladolid (Portillo-Porta Augusta y Simancas-Septimanca) y Segovia (Coca-Cauca). Por su parte, los vettones ocupaban ambas vertientes de las Sierras de Gredos y Gata, destacando entre sus emplazamientos Salamanca (Salmantica), Ledesma (Bletisa), Ciudad Rodrigo (Mirobriga), Baños de Montemayor (Lama), Ventas de Cáparra (Capara), Avila (Obila ?) y Trujillo (Turgallium). Parece ser que también en este caso el pueblo más fuerte, los vacceos, arrinconó al más débil en las zonas montañosas y menos productivas y, por ello, también Helmantica-Salmantica aparece en unos autores antiguos como vaccea y en otros como vettona.
En el territorio que en época romana incluye la provincia de Lusitania deben distinguirse dos zonas claramente delimitadas, la zona sur, donde habitaban turdetanos (zona del Algarve -Tavira-Balsa, proximidades de Faro-Ossonoba- y zona del Alentejo -Alcacer do Sal-Salacia, Setúbal-Caetobriga y Beja-Pax Iulia-, y la zona entre el Tajo y el Duero, donde habitaban los lusitanos propiamente dichos con centros tan importantes como Coimbra-Aeminium, Coria-Caurium, Evora-Ebura y Cáceres-Norba Caesarina.
Al este de los vacceos se encuentran los turmodigos, que limitan por el norte con los cántabros, mientras que por el oeste los Montes de Oca les separan de los autrigones, es decir, ocupan la parte centro-occidental de la provincia de Burgos, siendo su núcleo más importante Sasamón- Segsamone, y la parte colindante de la provincia de Palencia, donde destaca Herrera de Pisuerga-Pisoraca.
Ocupando la mayor parte del territorio de la actual Comunidad Autónoma de la Rioja y algún espacio cercano (Rioja Alavesa y zona suroccidental de Navarra) se encontraban los berones. Es discutida la ubicación del límite entre berones y várdulos, que estaban al norte de ellos, situándolo unos autores en la Sierra de Cantabria y otros en el lecho del río Ebro, con lo que la Rioja Alavesa quedaría en un caso dentro y en otro fuera de su territorio. Las últimas investigaciones, sobre todo lingüísticas de M.L. Albertos, y hallazgos arqueológicos recientes apuntan a la Sierra de Cantabria como límite. Por el oeste el límite con los autrigones es probable que fuera todo el curso del río Tirón, mientras que por el este el límite varía según nos refiramos a la etapa anterior o posterior a la expansión vascona por el valle medio del Ebro, aceptándose actualmente que antes de la conquista las ciudades del valle medio del Ebro (Cascantum-Cascante, Graccurris-Alfaro y Calagurris-Calahorra) eran beronas y, a partir de la expansión vascona, desde el final de las Guerras Celtibéricas, pertenecerían a los vascones. Por el sur limitan con arévacos y pelendones, perteneciendo los altos valles del Nájera y Alhama al territorio de estos pueblos. Sus principales núcleos son Varia-Varea, Tricio-Tritium Magallum y Libia, cerca de Herramelluri.
Al norte de los berones y celtíberos citeriores (indoeuropeos), al oeste de los iacetanos y de los salluienses del valle del Ebro (iberos) y al este de los várdulos se encuentran los vascones históricos de los textos greco-latinos de la época de la conquista. Este pueblo tiene dos zonas claramente definidas en la historiografía greco-latina clásica, el saltus (zona montañosa sobre todo) y el ager (la zona más bien llana al sur de Pamplona, que se vio ampliada con toda probabilidad en los siglos II y I a.C. a costa de berones y celtíberos). Los grupos de población más importantes de este pueblo que aparecen en las fuentes romanas son los andelonenses, de la zona de Andión; los carenses, de la zona de Santa Cara; los iliberritani, posiblemente de la zona de Liédena o de Lumbiers; los pompaelonenses, de Pompaelo (Pamplona), fundación de Pompeyo sobre un antiguo poblado indígena; Ilurcis, probablemente poblada por vascones antes de las guerras de los romanos contra los celtíberos, como piensa R. López Melero, y sobre cuyas ruinas T. Sempronio Graco fundó Gracchuris (Alfaro) con población vascona, si tenemos en cuenta que en la guerra de Sertorio contra Pompeyo, mientras Calagurris defiende a ultranza a Sertorio, Gracchuris está de parte de Pompeyo. También parece que en época clásica Segia, Egea de los Caballeros, pertenece a los vascones.
Con un límite común en Treviño (Trifinium) y llegando su territorio hasta la costa encontramos, al norte de los berones y de este a oeste, a los várdulos, que, según las fuentes antiguas, ocuparían parte de la provincia de Guipúzcoa, entre los valles del Oyarzun y Urumea como punto de referencia más oriental y el del Deva como punto más occidental, y de la de Alava (la parte oriental de La Llanada, incluyendo Alegría de Alava) como centro más occidental y el Condado de Treviño como punto más meridional, y parte del territorio colindante de la provincia de Navarra. A continuación los caristos, que están situados a modo de cuña entre los várdulos y los autrigones, ocupando por la costa el territorio entre el Deva al este y el Nervión al oeste, constituyendo la vega del Bayas y los Montes de Vitoria en Treviño la parte más meridional de la divisoria. Entre sus centros principales destacan Suessatio, posiblemente Kutzemendi en Olarizu en época prerromana y Arcaya en época romana, y Veleia, poblado de Arkiz en época prerromana e Iruña en época romana. El territorio de los autrigones estaría incluido entre el Mar Cantábrico, con el Asón como punto de referencia, y la Sierra de la Demanda, y desde los ríos Nervión y Tirón a la región de Villarcayo, La Bureba y el Puerto de la Brújula; entre sus núcleos más importantes destacan Castro Urdiales (Flaviobriga), Osma de Valdegobía (Vxama Barca) con un importante núcleo de castros de la Edad del Hierro, Briviesca (Virovesca) y Cerezo del Río Tirón (Segisamunclum), ya lindando casi con los berones.
Y, siguiendo hacia el oeste por la cornisa cantábrica, nos encontrarnos con los cántabros, cuyos límites vienen dados en la costa por los ríos Ansón por el este (con los autrigones) y Sella por el oeste (con los astures). Por el sur lindan con los vacceos y turmódigos, ocupando, aparte de la Cantabria actual, la zona oriental de Asturias, la zona norte de Palencia y nordoriental de León al este del Esla (vadinienses) y la parte noroccidental de Burgos. En las fuentes aparecen divididos en varios grupos: vadinienses, cuya epigrafía ha merecido un excelente estudio de M.C. González, orgenomescos, salaenos, plentauros, coniscos, avariginos, etc., siendo sus principales núcleos Velilla de Guardo, Palencia-Tamarica, Vadinia (civitas Vadiniensis), en la zona occidental y aún sin localizar, quizá porque no tuviera centro urbano, y Vellica, no lejos de Monte Cildá.
Al oeste de los cántabros y separados de éstos por el Sella y el Esla se asentaban los astures, nombre que posiblemente dieron los romanos a todo un conjunto de pueblos que vivían a uno y otro lado de la cordillera y que tiene que ver con el nombre del río, Astura (Esla), y con la capital en época romana, Asturica Augusta (Astorga). Entre los astures transmontanos (del otro lado de la cordillera) se encuentran los luggones en la zona centrooriental de Asturias y los pésicos en la parte occidental hasta el Navia. Entre los astures augustanos, que ocupaban casi toda la provincia de León, parte de la de Zamora al oeste del Esla y hasta el Duero y zona nordeste de Portugal hasta el Sabor, así como la parte nordoriental de la provincia de Orense, destacan los zoelas, situados en la parte más meridional, al sur de la Sierra de la Culebra, los brigaecinos, en la zona alrededor de Benavente, los lancienses, en la zona de Villasabariego y León, los amacos, en la zona de Astorga, y los gigurros en la zona de Petín, Puebla de Trives y Viana del Bollo.
Y ya en el noroeste los galaicos, posiblemente también nombre genérico dado por los romanos a un grupo de pueblos, numeroso, como abundantes son sus asentamientos, que vivían en lo que será la Gallaecia romana. En época romana se distingue entre lucenses y bracarenses. Los lucenses ocuparían el territorio al oeste y al norte de una línea que uniría el Navia con el Sil y la ría de Vigo y los bracarenses, al norte del Duero y al oeste de la continuación de la línea del Navia por la Sierra de El Caurel, la Sierra de San Mamed, hasta la cabecera del Sabor, cuyo curso hasta el Duero les separa de los astures. Entre los lucenses están los ártabros, en la zona al oeste de Betanzos, los supertamaricos, al norte del río Tambre, los albiones, en la zona occidental de Asturias al oeste del Navia, los cilenos, entre el río Ulla y el Lérez, y los lemavos de la zona de Monforte de Lemos. Entre los bracarenses se encuentran los coelernos de la zona de Castromao, los límicos, cuyo centro estaría en Ginzo de Limia, los quarquernos, en la zona de Bande, los tamaganos de la cabecera del Támega, los bíbalos, al sur de éstos, y los aquifiavienses, de la zona de Chaves.
Áreas histórico-culturales de la P. Ibérica en época prerromana
En el año 218 a.C. en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica desembarcaron por primera vez en la Península Ibérica al mando de Cneo Cornelio Escipión, utilizando como cabeza de playa a Ampurias, y durante prácticamente dos siglos de conquista (las Guerras Cántabras, realizadas contra los últimos pueblos sin conquistar de la Península Ibérica, cántabros y astures, terminaron oficialmente en el año 19 a.C.), los romanos en sus continuos avances y retrocesos en Hispania encontraron una gran variedad de pueblos con distintos orígenes y estructuras (sociales, económicas, políticas, religiosas, etc.), así como en distintos estadios de evolución, desde los más cercanos a sus propias formas organizativas desde el punto de vista político, como se ha visto reiteradamente con los habitantes de, a grandes rasgos, la actual Andalucía y el Levante hasta Cataluña y el valle medio del Ebro, hasta aquellos otros cuyas formas organizativas eran más cercanas a realidades preciudadanas, es decir, no políticas, como eran, en general, los pueblos que tradicionalmente se han incluido dentro de la denominada área céltica (o no ibera, por oposición a las poblaciones iberas, que indistintamente se denomina ibera o ibérica y así lo haremos nosotros también), llamada en la actualidad indoeuropea con una base esencialmente lingüística. A esto hay que añadir que la conquista, que, como hemos dicho, duró dos siglos con avances y retrocesos incluidos, influyó decisivamente en el grado de evolución de las comunidades indígenas, ya sea por la propia relación pacífica entre estas comunidades y los romanos, ya sea por la posible conjunción de intereses de estas comunidades para oponerse a los romanos. Estas estructuras organizativas distintas y la misma época distinta de contacto con los romanos, junto con el desarrollo histórico anterior de estas comunidades, dieron como resultado el que, en el momento de la conquista, que es el momento a que se refiere la mayoría de las fuentes greco-latinas de época clásica, las formas organizativas de los pueblos que vivían en las distintas áreas que podemos denominar histórico-culturales de Hispania no sean iguales.
Durante lo que se ha dado en llamar época protohistórica peninsular, y más concretamente desde el siglo XI hasta incluso el III a.C., en la Península Ibérica se está realizando un proceso de desarrollo histórico en el que intervienen distintos factores, unos de carácter externo, como son las influencias transpirenaicas, las denominadas invasiones indoeuropeas, aunque, como se verá más adelante, este término esté últimamente bastante en discusión, las influencias mediterráneas, más concretamente el proceso colonizador, fenicio y griego, que tiene sobre todo influencia en el Sur y el Levante peninsular, donde luego se desarrollará el llamado mundo ibérico, que no es uniforme, pues en él se pueden diferenciar claramente una zona ibérica septentrional y otra meridional, así como influencias atlánticas, sobre todo en la zona occidental de la Península.
Todos estos movimientos e influencias sitúan a la Península Ibérica en los procesos históricos que se están realizando en estos momentos en el mundo mediterráneo y en el continente europeo en general.
Pero, junto a ellos y sin una menor importancia, hay que tener en cuenta dentro del proceso de formación histórica del mundo que encuentran los romanos cuando conquistan la Península Ibérica la propia evolución interna de las poblaciones indígenas, en la que tienen especial importancia la influencia de la cultura tartésica, sobre todo en la zona suroccidental de la Península, y el propio desarrollo interno de las comunidades establecidas. Lo veremos más concretamente en capítulos posteriores, cuando analicemos el proceso de formación histórica de cada una de las áreas histórico-culturales.
Arias Navarro o la reforma imposible
Ya desde el comienzo del nuevo reinado se hizo evidente que deberían emplearse a fondo todos los rasgos personales positivos del monarca. Había intensificado sus contactos directos o indirectos en todas las direcciones durante los últimos años consiguiendo ser aceptado por la clase política dirigente del régimen franquista. Logró conectar mucho mejor con los de su generación -jóvenes dirigentes del franquismo, de tendencia reformista, y también opositores- a quienes procuró llegar a conocer de manera más personalizada. Asimismo tuvo contactos con la oposición a través de personas interpuestas de su entorno, que llegaron hasta el partido comunista. Tenía algún tipo de programa preparado para el momento en que asumiera la responsabilidad de la Jefatura del Estado. Al parecer, había logrado de Carrero Blanco la promesa de su dimisión para cuando se produjera la muerte del general Franco. Pero, sin embargo, también era consciente de que el primer Gobierno de la monarquía había de ser de transición. Es probable que Juan Carlos I hubiera trazado una especie de retrato ideal del futuro presidente de Gobierno. El Rey quería disponer de una persona que fuera capaz de llevar a cabo la reforma institucional necesaria en el interior de los propios organismos del régimen pasado.
Todo ello explica muy bien el nombramiento de Torcuato Fernández Miranda como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Estaba dotado de amplios conocimientos jurídico-políticos y experiencia en el régimen, era hábil y gozaba de la confianza del monarca. Además, había conseguido estancar, al comienzo de los años setenta, el tema del asociacionismo dentro del régimen haciendo uso de su implacable habilidad para marear las palabras. Gracias a él, en las Cortes se logró la aprobación de un procedimiento de urgencia que habría de ser muy útil para la reforma; su liderazgo en el Consejo del Reino, en el que estableció reuniones quincenales, le permitió ir creando una creciente influencia para la hora de seleccionar un candidato para la Presidencia del Gobierno. De todas maneras, existe el peligro de exagerar el papel que jugó en la transición. Parece que él mismo llegó a afirmar que el libreto de la transición era suyo aunque el director fuera el Rey y el actor, Suárez, pero sin duda en esa obra teatral lo decisivo eran estos dos últimos papeles.
No hubiera podido realizarse la elección de Torcuato Fernández Miranda sin el apoyo del presidente del Gobierno, Arias Navarro, el cual, desde el momento inicial, ocasionó al Monarca los primeros y más graves quebraderos de cabeza. Cuando don Juan Carlos utilizó al general Manuel Díez Alegría para enviar un mensaje a su padre, en el que le solicitaba una reacción moderada en el momento de la muerte del general Franco, Arias dimitió de su cargo llegando a crear con ello una situación muy grave que no se solucionó hasta que revocó su decisión.
Sin embargo, más adelante dio por supuesto que se mantendría en el poder y continuó presidiendo el Consejo de Ministros en un momento en que indudablemente hacía tiempo que ya había desaparecido su oportunidad histórica. Para conocer un poco su personalidad existe una anécdota muy descriptiva acerca de quién era Arias Navarro. Durante toda su Presidencia tuvo en su despacho un gigantesco retrato del general Franco, que era su más firme punto de referencia y al que citaba abundantemente en sus discursos, desde luego más que al Rey. Quizás quería reformar el régimen, pero permaneció atormentado por las dudas entre sus fidelidades y su ignorancia acerca de cómo habría de hacer ese cambio. Resultaba ya impensable a estas alturas una resurrección del espíritu del 12 de febrero que, sin embargo, era la máxima referencia posible del nuevo presidente.
Garrigues, ministro de Justicia en el primer Gobierno de la Monarquía, ha escrito en sus memorias, que todos los cambios que Arias deseaba partían de la premisa de salvar la sustancia del régimen anterior. Por eso, como una parte de la propia clase política del régimen ya iba por otro lado, su reacción fue de perplejidad; a menudo permanecía desconcertado y se mostraba receloso perdiéndose en naderías. Si en la fase final del franquismo era enemigo del "búnquer", ahora había pasado a ser su aliado aunque de manera confusa y dubitativa. Ni remotamente concebía la más mínima posibilidad de entrevistarse con la oposición, aún la más moderada, porque pensaba que Franco tampoco lo hubiera hecho y consideraba a la sociedad española como el objeto pasivo de sus medidas, como si ésta estuviera dispuesta a aceptar lo que él decidiera por ella.
Su experiencia se limitaba a los servicios de seguridad y a una camarilla de valores mínimos. A menudo sus juicios se parecían a los de un integrista convertido en anticlerical por el alejamiento de la Iglesia de las estructuras del régimen. A su ministro de Asuntos Exteriores, Areilza, tales planteamientos le parecían tener ribetes de "comicidad irresistible": "Parece reñido con la vida y con la realidad -escribe-. Habla sobre clichés imaginarios. Desconoce el mundo exterior. Tiene unos informadores que rayan en lo grotesco".
Aparte de sus propias limitaciones personales, la indigencia de Carlos Arias Navarro se hizo especialmente patente porque el gabinete que formó le había sido impuesto y no pocos de sus ministros estaban muy por encima de él. Tan sólo le quedó un puñado de colaboradores, los más anodinos, mientras que, por decisión del monarca y no sin dificultades, entraron a formar parte del gabinete un grupo de figuras, muy pronto incontrolables para el presidente del Gobierno. Perdió uno a uno a sus antiguos ministros, incluso aquellos con los que tenía unos lazos más estrechos, como Antonio Carro y José García Hernández. A Fraga le ofreció el Ministerio de Educación, pero él mismo impuso su deseo de la cartera de Gobernación con el rango de vicepresidencia. Eso parecía darle la responsabilidad política principal y un rango superior a la hora de la elaboración de la reforma institucional.
Como contrapartida le tocó enfrentarse a los gravísimos problemas de orden público que se produjeron en esos momentos. Según sus propias palabras al final quería "quitarse el tricornio", pero ya era demasiado tarde. Pero por otro lado el modo cómo Fraga abordó el cambio político era equivocado, pues se basaba en adoptar una serie de reformas e imponerlas desde arriba. Algunas veces se daba cuenta de que era necesario negociar con la oposición, pero en general la trató con intemperancia y sin flexibilidad. Pretendía ser Cánovas del Castillo sin tener en cuenta que las circunstancias eran muy distintas a las de hacía un siglo y careció de la sabiduría y de la grandeza de su referente histórico. Junto a él figuraron otros dos reformistas, Areilza y Garrigues, en Asuntos Exteriores y Justicia respectivamente, cuyas posibilidades se demostraron escasas, ya que carecían de apoyo dentro del sistema y no tenían un peso decisivo en el gabinete. Enseguida Areilza se supo "vendedor foráneo de una mercancía adulterada del interior", pero el solo contenido de sus declaraciones contribuyó en buena medida a facilitar el cambio. En el futuro habría de corresponderles un papel más importante a quienes en este momento llegaron al Gobierno procedentes del régimen franquista pero hasta entonces desconocidos, como Alfonso Osorio y Adolfo Suárez. El primero procedía de los medios del colaboracionismo católico; el segundo fue un nombramiento de última hora, propiciado por Torcuato Fernández Miranda, y, en apariencia, de entre los ministros que procedían del Movimiento parecía no tener nada que hacer ante el experto José Solís Ruiz, también en el gabinete. El principal responsable en las materias económicas, Juan Miguel Villar Mir, hizo un correcto análisis de la crisis económica, pero se equivocó de forma rotunda al pensar que podía ser abordada mediante la adopción de medidas drásticas de ajuste en un momento como éste. Una parte de la prensa denominó al Gobierno con los apellidos de quienes parecían ser sus figuras más importantes (Arias-Fraga-Areilza-Garrigues). Poco a poco, con el paso del tiempo se descubrió que ni tan siquiera era un gabinete propiamente dicho: "Aquí no hay orden ni concierto, ni propósito, ni coherencia, ni unidad", escribiría un desesperado Areilza en sus memorias.
Arquitectura militar almohade
Muchas fueron las construcciones militares de los almohades, tanto en el Norte de África como en al-Andalus. En el Magreb destacan las murallas que alzaron en Marrakech y en Rabat, donde abrieron arcos monumentales, algunos de los cuales tienen varios recodos. Los almohades generalizan la gran entrada en recodo, defendida por un muro avanzado, de donde se accede a un patio, desde el cual se entra al recinto por otra puerta que en muro frontero se coloca a escuadra de la primera. En al-Andalus destacan fortificaciones almohades construidas o reconstruidas en el Algarve y en Extremadura. Una de sus obras más espléndida es la Alcazaba de Badajoz, modernamente excavada por Fernando Valdés. Según el cronista almohade Ibn Sahib al-Sala, el segundo califa de aquella dinastía, Abu Yaqub "defendió Badajoz contra los infieles, construyó su alcazaba, imponente e inaccesible, con entrada del agua desde el río, cortando la esperanza de los infieles de apoderarse de ella, pues la llenó de máquinas, provisiones, armas y hombres escogidos".También el califa Abu Yaqub, según el mismo cronista Ibn Sahib al-Sala, "construyó en Sevilla la alcazaba de dentro y la de fuera, al exterior de la Puerta de al-Kuhl".En las fortificaciones almohades son una característica defensa de los lugares débiles las torres albarranas, unidas a la muralla por un arco o por un muro alto que deja paso a sus pies por la barbacana. La torre poligonal fue también usadísima en al-Andalus en este período, como se aprecia en algunas que aún subsisten: una en la cerca de Cáceres, tres en la de Ecija. Ochavada y albarrana es la de Espantaperros, en la alcazaba de Badajoz. La más monumental es la Torre del Oro sevillana, alzada en 1220-21, conclusión de cerca que, desde el Alcázar, protegía el acceso al río.
Arrollador avance cristiano
El avance cristiano contra los musulmanes durante el siglo XIII fue el reflejo de dos fenómenos simultáneos: primero, el debilitamiento de los gobernantes almohades que ocupaban su puesto en nombre de un movimiento religioso en retroceso, minado por las intrigas internas, carente de la cohesión necesaria para mantener activo el empuje inicial, falto de apoyo popular y continuamente amenazado y presionado desde el exterior; segundo, el reforzamiento económico y militar de los reinos cristianos de la Corona de Aragón, de Castilla y de León, apoyados por la Europa cristiana de las Cruzadas y por el ambiente interno de alianzas y de unificación relativamente duradero.La derrota infligida por los cristianos a los almohades en la batalla de Las Navas de Tolosa en el año 1212 se considera como el comienzo del fin de este movimiento religioso que logró unificar por última vez los restos del esplendor califal islámico en la Península Ibérica. Organizado por Ibn Tumart, su fundador bereber, alrededor de la unicidad de Alá como ser supremo sin atributos antropomórficos y del deber de seguir estrictamente las enseñanzas del Corán, el almohadismo sólo logró sobrevivir unos sesenta años.Promovió un importante florecimiento cultural y científico, pero fracasó, entre otras cosas, al no poder sustituir las enseñanzas islámicas de la escuela sunní malilkí que imperaba en el Magreb y al-Andalus por su propia doctrina, pues no logró calar en las masas y ganarse adeptos devotos e incondicionales. La abolición oficial de la doctrina almohade por uno de los sucesores de Ibn Tumart, el califa al-Mamun, entre los años 1228 y 1232, asestó el golpe de gracia ideológico y vació de sentido al movimiento, acosado ya por numerosas amenazas externas: los benimerines en el Magreb, Ibn Hud en al-Andalus y los cristianos en su imparable avance desde el Norte.
Arte y cultura
Las riquezas acumuladas mediante la guerra y la explotación de la tierra, directamente o por medio de siervos y colonos, fueron empleadas en gastos de prestigio y en sacrificios a la divinidad. Las menciones de paños, vestidos y objetos de lujo son numerosas y un alto porcentaje de los bienes de las iglesias y monasterios proceden de donaciones piadosas. La construcción de edificios se halla frecuentemente relacionada con el prestigio o con el culto cuando no con ambas tendencias a la vez: de carácter religioso no exento de búsqueda de prestigio son las edificaciones realizadas por los monarcas asturleoneses en las proximidades de Oviedo, las iglesias mozárabes diseminadas por el Norte de la Península, las cruces ofrecidas a la catedral de Oviedo entre fines del siglo IX y comienzos del X... La independencia asturiana y los avances territoriales durante los años de Alfonso II el Casto se reflejan en el traslado de la capital a Oviedo y en la construcción en esta ciudad de una serie de edificios cuyo centro será la catedral dedicada al Salvador. Ramiro I continuaría la labor constructora de Alfonso en las proximidades de Oviedo con la edificación de las iglesias de San Miguel de Lillo, Santa María del Naranco y Santa Cristina de Lena, y al monarca Alfonso III se debe la construcción de la iglesia del Salvador de Valdediós y la elaboración en los talleres reales de la llamada Cruz de la Victoria. La visigotización de los reyes asturianos es el reflejo de la influencia cultural de los mozárabes llegados de al-Andalus, a los que se debe la reorganización de la vida eclesiástica y con ella la construcción de iglesias mozárabes como las de San Miguel de Celanova (Orense), San Miguel de Escalada y Santiago de Peñalba (León), San Cebrián de Mazote (Valladolid), Santa María de Lebeña (Santander)..., cuyos precedentes pueden encontrarse en la iglesia de Santa María de Melque, edificada en las cercanías de Toledo todavía bajo dominio musulmán.Para los clérigos de estas iglesias y de las sedes episcopales restauradas se iluminan en los monasterios obras como el Antifonario de León, el Salterio de San Millán de la Cogolla, las Biblias de Roda, Ripoll y León o los comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana...; mozárabes son las Crónicas escritas en el siglo VIII (Byzantina-Arabica del 741, Mozárabe del 754) así como las asturianas escritas en la corte de Alfonso III a finales del siglo IX (Rotense, a Sebastián y Albeldense) y continuadas por el obispo de Astorga, Sampiro, a comienzos del siglo XI; y mozárabes parecen ser los autores de los himnos dedicados al apóstol Santiago, el primero de los cuales pudo ser escrito, según Díaz y Díaz, por uno de los seguidores de Mauregato, que a través del himno lleva a cabo una apología de la política de colaboración con los musulmanes seguida por el rey en los años inmediatamente anteriores a Alfonso II. Los centros culturales más importantes o, al menos, los mejor conocidos se sitúan en la región leonesa del Bierzo, en las tierras discutidas por Castilla y Navarra y en torno al monasterio de Ripoll. La cultura berciana gira alrededor de la figura de San Genadio, restaurador y fundador de monasterios como los de San Pedro de Montes, San Andrés y Santiago de Peñalba, a los que dotó de una biblioteca relativamente importante para la época.Conocemos la vida cultural de los monasterios navarros a través de la carta enviada por Eulogio de Córdoba al obispo Wilesindo de Pamplona que lo acogió y acompañó en su viaje por estas tierras. La copia de libros se convierte en arte en el monasterio de San Martín de Albelda donde, el año 951, el monje Gomesano copia para el obispo y peregrino jacobeo Godescalco del Puy una obra de Ildefonso de Toledo y la vida de éste compuesta por Julián; abad de Albelda fue Salvo, autor de diversos himnos, oraciones, antífonas y misas cuya biografía pudo ser escrita por Vigilán, copista de un códice con abundantes miniaturas, algunas de las cuales contienen retratos de reyes visigodos y navarros, del copista y de sus colaboradores Sarracino y García. Centro cultural de primera línea es el monasterio de San Millán de la Cogolla del que interesa destacar las llamadas Glosas emilianenses, de mediados del siglo X, consideradas como el primer testimonio escrito de las lenguas castellana y eusquera: al copiar sermones, letanías y otros textos en latín, el copista explica algunas palabras que le parecen de difícil comprensión y si a veces aclara los conceptos con nuevas palabras latinas, en otros momentos recurre a palabras tomadas de la lengua oral, en castellano o en vascuence. Glosas semejantes se conservan en otro texto escrito en el monasterio de Silos, y al dorso de una donación hecha el año 959 alguien anoto con rasgos mas romances que latinos una relación de los quesos dispensados por el monasterio de Rozuela. La Nodicia de kesos, y las glosas son por hoy la primera manifestación del idioma en que ha derivado el latín, que es todavía la lengua culta de los reinos hispánicos.También en los condados catalanes se abre paso el idioma romance aunque sus manifestaciones escritas sean más tardías, y también son los centros eclesiásticos los conservadores y difusores de la cultura heredada del mundo visigodo, del carolingio y de los musulmanes de al-Andalus, cuya influencia es visible en el monasterio de Ripoll, único en el que se enseñan, por influencia musulmana, las ciencias del quadrivium (aritmética, música, geometría y astronomía) que allí aprenderá Gerberto de Aurillac, el futuro papa Silvestre II, para el que es posible se copiaran algunos de los numerosos libros conservados en la biblioteca monástica en la que sin duda figuraban tratados sobre el astrolabio, como los traducidos del árabe al latín por Seniofré Llobet, que se adelanta así en cerca de tres siglos a la más conocida Escuela de Traductores de Toledo.
Artesanado y comercio
Para el estudio del artesanado hispano de esta época debemos recurrir necesariamente a la arqueología. Como ya señalamos, se han encontrado en las villae gran cantidad de ánforas, cuencos, botijos, tinajas y muchos otros utensilios cerámicos pero, si bien gracias a los arqueólogos, sabemos mucho sobre las formas y características externas de estas cerámicas, no hay estudios rigurosos que aclaren la economía que late tras estos objetos. La cerámica característica de este período es la sigillata clara, casi siempre lisa o con decoración a ruedecilla. En Hispania hay restos de numerosos alfares y hornos tanto en la Meseta como en la costa de la Tarraconense. Uno de los mejor conservados, el de Olocau (Valencia), tiene una planta rectangular de 17 por 5,20 metros y está formado por dos cámaras abovedadas y paralelas sobre las que descansa el suelo de la cámara de cocción, comunicada con aquellas por medio de 14 hiladas de 10 tubos cada una que atraviesan las bóvedas. Esta cerámica no parece que se exportara fuera de la diócesis y su venta se realizaba en mercados callejeros. Justa y Rufina, las dos santas que fueron procesadas por destruir la estatua de una divinidad pagana, estaban vendiendo tiestos en la calle, según se relata en las Actas. Pero también hay cerámicas importadas tanto de Africa como de la zona de Narbona, llamada cerámica de Bordelais. Existieron también gran cantidad de hornos locales asentados en las grandes villae, en donde se producían las ánforas y demás recipientes necesarios para la conservación de los productos agrícolas.
La industria textil, que en otros tiempos había tenido un mayor desarrollo, aún se conserva durante el Bajo Imperio. Las famosas tintorerías de las Baleares aparecen mencionadas en la Noticia Dignitatum Occidentalis. A fines del siglo V se creó un procurator bafii insularum Balearum, una oficina estatal -puesto que pasaron a ser monopolio del Estado- dependiente del Comes Sacrarum Largitionum para la elaboración de la púrpura. La producción de estos vestidos purpúreos era un producto de lujo destinado a la aristocracia romana. La lana aparece mencionada en la Expositio totius mundi y algunas de estas prendas confeccionadas con lana hispana: mantos, capas, etc. le fueron regaladas a Jerónimo, como señala en su correspondencia. También el esparto, empleado para el equipamiento de los barcos, se elaboraba principalmente en Ampurias y Cartagena. La mayoría de las industrias textiles consistirían en pequeños talleres colectivos o familiares. En una inscripción de Sasamón (Burgos) fechada en el año 239 aparece un grupo compuesto por quince hombres y seis mujeres dedicados a la producción textil. Estos personajes son libertos y esclavos de la familia y ellas sus mujeres, lo que refrenda la idea de talleres de tipo familiar.
También en muchas villae existían pequeños talleres textiles como lo demuestra el hallazgo de telares y otros utensilios relacionados con esta actividad.
Otra de las producciones artesanas de gran extensión y variedad fueron los mosaicos. Estos artesanos eran muy solicitados en el siglo IV, fundamentalmente por los dueños de las villas, ya que eran un ornamento indispensable en las mismas. Estos ofrecen además una gran variedad temática. Muchos de ellos se inspiran en la iconografía clásica: Ariadna (en Mérida), Dionisos (Valdearados), Aquiles (en el Museo de Jaén), etc. Otros tienen una clara influencia africana, como los de Dueñas y Pedrosa de la Vega e incluso gala. En ellos predominan las escenas de caza, las estaciones, aves y otros animales y también los dibujos geométricos. Pero no hay estudios sobre talleres regionales ni sobre la economía subyacente en esta actividad. La mayoría debían ser artesanos itinerantes que ofrecían a los grandes señores los cartones de que disponían para elegir el que el propietario considerase más idóneo.
Durante el siglo IV continuaron haciéndose esculturas en Hispania, aunque en mucho menor número que en siglos anteriores. A través de algunas inscripciones sabemos que se hicieron estatuas a diversos emperadores. La mayoría de la producción escultórica conocida de esta época es de baja calidad artística y se desconoce el nombre de los artistas. Quizá las más logradas sean el retrato hallado en Morón, de época de Diocleciano, la cabeza femenina de Palencia, el Buen Pastor de la Casa de Pilatos (Sevilla) y otro Buen Pastor hallado en Gádor (Almería), de época constantiniana. En las villae aparecen frecuentemente fragmentos de esculturas que probablemente adornarían sus jardines y estancias.
La producción de sarcófagos recupera la tradición del relieve y del bajorrelieve. Los sarcófagos de La Bureba (Burgos), indican la existencia de un taller en la zona que trabajaba con piedra local y, si bien desde el punto de vista artístico no pueden competir con los de Roma o las Galias, tienen gran interés desde el punto de vista iconográfico. Otros talleres documentados de sarcófagos hubo en Tarragona y en la Betica. El taller de Tarragona parece el más importante. La influencia africana que señalan algunos estudiosos en la iconografía de estos sarcófagos ha llevado a suponer que trabajaban en el mismo algunos maestros africanos. Los sarcófagos nos indican en cualquier caso la amplia implantación del cristianismo en el siglo IV entre los sectores más elevados de la sociedad hispana, puesto que estos sarcófagos esculpidos eran exclusivamente utilizados por este sector social.
La pintura ha dejado algunos testimonios en edificios de esta época, tales como el columbario de los Voconios, en Mérida. También en las iglesias debían pintarse episodios bíblicos, puesto que el dittochaeum de Prudencio es una serie de poemas que pretenden explicar las diferentes escenas pintadas en los muros de una iglesia desconocida.
La industria del garum, de tanta tradición y que había sido una de las más importantes de Hispania en otras épocas, aún seguía existiendo. Las factorías estaban situadas en la zona mediterránea y el sur del Atlántico, así como en la Mauritania Tingitana. Algunas de las más importantes fueron las de Villaricos, Jávea, Torremolinos, Baelo, Barbate, Sanlúcar de Barrameda y Cacessa, Torres de Ares y Boccadorio, estas últimas en Portugal; así como la de Lixus, en Mauritania, una de las más importantes junto con la de Baelo. Esta última constituye un conjunto arqueológico amplísimo. En él se pueden ver cuatro fábricas con varios estanques cada una, algunos de éstos comunicados con el mar, a modo de viveros para la conservación del pescado vivo. Entre las fábricas segunda y cuarta se encuentra una amplia villa con peristilo. Las cuatro fábricas forman un conjunto limitado por una columnata. Pero no era ésta la única fábrica de elaboración del garum en Baelo. Hay piscinas con una capacidad de 30 a 40 m3 que debían formar parte de otra factoría y, según los estudiosos, estas construcciones serían sólo una pequeña parte de las grandes instalaciones conserveras de Baelo.
Aunque no se dispone de datos sobre la organización y estructura social de estas industrias, sí sabemos que estas grandes empresas requerían mucha mano de obra: pescadores, marineros, armadores, fabricantes de envases y un comercio de exportación con una red de transportistas e intermediarios. El salazón hispano seguía exportándose, como anteriormente vimos a través de las noticias de Libanios y de Ausonio. También Oribasio, médico del emperador Juliano, menciona el garum hispano como algo recomendable.
En conjunto, la economía de esta época es una economía cerrada. Apenas unas pocas industrias parecen organizadas con fines a la exportación. Hispania aparece principalmente como una zona de latifundios y explotaciones agrícolas en beneficio del Estado centralista que percibía sus impuestos. Se abastecía de la mayoría de los productos necesarios e importaba objetos suntuarios de Roma o de Oriente, pero éstos eran destinados a un pequeño círculo social. La falta de una industria fuerte, similar a la de otras provincias, se explica por su alejamiento del eje económico de la época, situado en las zonas más orientales y sustentado en los mercados bárbaros y de la corte y en el comercio militar. Si no había grandes y boyantes industrias, evidentemente, el comercio exterior tampoco era importante. En el Edictum de pretiis que Diocleciano promulgó en el año 301, hay pocas referencias a los productos hispanos. Expresamente sólo son mencionados el lardum o jamón y la lana astur sin elaborar, ninguno de los cuales era caro. La tarifa de precios que se adjunta suponía un coste poco elevado respecto a los de otros puntos del Imperio. En el Edictum se incluyen también las tarifas de transporte entre las diversas provincias, expresados en modios militares. De estas indicaciones se desprende que las tarifas de transporte de Hispania a otras provincias eran muy elevadas en relación con la que se cargaba al transporte de otras provincias.
Otro documento sobre la actividad económica hispana es la Expositio Totius Mundi, escrita en el año 359 por un comerciante oriental. Puesto que el autor no había visitado las provincias occidentales del Imperio, su valor no pasa de ser un testimonio poco revelador de la realidad. Así el capítulo en el que se refiere a Hispania dice: "Después de las Galias está Hispania, tierra extensa y rica, con hombres sabios y provistos de todos los bienes; importante por todos sus productos comerciales, de los que enumeramos algunos. Esta tierra exporta aceite, salsa de pescado, ropas diversas, carne de cerdo salada (lardum) y caballos y abastece de estos productos a todo el mundo..." Como comerciante y marino que es recuerda también la importancia del esparto hispano, indispensable para los aparejos de los barcos. El autor conoce los productos que tradicionalmente ha exportado Hispania pero, puesto que, en la época que escribe, Hispania no abastecía de estos productos a todo el mundo, no cabe menos que considerar que no conocía demasiado la realidad de la exportación hispana a mediados del siglo IV. No obstante él mismo, contradiciendo sus anteriores alabanzas, añade que "para muchos es un país pobre". La exportación de aceite había decaído casi por completo. Las ánforas en las que el aceite y el vino eran transportados llegan hasta el año 258 y ni en las costas hispánicas ni en Roma aparecen ánforas hispanas del siglo IV.
Por otra parte, la propia Expositio señala en otro capítulo que era Africa la principal exportadora de aceite. Sobre la exportación de garum ya hemos hablado y comentado el mantenimiento de esta industria durante todo el siglo IV así como su comercialización no sólo a Occidente sino también a Oriente, donde el propio Símaco lo adquiría.
Sobre la exportación de vestidos sólo tenemos la referencia de la lana astur mencionada en el Edicto de Diocleciano y las prendas teñidas de púrpura de las Baleares que, como hemos dicho, era monopolio estatal. El lardum o jamón de los cerretanos, en los Pirineos, sin duda era exportado puesto que el Edicto lo menciona, lo que presupone la existencia de una industria chacinera importante.
Por el contrario, el trigo ya no era exportado salvo ocasionalmente. De este modo sabemos que, a consecuencia de la revuelta de Gildón en Africa, que supuso el cierre de los puertos africanos para la exportación, Roma se quedó sin trigo y para solucionar esta carestía se decidió exportar trigo de Hispania, las Galias y Germania. El acontecimiento señala claramente que era Africa el principal exportador de trigo y, sólo eventualmente, Hispania.
Sobre la exportación de caballos hay gran disparidad de criterios entre los historiadores. El episodio de Símaco, al que ahora nos referimos, ha sido valorado por unos como prueba de la excelencia de estos caballos y la importancia de su exportación, mientras para otros resulta una prueba casi de lo contrario. Cuando el senador Símaco inició los preparativos para celebrar la pretura de su hijo -un año antes de la misma- se vio en la necesidad de adquirir los caballos necesarios para los juegos que tal designación implicaba. La pretura era una dignitas que exigía grandes dispendios y, por consiguiente, una gran fortuna. Parte esencial de esta celebración eran los juegos que la acompañaban. Estos debían ser memorables y, para ello, no debía escatimarse gasto alguno. La popularidad y la adhesión dependía en gran medida del éxito y la vistosidad de los mismos. Así, Símaco inicia una correspondencia con Eufrasio, Salustio y Baso, entre otros hispanos, a fin de procurarse los caballos necesarios. Al mismo tiempo, envía a familiares, criados y amigos para efectuar la compra. Se ve obligado a escribir a otros varios personajes que tienen alguna relación con Hispania a fin de conseguir los permisos, ayuda para el transporte, etc. Los caballos -se desconoce su número- finalmente fueron entregados al cabo del año. De este pasaje podemos deducir que los caballos hispanos eran buenos para las carreras; por su rapidez eran preferidos para el circo, dice Amiano Marcelino.
No obstante, también parece claro que no era tarea fácil la adquisición de los mismos, lo que implicaría que en esta época no existían redes organizadas de exportación equina. Las solicitudes de Símaco se apoyan incluso en el favor personal. Así, por ejemplo, Eufrasio, uno de los personajes a los que se había dirigido Símaco, estaba en deuda con él ya que Eufrasio había intercedido anteriormente ante Símaco en favor de un tal Tuencio, senador e hispano, que se había empobrecido, a fin de que se le liberara de sus munera o impuestos obligatorios.
Ciertamente, los caballos hispanos habían alcanzado gran estima en el mundo romano desde épocas remotas. Compartían éstos fama con los caballos africanos, los de Tesalia y los de Capadocia, entre otros. El caballo, además, era un elemento presente e indispensable en la vida de entonces. Eran esenciales para el transporte público, para el ejército, para la caza, para las carreras y el circo y tenían además un carácter simbólico: el status de un individuo se medía en función del caballo o caballos que poseyera. Por esta razón las mejores cuadras pertenecían al emperador. La importancia de los mismos era tal que en el Codex Theodosianus hay leyes sobre la venta y donación de caballos.
Si la exportación de caballos había descendido, no por ello había disminuido su fama. Numerosos pasajes de los autores antiguos nos demuestran que, durante esta época, seguían teniendo gran aceptación. Así el césar Juliano a fin de congraciarse con Constancio tras la proclamación del primero como Augusto por su ejército en Lutecia (París), había prometido enviarle caballos hispanos para que participasen en las carreras de Constantinopla. También Claudiano en sus poemas habla del caballo de Honorio -sin duda magnífico- que supone debe ser hispano, tesalio o capadocio. Más entendido en caballos debe ser Flavio Vegecio, que habla de los caballos asturcones diciendo que el paso portante de éstos es similar al de los caballos partos. Vegecio da preferencia a los caballos capadocios sobre los hispanos y añade que éstos, junto con los galos y los númidas, eran considerados de vida breve en comparación con los otros.
En conjunto la economía hispana durante el siglo IV ofrece una imagen general de declive. Las exportaciones son escasas y sólo beneficiosas para un grupo muy reducido de propietarios de caballos o fabricantes de garum. Definitivamente, Hispania aparece en el contexto general del Imperio como una diócesis remota y muy distante de los centros políticos y económicos de interés. En muchos de los pasajes literarios de esta época que tratan de Hispania se percibe más bien un recuerdo de sus pasadas grandezas que un conocimiento directo de la realidad actual en el siglo IV. Claudiano, por ejemplo, habla de la rica Hispania deslumbrado por el recuerdo del Tajo que arrastraba oro y cuya arena aurífera, si alguna vez existió, brillaba por su ausencia. Posteriormente parece deducir que todos los ríos hispanos eran auríferos en mayor o menor medida (lo cual es un disparate) y en medio de tanto oro también habla de las minas auríferas de Asturias, abandonadas hacía tiempo. El mismo valor -es decir, prácticamente nulo- tiene el Panegírico del emperador Teodosio, escrito por Drepanius Pacatus en el año 389. En él rememora las grandezas históricas de Hispania, alude de nuevo a la riqueza de las minas de oro de los astures, habla de ciudades egregias, de la prodigalidad y plenitud de sus campos y, otra vez, de la riqueza aurífera de sus ríos. Nada tienen de particular que, por ser Hispania la patria del emperador, alabe a su lugar de nacimiento situando a éste al nivel de los méritos del propio Teodosio al que alaba; pero si algún valor tienen estos testimonios para el historiador es que el recuerdo de la anterior prosperidad hispana era más conocido para ellos que la realidad de la Hispania bajoimperial.
Artesanía y comercio
Hacia el año mil se observa en Europa un progreso notable motivado por diferentes causas que se complementan entre sí: cambio climático favorable a la producción agrícola, cese o disminución de la amenaza militar y utilización de mejores utensilios y técnicas de trabajo agrícola que permiten poner en cultivo nuevas tierras. El incremento en términos absolutos y relativos de la producción se traduce en una mejor alimentación que da lugar a una expansión demográfica difícil de evaluar, pero manifestada de múltiples modos: ampliación o nueva construcción de iglesias y murallas, puesta en cultivo de tierras marginales o abandonadas, migraciones a veces de carácter militar y en otros casos en forma de peregrinaciones a Santiago de Compostela o a Jerusalén...El progreso no es sólo cuantitativo sino ante todo cualitativo: la roturación de nuevas tierras exige y lleva consigo la desecación de pantanos, tala de bosques y construcción de caminos a través de los cuales entran en contacto núcleos de población hasta entonces mal comunicados y que ahora pueden intercambiar sus productos, con lo que puede abandonarse el cultivo de plantas como la vid en tierras poco aptas pero que habían tenido que ser utilizadas en épocas anteriores porque la única forma de obtener el vino, necesario en la liturgia cristiana y en la alimentación, era producirlo localmente. Desde el momento en que existen excedentes y es posible transportarlos y hallar quienes se interesen por ellos, servirán para obtener por compra o cambio todo aquello que interesa o no se puede producir en el territorio. La comercialización de los excedentes agrícolas corre a cargo de mercaderes, de personas que viven fundamentalmente del comercio. A través de estos mercaderes, que se instalan junto a los posibles clientes, la ciudad recupera su función económica; sin perder su carácter administrativo, eclesiástico o militar, se transforma en lugar de intercambio, en mercado, en punto de contacto de economías complementarias al que pronto acuden los mercaderes internacionales y en cuyas proximidades surgen barrios o burgos en los que no tardan en instalarse artesanos liberados del trabajo agrícola al aumentar la población campesina y el rendimiento de la tierra y no ser necesaria su colaboración.El mercado deja de ser exclusivamente agrícola y en las ciudades se inicia la fabricación de objetos manufacturados destinados a atender la demanda de las comarcas próximas y a la exportación cuando la calidad y el precio hacen atractivos los productos. En todo el territorio hispánico puede observarse el surgimiento de estos nuevos burgos y de los artesanos y mercaderes que, sin dejar de ser laboratores, de vivir de su labor o trabajo, ya no son labradores; adquieren verdadera importancia en las zonas costeras del Mediterráneo o del Atlántico en contacto comercial con el mundo europeo.Generalmente, cuando se habla del comercio, los historiadores aluden sólo al comercio catalán a larga distancia, al que tiene como origen, destino o etapa final el norte de África, Siria, Grecia o Europa, y al lado de este comercio internacional existe un comercio interno menos brillante pero no de menor importancia, que conocemos gracias a aranceles aduaneros como el peaje de Barcelona de 1222, en el que figuran más de cien productos y entre ellos la pimienta, lino, algodón, cominos, incienso, canela, laca y otras especias importadas de Oriente; entre los productos locales figuran la cera, cueros y pieles de bueyes, conejos y corderos; lana y tejidos de fabricación local e importados; productos alimenticios como sal, aceite, azúcar, miel y harina; artículos como hierro, alquitrán, madera, naves, papel, plomo... La proyección exterior de los mercaderes barceloneses, catalanes, valencianos y mallorquines no habría sido posible sin una organización que coordinara sus actividades tanto en las ciudades como en el exterior. La primera organización de los mercaderes la hallamos en las Ordenanzas de la Ribera de Barcelona, de 1258, en las que se definen los derechos y obligaciones de marinos y mercaderes en Cataluña y en el exterior: tripulantes y mercaderes de cada nave nombran dos próceres con autoridad sobre todos cuantos van en ella y éstos a su vez eligen a otros cinco (dos en barcos de poco tonelaje) y juntos los siete deciden cuanto haya que hacer en la nave; su autoridad se extiende a "cuantos hombres de Barcelona encuentren en su viaje, tanto en tierra de cristianos como de musulmanes", pues su autoridad es delegada de la del rey y de los prohombres de la Ribera de Barcelona.En 1266, la figura del cónsul en el exterior se concreta aún más y su nombramiento queda en manos del Consell de Barcelona, al que el monarca autoriza a nombrar cada año "cónsules... en las naves y leños que navegan hacia las partes ultramarinas con jurisdicción no ya sólo sobre los barceloneses sino sobre todas las personas de nuestras tierras que naveguen hacia dichas partes ultramarinas, y sobre los que residan en ellas y sobre todas las naves y leños de nuestras tierras navegando en la misma dirección o de escala en sus puertos y sobre los bienes de todos y cada uno". Entre 1260 y 1270 los barceloneses procederán a una nueva redacción de las Ordenanzas, conocidas ahora como Libro del Consulado, que serviría de pauta al Consulado de Valencia creado en 1283; los mercaderes valencianos perfeccionaron las costumbres recibidas y añadieron diversos epígrafes y mejoras que llevaron a extender esta nueva forma legal a Mallorca, Barcelona, Tortosa, Gerona, Perpiñán y Sant Feliu de Guixols.Una gran parte de los artículos mencionados en los diversos peajes procede del comercio exterior, que según hemos indicado anteriormente, se halla estrechamente relacionado con la expansión política. Entre las causas que se han buscado a esta expansión se ha dado un lugar preferente a las económicas, hasta el punto de afirmarse que la política expansiva no fue obra de la monarquía sino de los burgueses, de los poderes económicos. Cataluña en general y Barcelona en particular, disponían en el siglo XII, y aun antes, de una marina dedicada al comercio y al corso, actividades que se veían perjudicadas frecuentemente por los piratas musulmanes de Almería, las Baleares y Tortosa, y la conquista de estas plazas en el siglo XII por Alfonso VII de Castilla, Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV de Barcelona contará con el apoyo de barceloneses, pisanos y genoveses interesados en mantener activos el comercio y la navegación mediterráneos; y algo parecido podría decirse al hablar de la ocupación de Mallorca, de Valencia, Sicilia o de los intentos de Jaime II de ocupar Almería, para facilitar el comercio o evitar, al menos, las trabas puestas en las rutas comerciales por los corsarios-mercaderes musulmanes del norte de África, donde los catalanes terminarán instalándose como mercaderes a lo largo del siglo XIII.
Artesanos y trabajadores en la industria y minería rural
Había un cierto número de personas (el 30% de la población nacional, aproximadamente, algo más de la mitad de los cuales vivía en los pueblos) que se dedicaba al sector de los servicios, a los trabajos artesanales y a la naciente industria aunque ésta era escasa y muy limitada. Artesanos, tenderos y criados domésticos constituían una microsociedad dentro de cada pueblo. Estos grupos, sobre todo, vivían en aquellas poblaciones que constituían cabecera de comarca y que vienen a coincidir con las sedes de los partidos judiciales que organizó, tras la muerte de Fernando VII, Javier de Burgos.
Buena parte de la población rural eran artesanos en mayor o menor medida, pues lo más frecuente era que en cada familia se desarrollase alguna actividad artesanal. En el mundo rural de mediados del siglo XVIII y primera mitad del XIX, cada familia, cada pueblo, por pequeño que fuese, tiende al autoabastecimiento. Se trata de transformar los productos agrícolas o ganaderos así como aquello que el medio proporciona. Por ejemplo, José Camacho hace la observación, válida para otros muchos lugares de la España de la época, de la ausencia de panaderías en los pueblos del noreste de Badajoz. Cada casa tiene su propio horno donde elabora pan. Sólo en años y épocas de escasez funcionaba una panadería local que se abastecía del trigo del pósito. Igualmente, muchos de los propios vecinos confeccionaban su propio calzado (sandalias, albarcas) fijando la piel a la suela con lañas de grueso alambre. A veces eran los pastores quienes llevaban a cabo esta tarea. Estos mismos eran quienes curtían las pieles. La mayor parte de las familias se agenciaba los materiales necesarios para construir sus propios zurrones, zamarras, etc. o recurrían a los pastores si no sabían hacerlos. En muchas casas había un telar con el que, además de fabricar tejidos de lino basto que vendían, "echan sus telas para el gasto de sus casas" (Larruga).
Si nos restringimos a quienes hacen de tal actividad su principal fuente de ingresos, el número de artesanos es limitado. Normalmente los artesanos se concentraban en los pueblos mayores que hacen de cabecera de comarca. Tal es el caso de Siruela en la Siberia extremeña. En él había cinco molinos de agua para molturar los cereales, tres hornos de teja y ladrillo, algunas alfarerías (para orzas, tinajas, botijos, etc.), algunos carpinteros, dos carnicerías, varios pescadores de río, cierto número de fraguas (para fabricar y reparar herraduras, arados, cancelas y todos los utensilios de hierro). En la comarca sólo había un zurrador que hacía objetos de piel y calzado. En otro extremo del país, en Navarra, además del textil y la metalurgia, había algunas pequeñas industrias locales relativamente variada: harina, quesos, regaliz, fósforo, chocolate, tejas, ladrillos, etc.
En zonas rurales había también un cierto número de industrias más cualificadas, a mitad de camino entre el sistema doméstico y el de factoría. En el sector más difundido, el textil, era frecuente en muchas comarcas españolas la existencia de una industria rural dispersa de carácter familiar. Existían telares diseminados en casas particulares fundamentalmente a cargo de las mujeres. La minería proporcionaba trabajo a bastantes miles de personas en muchos pueblos. Esta actividad frecuentemente iba unida a la siderurgia. Había numerosas ferrerías, especialmente en el norte de España, e industrias con mayor estructura empresarial, por ejemplo, la fábrica de Orbaiceta (Navarra), establecida por el Estado en 1784 para producir municiones, o la que se instaló, por iniciativa privada, en Alcaraz, un pueblo junto a la Sierra del Calar del Mundo, actual provincia de Albacete, dedicada a la producción de latón utilizando como fuente energética la fuerza hidráulica y el carbón vegetal. En esta última, como ha estudiado Juan Helguera, trabajaban unos 100 operarios.
Ascenso de al-Mansur
El ascenso de Muhammad b. Abi Amir, el futuro al-Mansur, comenzó en época de al-Hakam II, gracias a la protección de personalidades muy allegadas al califa; por su ingenio y su don de gentes, logró, de una forma u otra, seducir a Subh, la esposa favorita de al-Hakam. Atrajo la atención de yafar b. Uthman al-Mushafi, el poderoso ministro del califa. Pertenecía a la pequeña aristocracia de origen árabe y pasó primero a la secretaría del cadí de la capital y más tarde al puesto de intendente de los bienes del príncipe heredero Abd al-Rahman. Las fuentes árabes insinúan que, rápidamente, se hizo amante de Subh, madre de los dos príncipes herederos sucesivos. En el 967, fue nombrado director de la moneda (sahib al-sikka), puesto al que adjunta otros cargos como el de cadí de Sevilla. En el 972 se le promocionó a la magistratura de la shurta mediana (orden público). Ya no controlaba directamente la moneda, que, al parecer, pasó a manos del visir Ibn Hudayr, amigo suyo. Un año más tarde partió a Marruecos encargado de una especie de inspección general de las tropas de ocupación, transformadas posteriormente en una cadicato general de la zona controlada por el califato. Incluso antes de volver a la Península, a final del 974, fue nombrado nuevamente director de la sikka.
Es evidente que las emisiones monetarias fueron una baza decisiva en la conquista del poder por Ibn Abi Amir. Las acuñaciones de los años 356 a 365 (967-976) atestiguan cambios sorprendentes, que debían traducir modificaciones importantes en las esferas del poder. Hasta que accedió Ibn Abi Amir a la dirección de las acuñaciones, no se observan emisiones de monedas de oro, interrumpidas desde el final del reinado de Abd al-Rahman III. Ibn Abi Amir fue nombrado al frente de la sikka en el mes de shawwal del año 356/21 de septiembre del 967. Desde el año 357 -correspondiente al 7 de diciembre del 967- es decir, dos meses y medio después de su nombramiento, se reanudaron las acuñaciones de dinares en cantidades notables y se mantuvieron en un nivel relativamente elevado hasta el 361/971-972. El nombre de emir figuró primero en el anverso de los dinares y dirhams que no llevaba el nombre del califa, pero luego, a partir del 360/970 encontramos su nombre asociado inmediatamente al de éste. Desde yumada II 361/marzo-abril del 972, hasta shawwal 363/julio del 974, se nombraron otros funcionarios al frente de la moneda, de tal forma que, según los textos, el único año en que Ibn Abi Amir no estuvo del todo a cargo de la sikka fue el 362. Las monedas de este año son poco abundantes, mucho menos que los dinares. No llevan el nombre de emir, que no vuelve a aparecer hasta el 363, año en que según los textos él está de nuevo al frente de la sikka y en el que se constata de nuevo importantes acuñaciones de dinares. La reanudación de las acuñaciones de oro durante el reinado de al-Hakam II parece, por tanto, directamente vinculada al control que el futuro dictador iba a ejercer sobre la actividad monetaria.
Se pueden hacer algunas observaciones más, igualmente sugestivas sobre la lucha por el poder que implicaba el control de la emisión de moneda a lo largo de los años del final del reinado del segundo califa (muerto en yumada II 365/octubre 976). A partir del 364/974-975, el número de emisiones se redujo considerablemente y el oro, abundante en los años precedentes, desaparece otra vez casi totalmente de la moneda. Hasta entonces todas las acuñaciones se realizaban en Madinat al-Zahra', pero en los años 365 y 366/975-977 parte de las monedas a nombre de al-Hakam II se acuñaron en al-Andalus, es decir en Córdoba (llevan el nombre de Amir). A la muerte del califa, el ministro al-Mushafi y Muhammad b. Abi Amir, protegido del primero y hacia quien demostraba públicamente fidelidad, fueron más rápidos que los oficiales esclavones del palacio que habrían querido proclamar califa a al-Mughira, un hermano de al-Hakam. Apoyándose en la antigua aristocracia omeya y en los beréberes, ejecutaron a al-Mughira -fue el propio Abi Amir el que se encargó de esta operación- e impusieron el respeto a las decisiones de al-Hakam, que tiempo atrás había proclamado príncipe heredero a Hisham, su hijo menor, y con el apoyo de Subh se hicieron con las riendas del poder. El traslado de la moneda de fuerza de Madinat al-Zahra' se hizo de forma inmediata, si es que no había tenido lugar incluso antes de la muerte de al-Hakam II, y desde entonces se acuñaron todas las monedas en al-Andalus.
Asentamiento del poder de Abd al-Rahman I
Desde los primeros meses del establecimiento del nuevo poder, un grupo bastante consistente de omeyas sobrevivientes de las masacres abasíes y esparcidos por Oriente y el Magreb vinieron también buscando refugio en España, reforzando al parecer de forma apreciable el núcleo duro con el que podía contar el nuevo emir. Al mismo tiempo que se producía en todo el país una corriente de adhesión a una dinastía siempre prestigiosa, concretada en la venida de delegaciones provinciales a Córdoba, en las ciudades importantes como Toledo, Sevilla, Zaragoza, se nombraban hombres seguros en lugar de los antiguos gobernadores fieles a Yusuf o de los jefes yemeníes que, en un primer momento, habían tomado el control. Al cabo de uno o dos años según las fuentes, Abd al-Rahman se sentía bastante seguro de su poder como para suprimir de la jutba (sermón que se hace durante la oración pública del viernes) la invocación al califa de Bagdad, al-Mansur (Almanzor), que expresaba la unidad de la Umma ortodoxa y sustituirla por una invocación a su favor mientras se ordenaba a los predicadores de todo al-Andalus maldecir a los abasíes.
Sin embargo, fueron necesarios algunos años más antes de que se reanudasen en la provincia las emisiones monetarias que parecían haberse interrumpido entre los años 135/752-53 y 145/762-63. Atestiguan la continuidad más que el cambio, ya que se trataba exclusivamente de dirhams conforme a los tipos omeyas de la época anterior que no llevaban el nombre del soberano sino solamente la indicación de la fecha y lugar de acuñación (al-Andalus), acompañada de leyendas tradicionales. Se trataba sin embargo de un manifiesto omeya, ya que los abasíes habían adoptado nuevas leyendas. Pero, por escrúpulo político-religioso o incapacidad económica para hacerlo, ni el primer emir omeya de al-Andalus ni sus sucesores emprendieron nuevamente la acuñación en oro, abandonada en el 107/725-26.
Aparte de estas grandes líneas, se sabe muy poco de cómo se logró, política y administrativamente, la consolidación del nuevo Estado omeya que se constituía así en el extremo occidental del mundo musulmán, a la vez que se establecían los emiratos jariyíes independientes en el Magreb. Este alejamiento geográfico entre el califato de Bagdad y al-Andalus fue útil al primer emir omeya de al-Andalus. Le dio tiempo a afirmar su autoridad antes de que estallara, en el año 763, una revuelta importante -directamente inspirada por los abasíes- del jefe árabe al-Ala b. Mugith que levantó su estandarte negro frente al blanco de los omeyas en Gharb al-Andalus. Esta revuelta se apoyó fundamentalmente en los yemeníes, que se habían vuelto rápidamente contra el emir omeya, tras haberlo elevado al poder. Hemos señalado que desde el día siguiente de la batalla de al-Musara, un malestar generalizado se había manifestado entre ellos, llevándoles a tramar un complot para asesinar al que les había servido para, bajo su estandarte, unirse contra a los qaysíes, pero que, por su pertenencia tribal, estaba unido al grupo qaysí. Entre el año 139/756 y el 141/758-59, la adhesión de los jefes qaysíes al-Sumayl y Yusuf al-Fihri al nuevo emir dio a éste una baza política suficiente para que la secreta oposición yemení no tuviera consecuencias graves. Pero cuando, cansado del papel de subalterno que se le hacía jugar e impulsado por antiguos partidarios suyos descontentos de estar relegados a un segundo plano, el antiguo gobernador Yusuf al-Fihri se rebeló (141/hg.). Pudo, sin dificultad, reclutar tropas, sobre todo beréberes y yemeníes en las regiones de Mérida y de Sevilla. Vencido, erró durante algún tiempo por la región de Toledo, donde fue asesinado algunos meses más tarde por algunos de sus propios partidarios (142/759-60). Pero su revuelta había provocado el resurgimiento de una agitación que el emir omeya tendría muchas dificultades en reprimir.
Se trataba por una parte, de la disidencia de los jefes fihríes que habían apoyado a Yusuf. El primero de ellos fue un tal Hisham b. Urwa al-Fihri que se había mantenido en el gobierno de Toledo después de la muerte de Yusuf sin someterse. Pero fue un levantamiento poco peligroso, reducido sin demasiada dificultad en 147/764, y hubo de pasar algún tiempo hasta que la oposición fihrí se reagrupase alrededor de los hijos del antiguo gobernador. En cambio, desde 143/760-61, el gobernador de Algeciras, un yemení (gassaní) que el emir había querido destituir juzgándole, tal vez, poco fiable, se rebeló y con contingentes yemeníes logró apoderarse durante algún tiempo de Sevilla. Rápidamente fue asediado y entregado por los propios sevillanos al príncipe. La revuelta proabasí de al-Ala evocada anteriormente, que ocurrió en el 146/763, tuvo mayor amplitud y movilizó esta vez a una gran parte de los yemeníes del oeste de la Península, entre Sevilla y el Atlántico contra el poder omeya. Vencida con gran dificultad esta insurrección yemení fue seguida por otra en el 766, que puso en peligro el poder central. Vencidos, los yemeníes se mantuvieron tranquilos durante una decena de años. Se sublevaron de nuevo en el 157/773 aprovechando las dificultades que tenía el emir con una revuelta beréber en el centro de la Península. Fueron derrotados y ya no hubo agitación tribal yemení de importancia en el oeste de España.
La revuelta beréber duró casi diez años, desde el 151/768 al 160/777, en las regiones situadas entre Mérida y Santaver. Inicialmente tuvo carácter más religioso que étnico, a pesar de que sólo movilizó elementos beréberes, en la medida en la que las fuentes permiten saber. El jefe que la dirigía era un beréber llamado Shakya al-Miknasi, que pretendía ser fatimí, es decir descendiente de Mahoma por su hija Fátima. No conocemos los aspectos ideológicos de esta disidencia muy confusa. Su alcance parece haber sido limitado a causa de los enfrentamientos que dividían a los propios beréberes, pero agitó durante mucho tiempo todo el centro de la Península, a ambos lados de Toledo, ciudad que, sin embargo, no fue afectada por la revuelta. Esta agitación provocó el envío continuo de ejércitos para atrapar al huidizo Shayka. Una vez que éste fue eliminado en el 160/777 por la traición de algunos de sus antiguos partidarios, se produjeron otras sublevaciones periféricas, algunas de las cuales han podido estar en relación con la precedente. Así en el 161/778 el desembarco en la región valenciana de un jefe fihrí, Abd al-Rahman al-Saqlabi, pariente lejano de Yusuf al-Fihri, que invocó la autoridad abasí y tenía con él tropas beréberes llegadas del Magreb o reclutadas in situ. Controló algunos meses el país antes de ser él también asesinado por un beréber de su entorno. Algunos años más tarde, en el 169/785-86, un hijo de Yusuf que huyó de Córdoba, donde estaba retenido como prisionero, intentó a su vez sublevar al Sharq con el apoyo también de tropas beréberes. Esta revuelta, que ocurrió muy poco antes de la muerte de Abd al-Rahman I, tuvo lugar en el 788, y fracasó igual que las anteriores.
Asentamientos púnicos en la Península
De acuerdo con los datos de las fuentes literarias y la arqueología, se pueden distinguir los siguientes: Sexi, que aparece en la obra de Hecateo de Mileto y de Estrabón y acuña moneda de tipo púnico en época romana, siendo su necrópolis de Almuñécar (Granada) del siglo VII a.C.; Carthago Nova, actual Cartagena, fundada en el año 226 a.C.; Baria, con su necrópolis en Villaricos (Almería) del siglo VI a.C. y la Necrópolis de Jardín (Málaga), también del siglo VI.
Ebusus ha sido investigada más a fondo y se han ido despejando una serie de incógnitas sobre ella. Según la teoría tradicional, los cartagineses fueron los primeros que a mediados del siglo VII a.C. establecieron en ella su primer enclave occidental. De acuerdo con los datos de las fuentes literarias (Diodoro, Estrabón, Mela y Plinio) y los trabajos arqueológicos de Tarradell, M J. Almagro y J. Román se puede proponer, como ha hecho Barceló, la existencia de dos fases de asentamiento distintas, un primer asentamiento fenicio y un asentamiento cartaginés del siglo siguiente, que dura hasta la Segunda Guerra Púnica.
En el estado actual de conocimientos no se puede hablar de una conquista por parte de Cartago de los territorios del sur peninsular, pues la finalidad esencial era, como ha visto González Wagner, establecer una demanda con el fin de obtener los minerales del sureste. Por ello, no se puede considerar como una relación de causa a efecto la presencia cartaginesa y el desmoronamiento de Tartessos, sino que éste está vinculado más bien con la fundación de Massalia y la desviación de la demanda del estaño atlántico. La presencia cartaginesa actuó como vitalizadora de las estructuras políticas, sociales y económicas, al igual que la anterior demanda fenicia sobre Tartessos. La presencia bárquida introdujo la economía monetaria, pero ningún proceso de aculturación al margen de la asimilación de determinados elementos culturales por parte de los autóctonos.
Para Bondi la penetración cartaginesa en la Península Ibérica tiene un desarrollo cronológico diferenciado respecto a las grandes islas itálicas. Sólo en la época bárquida se plantea en términos de hegemonía. Básicamente los cartagineses en época bárquida buscaban en la Península Ibérica el simple control de los recursos minerales y la formación de una base militar, al contrario de lo que sucede en Cerdeña, donde se produce la conquista militar con su correspondiente penetración territorial y, desde fines del siglo VI a. C., la explotación de los recursos locales y una importante actividad agrícola y minera, o en Sicilia, donde la presencia púnica está condicionada por la presencia colonial griega y su influencia cultural y económica, jugando un papel "bisagra" entre el helenismo de la isla y los aportes púnicos.
Como conclusión general debemos decir que todas las transformaciones que se observan con los fenómenos colonizadores fenicio-griego-púnico en las diferentes zonas de la Península Ibérica, sobre todo en aquellas que tuvieron un contacto más directo fundamentalmente por presencia de población colonizadora, van a propiciar una serie de procesos que influyen decisivamente en el desarrollo histórico posterior, a diferencia de lo que sucede en otras zonas que no tuvieron relación directa con el fenómeno colonizador.
Asientos y juros
Los ingresos de la Corona eran de una diversidad y variedad casi inimaginables, incluyendo desde la percepción de antiguos derechos medievales a tasas de novísima creación, con estados o territorios exentos para algunos de ellos, pero que sí contribuían en otros casos, contando, además, con distintos sistemas de recaudación y una estadística en la que el presupuesto se quedaba en la estimación. Con todo, la Hacienda Real tuvo que recurrir a otros expedientes para proveerse de fondos para sus cuantiosos gastos, haciéndolo con prontitud y en suficiente cantidad. Los asientos y los juros eran los dos más importantes y conocidos.
El término asiento se refiere tanto al monopolio de una renta que la Corona arrienda a particulares -yerbas, azogue, estanco de negros, etc.- como a una operación financiera por la que se realiza el préstamo a interés de una cantidad y se gira a un lugar y en un momento determinados en la moneda de cambio en que hubiera que efectuar los pagos en el punto de destino. Para el reembolso del principal y los elevados intereses se hacían libranzas sobre rentas de la Corona, que quedaban, así, asentadas.
En su Carlos V y los banqueros, Ramón Carande estudió las relaciones del Emperador con los asentistas y calculó que le prestaron 28.858.207 ducados, por los que hubo de pagar un 34 por ciento más, hasta llegar a la cifra de 38.011.170. Con Carlos I los más célebres, aunque no los únicos, fueron los alemanes Fúcares (Fugger) y Belzares (Welzer), a los que tomarán el relevo banqueros genoveses como los Centurione, Giustiniani, Fiesco o Spínola. El rentable negocio, al que hay que añadir la adehala -beneficio obtenido con el cambio de la moneda- entrañaba más de un riesgo porque la Corona podía declararse en bancarrota o suspensión de pagos, como hizo en 1557, 1575 y 1596, debiéndose llegar a un arreglo con los acreedores que, por lo general, consistía en que aceptasen ser pagados en juros.
Los juros, en un principio, fueron el fruto de mercedes reales que tenían carácter de pensión concedida por algún servicio prestado -perpetuos transmisibles por herencia (juros de heredad) y vitalicios, pagaderos durante la vida del titular. Junto a ellos se crearon los juros al quitar, que eran redimibles y constituían una forma de crédito por la que particulares servían al rey con ciertas cantidades que les serían devueltas con intereses por lo general, un 7 por ciento anual (aunque el rey podía subirlos, lo que, de hecho, suponía una bajada del interés) y que se cobraban sobre rentas de la Corona en los que los juros quedaban situados, aunque en algunos casos podían ser mudados de una renta a otra. Además, eran negociables, pudiendo ser vendidos por los particulares, cosa que solían hacer los asentistas cuando, tras una bancarrota, tenían que aceptar que se les pagase con ellos. En la práctica, acabaron por no ser redimidos nunca, y el abono de sus intereses pesó enormemente sobre la Hacienda Real, que recurrió a ellos de forma creciente durante el XVI.
Buena parte de los ingresos de la Corona se destinaba al pago de las operaciones militares en el escenario internacional, donde se mantenían los tercios, así como la flota de galeras de España, para el Mediterráneo y el Estrecho con base en Cartagena y el Puerto de Santa María, y la flota del Mar Océano, para la defensa del Atlántico, cuya importancia se reforzó después del 1580 portugués. La Monarquía, por otra parte, solía recurrir a la flota de galeras genovesa desde 1528.
Las galeras solían ser movidas por galeotes esclavos o reos que cumplían su condena a bordo, y los tercios se componían de soldados voluntarios que recibían un sueldo y que sólo en parte provenían de Castilla, tratándose en su mayoría de mercenarios italianos, flamencos, suizos o alemanes. Los problemas por los retrasos en la percepción de sus pagas se hicieron célebres y derivaron en motines y saqueos de ciudades, como la furia española de Amberes de 1576.
Pese a que el temor por una posible invasión desde el exterior siempre fue grande -primero franceses, luego turcos, más tarde ingleses- y el ideal de península cerrada y bien defendida aparece claramente expuesto mucho antes del fracaso de la Armada Invencible, la organización defensiva permanente dentro de los territorios peninsulares no fue amplia ni coherente. Existían milicias concejiles a cuyo mando quedaba el alférez del concejo, las guardas viejas de Castilla -en Aragón, la guarda del reino que era pagada a expensas del reino-, presidios en las plazas norteafricanas y guarniciones; como las que se pusieron en Zaragoza en 1591 o las de Portugal desde 1580.
Sí existieron, no obstante, proyectos para crear contigentes de carácter militar más general. Algunos pensaron que los numerosos familiares del Santo Oficio podían convertirse en la base de una fuerza, si no permanente, al menos siempre en reserva. También se consideró la posibilidad de levantar milicias populares sobre la base de distintos distritos territoriales, al estilo de la gente de ordenanza que se estaba creando en otros reinos. Las razones para que no llegara a cuajar un proyecto de este tipo se encuentran bien expresadas en el siguiente texto, algo prolijo, pero capital: "... podría resultar (peligroso) poniendo todas las armas en poder del pueblo, el cual de su naturaleza es levantado y entra en las novedades con cólera, y poner tanta fuerza en gente que no ha muchos años que estuvo tan alterada (por ejemplo, Comunidades), sin pretender en ello interés alguno, sino el que particularmente algunos de ellos pretendían, no sé yo si será cosa segura, especialmente en tiempo que esta nación está tan evidente que nunca estuvo jamás y más libre en su condición y, si por nuestros pecados, esta maldita pestilencia de Lutero no está del todo rematada en España puede acontecer que no faltase quien secretamente ganase la parte que Cazalla se alababa que tuviera si seis meses tardaran en hacer de él lo que hicieran. Así digo yo ahora que una gente que de su condición es tan inquieta, tanto que se escribe de ella que cuando le faltan enemigos de fuera los busca en casa, y que podemos decir que huelga con novedades, qué hará acrecentándole las libertades, las cuales serán ocasión de removerles el estómago a mil desórdenes. No habrá mancebía, no habrá carnicería, no habrá escuela de danzas ni esgrima donde no haya cuchilladas, porque a todas estas partes irán en escuadrón, y si la justicia los quiere castigar también los hallará en escuadrón. Demás de esto muy pocos quedarán en España que no anden armados, porque el que fuere de Madrid, si fuere a Segovia, andará armado y si le quisieren quitar las armas dirá que es de la milicia de Madrid y para ello mostrará una cédula falsa o prestada. Y de esta manera todos serán de la milicia y todos andarán armados, y así el pueblo tendrá la fuerza y, como entre ellos habrá muchos moriscos y marranos y villanos, cualquier novedad hallará gente aparejada al humor de que fuere la misma novedad, porque así les ha acaecido a franceses con su infantería".
De un lado, encontramos el temor a una revuelta interna; de otro, la posibilidad de una invasión, asociadas ambas al peligro que representan los protestantes propios y ajenos; pero, ante todo, el texto nos presenta una conceptualización muy negativa del pueblo villano (plebs, no populus como comunidad) del que, si llega a armarse, sólo pueden esperarse desgracias. Ese concepto es el propio de la sociedad estamental, que excluye a los villanos como hace con los herejes, los judeoconversos -aquí, marranos- y los moriscos. De la misma forma que la gobernación corresponde a los "meliores terrae", la fuerza debe quedar en sus privilegiadas manos.
Asimilación
La peculiaridad bifronte de la religión romana se proyecta en la asimilación (interpretatio) de diversas divinidades existentes en Hispania con sus correspondientes dioses. La continuidad y adaptación del templo del dios Melqart en Gades con amplia proyección en otras zonas de la Hispania meridional evidencia este proceso sincretista de identificación de las divinidades romanas con las existentes en los territorios que anexiona e integra. Concretamente Melqart es identificado con el Hércules romano asimilado al Heracles griego. En consecuencia, en el templo de Sancti Petri se aprecia, además de los tradicionales símbolos religiosos fenicios materializados en sus grandes columnas de oro y plata, la existencia de un altar dedicado a Heracles y de otros dos en su interior en honor de Melqart y de su compañero Reshef.
La asimilación sincretista se había iniciado en el período republicano, como se constata en los anversos de las emisiones monetales que se realizan en Carmo, Abdera, etc.; su importancia se observa en la continuidad que durante el Alto Imperio poseen su actividad oracular y sus rituales, oficiados por sacerdotes célibes y rapados, de los que estaban excluidas las mujeres. Semejante asimilación se realiza también en el caso de otras divinidades griegas presentes en Hispania; tal ocurre con la identificación entre Diana y Artemis Efesia, de Vulcano con Hefesto, etc.
Tres cultos esenciales proyectan en el plano religioso la lealtad política de los provinciales hacia el Imperio. Se trata del culto a la diosa Roma, a la Tríada Capitolina y al emperador. La personificación divinizada de la capital del Imperio como dea Roma apenas si tiene implantación en la Península Ibérica en claro contraste con lo que se aprecia en las provincias orientales. En cambio, la difusión del culto a la tríada capitolina, configurada por Júpiter como dios soberano del universo, Juno como diosa celeste, y Minerva como protectora de las actividades artesanales, se extiende como elemento esencial del proceso de urbanización y de la trama urbana de los correspondientes municipios y colonias. En la Lex Ursonensis se estipula la obligatoriedad de sus fiestas anuales que han de ser organizadas por los ediles. Las excavaciones arqueológicas y las inscripciones documentan la construcción de los correspondientes capitolios en uno de los lados preferentes del foro, como se constata en Hispalis, Baelo, Emerita, Asturica Augusta, Clunia o Tarraco.
La existencia de este culto oficial no excluye la presencia de los peculiares de cada ciudad. La relación existente entre ellos refleja su jerarquía, que se expresa tanto en el plano urbanístico mediante el mencionado lugar central del culto a la Tríada Capitolina, que expresa la soberanía de Roma, como en el propio calendario de fiestas, donde se aprecia, como en Urso, la existencia de tres días dedicados a Júpiter, Juno y Minerva, mientras que Venus, diosa protectora de la colonia, tan sólo es honrada durante un día.
Auge del comercio internacional
En contraste con la postrada industria, el comercio internacional de la Corona de Castilla alcanzó en los últimos siglos de la Edad Media cimas considerables. La base del mismo era la caudalosa exportación de lanas de que hablaba así mismo R. Carande. Pero, en definitiva, los rasgos señalados nos indican que Castilla tenía en aquel tiempo una estructura económica propia de un país colonial, pues se basaba en la exportación de materias primas y en la importación, como contrapartida, de productos manufacturados. Claro que, simultáneamente, también creció el comercio interno de Castilla.
El comercio se apoyaba en unos fundamentos materiales y en unas instituciones apropiadas. Los caminos terrestres apenas experimentaron cambios en el siglo XV. Las principales novedades de la época se localizan en el ámbito de la navegación. Las victorias logradas por Alfonso XI en el área del estrecho de Gibraltar permitieron abrir, para los cristianos, la comunicación marítima entre el Mediterráneo y el Atlántico. Así las cosas, se explica el interés creciente por mejorar los puertos de mar. Limitándonos al territorio vizcaíno nos consta la realización de obras, en tiempos de Enrique IV, en el puerto de Bilbao y en el de Lequeitio. En este último puerto, un tal Ochoa Sánchez de Mendiola se había comprometido, en 1468, a construir, en un máximo de cinco años, un muelle de cal y canto.
La creciente importancia del comercio explica la proliferación de ferias en la Corona de Castilla. Entre las que surgieron a fines de la Edad Media algunas eran creación de los grandes señores territoriales, como las de Villalón, fundadas por los Pimentel, o las de Medina de Rioseco, instituidas por los Enríquez. Pero las que alcanzaron mayor apogeo fueron las que creara a comienzos del siglo XV Fernando de Antequera en Medina del Campo. El documento más antiguo que se ha conservado de las mismas son las ordenanzas del año 1421, en las cuales, entre otros aspectos, se establecían las zonas de aposentamiento de los diversos mercaderes que acudieran. Un texto del año 1450 afirmaba que a ellas concurrían "grandes tropeles de gentes de diversos naciones asi de Castilla como de otros regnos" por lo que se animaba al monarca, Juan II, a que fuera "a ver el tracto e las grandes compañas e gentio e asi mismo las diversidades de mercancias e otras universas cosas que ende habia".
En 1473 Enrique IV ordenó que "ferias francas y mercados francos no sean ni se hagan en nuestros reynos y señorios, salvo la nuestra feria de Medina y las otras ferias que de nos tienen mercedes y privilegios confirmados y en nuestros libros asentados". Lo significativo de esta disposición es que la única feria que se menciona expresamente es la de Medina del Campo, lo que resalta su importancia. Celebradas en dos etapas a lo largo del año, una en torno a mayo y otra en torno a octubre, a las ferias de Medina acudían mercaderes hispanos, pero también de países de más allá de los Pirineos, como italianos, franceses y flamencos. En ellas se contrataban lanas y otros muchos productos, pero también funcionaban como lugar de negociación de letras de cambio.
La liberalización de los cambios, medida tomada en las Cortes de Toledo de 1436, motivó la aparición de numerosos cambistas, pero también la fundación, a lo largo y a lo ancho de la Corona de Castilla, de abundantes bancos. Recordemos, por ceñirnos a la década de los setenta del siglo XV, el que dirigía Gonzalo Martínez en Jerez, el de Alonso López en Burgos o los diversos establecidos en la ciudad de Sevilla. Simultáneamente se desarrollaban las sociedades mercantiles o compañías. Estas se constituían mediante la aportación de unos fondos, los bienes, de los que eran titulares los compañeros. Por lo demás esas sociedades, que generalmente se creaban para funcionar durante un período limitado de tiempo, solían tener un marcado carácter familiar. La persona de mayor relieve, al que se le conocía como el principal era, habitualmente, el que daba nombre a la sociedad. Mencionaremos, a título de ejemplo, la compañía de Francisco de Orense, cuyo capital era de casi doce millones de maravedíes.
En otro orden de cosas cabe consignar el fomento del corporativismo entre los mercaderes. El ejemplo paradigmático nos lo ofrece Burgos. Allí se constituyó, en 1443, la Universidad de Mercaderes, surgida para defender y promocionar los intereses de los asociados. Regida por un prior, dos cónsules y nueve diputados, la Universidad era, en el fondo, una típica cofradía gremial. Años más tarde, previsiblemente en 1489, fecha de la que data el documento más antiguo que se conoce de la misma, se creó la Universidad de Mercaderes vizcaínos, de caracteres similares a la institución burgalesa.
El comercio se desarrollaba a diferentes escalas, desde la local hasta la internacional. El comercio interno de la Corona de Castilla, aunque mal conocido, se incrementó notablemente en el transcurso del siglo XV, como lo prueba, indirectamente, el aumento del valor de las alcabalas, tributo sobre el tráfico mercantil. Ciertamente había zonas de mayor vitalidad económica que otras. El gran eje articulador del comercio castellano era el que iba desde los puertos del Cantábrico oriental, pasando por Burgos, Valladolid, Medina del Campo, Toledo y Sevilla, hasta la costa atlántica de Andalucía.
En cuanto al comercio que Castilla practicaba con los otros reinos hispánicos era muy irregular, pues en buena medida dependía de las relaciones políticas del momento. En líneas generales, el comercio desarrollado en los siglos XIV y XV por la Corona de Castilla con los reinos de Portugal, Navarra y Aragón fue débil. También comerciaba Castilla con los nazaríes de Granada. Ahora bien, todo parece indicar que el comercio interhispano que alcanzó más auge, en el siglo XV, fue el que se realizaba con el reino de Valencia, quizá debido a la complementariedad económica de ambos territorios. Castilla exportaba alimentos (trigo, ante todo, pero también aceite y vino), lanas, cueros, animales vivos, etcétera. A cambio, importaba de tierras valencianas frutos secos, muebles, agujas, armas, tijeras, objetos cerámicos e incluso tejidos de algodón y de lino.
Pero cuando se habla del comercio castellano de fines de la Edad Media se piensa, indefectiblemente, en el que se realizaba con otros países europeos, particularmente del ámbito atlántico, o en el que se proyectaba hacia el continente africano y las islas adyacentes. Se trataba de dos grandes focos de actividad económica, el del Cantábrico oriental, por una parte, y el de la zona atlántica de Andalucía, por otra.
El núcleo del Norte se basaba en el entendimiento entre los mercaderes burgaleses y los marinos y transportistas de la costa cantábrica, y en primer lugar de Bilbao, que ocupaba en el siglo XV una posición claramente hegemónica. También jugaban un papel muy importante las colonias de mercaderes surgidas en diversas ciudades europeas, como Brujas, Ruán, Harfleur o Nantes. El comercio de este núcleo se dirigía preferentemente hacia Flandes y la costa atlántica de Francia, pero también, dependiendo del estado de las relaciones políticas, hacia la costa sur de Inglaterra e incluso hacia el mundo hanseático.
El primer renglón de las exportaciones castellanas lo ocupaba la lana, seguida del hierro vizcaíno, el aceite, los vinos, los frutos secos, el alumbre, las pieles, los cueros, el azúcar de Canarias y, en ocasiones, algunos objetos manufacturados, como clavos o áncoras. Sólo en el año 1458, por mencionar un dato archiconocido, entraron en el puerto francés de Ruán, procedentes de Burgos, 26.000 balas de lana, valoradas en más de 30.000 escudos de oro. Como contrapartida, los comerciantes castellanos importaban telas y paños de calidad, productos manufacturados (por ejemplo, espejos o agujas) y determinados alimentos (como el pescado salado, que procedía del ámbito de la Hansa, o la sal, originaria de la ciudad francesa de La Rochela). También figuraban entre los productos importados objetos de alto valor, como tapices y retablos, destinados, obviamente, a las altas capas de la sociedad castellana.
El foco meridional se localizaba en el triángulo formado por Sevilla y la costa atlántica de Andalucía. Los principales animadores del comercio en esa zona fueron los hombres de negocios italianos allí asentados, en especial los genoveses, que contaban con importantes colonias en Sevilla. Cádiz y otras ciudades. Andalucía ofrecía importantes productos, tanto agrarios como mineros, pero era a la vez plataforma imprescindible para el comercio con la región africana del Sudán, en donde se buscaban ansiosamente oro y esclavos, y con las islas Canarias, proveedoras de azúcar. Los genoveses exportaban productos alimenticios, como aceite, vinos y, en años buenos, trigo y arroz, pero también atún, pescado salado, cera, cueros, pieles, cochinilla (un colorante muy estimado) y mercurio de Almadén. En contrapartida, los genoveses traían a tierras hispanas manufacturas textiles (desde paños de Florencia hasta telas de seda damasquinada o telas ligeras de lino y algodón), especias (pimienta, jengibre, canela...), herramientas, papel, resina, etcétera.
Al margen de los dos focos señalados es preciso hacer referencia a la actividad marítima de la Corona de Castilla en el Mediterráneo. El principal puerto era el de Cartagena, en donde había una importante colonia de mercaderes genoveses. Por lo demás los marinos vascos se mostraron muy activos en el Mare Nostrum, hasta el punto de convertirse en los intermediarios del comercio realizado entre la Corona de Aragón e Italia. También encontramos mercaderes castellanos en el tráfico mercantil entre la isla de Mallorca, el Norte de Africa e Italia.
Auge francés, ocaso español: hacia el nuevo siglo
Tras la Paz de Nimega, el Rey Sol emprenderá una nueva acción diplomática encaminada a aislar a España y al Emperador, dado que su próximo objetivo es anexionarse todos los territorios que circundan a Francia, recurriendo a la misma estrategia que había empleado en 1667 contra la Monarquía hispánica. En efecto, esgrimiendo derechos de dudosa validez jurídica, se incorpora por la fuerza (política de reunión) entre 1681 y 1683 la fortaleza de Casale, propiedad del duque de Mantua, la ciudad libre de Estrasburgo y algunas plazas españolas en los Países Bajos.
Ante este alarde de fuerza, el estatuder Guillermo de Orange inicia negociaciones con Suecia con miras a la firma de un tratado de ayuda mutua, al que se adscribirán también el Emperador y el rey de España, para quien los desafueros de Luis XIV son una provocación intolerable, sobre todo porque se esperaba en Madrid que el monarca francés respetaría a la Monarquía tras el matrimonio de Carlos II con María Luisa de Orleans. Esto no impide que en el verano de 1683 las tropas de Luis XIV se adentren en Luxemburgo, sitiando la fortaleza de la capital ducal defendida por los españoles, que no reciben ayuda de ninguno de sus aliados por no verse afectados directamente o, en el caso del Emperador, por tener que afrontar una gran ofensiva otomana. Poco después, el ejército francés, para hacer entrar en razón a Carlos II, invade Flandes, cuyas ciudades se desmoronan ante este nuevo ataque, y Cataluña, que resiste la agresión. Mientras, en el Mediterráneo, la marina francesa somete a la ciudad de Génova, aliada incondicional de España, a un duro bombardeo durante doce días seguidos. Finalmente, Luxemburgo cae en 1684, y Madrid, a su pesar, se ve obligada a ceder este ducado en las negociaciones llevadas a cabo en Ratisbona, quedando así los Países Bajos aislados por completo, dependiendo en adelante su defensa y conservación de Holanda.
La política de reuniones supone el engrandecimiento de Francia, pero también la defección de muchos príncipes alemanes, que atemorizados vuelven su mirada hacia el Emperador, en torno al cual se va a constituir en 1686 la Liga de Ausgburgo, concebida para defender a Alemania de futuras agresiones francesas, y en la que participan Suecia y España, no así los electores de Sajonia y Brandemburgo. La pugna entre Francia y el Emperador por imponer su candidato en el arzobispado de Colonia, provisión resuelta por el Pontífice a favor de Viena, provocará la ruptura de las hostilidades entre Luis XIV y la Liga en 1688 y con ella la ocupación inmediata de Avignon, Philisburgo, el Palatinado y el arzobispado de Colonia. El acceso de Guillermo de Orange al trono inglés, tras el destronamiento de Jacobo II, será el pretexto también para que Francia declare la guerra a las Provincias Unidas. España, que se resiste a involucrarse en la contienda, lo hace en 1690, después de que Inglaterra se integre en la Liga de Ausgburgo.
Como en ocasiones anteriores, Luis XIV despliega toda su fuerza sobre el socio más débil, contra España, invadiendo Flandes, Cataluña e Italia, donde sus ejércitos se imponen a pesar de la resistencia de la infantería española. En 1692 cae Namur y al año siguiente el ejército aliado es derrotado en Neerwinden. En 1694 es Gerona la que se entrega. Por estas fechas los contendientes inician conversaciones diplomáticas que no prosperan. El único triunfo de la diplomacia francesa es la firma en 1696 de un tratado secreto con Saboya que va a permitir a Luis XIV atacar el Milanesado, sin que el Emperador ni España puedan resistir la ofensiva, firmándose en este frente un armisticio meses más tarde. En febrero de 1697 París realiza nuevas ofertas negociadoras a Guillermo de Orange, quien las acepta en nombre de todos los aliados, lo que no obsta para que Luis XIV desencadene una nueva campaña en América y en Europa: Boston es amenazada, Cartagena de Indias es saqueada y Barcelona es sometida a un incesante bombardeo hasta que finalmente se rinde. Estas victorias, sin embargo, no representan el triunfo de Francia ni la derrota del Emperador y sus aliados, que habían demostrado una capacidad enorme de resistencia. La Paz de Ryswijk (1697) pone fin a la contienda. Francia, por motivos no suficientemente claros, aunque relacionados tal vez con la sucesión de la Monarquía hispánica, realiza grandes concesiones al Emperador, pues sólo mantiene en su poder Estrasburgo y algunas plazas en Lorena, y a España, que recupera Cataluña, el Milanesado y las plazas anexionadas desde 1678, estableciéndose guarniciones holandesas para su defensa.
Al finalizar el siglo XVII Europa mantiene la estructura política de 1648 con pequeñas variaciones territoriales y la Monarquía hispánica ha logrado superar el acoso francés a sus dominios. Pero la Paz de Ryswijk es más una tregua que una paz duradera, como se desprende del conjunto de alianzas que tienen lugar de inmediato entre Polonia, Dinamarca, Brandemburgo y Rusia frente a Suecia por el dominio del Báltico, así como de las maniobras diplomáticas de Luis XIV y de Leopoldo I para asegurarse el trono español, especialmente a partir de la muerte del heredero de Carlos II, el príncipe José Fernando de Baviera. Por eso, mientras Luis XIV inicia un acercamiento a Inglaterra, con quien firma dos tratados secretos de repartición en 1698 y en 1699, el Emperador procura asegurar la estabilidad en la frontera sudeste del Imperio y neutralizar a los príncipes electores, en particular al de Brandemburgo, a quien concede en julio de 1700 el título de rey de Prusia.
En Madrid, a su vez, los embajadores de Viena y París despliegan toda su habilidad y su capacidad de intriga a fin de atraerse a la aristocracia cortesana, imponiéndose a última hora la camarilla profrancesa del cardenal Portocarrero, que logra convencer a Carlos II de que la integridad de la monarquía sólo puede ser garantizada si la corona recae en un Borbón. Así, el 2 de octubre de 1700 el monarca redacta un nuevo y definitivo testamento a favor del duque de Anjou, nieto de Luis XIV, que recibirá todas las posesiones de la monarquía, previa renuncia de sus derechos a la Corona de Francia. En este documento se estipula también el orden sucesorio en el supuesto de que el monarca falleciera sin descendencia: en primer lugar, el duque de Berry; a continuación, el archiduque Carlos, hijo del Emperador Leopoldo; por último, el duque de Saboya o sus herederos. Al cabo de dos siglos la Augustísima Casa de Austria dejaba de regir los dominios de la Monarquía hispánica, entronizándose, por decisión de su último representante -paradojas del destino-, a un miembro de la dinastía de su adversario más poderoso, el rey de Francia. La era de los Borbones comenzaba en España y con ella la Guerra de Sucesión y la desintegración de la monarquía de los Habsburgo.
Auge ganadero y estancamiento agrícola
Paralelamente al afianzamiento de los grandes señores territoriales en el terreno social tuvo lugar, por lo que al ámbito de la economía se refiere, una notable expansión de la ganadería lanar trashumante, que contaba, desde tiempos de Alfonso X el Sabio, con una poderosa institución a su servicio, el Honrado Concejo de la Mesta. El profesor L. Suárez no ha dudado en afirmar que el rasgo dominante de la vida económica de la corona de Castilla en la Baja Edad Media era el predominio indiscutible de la actividad ganadera. En cambio, no sucedió lo mismo con la agricultura, testigo de un estancamiento, cuando no de un evidente retroceso.
Las informaciones que tenemos sobre la agricultura de la Corona de Castilla en el siglo XIV son muy fragmentarias. El tratado de agricultura escrito por Gabriel Alonso de Herrera a comienzos del siglo XVI se preocupa más por citar a los tratadistas clásicos del tema que por reflejar la realidad de los campos de Castilla. Sabemos, no obstante, que los útiles empleados en el agro castellano en la Baja Edad Media eran arcaicos, predominando el viejo arado romano. El animal de labor por excelencia era el buey y el sistema de cultivo preferente el de año y vez, sin olvidar el cultivo al tercio, vigente sobre todo en las penillanuras del Oeste.
Los principales cultivos de las tierras de la Corona de Castilla seguían siendo los cereales y el viñedo. La expansión hacia el Sur permitió la incorporación del olivo, de suma importancia en Andalucía, y del arroz, que desde el siglo XIV conoció una gran expansión en las tierras murcianas. También se cultivaban leguminosas, hortalizas, árboles frutales y plantas industriales, entre ellas el lino. Los rendimientos no parece que fueran muy elevados. Por los datos a nuestro alcance (monasterios benedictinos de la Meseta Norte en el año 1338; hacienda del sevillano Ferrán García de Santillán entre los años 1358 y 1366) podemos afirmar, refiriéndonos exclusivamente al trigo, que la relación entre lo cosechado y lo sembrado era aproximadamente de cinco a uno. Claro que en ambos casos nos encontramos en presencia de grandes propiedades, lo que puede distorsionar los resultados al alza.
La explotación del bosque era de la mayor importancia, pues proporcionaba madera y alimentos para el ganado, aparte de su excepcional significado como lugar de caza. El Libro de la Montería, que data de tiempos de Alfonso XI, describe con gran detalle las zonas boscosas de la Corona de Castilla, sin duda más extensas en aquel tiempo que en épocas posteriores. Ahora bien, desde finales del siglo XIII hay síntomas de que comenzaba a retroceder el espacio forestal. En las Cortes de Valladolid de 1351 se dijo que "se destruyen en cada dia de mala manera los montes, señaladamente los pinares e enzinares". La tala abusiva y la apertura de sembrados figuraban entre las principales causas de esa regresión del bosque. Por eso los monarcas decidieron imponer penas severas a quienes lo destruyesen.
En la Castilla medieval se practicaban diversos tipos de ganadería: la estante, la denominada de travesío y la trashumante. La trashumancia de ovejas, cuyas raíces se remontaban a tiempos arcaicos, experimentó una gran expansión en el transcurso de los siglos XII y XIII, al compás de la proyección hacia el Sur de los reinos de Castilla y León, lo que permitió incorporar extensos terrenos dedicados a pastizales. En 1273 se instituyó el Honrado Concejo de la Mesta, cuya finalidad era defender los intereses del ganado trashumante y de sus propietarios.
No obstante, fueron las circunstancias específicas del siglo XIV las que propiciaron un nuevo salto adelante de la ganadería lanar trashumante. Síntoma evidente de esa expansión es el hecho de que la cabaña ovina que trashumaba por las cañadas de Castilla y León alcanzaba en los albores del siglo XIV en torno al millón y medio de cabezas, en tanto que al acceder al trono Isabel I, en 1474, rozaba los tres millones. Por de pronto, se ha establecido una relación directa entre epidemias de mortandad y expansión ganadera. El descenso del número de brazos en el campo, a tenor de esa hipótesis, habría facilitado la dedicación de muchas tierras a pastos. Así se explica la frase, cargada de retórica, de que "la ganadería transhumante es hija de la peste". En última instancia, la crisis del siglo XIV, con su cortejo de retroceso demográfico y agrario, habría favorecido el auge de la ganadería ovina. Ahora bien, quizá el principal factor impulsor de la ganadería trashumante en la Corona de Castilla fue la coyuntura internacional que surgió en la década de los treinta del siglo XIV. La interrupción del abastecimiento de lana inglesa a los telares de Flandes hizo posible que Castilla pasara a suministrar esa materia prima. La exportación de lana castellana destinada a los telares flamencos creció de forma espectacular en el transcurso del siglo XIV, hasta el punto de convertirse en el primer renglón de la actividad económica de los reinos.
Ese panorama favorecía ante todo a los principales dueños de rebaños, es decir los ricos hombres, los establecimientos eclesiásticos y las Ordenes Militares. Pero también se beneficiaba la Corona, a través de la percepción del servicio y montazgo, tributo fijado por Alfonso XI en 1343 y que procedía de la fusión de los montazgos locales y del servicio pagado a la Corona. Por lo demás el triunfo de los Trastámaras consolidó si cabe la posición hegemónica de la Mesta, a cuyo frente, como alcalde entregador mayor, figuraron en todo momento miembros de la alta nobleza. La primera recopilación de las leyes de la Mesta se efectuó precisamente en el año 1379. En cambio aumentaban las quejas de los agricultores contra los pastores de los rebaños que, según ellos, invadían los labrantíos. No deja de ser significativo que la mayor parte de los pleitos entre agricultores y ganaderos fuera resuelta en perjuicio de los primeros.
Auge y renovación del antifranquismo
El fenómeno de la "nueva izquierda" en España hay que retrotraerlo al momento del surgimiento de protestas estudiantiles en 1956. Además de las disidencias de la izquierda tradicional, existieron otras dos fuentes ideológicas en el catolicismo y el nacionalismo. La gestación de la nueva izquierda se prolongó durante una década para, desde 1967, entrar en un periodo de transición, a una etapa superior de consolidación, que duró hasta 1971. Las familias políticas de la nueva izquierda fueron la maoísta, la marxista-leninista, la trotsquista y la anarcomarxista. A estos nuevos grupos políticos les unía el rechazo hacia los partidos obreros históricos y sobre todo al PCE, a los que acusaban de reformismo o revisionismo. Se autodefinían como organizaciones revolucionarias que rechazaban el conjunto del sistema social existente en España siendo, por tanto, no sólo antifranquistas sino anticapitalistas y contrarios a los Bloques. Cada una de las familias políticas de la nueva izquierda estaba dividida a su vez en varias formaciones políticas según las corrientes ideológicas, movimientos sociales y organizaciones de las que habían surgido. De todas formas, la principal fuente de estos grupos sería una serie de organizaciones-puente que habían vivido su orto y ocaso durante los años sesenta, como el FLP y AST.
A caballo entre el fenómeno del radicalismo izquierdista y la disidencia de los partidos históricos de la oposición aparecería otra serie de formaciones políticas. El comunismo español fue el más afectado por este fenómeno de fraccionamiento a pesar de vivir durante el final de la dictadura una etapa de cenit, su década prodigiosa. Al revisionismo de figuras como Fernando Claudín y Jorge Semprún, expulsados del partido comunista en 1965, hubo que sumar la salida de fracciones autodenominadas marxistas-leninistas en 1964 (PCE m-l) y 1967 (PCEi y Bandera Roja), así como la floración de grupúsculos prosoviéticos desde 1970. El debate que desde 1964 enfrentó a Claudín y Semprún con el resto de la dirección del PCE se puede resumir en la existencia de diferentes interpretaciones de la realidad española, del estalinismo y del funcionamiento interno del partido.
La condena por Santiago Carrillo de la intervención soviética en Checoslovaquia trajo consigo la creación de grupos como el liderado por el general soviético Enrique Líster. Además, entre 1971 y 1973, surgió dentro del PCE una autodenominada Oposición de Izquierdas que, a partir de la crítica de la democracia interna en el seno del partido, pasó a condenar el reciente giro europeísta y a alinearse con posiciones prosoviéticas.
De todas maneras no hay que exagerar el alcance de estas disidencias en el seno del PCE. La mística del antifranquismo y la disciplina del centralismo democrático retrasó el grueso de las luchas internas en el seno del partido comunista para el tiempo posterior a la muerte de Franco y las primeras elecciones democráticas.
A partir de la condena de la intervención soviética en Checoslovaquia el PCE fue evolucionando hacia lo que habría de conocerse como eurocomunismo. El siguiente paso en esta evolución ideológica fue el reconocimiento de la conveniencia de que España se incorporara en un futuro al Mercado Común Europeo. Después del VIII Congreso en 1972, los comunistas elaboraron un documento conocido como el Manifiesto-Programa, aprobado definitivamente en 1975, en el que terminaban identificando socialismo con democracia y pluralismo político.
La política del PCE durante estos años finales del régimen de Franco se alimentó de los movimientos sociales. A la idea de reconciliación nacional se unió la propuesta de un pacto para la libertad que uniera a las denominadas fuerzas del trabajo y de la cultura. Aunque los progresos en la coordinación de la oposición eran todavía débiles, con la excepción de Cataluña, los comunistas consiguieron una orla de aliados tácitos, sobre todo de la nueva izquierda, en el seno de movimientos sociales como el estudiantil o Comisiones Obreras. Habría que esperar al momento de la revolución portuguesa y la enfermedad de Franco para que Carrillo decidiera dar un precipitado salto adelante lanzando en París la Junta Democrática. Al PCE se le unieron grupos como el PTE y los carlistas pero, sobre todo, personalidades como Calvo Serer, García Trevijano, Tierno Galván, Vidal Beneyto y Rojas Marcos. En cambio, Carrillo no logró la colaboración del PSOE, de nacionalistas, democristianos y liberales, y de la mayor parte de la nueva izquierda. Unos sectores de la oposición que, tras años de negociaciones, terminaron agrupándose en 1975 en la Plataforma de Convergencia Democrática.
Para el campo de los socialistas los años sesenta también fueron un tiempo de crisis y de fraccionamiento. A la incapacidad de la dirección de Toulouse, encabezada por el veterano Rodolfo Llopis, de aglutinar al nuevo antifranquismo radical se unió el estancamiento de su política de centro-izquierda, abierta a la oposición moderada monárquica o accidentalista. Por otro lado, la implantación de los socialistas del PSOE y de la UGT en los movimientos sociales, fuera de los reductos industriales en el Norte de España, fue muy limitada durante los años sesenta. Este temporal desencuentro con la nueva generación antifranquista de 1956-68 se debió a la rigidez de la política del PSOE contraria, por ejemplo, a la unidad de acción con los comunistas, el "entrismo" en instituciones del Régimen como el Sindicato Vertical, o la prioridad del activismo clandestino. De este modo toda una serie de nuevos grupos que se autodefinían socialistas no logró la integración en el regazo de los históricos PSOE y UGT. Ejemplo de ello fue el desencuentro con organizaciones como la ASU, los socialistas catalanistas del MSC y de otras regiones, el grupo de Tierno Galván y otros neosocialistas madrileños, o el sindicalismo socializante de nuevos grupos procedentes del obrerismo católico.
A medio plazo, en cambio, la política socialista de presencia internacional, de relaciones con los medios ideológicamente afines en Occidente, iba a ser un activo político fundamental para el momento de la transición a la democracia.
En este contexto de auge del PCE, de emergencia de la nueva izquierda y de desencuentro con los neosocialistas, la renovación del PSOE iba a despegar al final de los años sesenta. Los primeros pasos del proceso de cambio interno se produjeron en el seno de las Juventudes Socialistas en 1970 y de la UGT en 1971. Sin embargo, la transición interna de los socialistas se prolongaría durante la totalidad de los años setenta. Hubo una primera fase de luchas internas, incluida la escisión minoritaria del que se conocería como PSOE histórico, hasta el Congreso del PSOE en Suresnes en 1974 que encumbró a Felipe González al liderazgo del partido y completó el traslado de la dirección al interior de España. Paralelamente, pero sobre todo después de la muerte de Franco, se produjo el aglutinamiento de buena parte del antifranquismo desde una óptica de radicalismo ideológico. Un radicalismo definido como reformismo revolucionario que, además del realce de los contenidos anticapitalistas del socialismo y de la definición marxista del partido, conllevaba neutralismo, república federal y autogestión.
En todo caso, la nueva dirección socialista clandestina iba a conseguir extender la red de federaciones provinciales por el conjunto de la geografía española, reconstruir al sindicato UGT como entidad diferenciada del partido y responder con agilidad a la cambiante coyuntura política del tardofranquismo.
En este momento final de la dictadura la oposición moderada, en su mayor parte partidaria de la opción monárquica, también procedió a remozar sus plataformas organizativas. Las formaciones democristianas, nacionalistas, liberales y socialdemócratas constituyeron nuevos partidos o buscaron la coordinación de sus familias políticas. Por ejemplo, los democristianos constituyeron una plataforma confederal que unía a los grupos de Ruiz Giménez, Gil Robles, el PNV y la Unió Democrática de Catalunya.
Otro fenómeno de gran significación fue el surgimiento de una semioposición, a medio camino entre la Administración del Estado y las fuerzas antifranquistas ilegales, que iba a jugar un papel clave, junto a la oposición moderada, en la formación de la Unión de Centro Democrática. Uno de los grupos más significativos de este proceso político fue la firma colectiva Tácito en el diario católico Ya. Esta zona intermedia permitió la comunicación y, enseguida, colaboración de jóvenes reformistas del Régimen con la oposición moderada.
En definitiva, aunque la oposición política y los movimientos sociales no pudieron derribar al régimen franquista, su creciente implantación avivó la división de la clase política del mismo, restando posibilidades a los proyectos de reforma que no tuvieran como horizonte la restauración de la democracia. Por todo ello, el papel de la oposición en el final del Régimen radicaba sobre todo en la conformación de una cultura democrática en la sociedad, en la preparación de la representación de ésta y en el legado que la histórica conservaba en el plano de la legitimidad.
Autorregulación demográfica
Como ha sintentizado Ernst Hinrichs, la población no podía hacer descender drásticamente la elevada tasa de mortalidad que padecía y contra la que se encontraba inerme dadas las pésimas condiciones sanitarias. Sin embargo, sí podía intentar no crecer hasta el límite de las posibilidades naturales porque, en el marco general de una economía de subsistencia, una densidad superior a los 50 habitantes por kilómetro cuadrado condenaría a sus habitantes a la inanición. Dentro del régimen demográfico antiguo habría habido, por tanto, medios funcionales de adaptarse a las circunstancias cambiantes.
Quizá el más importante de estos medios fue el llamado matrimonio retardado, que consistía en retrasar la edad media en que se contraía matrimonio para, así, reducir el período de fecundidad femenina en unos años desde el comienzo de la edad núbil (edad a partir de la cual una mujer puede procrear). Premisa indispensable para que esta forma de regulación demográfica surtiera sus efectos era que los nacimientos se circunscribieran exclusivamente al matrimonio (fecundidad conyugal) y que, por tanto, no hubiera una alta tasa de hijos ilegítimos de madres solteras. Cuando la situación mejoraba, podía hacerse descender la edad media del matrimonio con lo que, automáticamente, aumentaba la tasa de natalidad porque, si una mujer tenía de media un hijo cada dos años, el número de nacimientos tenía que elevarse ya que aumentaba el período efectivo de fecundidad al acercarse la edad conyugal a la núbil.
El crecimiento experimentado en la España del XVI parece haber resultado de esta política de autorregulación demográfica, en este caso, al alza. Es decir, la fase expansiva demográfica se debió a la mejora de las condiciones económicas con un desarrollo agrarista, salarios nominales altos y una relativamente desahogada situación fiscal que habría permitido el descenso del número de personas que permanecían solteras y el adelanto de las uniones, situándose la edad media del matrimonio en torno a los 20-22 años. Para la población morisca -unas 300.000 personas antes de iniciarse su expulsión en 1609-, la edad media del matrimonio habría sido de 18 años, lo que explicaría que su tasa de natalidad fuera más elevada que entre los cristianos viejos. A la luz del número de niños abandonados, las tasas de ilegítimos parecen haber sido bajas, aunque mayores en las ciudades que en el medio rural.
Una última observación cabría hacer sobre la base de esta situación para acercarnos desde la demografía al mundo de las mentalidades. Ideas como el honor o la honra que resultan tan características de la sociedad hispana de la época de los Austrias tuvieron mucho que ver con esta necesidad de prevenir un crecimiento absolutamente natural de la población -Malthus hablaba de "checks" preventivos que podían reducir los efectos, represivos, de la mortandad catastrófica. La socialización personal, familiar y colectiva del ideal del honor, así como la conversión de una conducta sexual ajena al matrimonio en un pecado social y religioso, venían a favorecer en la práctica el control de nacimientos y, de esta manera, a impedir que, como se decía entonces, el mundo se llenase.
La familia, con el omnipotente paterfamilias al frente, se convertía en la principal instancia reguladora del matrimonio, condenando al celibato permanente a una parte de los hijos -vía la entrada en religión, ante todo- u obligando a un celibato temporal a otros al retrasar la fecha en que contraían matrimonio. Este, aunque los canonistas insistiesen en su necesaria voluntariedad, era un hecho que quedaba fuera del ámbito estrictamente individual, porque, en la mayoría de los casos, ni el momento ni la elección del cónyuge correspondían a una decisión personal.
El matrimonio perfecto era el que se contraía entre iguales y la mejor ocasión era la que determinaba la estrategia familiar. Además, el sistema legal de transmisión de bienes favorecía el cumplimiento de dicha estrategia mediante fórmulas como la de primar un heredero único contra la división real (el reparto entre todos los hijos) o el mayorazgo.
En suma, lo demográfico estaba dominado por lo supraindividual, lo estamental. Hasta incluso en el caso de algunos que levantaron la voz de alarma contra el pundonor o avaricia de los padres que determinaban tiránicamente el matrimonio de sus hijos, la solución propuesta insistía en los valores del privilegio.
Desde México, donde acababa de llegar desde la corte, el agustino Antonio Osorio escribía a Felipe II acerca de la notable diminución del pueblo cristiano "... en los Reinos de Vuestra Majestad, de los cuales sale más gente para el orbe todo que de otra parte", culpando de esta situación a los padres que obligaban a sus hijos a casarse cada vez más tarde. Lo hacía en 1582, cuando el evidente proceso de expansión demográfica de mediados de siglo había empezado a dar muestras de paralización en la Corona de Castilla, y lo que recomendaba para poner remedio a la situación era que: "Vuestra Majestad, como tan cristiano Príncipe, le pondrá el suave y eficaz (remedio) que se requiere. Lo que yo puedo alcanzar es que por ley se mande que la mujer que no casó ni viniere a casas de más de veinte y cinco años sus hijos no puedan tener oficio real ni gozar de merced de rey ni de favor ni de hidalguía".
Con plena conciencia de que era el mantenimiento del estatus familiar lo que forzaba a retrasar la edad de los matrimonios y que de aquí resultaba un descenso de la población, la única manera que se entreveía para adelantar los matrimonios y, en consecuencia, aumentar el número de habitantes pasaba también por la hidalga noción de privilegio característica de la sociedad de estados.
Bárbaros y bagaudas
El reparto del establecimiento de los pueblos bárbaros invasores se hizo mediante sorteo. Durante los primeros años, en el territorio ocupado por los bárbaros debieron producirse escenas de pánico y continuos saqueos. El relato de Hidacio, obispo de Aquae Flaviae (Chaves), nos informa principalmente sobre los horrores que la Gallaecia padeció tras la llegada de los suevos, considerándolos uno de los cuatro azotes -junto con el hambre, la peste y las bestias feroces- "que había anunciado el Señor por sus profetas". Tras el asentamiento de estos pueblos, "los hispanos de las ciudades y de los pueblos fortificados que habían sobrevivido a las atrocidades de los bárbaros, dueños de las provincias se resignaron a la servidumbre", añade Hidacio. Hoy día hay una tendencia a considerar el relato de Hidacio un tanto desmedido. Se señala que el número de suevos no debía sobrepasar los veinte o veinticinco mil, de los que menos de la mitad serían hombres en condiciones de luchar. No obstante, nosotros nos inclinamos a creer que Hidacio da voz al horror que los habitantes de las ciudades -en todo el Occidente- sentían ante los bárbaros. Ciertamente sus razzias no debieron ser continuamente destructivas, pero su establecimiento en estos primeros años no ofrece una impresión de permanencia (al contrario de lo que sucederá posteriormente con los visigodos), a quienes acompañó una voluntad de asimilación con los pueblos hispanos. En esta situación, no es extraño que estos pueblos procedentes de regiones subdesarrolladas septentrionales tuviesen una especie de fiebre del oro al entrar en contacto con civilizaciones más ricas y que su depredación acelerara la quiebra de la economía hispana.
Aliados coyunturales de estos pueblos fueron los bagaudas. Estos aparecen identificados en las fuentes a menudo bajo el nombre de ladrones, esclavos rebeldes, plebe indócil, etc. Este movimiento había ocasionado ya graves problemas en el siglo III y había sido reducido por Maximiano con cierta facilidad, pero en los comienzos del siglo V reaparece en las Galias y en Hispania. En Africa, este movimiento de desarraigados rebeldes -denominados circumcelliones- asume unas connotaciones religiosas particulares. La herejía donatista había adquirido una gran extensión en las provincias africanas y existía un abierto enfrentamiento entre la Iglesia católica y los donatistas. Los circumcelliones eran donatistas, sin poder precisar si fueron los donatistas los que decidieron atraerlos o ellos los que se acercaron a los enemigos de la Iglesia oficial. San Agustín calificaba a estos enemigos de dentro como ladrones y los consideraba peores que los bárbaros.
En las Galias e Hispania, los bagaudas no tuvieron más connotaciones religiosas particulares. Si en Hispania asaltaron y mataron al obispo de Tarazona, en otras ocasiones contaron con obispos que no sólo les ofrecieron comprensión, sino que incluso se prestaron a interceder por ellos ante las autoridades romanas, como hizo el obispo de Auxerre, Germán. La hostilidad de los bagaudas hacia la Iglesia católica y el enfrentamiento con el alto clero obedecía más bien a la condición de grandes propietarios de muchos obispos y a su orientación política, que los identificaba con la política oficial del Imperio. Algunos estudiosos, entre ellos A. Barbero y S. Mazzarino, han visto un sentimiento anticatólico de los bagaudas españoles que la predicación priscilianista habría alentado. No obstante, los datos al respecto no resultan muy evidentes, como veremos al tratar sobre el priscilianismo.
Siendo sus principales enemigos el Estado romano y los grandes propietarios, los bagaudas esperaban encontrar una ayuda en las invasiones que, ciertamente, a veces obtuvieron. La alianza de estos sectores oprimidos y rebeldes con los bárbaros explica en algunos casos el éxito de las invasiones. Frente a las revueltas de los bagaudas y al peligro que suponía la colaboración entre los rebeldes y los bárbaros, las oligarquías del Imperio Romano Occidental eligieron el mal menor: se aliaron con la aristocracia de las tribus bárbaras y utilizaron las fuerzas militares de los bárbaros federados para reprimir las revueltas de estos humiliores.
En muchos casos prefirieron dividir sus tierras con los bárbaros que arriesgarse a perderlas todas.
En Hispania los bagaudas actuaban principalmente en la zona septentrional y sobre todo en la Tarraconense. Como antes dijimos, habían establecido una alianza con los suevos efectuando operaciones de rapiña conjuntamente. Hidacio nos informa de que en el año 441 tuvo que ser enviado a Hispania el magister militum utriusque militiae, que tenía el mando supremo de la caballería y la infantería, llamado Asturio, para hacer frente a una sublevación de bagaudas en la Tarraconense. Sin embargo, el éxito de su campaña no parece haber sido el esperado -pese a que Hidacio le expresa su admiración por haber matado gran número de bagaudas- puesto que en el año 443 fue sustituido en su cargo militar por el poeta español Merobaudes. Sabemos que éste les infligió una seria derrota en Aracelli, lugar próximo a Pamplona, en el país de los vascones, cuyo topónimo se ha conservado en el nombre del río Araquil. Sin embargo no logró suprimirlos, pues en el año 449 aparecen de nuevo bajo el mando de un jefe, llamado Basilio, moviéndose en una área bastante extensa del valle del Ebro. Es entonces cuando atacan Tarazona dando muerte a unos federados y a León, obispo de la ciudad. A continuación, en compañía de Requiario, rey de los suevos, devastaron la ciudad de Zaragoza y juntos tomaron parte en el saqueo de Lérida. A través de Hidacio sabemos que, años después, también la región de Braga se vio agitada por movimientos bagáudicos. Su composición social, como hemos dicho, constaba de esclavos agrícolas y colonos (ignari agricolae, los llama Maximiano), así como de pequeños campesinos libres empobrecidos. En el Panegírico de Maximiano, al narrar la victoria del emperador sobre ellos, se dice que los labradores formaban la infantería y los pastores la caballería de aquel ejército devastador rústico que, dirigido entonces por Eliano y Amando, hizo frente al emperador Maximiano.
Su principal refugio, tras sus razzias e incursiones devastadoras, era el país de los vascones. En esta zona, prácticamente sin romanizar y cuyos individuos -según Paulino de Nola- se caracterizaban por su ferocidad (término contrapuesto a civilitas), los esclavos y colonos fugitivos encontraron fácilmente ayuda, ya que los vascones fueron también un elemento activo en esta práctica de hostigamiento a los grandes propietarios. Para ellos la romanización significaba el sometimiento a las mismas condiciones de esclavitud y colonato al ser incorporados al régimen de gran latifundio y, por tanto, sus intereses se identificaban socialmente con los de los bagaudas.
A través de todos los datos expuestos se hace patente la progresiva crisis social que durante el siglo IV fue alcanzando a toda la diócesis y que, a comienzos del siglo V, llegó al enfrentamiento en el terreno político que supuso tanto una guerra entre unas y otras facciones romanas como la penetración y asentamiento de pueblos bárbaros en más de la mitad del territorio peninsular y, en el aspecto social, la existencia de bandas cuya situación de penuria y desesperanza los llevó a exteriorizar su protesta de una manera clara y violenta.
Barcelona unifica los condados catalanes
La frontera cristiano-musulmana se estabiliza desde comienzos del siglo IX en la línea formada por las sierras de Boumort, Cadí, Montserrat y Garraf, quedando entre las primeras una amplia zona de nadie que no será ocupada hasta la época de Vifredo, y de manera definitiva en los años finales del siglo X, coincidiendo con los ataques de Almanzor. La fragmentación política es una constante en la historia de los dominios cristianos de la zona oriental, pero esta corriente disgregadora coexiste con una tendencia a la unidad, manifestada en el reconocimiento de un prestigio y de una autoridad superior de los condes de Barcelona, que intentarán en el siglo X unificar eclesiásticamente los condados catalanes mediante la reconstrucción de la metrópoli tarraconense. El primer intento es obra del abad Cesáreo de Montserrat, que consigue ser nombrado metropolitano por los obispos leoneses el año 954. El recurso a León se explica por la creencia de que en Compostela descansan los restos del apóstol Santiago, primer evangelizador de Hispania, pero aceptar la decisión de los obispos leoneses equivale, de algún modo, a reconocer la superioridad del rey de León, y el nombramiento de Cesáreo no será aceptado por el conde de Barcelona que buscará en Roma, la otra sede apostólica de Occidente, el nombramiento del obispo Atón de Vic como arzobispo con jurisdicción sobre todas las diócesis situadas en territorio catalán: Barcelona, Gerona, Vic, Urgel y Elna. El arzobispado no sobrevivió al arzobispo, del que sabemos fue asesinado, quizá como consecuencia del revuelo provocado por su nombramiento, que separaba la iglesia catalana de la franca para ponerla en manos del conde de Barcelona que, de este modo, ejercía un cierto control sobre el condado de Ampurias, políticamente diferenciado. El recurso a Roma para contrarrestar o evitar la presencia carolingia se fortalece a través de los monjes cluniacenses, dependientes directamente del Pontificado, y cuya regla adoptan en el siglo X la mayoría de los monasterios catalanes. La unión de condados lograda por Vifredo el Velloso no le sobrevive: el condado de Urgel se unirá momentáneamente al núcleo barcelonés hacia el 940 para ser una vez más separado y permanecer independiente hasta el siglo XIII. También Cerdaña-Besalú permanecen al margen del núcleo Barcelona-Gerona-Vic hasta los primeros años del siglo XII, como consecuencia del concepto patrimonial de los condes catalanes que distribuyen los condados entre sus hijos del mismo modo que dividían las tierras de su propiedad. Este concepto patrimonial no impedirá, sin embargo, que se mantenga la unión Barcelona-Vic-Gerona, aunque para lograrlo sea preciso atribuir los condados conjuntamente a dos o más hijos del conde como ocurrió a la muerte de Vifredo (898), de Suñer (954) o de Berenguer Ramón I (1035) tras el cual se puso en peligro la política unificadora. Aun cuando los datos son confusos, parece seguro que entre Ramón y su madre Ermesinda surgieron desavenencias que fueron aprovechadas por la nobleza para independizarse del conde, y que obligaron a los grupos en pugna a buscar la ayuda de fuerzas ajenas al condado: Ramón Berenguer parece haberse inclinado hacia Sancho el Mayor de Navarra, y Ermesinda contó con el apoyo de tropas normandas. La situación caótica provocada por estas diferencias, por la insubordinación de la nobleza y por la anarquía existente en el condado nos es conocida fundamentalmente a través de la actuación del abad Oliba, cuya personalidad llena la primera mitad del siglo XI catalán. Descendiente de los condes de Cerdaña, Oliba -monje de Ripoll, abad del mismo monasterio y del de Cuixá y obispo de Vic- actúa como mediador en los conflictos surgidos entre los condes catalanes y entre éstos y sus vasallos, y culmina su acción pacificadora con la difusión en Cataluña de las Constituciones de Paz y Tregua en las que -hasta fines del siglo XIII- se basarán los condes de Barcelona para mantener pacificados sus dominios. La institución que garantizaba la paz a los fieles en el cumplimiento de sus deberes religiosos, con el tiempo se hace laica, se transforma en paz y tregua del príncipe según se hace constar en los Usatges (usos y costumbres) de Barcelona o en las asambleas celebradas por los condes-reyes, que utilizan la fórmula eclesiástica para mantener pacificados los dominios durante sus ausencias. Aunque debilitada la presencia franca, la ruptura abierta con los monarcas no era aconsejable mientras persistiera el peligro musulmán, al menos mientras los reyes francos fueran capaces de ofrecer ayuda en caso de ataque. Fiados en este apoyo indirecto, los condes catalanes dirigen algunas expediciones contra los dominios musulmanes en la primera mitad del siglo X, pero al afirmarse la autoridad de Abd al-Rahmán III y de sus sucesores, Borrell II (954-992) se apresura a reconciliarse con el califa y las embajadas barcelonesas alternan en Córdoba con las leonesas, castellanas y navarras, y rivalizan con ellas en probar la buena disposición de los cristianos hacia los musulmanes y su obediencia a los deseos califales, sin que por ello Barcelona se viera libre de los ataques de Almanzor (985). La falta de ayuda franca ante estos ataques, la extinción de la dinastía carolingia definitivamente en el año 987 y el convencimiento de que nada podía esperar de los capetos fueron el pretexto invocado por Borrell II para romper los lazos que unían el condado barcelonés con la monarquía franca, y los catalanes de Urgel y de Barcelona actuarán en adelante con total independencia, real y teórica. Juntos colaboran con los eslavos en las luchas internas ocurridas en al-Andalus a la muerte del segundo de los hijos de Almanzor. Por primera vez los condes catalanes abandonan la política defensiva y emprenden una campaña que, pese a su relativo fracaso -en ella murieron el conde de Urgel y el obispo de Barcelona- constituyó un triunfo psicológico de gran trascendencia y, además, el botín logrado permitió una mayor circulación monetaria y una relativa activación del comercio; hizo posible la reconstrucción de los castillos derruidos por Almanzor y la repoblación de las tierras abandonadas y, sobre todo, sirvió para afianzar la autoridad del conde barcelonés frente a sus vasallos y ante los demás condes catalanes.
Bases de la monarquía: demografía y economía
En el siglo XVII, la población y la economía de los reinos hispanos presentan una evolución muy diferente a la observada en la centuria anterior. Si en ésta la tendencia era alcista hasta 1580-1600/1606 en ambas Castillas y Andalucía, hasta 1600-1609 en Valencia y Aragón, o hasta el decenio de 1620 en Cataluña, en el Seiscientos, por el contrario, se produce una regresión o un estancamiento general que comienza a superarse, en la mayoría de los casos, en la década de 1650, acelerándose -o iniciándose en algunas regiones, como se aprecia en la Tierra de Campos- a partir de la reforma monetaria de 1680/1686. Este fenómeno, que afecta a las Coronas de Castilla y de Aragón, incluidas las posesiones italianas, especialmente Nápoles y Milán se manifiesta por igual en el comportamiento de las variables demográficas y económicas, sobre las que inciden no sólo factores estructurales sino también factores exógenos, como epidemias y adversidades climáticas que actúan negativamente.
Batalla del Ebro y colapso de Cataluña
A lo largo de los meses empleados en la ofensiva del Maestrazgo el Ejército Popular pudo reconstruir su organización y sus efectivos, cuando meses antes estaba a punto del colapso; incluso estuvo en condiciones de iniciar alguna modesta ofensiva que demostró su "inconsistencia" pero que demostró, al mismo tiempo, su deseo de resistir. La reconstrucción de los efectivos se hizo apelando a nuevos reemplazos que iban desde la "quinta del biberón" con tan sólo dieciocho años hasta reservistas de cuarenta, incorporando en total 17 reemplazos frente a los tan sólo 12 de Franco; por supuesto, esto contribuye a explicar las limitaciones en cuanto a calidad de esas tropas. Por otro lado, el Ejército del Ebro fue reconstruido a partir de la voluntad de una estricta disciplina que, en las circunstancias del momento, debía ser fundamentalmente política: como señaló Azaña, "casi todo el Ejército del Ebro es comunista; hay una especie de disciplina interior en cada unidad". Así era, en efecto: la jefatura del Ejército (Modesto), la de sus tres cuerpos y de la mayor parte de sus divisiones y brigadas y la totalidad del comisariado tenía esta adscripción ideológica, sobre la que es preciso advertir su vinculación con la disciplina para apreciar su correcta significación. El general Rojo, que no había tardado más de dos semanas después de la llegada del adversario al mar en elaborar un nuevo plan de actuación, fue el autor de la nueva iniciativa táctica. El propósito no era tan ambicioso como tratar de recuperar la comunicación entre las dos zonas en las que había quedado dividido el Frente Popular, sino tan sólo paralizar la ofensiva adversaria hacia Valencia y ganar tiempo en la conciencia de que la mayor parte de los efectivos del Ejército Popular estaban en la zona Centro. Como en Teruel, la forma de actuación consistió en emprender una ofensiva y no una defensiva de retroceso escalonado como la que Miaja había llevado a cabo en el Maestrazgo.
El 24 de julio de 1938 el Ejército Popular cruzó el río Ebro, que formaba la divisoria entre los dos bandos frente a Gandesa, en media docena de puntos. La idea de los atacantes consistía en evitar que el adversario se apercibiera de cuál era exactamente la penetración principal. Todos estos ataques, excepto el de Amposta, fructificaron; en tan sólo un día cruzaron el río tres divisiones y elementos de otras tantas en una maniobra calificada de "brillantísima" y a la que Negrín calificó de "fantástica". Rojo emplea para definirla adjetivos que deben ser recordados porque resultan por completo ciertos: fue un éxito, "fulminante, concreto, insospechado e indiscutible". La verdad es que el adversario esperaba este ataque, pero no la magnitud que tuvo y ello pudo haberle hecho recurrir inmediatamente a enviar refuerzos que quedaron rápidamente eliminados. La penetración del Ejército Popular supuso la desaparición del frente en 70 kilómetros, pero, hecha por la infantería durante la noche, careció de profundidad suficiente porque no fue posible el uso de la artillería o los carros ni tampoco de la aviación. Aunque el éxito fuera considerable y el rigor técnico de la ejecución evidente, mayor que en ninguna otra ofensiva anterior, el Ejército Popular no llegó a tomar Gandesa y, como siempre, su impulso ofensivo se agotó en tan sólo unos días.
Lo sorprendente no es eso sino que, una vez más, con su "determinación cazurra" (Salas) Franco no dudara en acudir al terreno elegido por su adversario para emprender "una ciega lucha de carneros, mediante el enfrentamiento directo, golpeándose las respectivas cabezas hasta que se agotó el más débil". Fue, sin duda, la más sangrienta, larga y empeñada batalla de la guerra civil española pero también la más innecesaria y absurda. Incluso los jefes militares del adversario eran perfectamente conscientes de que Franco hubiera hecho mucho mejor en utilizar sus fuerzas en otro sitio, como, por ejemplo, al Norte en la dirección Lérida-Barcelona. Sin embargo, Tagüeña dice que en sus Memorias que, "conocida la mentalidad del adversario", no les podía extrañar que sacrificara a miles de partidarios en una lucha de directo enfrentamiento. Hubo generales franquistas, como Aranda, que se irritaron frente a esta simplicidad, pero, al mismo tiempo, una vez concluida la contienda, por mucho más simple que hubiera sido obtenida la victoria, la verdad es que el Ejército republicano no fue ya capaz de ofrecer resistencia al adversario una vez resuelta esta batalla.
Entre los días 26 al 31 de julio el Ejército Popular fue detenido, mientras que Franco con su rapidez logística habitual concentraba sus tropas y recursos en el saliente formado por el ataque del enemigo y, sin considerar la posibilidad de atacar por otro lado, se decidía a enfrentarse con él allí mismo. El Ejército Popular se atrincheró en las tres sierras (Pandols, Cavalls y Fatarella) con la resuelta decisión de resistir al adversario. La historia de la batalla es sencilla de narrar teniendo en cuenta que se trató de ese enfrentamiento frontal. En los primeros días de agosto fue suprimido un entrante del frente cerca de Mequinenza. A mediados de mes, otro duro ataque en que se emplearon por los nacionalistas 170 bocas de fuego sólo logró un avance de 28 kilómetros.
Las condiciones eran penosísimas para ambos bandos combatientes: las tropas del Ejército Popular debían resistir bajo cubierto el bombardeo de preparación del adversario, que cuando avanzaba debía servirse de alcanfor para no oler sus propios cadáveres. Fue esta situación de indecisión la que explica que durante meses fuera cierto el diagnóstico de Líster ("La ofensiva republicana en el Ebro mejoró grandemente la situación política y militar de la República") en cuanto que permitió a Negrín negociar una posible mediación, en un momento en que se ventilaba la crisis de Munich. Sólo en la tercera semana de octubre el Ejército de Franco, después de concentrar 500 bocas de fuego, asaltó la sierra de Cavalls, el centro de la defensa adversaria. En los primeros días de noviembre se produjo ya la definitiva ofensiva y a mediados de mes las tropas del Ejército Popular volvieron a la otra orilla. Fue la batalla más sangrienta de la guerra, que pudo causar de 60.000 a 700.000 bajas a cada bando y en que se impuso la superioridad de la aviación y artillería de los sublevados (en un solo día se hicieron casi 14.000 disparos). Todos los combatientes reconocen que, como dijo Franco, esta fue "la batalla más fea" de la guerra: en su propio bando Martínez Campos escribió que la batalla fue como "una cárcel o una checa", y Vigón, que "será la batalla que menos nos agradecerá España". El propio Franco justificó por la concentración de los efectivos adversarios su decisión de atacarle frontalmente, lo que desde un punto de vista táctico no resulta aceptable. Muy posiblemente, tampoco se entiende la resistencia a ultranza del Ejército Popular en la bolsa de Gandesa, de no ser por una situación internacional que parecía justificar su esperanza.
Tras estos tres meses de lucha en los que había debido soportar hasta siete ofensivas adversarias, de vuelta a sus posiciones de partida, el Ejército Popular había quedado en una situación moral que resultaría ya irreversible en su conciencia de derrota. Como escribió el general Kindelán, la batalla del Ebro "acabó por decidir la guerra a favor de nuestro Ejército sin posible apelación". Es cierto que la actividad organizadora de Rojo consiguió la reconstrucción de la organización militar e incluso el establecimiento de cuatro líneas defensivas; al mismo tiempo volvió a imaginar la posibilidad de una operación militar en Extremadura ("plan P"), ahora con la variante de tratar de atraer las reservas del adversario hacia el Sur gracias a un desembarco en Motril, idea a la que acabó oponiéndose Miaja. De todos modos, la situación había cambiado de manera esencial porque la acumulación de derrotas había quebrado la voluntad de resistencia del Frente Popular, cuando en plena ofensiva del Ebro se había pensado seriamente en los medios internacionales, una vez más, que la guerra podía concluir en tablas. No sólo contaba esta última derrota sino también el efecto de los bombardeos sobre la población civil que a lo largo de la guerra causaron 5.000 muertos en Cataluña, principalmente a comienzos de 1938, una cifra muy superior a la que se produjo en 1937 en Guernica. La diferencia de medios entre los sublevados y los nacionalistas no había hecho otra cosa que aumentar. Como mínimo durante la batalla de Cataluña la superioridad atacante fue de 10 a siete en artillería y de cinco a tres en aviación; los últimos aprovisionamientos de material ruso llegaron a la frontera francesa en una fecha demasiado tardía como para que pudieran ser utilizados por el Ejército Popular.
De todas maneras, lo sucedido en la batalla de Cataluña demuestra que la razón esencial de la derrota de los republicanos radica mucho más en factores morales que en otros propiamente militares. La ofensiva se inició el día anterior a Navidad, en dos puntos: al Norte, junto a Artesa de Segre, que resistió mejor, y más al Sur, cerca de Borjas Blancas, en donde después de quince días de feroz combate se abrió una brecha amplia y profunda que dejó prácticamente liquidado al Ejército del Ebro el cual no pudo hacer en lo sucesivo otra cosa que retirarse. Lo hizo, además, en forma de desbandada, "una de las muchas que debimos presenciar", en palabras de Rojo. En efecto, hubo unidades enteras de tipo brigada que se diluyeron en contacto con el enemigo y se produjeron casos de pánico cuando el adversario estaba todavía a 50 kilómetros. En estas condiciones la campaña de Cataluña no fue otra cosa que una gigantesca explotación del éxito. En pocos días las tropas de Franco habían conquistado 7.000 kilómetros prosiguiendo desde el Sur su avance hacia la frontera francesa. A mediados de enero fue tomada Tarragona. Hubo todavía algún esfuerzo voluntarista de convertir a Barcelona en una segunda edición de la defensa de Madrid, pero había una diferencia esencial en el espíritu de los que resistían en una y otra ocasión; como luego escribió Rojo, en enero de 1939, "notábamos la falta de lo esencial... el apoyo y la colaboración de la retaguardia". El 26 de ese mes se produjo la entrada de las tropas de Franco en Barcelona sin resistencia alguna; sólo tres días antes las autoridades republicanas habían decidido la proclamación del estado de guerra. En su camino hacia la frontera buena parte de los dirigentes republicanos daban ya por inevitable la derrota, que alimentaría, además, el enfrentamiento entre ellos. Un total de algo más de medio millón de personas cruzaron la frontera. Buena parte de ellas no volverían a hacerlo en sentido inverso.
Por tanto, de nada sirvió que el Ejército Popular tratara ahora, en esta fase final, de tomar la iniciativa en otros sectores. "El del Sur había sido la cenicienta de los frentes", escribió con razón Antonio Cordón. Antes, sin embargo, lo habían hecho sus adversarios. La verdad es que la especial contextura del frente en esa zona geográfica daba pie a que se tomaran iniciativas ofensivas: había amplias soluciones de continuidad entre las posiciones defensivas que, por uno y otro bando, no podían ser consideradas más que como una línea de vigilancia. En la primavera de 1938 Queipo de Llano solicitó de Franco tomar la iniciativa para estrangular la bolsa de Mérida, de más de 3.000 kilómetros de terreno quebradizo e irregular, que formaba una especie de pronunciado saliente gracias al cual el Ejército republicano podía tener la perspectiva de cortar en dos la zona sublevada. Las operaciones se llevaron a cabo durante la batalla del Ebro de una manera un tanto lenta que es prueba de la insuficiencia de recursos por parte de los atacantes. El Ejército Popular, en cambio, tomó la iniciativa en el momento de la campaña de Cataluña atacando en dirección a Pozoblanco. En un principio la ruptura del frente pudo parecer tener como consecuencia un derrumbamiento, pero al final el ataque concluyó de manera parecida a los de Brunete o Belchite: los atacantes penetraron hasta 40 kilómetros pero los bordes de la bolsa que produjeron en el frente adversario permanecieron firmes. La batalla no fue, por ello, más que una incidencia que no tuvo otro efecto que distraer una parte de la aviación republicana en el frente del Sur, aumentando por tanto la superioridad de Franco en su avance hacia la frontera. Éste, en fin, no hubiera sido imaginable de no ser porque también las circunstancias internacionales se habían hecho definitivamente favorables a los que serían vencedores en la guerra.
Batalla en torno a Madrid: Nov. 36-Mar. 37
Noviembre de 1936 significó un giro muy importante en la guerra civil desde el punto de vista estrictamente militar, que como podremos comprobar tendría un paralelo también en la cada vez mayor intervención exterior. La guerra de columnas había llegado a su agotamiento porque los frentes habían ido consolidándose mientras que las milicias populares crecían en eficiencia, al menos defensiva. Ante esta realidad debía reaccionar también el alto mando sublevado. Hasta ahora las mayores dificultades las había tenido el Ejército de Franco al enfrentarse con un enemigo a la defensiva en una posición estable: en Badajoz el asalto legionario a pecho descubierto liquidó la resistencia, pero nada parecido pudo hacerse en Madrid mediante el ataque frontal. La estrategia adoptada a continuación por el general Franco tiene su perfecta coherencia. Si había fracasado el asalto a Madrid mediante una ofensiva directa ahora iba a intentar una maniobra de flanqueo; con ella además pensaba que podría atraer al enemigo hacia esos espacios abiertos en los que repetidamente la superioridad de sus tropas había quedado demostrada. Sin embargo, la batalla en torno a Madrid, que puede descomponerse en tres operaciones sucesivas, concluyó, tras un violento forcejeo, en la imposibilidad de lograr un resultado definitivo.
Saliquet sugirió una maniobra envolvente por el Norte, pero la ofensiva inicial de las tropas de Franco, desarrollada entre noviembre de 1936 y enero del año siguiente, se centró en el flanco izquierdo del ataque a Madrid, sobre la carretera de La Coruña. Esta primera batalla constituye el testimonio evidente del endurecimiento de la guerra en unas condiciones precarias como las frecuentemente creadas por la niebla. Iniciada la operación con unos auspicios brillantes para los atacantes, pues el general Orgaz, que los dirigía, consiguió abrir una profunda brecha entre sus adversarios, concluyó, sin embargo, con un avance poco significativo que si suponía la toma de la carretera mencionada y de Las Rozas no tenía verdadera influencia en el desarrollo de las operaciones. A lo sumo Franco había logrado mejorar su situación comprometida en la zona de la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo, pero lo había hecho a cambio de un desgaste considerable y avanzando tan sólo 15 kilómetros. En este sector las líneas bélicas quedaron ya prácticamente estabilizadas hasta el final de la guerra.
Desde el punto de vista cronológico resulta imprescindible hablar de la conquista de Málaga antes de la batalla del Jarama, pero además lo es como antecedente de lo que sucedería en Guadalajara. La situación en la capital de provincia andaluza parece haber sido de un caos febril e inútil originado en la etapa anterior a la sublevación por el enfrentamiento entre la CNT, de un lado, y el PCE, el PSOE y la UGT, de otro, como consecuencia del cual fueron asesinados el presidente de la Diputación, que era socialista, y el primer concejal comunista. La CNT no sólo tenía predominio sino que además pretendió incorporar la UGT a sus filas.
Hubo como autoridad política un Comité de enlace entre el Gobierno Civil y los partidos del Frente Popular, pero quien de verdad ejerció el poder fue un Comité de Salud Pública controlado por los anarquistas. Las autoridades civiles y militares se sucedieron, pero ninguna consiguió crear una disciplina para la lucha. Una de las segundas es descrita en los diarios de Azaña afirmando que "yo no hago fortificaciones; yo siembro revolución (y) si entran los facciosos la revolución se los tragará". Actuando como un cantón que quería tener relaciones por sí mismo con la URSS y Cataluña, Málaga tenía pocas posibilidades de sobrevivir frente a un ataque adversario, pero sus dificultades se vieron multiplicadas además por la difícil situación geográfica y por el empleo de las tropas italianas. En un mes, desde mediados de enero de 1936, la provincia de Málaga fue tomada reduciéndose un frente de 250 kilómetros a tan sólo 20. En realidad la historia de esta operación militar es muy simple, ya que consistió en el avance rápido de las bien pertrechadas tropas italianas, mientras que las de Queipo de Llano lo hacían lentamente limpiando el terreno de adversarios. A la crueldad practicada durante la etapa de dominio del Frente Popular le sucedió la de los adversarios, saldándose una y otra con unos dos millares y medio de ejecuciones. Largo Caballero había llegado a amenazar con no enviar armas a Málaga si no cambiaba la situación, pero ni a él, ni a Asensio, subsecretario de Guerra, ni a Martínez Cabrera, jefe de Estado Mayor, cabe atribuirles responsabilidad alguna en lo sucedido, que es de las autoridades locales.
En cualquier caso a partir de este momento la guerra se alejó de Andalucía, pues Franco, por prevención a los italianos o a Queipo de Llano, no les dejó perseguir a los huidos hacia Almería. Otro intento ofensivo de Queipo de Llano a partir de marzo de 1937 en dirección a Pozoblanco y con el propósito de ayudar a los sitiados en el Santuario de la Virgen de la Cabeza no prosperó por falta de efectivos suficientes.
La preocupación esencial de Franco seguía estando en torno a Madrid y eso es lo que explica la ofensiva del Jarama a lo largo de todo el mes de febrero. Era tan obvia la posibilidad de flanqueamiento por esa zona, que ambos contendientes la habían planeado, pero la iniciativa fue de los sublevados. El ataque tuvo como propósito llegar a Arganda y Alcalá de Henares para cortar las comunicaciones adversarias hacia el Levante. Según Cardona se trató de una batalla de transición en la técnica militar iniciada con un golpe de mano para ocupar los puentes sobre el río y permitir el paso de la caballería, al modo de la guerra de otro siglo, y seguida a continuación por el empleo de las unidades mejores por parte de ambos bandos.
Los atacantes tuvieron como inconveniente no sólo el hecho de que sus adversarios hubieran empezado a concentrar allí sus efectivos, sino también lo intrincado del terreno. Del 6 al 18 de febrero las tropas atacantes consiguieron avanzar en terreno enemigo, pero a partir de este momento el enemigo contraatacó y se produjo una terrible lucha de desgaste durante algo más de una semana. Como prueba de la violencia de los combates baste decir que el llamado vértice Pingarrón cambió tres veces de manos. Además, como dice el general Rojo, la batalla del Jarama fue la primera batalla de material de la guerra con combates de más de un centenar de aviones. Al final la batalla concluyó por el puro agotamiento de los contrincantes. Por vez primera las tropas del Ejército Popular no sólo habían sido capaces de resistir la embestida adversaria sino que habían contraatacado. El general Kindelán llegó a escribir en sus Memorias, que "en ningún otro combate aprecié tal mordiente, tan en forma para el asalto al enemigo". Es posible incluso que si en la guerra hubo batallas tan encarnizadas como ésta, ninguna lo fue más.
Mientras, se producía una nueva ofensiva de las milicias del Frente Popular sobre Oviedo. El general Aranda, uno de los militares más valiosos del Ejército español, era perfectamente consciente de lo insostenible de esas posiciones y había asegurado a sus superiores que lo más expuesto y caro es mantener la situación inestable actual; incluso estaba dispuesto al abandono de Oviedo, ya que no se podía emprender una operación ofensiva. Sin embargo, en Oviedo como en el Jarama, Franco siguió con su táctica parsimoniosa de enfrentarse hasta el desgaste con el adversario allí donde éste quisiera.
La batalla de Guadalajara, a lo largo de marzo de 1937, exige unas palabras respecto de su gestación. Franco no había deseado la presencia de unidades italianas en la Península y menos aún que tuvieran un protagonismo excesivo en las operaciones militares. Por eso rechazó una operación propuesta por Roatta, que las dirigía, consistente en penetrar desde Teruel hasta Sagunto, lo que parece una maniobra audaz que por sí sola hubiera podido decidir la guerra, como querían los italianos, en el caso de lograr el triunfo. Tampoco pareció muy interesado en una operación sobre Guadalajara hasta el momento en que su avance en el Jarama flaqueó; prometió entonces una operación conjunta, pero el traslado de Varela, que había desempeñado allí el mando, parece demostrar que no tenía el propósito ni quizá la posibilidad de ayudar mucho a los italianos.
Con todo esto tenían posibilidades de lograr un éxito importante que derivaba de tener a su disposición una máquina militar impresionante para lo que era la guerra civil española. Dotado de 170 piezas artilleras y de unos medios motorizados y tanques que, aunque con escaso blindaje, habían tenido un éxito espectacular en Málaga, el Corpo di truppe volontarie podía esperar llegar hasta la capital alcarreña y actuar como pinza en una maniobra envolvente que se complementara desde el Jarama. En un principio el CTV penetró bien, sin duda, pero pronto empezaron las dificultades. Los italianos se encontraron con unas condiciones climáticas muy malas que, además, dieron inmediata superioridad aérea al adversario: como advierte Hidalgo de Cisneros, uno de los principales dirigentes de la aviación republicana, los aeródromos enemigos estaban encharcados e inutilizables y los propios no. Además, y sobre todo, las tropas con las que los italianos tuvieron que habérselas no eran las que habían tenido como enemigas en Málaga; consiguieron, por ejemplo, concentrarse ante el ataque adversario con rapidez y ofrecer una dura resistencia. Se demostró entonces que el CTV había actuado con "petulancia y alegre despreocupación" sin proteger sus flancos ni calcular los problemas de transporte que podía tener. Además, la victoria precedente en el Sur había ocultado el hecho de que sólo una parte de las tropas italianas eran unidades militares, mientras que la mayoría eran civiles procedentes de un voluntariado político. Presionados en su flanco izquierdo y embotellados en las carreteras los italianos debieron retroceder aunque se mantuvieran por delante del punto de partida de su ataque, como en el caso del Jarama.
Parece obvio que en estas tres batallas en torno a Madrid la victoria ha de atribuirse al Ejército Popular, pues por mucho que el adversario hubiera tenido menos bajas o hubiera visto adelantarse sus posiciones, no consiguió los objetivos que pretendía mientras que los gubernamentales libraban una batalla netamente defensiva. La iniciativa seguía siendo de Franco, pero el Ejército Popular era sin duda capaz de dejar en tablas un enfrentamiento con unidades netamente superiores hasta entonces, procedentes de África. En cualquier caso ahora era evidente que esas tres batallas venían a demostrar que la guerra civil de ninguna manera podía ganarse en la región Centro, en torno a Madrid. Conocida la detención de los italianos, Franco, aconsejado por Vigón, decidió concentrar sus esfuerzos en el frente Norte, planeando incluso una rectificación parcial del madrileño, que luego no se llevó a cabo. Como ha escrito Martínez Bande, "Guadalajara trajo Vizcaya".
Mientras tanto la guerra en el mar adquiría unos rasgos que perdurarían hasta el final del conflicto. El dominio de los buques por comités compuestos por las propias dotaciones en la flota republicana redujo a la nada su eficacia militar. Los mandos tenían tan sólo responsabilidad técnica y una experiencia muy limitada. Fue incluso preciso recordar a los buques que no planearan operaciones por sí mismos, sino que atendieran las instrucciones superiores. Prácticamente después de las expedición al Norte, en septiembre de 1936, la flota republicana se dedicó tan sólo a la protección de los convoyes que traían armas desde Rusia. Los cruceros más modernos, rápidos y bien dotados de artillería de los sublevados (Canarias y Baleares) consiguieron la superioridad de hecho en el Mediterráneo, mientras que la flota republicana, mal protegida ante los ataques de la aviación, abandonaba cada noche la base de Cartagena. Conscientes de la inferioridad de las tripulaciones, Prieto, ministro de la Guerra, y Bruno Alonso, delegado político en la flota, consideraron "peligroso y una locura irreparable" enfrentarse con el adversario en el momento de la toma de Málaga.
Beneficencia, caridad e iglesia
Gracias a las donaciones de todo tipo y exenciones fiscales, las iglesias se fueron configurando como una fuerza patrimonial que, en una época de quiebra económica en la que las masas de indigentes proliferaban, ejercía un poder determinante. La caridad y el amparo de la poderosa Iglesia constituía a menudo el único camino para estos hombres empobrecidos. En otros casos la Iglesia y sus obispos aparecían como opresores y los indigentes, organizados en bandas armadas (los bagaudas) saqueaban y mataban tanto a los grandes propietarios laicos como a las iglesias y obispos. En el año 449, un ejército de desesperados asoló la ciudad de Tarazona, matando a su obispo. El escenario principal de las actuaciones bagáudicas era el alto y medio valle del Ebro.
El poder económico y social de la Iglesia atraía todo tipo de conversiones clericales. Es sugestiva la conversión de Theodoro, un judío de Iamona (Ciudadela) que era patrono de la ciudad y pater patrum (equivalente a jefe de la asociación religiosa) de la sinagoga de la ciudad. La presión de los cristianos para conseguir su conversión es elocuente: "Si quieres ser rico, honorable y vivir seguro, cree en Cristo". Su aceptación a tan tentadora propuesta fue seguida por la conversión de otros altos personajes de la ciudad, entre ellos Cecilianus, defensor civitatis, y su familia. Es un testimonio elocuente de que el orden clerical se había convertido en una categoría social en la que el enriquecimiento y la estabilidad del patrimonio estaban sólidamente garantizados.
A partir de Constantino, la Iglesia se constituyó en la canalizadora de las donaciones no sólo del emperador, sino de los homini novi, la nueva aristocracia de funcionarios que rodeaba al emperador y, en menor medida, de la vieja aristocracia, puesto que ésta estaba vinculada en su mayoría -sobre todo en Roma- a la religión romana. Las múltiples disposiciones a favor de la inmunidad fiscal de los bienes, tanto de las iglesias como de los clérigos, que aparecen durante el período de Constantino y Constancio en el Codex Theodosianus, les confirió no sólo un poder económico sino una gran capacidad de influencia social. La Iglesia pasó a detentar el monopolio de la asistencia social, siendo asignada a esta actividad, en teoría, una cuarta parte de los beneficios que las iglesias tuviesen. En el año 468, Simplicio, obispo de Roma, ordenaba dividir los beneficios de las iglesias en cuatro partes: una para mantenimiento del obispo, otra como salario de los clérigos, otra para el culto y, el cuarto restante, para la asistencia social. El mismo principio fue decretado por el papa Gelasio en el 494. Sin embargo, en España las rentas se dividían en tres partes, correspondientes al obispo, al clero y a la fábrica de la Iglesia (G. Martínez Díez) sin constituir probablemente una excepción, pues tal debía ser en la práctica el reparto en muchas otras iglesias.
No obstante, el derecho al asilo eclesiástico o, dicho de otro modo, el derecho a la protección del obispo a todo aquel que siendo sospechoso de haber cometido delito alguno se hubiera refugiado en un edificio sagrado así como la manumissio in ecclesia o capacidad jurídica para conceder la libertad a los esclavos siempre y cuando éstos accedieran a convertirse en colonos del dominus o gran propietario, si éste así lo decidía, y sobre todo la acción de muchos obispos como patronos de hecho de las ciudades, les confirió una gran influencia social y reforzó sus estructuras de poder. En Hispania se encargó a Hidacio, obispo de Aquae Flaviae (Chaves), llevar una embajada ante el general Aecio, responsable de la defensa de Hispania, solicitando que pusiera fin al pillaje y saqueo de los suevos sobre los galaicos. La embajada (que aceptó a instancias de los ruegos de sus conciudadanos) tuvo como resultado el envío del Conde Censorio a Hispania, quien inicia -junto al propio Hidacio- unas negociaciones con los suevos que sabemos concluyen con el establecimiento de la paz.
La crisis provocada por las invasiones y la desorganización del poder civil de los hispanorromanos, refuerza la autoridad y el poder de los obispos. La tutela de éstos era la esperanza más segura para defenderse tanto de los saqueos de los bárbaros como de los llevados a cabo por los recaudadores de impuestos. La protección judicial -asentada sobre la capacidad jurídica otorgada a los clérigos para actuar como jueces de todo tipo de delitos, excepto los crímenes capitales- es entendida en el I Concilio de Tarragona, en su canon 10, no a la manera de los jueces de oficio, previo pago, sino por pura devoción. El agradecimiento por la protección dispensada sólo podría revertir en el beneficio del prestigio de la Iglesia. No obstante, los emperadores tuvieron que intervenir repetidamente contra la parcialidad con que la justicia era aplicada por los clérigos que defendían a los acusados cuando las pruebas por delitos graves -en gran medida de carácter fiscal- eran manifiestas. En una disposición del emperador Arcadio se nos dice que muchos clérigos arrancaban al culpable del suplicio merecido justamente (C. J. I, IV, 6 y C. Th. IX, XL, 16). A este tipo de defensa debieron dedicarse activamente en Hispania algunos obispos, entre ellos Rufino y Gregorio, a los que el papa Inocencio I insta a fin de que atemperen tales prácticas.
Así, la Iglesia bajoimperial, tanto en el occidente del Imperio como en Hispania, llenó en cierto modo el vacío institucional dejado por las oligarquías municipales y por las propias autoridades imperiales. Lo cierto es que el ejercicio de estas funciones de carácter asistencial, si bien debilitó al fisco y por consiguiente al Imperio, contribuyó al fortalecimiento político de algunos obispos y, en consecuencia, al de la Iglesia.
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Como obras generales para el periodo de la historia del Régimen entre 1957 y 1975 pueden consultarse: Javier Tusell, El siglo XX, Manual de Historia de España, Madrid, Historia 16, 1990; Javier Tusell, Carrero, Madrid, Temas de Hoy, 1993; Stanley Payne, El régimen de Franco, Madrid, Alianza, 1987; Raymond Carr/Juan Pablo Fusi, España, de la dictadura a la democracia, Planeta, Barcelona. 1979; José Antonio Biescas y Manuel Tuñón de Lara, España bajo la dictadura franquista, 1939-1975, Barcelona, Labor, 1980; Santiago Míguez González, La preparación de la transición a la democracia en España, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1990; VV.AA , Historia de España de Menéndez Pidal. La época de Franco (1939-1975), XLI, Espasa Calpe, Madrid, 1996. Por lo que se refiere a las biografías de Franco, merece la pena citar las de Juan Pablo Fusi, Franco. Autoritarismo y poder personal, Madrid, El País, 1985; y Paul Preston, Franco, Barcelona, Grijalbo, 1994.
En el campo del memorialismo político existen abundantes testimonios, entre los que cabe destacar: Gonzalo Fernández de la Mora, Río arriba. Memorias, Planeta, Barcelona, 1995: Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida pública, Planeta, Madrid, 1980; José Antonio Girón de Velasco, Si la memoria no me falla, Planeta, Barcelona, 1994; Carlos Iniesta Cano, Memorias y recuerdos, Planeta, Barcelona, 1984; Laureano López Rodó, La larga marcha hacia la Monarquía, Editorial Noguer, Barcelona, 1977; y del mismo autor, Memorias, Plaza y Janés/Cambio 16, Barcelona, 1990-1992; Julio Rodríguez, Impresiones de un ministro de Carrero Blanco, Planeta, Barcelona, 1974; Pedro Sáinz Rodríguez. Un reinado en la sombra, Planeta, Barcelona, 1981; José Ignacio San Martín, Servicio especial. A las órdenes de Carrero Blanco, Planeta, Barcelona, 1983; Federico Silva Muñoz, Memorias políticas, Planeta, Barcelona, 1993; Enrique Tierno Galván, Cabos sueltos, Bruguera, Barcelona, 1981; y José Utrera Molina, Sin cambiar de bandera, Planeta, Barcelona, 1989.
Para el conocimiento de la evolución económica entre 1957 y 1975 son recomendables los siguientes libros y artículos: Ramón Tamames, Estructura económica de España, Alianza Universidad, diversas ediciones. Manuel-Jesús González, La economía política del Franquismo (1940-1970), Tecnos, Madrid, 1979. Las colaboraciones de José Luis García Delgado, Luis Ángel Rojo, Joaquín Arango, Carlos Barciela, Albert Carreras y Carles Sudriá, en el libro compilado por Jordi Nadal, Albert Carreras, Carles Sudriá, La economía española en el siglo XX, Ariel, Barcelona, 1987. J.A. Martínez Serrano y otros, Economía española: 1960-1980, Hermann Blume, Madrid, 1982. Gabriel Tortella, El desarrollo de la España contemporánea, Alianza Universidad, Madrid, 1994. Pablo Martín Aceña y Francisco Comín, INI. 50 años de industrialización en España, Espasa Calpe, Madrid, 1991. Enrique Fuentes Quintana, "La crisis económica española", Papeles de Economía española, I (1980), pp. 84-136; y del mismo autor, "Tres decenios de la economía española en perspectiva", en José Luis García Delgado (Dir.), España. Economía, Espasa Calpe, Madrid, 1988, pp. 1-75. Josep Baiges, César Molinas y Miguel Sebastián, La economía española 1964-1985: datos, fuentes y análisis, Instituto de Estudios Fiscales, Madrid, 1987. Por último, son de interés las memorias de Mariano Navarro Rubio, Mis Memorias, Plaza & Janés/Cambio 16, Barcelona, 1981.
Respecto a la estructura social y la población es conveniente consultar los tres Informes sobre la situación de España, referidos a 1966, 1970 y 1975, realizados por la Fundación FOESSA. La Fundación BBV y el Banco de Bilbao han publicado diversos trabajos que contienen abundante información y análisis; entre ellos hay que destacar los referidos a La Renta Nacional de España, diversos años; el trabajo editado por Salustiano del Campo, Tendencias sociales en España (1960-1990), 3 volúmenes, Bilbao, 1993; y Francisco Pérez, Francisco José Goellich y Matilde Mas, Capitalización y crecimiento en España y sus regiones 1955-1995, Bilbao, 1996.
Existen numerosas investigaciones sobre clases sociales, entre las que caben destacar las realizadas por José Félix Tezanos, Estructura de clases en la España actual, Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1975; Amando de Miguel, La pirámide social española, Fundación Juan March y Editorial Ariel, Barcelona, 1977, y del mismo autor, Recursos humanos, clases y regiones en España, Edicusa, Madrid, 1977; Emilio Albi, "La distribución personal de la renta en España (1964-1967/1970)", Hacienda Pública Española, 32 (1975), pp. 53-66; Francisco Parra, La emigración española en Francia 1962-1977; Instituto Español de Emigración, Madrid, 1981: Francisco Sánchez López, Emigración española a Europa. Confederación Española de Cajas de Ahorro, Madrid, 1969; Amando de Miguel y Juan Salcedo, Dinámica del desarrollo industrial de las regiones españolas, Tecnos, Madrid, 1972; Luis García San Miguel, Las clases sociales en la España actual, GIS, Madrid, 1980; y para cuestiones teóricas es imprescindible el libro de J. Carabañas y A. de Francisco (Comes.), Teorías contemporáneas de las clases sociales, Editorial Pablo Iglesias, Madrid, 1993.
En cuanto a las relaciones laborales y la conflictividad, existe una pluralidad de manuales de derecho del trabajo que describen con claridad el funcionamiento del primero de los temas, entre ellos destacaríamos el realizado por Luis Enrique De La Villa y Carlos Palomeque, Introducción a la Economía del Trabajo, 2 volúmenes, Editorial Debate, Madrid, 1977 y 1978.
Respecto a las huelgas, sigue siendo imprescindible el libro de José María Maravall, Dictadura y disentimiento político. Obreros y estudiantes bajo el franquismo, Alfaguara, Madrid, 1978. Para una visión general de las huelgas y sus causas es conveniente consultar, los artículos de Alvaro Soto, "El ciclo largo de conflictividad social en España (1868-1986)", Revista de Trabajo y Seguridad Social, 2, abril-junio 1991, pp. 157-179 (existe un versión en inglés, "Long Cycle of Social Conflict in Spain (1868-1986)", Review, XVI, 2, Spring 1993, pp. 173-197); y "Diversas interpretaciones sobre las causas y consecuencias de las huelgas en el franquismo, 1963-1975", en I Encuentro de Investigadores del Franquismo, Fundació Arxiu Históric (CONC), UAB y Societat Catalana d'Estudis Histórics, Barcelona, 1992.
Existen diversos estudios sobre la clase obrera a nivel provincial en los que se pone de manifiesto el nivel de conflictividad laboral; entre ellos merece la pena consultar: 1°) para Asturias, Carmen Benito del Pozo, La clase obrera asturiana durante el franquismo, Siglo XXI, Madrid, 1993; y Ramón García Piñeiro, Los mineros asturianos bajo el franquismo (1937-1962), Fundación 1° de Mayo, Madrid, 1990; 2°) para Barcelona: Sebastián Balfour, La dictadura, los trabajadores y la ciudad, Edicions Alfons El Magnánim, Valencia, 1994; 3°) para Madrid, Alvaro Soto (dir.), Clase obrera, conflicto laboral y representación sindical, Ediciones GPS, Madrid, 1994 (incluye investigaciones referidas a la evolución y transformación de la clase obrera, la resistencia individual y la conflictividad laboral); y José Babiano, Emigrantes, cronómetros y huelgas, Siglo XXI - Fundación 1° de Mayo, Madrid, 1995; y 4°) para Vizcaya, Pedro Ibarra Güell, El movimiento obrero en Vizcaya: 1967-1977, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1987.
Por último, para el estudio de los sindicatos verticales y los movimientos de oposición sindical es necesario consultar: Abdón Mateos, La denuncia del Sindicato Vertical. La era Solís: El nacionalsindicalismo ante la Organización Internacional del Trabajo, 1939-1969, Madrid, CES, 1997; Álvaro Soto, "Auge y caída de la Organización Sindical Española", Espacio, Tiempo y Forma. Serie V, Hª Contemporánea, t. 8, 1995, pp. 247-276; David Ruiz (Dir.), Historia de Comisiones Obreras (1958-1988), Siglo XXI, Madrid, 1993; Javier Domínguez, La lucha obrera durante el Franquismo, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1987.
Sobre el mundo de Falange y las secciones del Movimiento, pueden consultarse: Sheelagh Ellwood, Prietas las filas. Barcelona, Crítica. 1984; Miguel A. Ruiz Carnicer, El Sindicato Español Universitario, Madrid, Siglo XXI, 1995; Juan Saez Marín, El Frente de Juventudes, Madrid, Siglo XXI, 1988.
Sobre la evolución de la Iglesia, cabe citar: Guy Hermet, Los católicos en la España franquista, Madrid, CIS, 1985; Juan María Laboa (ed.), El posconcilio en España, Madrid. Encuentro, 1988; Feliciano Montero, El Movimiento Católico, Madrid, EUDEMA, 1993; Antonio Murcia, Obreros y Obispos en el Franquismo, Madrid, Ediciones HOAC, 1995; y Basilisa López García, Aproximación a la Historia de la HOAC 1946-1981, Madrid, Ediciones HOAC, 1995.
El estudio de la política exterior de éste periodo de la dictadura está, en gran medida, pendiente de realizar. Un excelente panorama general actualizado se encuentra en el capítulo de Florentino Portero y Rosa Pardo, "La política exterior", de la Historia de España de Menéndez Pidal. La época de Franco, pp.195-299. En cuanto a las monografías destacan: Teresa Laporte, La política europea del régimen de Franco, 1982-1985, Pamplona, Universidad, 1992; Antonio Marquina, España en la política de seguridad occidental, 1939-1986, Madrid, 1986; J. Muns, Historia de las relaciones entre España y el Fondo Monetario Internacional, 1975-1982, Madrid, 1986; R. R. Rubottom y J. C. Murphy, Spain and the United States since World War II, Nueva York, 1984; Ramiro Santamaría, Ifni y Sáhara: la guerra ignorada, Madrid. 1984; Luis Eugenio Togores y José Luis Neila, La Escuela Diplomática, Madrid, Escuela Diplomática, 1993.
La historiografía sobre la oposición al régimen franquista es , quizá, el aspecto que ha tenido mayor desarrollo durante los últimos años. Un útil resumen del estado de la cuestión se encuentra en J. Tusell, A. Alted y A. Mateos (coords.), La oposición al régimen de Franco, Madrid, UNED, 1990, 3 vols. Entre las monografías, además de las ya citadas en el epígrafe sobre la oposición sindical, podemos citar: Elena Aub, Historia del ME/59, México, INAH, 1992: Fernando Claudín, Santiago Carrillo: crónica de un secretario general, Barcelona, Planeta, 1983; J. M. Colomer, Els estudiants de Barcelona sota el franquisme, Barcelona, Curial, 1978; Richard Gillespie, Historia del PSOE, Madrid, Alianza, 1991; Gurutz Jáuregui, Ideología y estrategia política de ETA, Madrid, Siglo XXI, 1981; Consuelo Laíz, La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición española, Madrid, Catarata, 1995: Pablo Lizcano, La generación de 1956, Barcelona, Grijalbo, 1981; Abdón Mateos, El PSOE contra Franco. Continuidad y renovación del socialismo español, 1953-1974, Madrid, P. Iglesias, 1993; Gregorio Morán, Miseria y grandeza del PCE, Barcelona, Planeta, 1986; Manuel Redero, Estudios de historia de UGT, Salamanca, Universidad, 1992; Rossana Rossanda, Un viaje inútil, Barcelona, Laia, 1984; John Sullivan, El nacionalismo vasco radical, Madrid, Alianza, 1986; José María Toquero, Franco y Don Juan, Barcelona, Plaza&Janés-Cambio 16, 1989; Javier Tusell, La oposición democrática al franquismo, Barcelona, Planeta, 1977; VV.AA, El Front Obrer de Catalunya, Barcelona, Fund. R. Campalans, 1994; VV.AA, La oposición libertaria al régimen de Franco, Madrid, Fund. S. Seguí, 1993. VV.AA., Los católicos y el nuevo movimiento obrero, en XX Siglos, 5, 1994.
Acerca de la vida intelectual y la creación cultural, una posible selección incluiría: José Luis Abellán, De la guerra civil al exilio republicano, Madrid, Mezquita, 1982; Manuel L. Abellán, Censura y creación literaria en España, 1939-1976. Barcelona, Península, 1980; Alicia Alted y Paul Aubert (eds.), Triunfo en su época, Madrid, Casa de Velázquez-Pleyade, 1995; Max Aub, La gallina ciega, Madrid, Alba, 1995; Francisco Ayala, Recuerdos y olvidos, Madrid, Alianza, 1984; Carlos Barral, Años de penitencia, Barcelona; Seix Barral, 1975; Ramón Buckley, La doble transición. Política y literatura en la España de los años setenta, Madrid, Siglo XXI, 1996; Miguel Cabañas, Artistas contra Franco, México, UNAM, 1995; Francisco Calvo Serraller, España. Medio siglo de arte de vanguardia, 1939-1975, Madrid, MEC-Santillana, 1987; José Luis Cano, Los cuadernos de Velintonia, Barcelona, Seix Barral, 1986; Juan José Carreras y Miguel A. Ruiz Carnicer, (eds.), La universidad española bajo el régimen de Franco, Zaragoza. Inst. Fernando el Católico, 1991; José M. Castellet, Los escenarios de la memoria, Barcelona, Angrama, 1988; Elías Díaz, Ética contra política. Los intelectuales y el poder. Madrid, CEC, 1990; Helen Graham y Jo Labanyi (eds.), Spanish Cultural Studies, Oxford, OUP, 1995; Juan Goytisolo, En los reinos de taifa, Barcelona, Seix Barral, 1986; Román Gubern, La censura: función política y ordenamiento jurídico bajo el franquismo, Barcelona. Península, 1981; Shirley Mangini, Rojos y rebeldes. La cultura de la disidencia durante el franquismo, Barcelona, Anthropos, 1987; Carme Riera, La escuela de Barcelona, Barcelona, Anagrama, 1988; Santos Sanz Villanueva, Historia de la literatura española. Literatura actual, Barcelona, Ariel, 1984.
Como obras específicas del periodo tardofranquista realizadas por profesores universitarios destacan: Rafael López Pintor, La opinión pública española del franquismo a la democracia, CIS. Madrid, 1982; Raúl Morodo, Tierno Galván y otros precursores políticos, El País. Madrid, 1987; Carlos Seco Serrano, Juan Carlos I, Anaya, Madrid, 1989; Javier Tusell, Juan Carlos I. La restauración de la Monarquía, Temas de Hoy, Madrid, 1995. Para el fenómeno terrorista, tiene gran interés el trabajo de Fernando Reinares, "Sociogénesis y evolución del terrorismo en España", en Salvador Giner (dir.), España. Sociedad y Política, Espasa Calpe, Madrid, 1990, pp. 353-396.
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Bibliografía sobre la España de los Reyes Católicos
Pocos reinados en la Historia de España han contado con la atención que despertó el de los Reyes Católicos en diversos cronistas. A este respecto pueden utilizarse entre las más importantes; la Crónica anónima que historia el periodo hasta 1476 y que fue anotada por PUJOL, J., en Madrid, 1934; la Colección de crónicas españolas, editada por DE LA MATA CARRIAZO ARROQUIA, J., Madrid, 1940-1946, en 9 vols.; GALINDEZ DE CARVAJAL, L., Anales breves del reinado de los Reyes Católicos..., Madrid, 1878; MARINEO SICULO, L., Vida y hechos de los Reyes Católicos, Madrid, 1943; BERNALDEZ, A., Memorias del reinado de los Reyes Católicos (ed. de GOMEZ MORENO, M. y de DE LA MATA CARRIAZO ARROQUIA, J.), Madrid, 1962; y también editadas y anotadas por DE LA MATA CARRIAZO ARROQUIA, J., las crónicas de DE VALERA, D., Crónica de los Reyes Católicos, Madrid, 1927; DEL PULGAR, H., Crónica de los Reyes Católicos, Madrid, 1943; y DE SANTA CRUZ, A., Crónica de los Reyes Católicos, Sevilla, 1951.
Las síntesis más importantes del período corresponden a la reciente obra en cinco tomos de SUAREZ FERNANDEZ, L., Los Reyes Católicos. (Fundamentos de la Monarquía, La conquista del trono y El tiempo de la guerra en Granada, Madrid, 1989; y La expansión de la fe y El camino hacia Europa), Madrid, 1990. También: PEREZ, J., Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos, Madrid, 1988, y SUÁREZ, L., DE M. CARRIAZO, J., y FERNANDEZ ALVAREZ, M., La España de los Reyes Católicos (1474-1516), Madrid, 1962.
Las figuras personales de los reyes han sido estudiadas por: VICENS VIVES, J., Ferran II i la ciutat de Barcelona, Barcelona, 1936-1937; Fernando el Católico, príncipe de Aragón, rey de Sicilia, 1458-1478, Madrid, 1952, e Historia crítica de la vida y reinado de Fernando II de Aragón, Zaragoza, 1962; DE AZCONA, T., Isabel la Católica. Estudio crítico de su vida y su reinado, Madrid, 1964, y en las Actas del V Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Zaragoza, 1952. Las últimas voluntades de Isabel la Católica pueden verse en: BALLESTEROS, M., Isabel de Castilla, Reina Católica, Madrid, 1964. La figura de Juana en: RODRIGUEZ VILLA, A., La Reina doña Juana la Loca, Madrid, 1892, y en PFANDL, L., Juana la Loca: su vida, su tiempo, su culpa, Madrid, 1959. Sobre la herencia y los problemas generales y dinásticos de las monarquías de Carlos V y Felipe II pueden utilizarse las obras de FERNANDEZ ALVAREZ, M., Política mundial de Carlos V y Felipe II, Madrid, 1966, y Corpus Documental de Carlos V, Salamanca, 1973-1981; y de MARAVALL, J. A., Estado moderno y mentalidad social (siglos XV al XVIII), Madrid, 19862.
La complejidad de la sociedad, los problemas de la coexistencia entre religiones distintas, los intentos de asimilación de judíos y musulmanes, y la evidencia de que el cristianismo español estuvo muy influido por el pensamiento y la práctica judía, pueden verse en: CARO BAROJA, J., Los judíos en la España Moderna y Contemporánea, Madrid, 1961; SUAREZ FERNANDEZ, L., Documentos acerca de la expulsión de los judíos, Valladolid, 1964; VALDEON BARUQUE, J., Los judíos de Castilla y la revolución Trastámara, Valladolid, 1968; LADERO QUESADA, M. A., Los mudéjares de Castilla en tiempo de Isabel I, Valladolid, 1969; DOMINGUEZ ORTIZ, A., Los judeoconversos en España y América, Madrid, 1971; BAER, Y., Historia de los judíos en la España cristiana, Madrid, 1981; MONSALVO ANTON, J. M., Teoría y evolución de un conflicto social. El antisemitismo en la Corona de Castilla en la Baja Edad Media, Madrid, 1985; y con un altísimo predominio de trabajos sobre la presencia y la cultura judía, que hace exagerado el título del libro, AA.VV., Las tres culturas de la Corona de Castilla y los sefardíes. Actas de las Jornadas Sefardíes y del Seminario de las Tres Culturas, Valladolid, 1990.
Sobre los musulmanes y los orígenes del problema morisco: GUICHARD, P., Al Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, 1967; GARCIA ARENAL, M., Los moriscos, Madrid, 1975; DOMINGUEZ ORTIZ, A., y VINCENT, B., Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, 1978; CARDAILLAC, L., Moriscos y cristianos. Un enfrentamiento polémico (1492-1640), Madrid, 1979; GARCIA MARTINEZ, S., Bandolers, corsaris i moriscos, Valencia, 1980; HALPERIN DONGHI, T., Un conflicto nacional. Moriscos y cristianos viejos en Valencia, Valencia, 1980; DE BUNES, M. A., Los moriscos en el pensamiento histórico. Historiografía de un grupo marginado, Madrid, 1983.
La situación del clero y las reformas de la Iglesia, en DE AZCONA, T., La elección y reforma del episcopado español era tiempo de los Reyes Católicos, Madrid, 1960; BATAILLON, M., Erasmo y España, México, 19662; SALA BALUST, L., "La espiritualidad española en la primera mitad del siglo XVI", Cuadernos de Historia. Anexos de la Revista Hispania, 1, 1967; KAMEN, H., La Inquisición española, Barcelona, 1967; HUERGA, A., "Sobre la catequesis en España durante los siglos XVI", Analecta Sacra Tarraconensia, 41, 1968; GARCIA ORO, J., La reforma de los religiosos españoles en tiempo de los Reyes Católicos, Valladolid, 1969; también, Cisneros y la reforma del clero español en tiempos de los Reyes Católicos, Madrid, 1971; ANDRES MARTIN, M., Los recogidos. Nueva visión de la mística española (1500-1700), Madrid, 1976; GARCIA CARCEL, R., Orígenes de la Inquisición española. El Tribunal de Valencia, 1478-1530, Barcelona, 1976; NIETO, J. C., Juan de Valdés y los orígenes de la Reforma en España e Italia, Madrid, 1979; CONTRERAS, J., y DEDIEU, J. P., "Geografía de la Inquisición española: la formación de los distritos (1470-1820)" , Hispania, 144, 1980; BENNASSAR, B., Inquisición española: poder político y control social, Barcelona, 1981; ALCALA, A. (ed.), Inquisición española y mentalidad inquisitorial, Barcelona, 1984; SANCHEZ HERRERO, J. "La literatura catequética en la Península ibérica, 1236-1553" , en la España Medieval, V-II, 1986, y ESCANDELL BONET, B., Estudios Cisnerianos, Alcalá de Henares, 1990.
Los fundamentos políticos de la monarquía, la política interna, los intentos de reformas en la Corona de Aragón, las relaciones con Navarra hasta su anexión y la institucionalización del Estado, en: DANVILA y COLLADO, M., El poder civil en España, Madrid, 1885; CEPEDA ADAN, J., En torno al concepto de Estado en los Reyes Católicos, Madrid, 1956; MARTIN POSTIGO, M. S., La cancillería castellana de los Reyes Católicos, Valladolid, 1959; HUICI GOÑI, M. P., Las Cortes de Navarra durante la Edad Moderna, Pamplona, 1963; LADERO QUESADA, M. A., La Hacienda Real castellana, entre 1480 y 1492, Valladolid, 1967; VICENS VIVES, J., "Estructura administrativa estatal en los siglos XVI y XVII", Coyuntura económica y reformismo burgués, Barcelona, 1968; GONZALEZ ALONSO, B., El corregidor castellano (1.348-1800), Madrid, 1970; BELENGUER CEBRIA, E., Cortes del reinado de Fernando el Católico, Valencia, 1972; LADERO QUESADA, M. A., La Hacienda Real de Castilla en el siglo XV, La Laguna, 1973; GONZALEZ ALONSO, B., Gobernación y gobernadores. Notas sobre la Administración de Castilla en el período deformación del Estado Moderno, Madrid, 1974; ALVAREZ DE MORALES, A., Las Hermandades. Expresión del movimiento comunitario en España, Valladolid, 1974; MORALES MOYA, A., "El Estado Absoluto de los Reyes Católicos", Hispania, 129, 1975; PEREZ BUSTAMANTE, R., El gobierno y la administración territorial de Castilla, 1270-1474, Madrid, 1976; HALICZER, S., "Construcción del Estado, decadencia política y revolución en la Corona de Castilla (1475-1520)" , Homenaje a E. Gómez Orbaneja, Madrid, 1977; GONZALEZ ANTON, L., Las Cortes de Aragón, Zaragoza, 1978; SESMA MUÑOZ, A., La Diputación del reino de Aragón durante el reinado de Fernando II, Zaragoza, 1978; J. PEREZ, La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521), Madrid, 1979; LALINDE ABAD, J., " El pacifismo en los reinos de Aragón y Valencia", El pactismo en la Historia de España, Madrid, 1980; GONZALEZ ALONSO, B., "Sociedad urbana y gobierno municipal en Castilla ( 1450-1600)" , en Sobre el Estado y la Administración de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen. Las Comunidades de Castilla y otros estudios, Madrid, 1981; SUAREZ FERNANDEZ, L., "Fernando el Católico y Leonor de Navarra", en la España Medieval, III, 1982; DE DIOS, S., El Consejo Real de Castilla (1385-1522), Madrid, 1982; LADERO QUESADA, M. A., El silo xv en Castilla. Fuentes de renta y política fiscal, Barcelona, 1982; TORRES SALAZ, D., La Administración central castellana en la Baja Edad Media, Valladolid, 1982; DIEZ DEL CORRAL, L., El pensamiento político y la Monarquía de España, Madrid, 1983; MARAVALL, J. A., " El pensamiento político de Fernando el Católico", Estudios de Historia del pensamiento español, 11, 1984; FERNANDEZ ALBADALEJO, P., "Monarquía, Cortes y cuestión constitucional en Castilla durante la Edad Moderna", Revista de las Cortes Generales, 1, 1984; ESTEBAN RECIO, A., Las ciudades castellanas en tiempos de Enrique IV. Estructura social y conflictos, Valladolid, 1984; DE DIOS, S., "Sobre la génesis y los caracteres del Estado absolutista en Castilla", Stvdia Historica. Historia Moderna, 3, 1985; GARCIA CARCEL, R., Historia de Cataluña. Siglos XVI-XVII, Barcelona, 1985; HERRERO DE MIÑON, M., "Una raíz del Estado Autoritario: los Consejos del Antiguo Régimen", Homenaje a J. A. Maravall, II, Madrid, 1985; SALVADOR ESTEBAN, E., " La precaria monarquía hispánica de los Reyes Católicos: reflexiones sobre la participación de Isabel I en el gobierno aragonés", Homenaje a J. A. Maravall, III, 1985; MOLAS i RIBALTA, P., "El sistema político de la monarquía hispánica en el siglo XVI". Jerónimo Zurita. Su época y su escuela, Zaragoza, 1986; SALVADOR ESTEBAN, E., "Poder central y poder territorial. El virrey y las Cortes en el reino de Valencia", Estudis, 12, 1986; OCHOA BRUN, M. A., "La monarquía del Renacimiento y la diplomacia española", y FERNANDEZ ALVAREZ, M., "La monarquía católica y la política europea: la política exterior de los Austrias Mayores", ambos trabajos en Corona y Diplomacia. La monarquía española en la historia de las relaciones internacionales, Madrid, 1988; CARRETERO ZAMORA, J. M., Cortes, monarquía, ciudades. Las Cortes de Castilla a comienzos de la época moderna (1476-1515), Madrid, 1988; MONSALVO ANTON, J. M., El sistema político concejil. EL ejemplo del señorío medieval de Alba de Tormes y su concejo de villa y tierra, Salamanca, 1988; AA.VV., Las Cortes de Castilla y León en la Edad Moderna, Valladolid, 1989; y LUNENFELD, M., Los corregidores de Isabel la Católica, Barcelona, 1989.
Bibliografía sobre la guerra civil
Los estudios acerca de la guerra civil española son ya abundantísimos y como el conocimiento acerca de la misma ha ido ampliándose es conveniente referirse a los trabajos más recientes.
Estudios bibliográficos:
J. GARCÍA DURAN, Fuentes de la guerra civil española y bibliografía, Barcelona, Crítica, 1985. Estudios recientes de varios autores: Manuel TUÑON DE LARA, Julio ARÓSTEGUl, Ángel VIÑAS, Gabriel CARDONA, Josep M. BRICALL, La guerra civil española. 50 años después, Barcelona, Labor, 1985; La guerra civil, editada por Historia 16 en 24 volúmenes con el asesoramiento de Manuel TUÑON DE LARA, Javier TUSELL, Julio ARÓSTEGUI, Gabriel CARDONA, Ángel VIÑAS y Albert BALCELLS.
Investigaciones recientes:
Julio ARÓSTEGUI, Historia y memoria de la guerra civil, junta de Castilla y León, 1988. Obras de autores extranjeros: Raymond CARR, The Spanish Tragedy. The civil war in perspective, London, Weidenfeld and Nicolson, 1977; Paul PRESTON, Revolución y guerra en España, Madrid, Alianza Editorial, 1986; Hugh THOMAS, La guerra civil española, Madrid, Diario 16, 1986. Autores españoles: Guillermo CABANELLAS, La guerra de los mil días, Buenos Aires, Grijalbo, 1973; Ricardo DE LA CIERVA, Historia ilustrada de la guerra civil española, Barcelona, Dánae, 1970 (hay eds. posteriores); Jesús y Ramón SALAS, Historia general de la guerra de España, Madrid, Rialp, 1986.
Ensayos sobre la guerra civil y sus consecuencias:
La guerra de España, 1936-1939, Círculo de Lectores-El País, 1986; Ramón TAMAMES y otros, La guerra civil española. Una reflexión moral 50 años después, Barcelona, Planeta, 1986; Javier TUSELL, Los hijos de la sangre, Madrid, Espasa Calpe, 1986.
Historia oral:
Ronald FRASER, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 1979. Vídeo: La guerra civil española, Granada TV-RTVE, asesorada por FRASER, THOMAS y TUSELL.
Sobre la preparación de la sublevación véase la siguiente selección bibliográfica: Antonio LIZARZA, Memorias de la conspiración. Cómo se preparó en Navarra la Cruzada, Madrid, DYRSA, 1986; Federico ESCOFET, De una victoria a una derrota: 6 de octubre de 1934 - 19 de julio de 1936, Barcelona, Argos Vergara, 1984; M. GARCÍA VENERO, El general Fanjul. Madrid en el alzamiento nacional, Madrid, Ediciones Cid, 1966; José María IRIBARREN, Mola. Datos para una biografía, Zaragoza, 1938; Félix B. MAIZ, Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración, 1936, Barcelona, Planeta, 1976.
Parte de esos libros son, en realidad, de memorias. Hay ya muchas, de uno y otro bando. Atendiendo a la importancia de los implicados una selección podría ser la que sigue a continuación. Bando sublevado: Juan CERVERA, Memorias de guerra, Madrid, Editora Nacional, 1968; Alfredo KINDELÁN, Mis cuadernos de guerra, Barcelona, Planeta, 1982; José LLORDES, Al dejar el fusil. Memorias de un soldado raso en la guerra de España, Barcelona, Ariel, 1968; Eugenio VEGAS LATAPIÉ, Los caminos del desengaño, Madrid, Tebas, 198 7; Jorge VIGÓN, Cuadernos de guerra y notas de paz, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1970. Bando del Frente Popular: Diego ABAD DE SANTILLAN, Memorias, Barcelona, Planeta, 19 77; Julio ÁLVAREZ DEL VAYO, Les batailles de la liberté, París, Maspero, 1963; Mariano ANSÓ, Yo fui ministro de Negrín, Barcelona, Planeta, 1976; Pablo de AZCÁRATE, Mi Embajada en Londres durante la guerra civil, Barcelona, Ariel, 1976; Adolfo BUESO, Recuerdos de un cenetista, Barcelona, Ariel, 1978; Segismundo CASADO, Así cayó Madrid, Madrid, Guadiana, 1968; Francisco CIUTAT, Relatos y reflexiones de la guerra de España, Madrid, Forma, 1978; Antonio CORDÓN, Trayectoria. Memorias de un artillero, París, Globe, 1971; Juan GARCÍA OLIVER, El eco de los pasos, Barcelona, Ruedo Ibérico, 1978; Vicenc GUARNER, L'aixecament militar a Catalunya i la guerra civil, Barcelona, Abadía de Montserrat, 1980; Manuel de IRUJO, Memorias, Buenos Aires, Ekin, 1976; Michail KOLTSOV, Diario della guerra di Spagna, Milano, Schwarz, 1961; Enrique LÍSTER, Nuestra guerra, París, Ebro, 1966; Cipriano MERA, Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindícalista, París, Ruedo Ibérico, 1976; Juan MODESTO, Soy del quinto regimiento, París, Ebro, 1969; Alberto de ONAINDÍA, Hombre de paz en la guerra, Buenos Aires, Ekin, 1973; Manuel TAGÜEÑA, Testimonio de dos guerras, México, Oasis, 1974.
Los aspectos estrictamente militares de la guerra cuentan ya con aportaciones importantes. Los historiadores próximos a los sublevados han hecho las aportaciones más documentadas. Véase principalmente: José Manuel MARTÍNEZ BANDE, Monografías, de la guerra española, Madrid, Editorial San Martín, 1968-1985, en donde se aborda en docena y media de volúmenes, algunos de ellos reeditados, la evolución de las operaciones militares, y Ramón SALAS LARRAZÁBAL, Historia del Ejército Popular de la República, Madrid, Editora Nacional, 1973. Desde la óptica de los vencidos puede desempeñar ese papel la obra de Vicente Rojo, ¡Alerta los pueblos! Estudio político militar del período final de la guerra civil española, Barcelona, Ariel, 1974; España heroica. Diez bocetos de la guerra española, México, Era, 1961, y Así fue la defensa de Madrid, México, 1967. Otros estudios de importancia son los siguientes: Michael ALPERT, La guerra civil española en el mar, Madrid, Siglo XXI, 1984, y El Ejército republicano en la guerra civil, París, Ruedo Ibérico, 1977; Rafael CASAS DE LA VEGA, El Alcázar, Madrid, Gregorio del Toro, 1976, Brunete, Madrid, 1967; Teruel, Barcelona, Caralt, 1973, y Las milicias nacionales, Madrid, Editora Nacional, 1977; Ricardo CEREZO, Armada española. Siglo XX, Madrid, Poniente, 1983; Valentín DÁVILA JALÓN, Batalla en los campos de Teruel, Madrid, Prensa Española, 1980; General DUVAL, Les leçons de la guerre d'Espagne, París, Plon, 1938; J. M. GÁRATE CÓRDOBA, Tenientes en campaña. La improvisación de oficiales en la guerra del 36, Madrid, 1976, y Alféreces Provisionales. La improvisación de oficiales en la guerra del 36, Madrid, 1976; Joan J. MALUQUER, L'aviació de Catalunya els primers mesos de la guerra civil, Barcelona, Portic, 19 78; José Manuel MARTÍNEZ BANDE, El final de la guerra civil, Madrid, Editorial San Martín, 1985; Josep MASSOT 1 MONTANER, El desembarcament de Bayo a Mallorca, agost-septembre de 1936, Barcelona, Abadía de Montserrat, 198 7; Luis Mª MEZQUINA Y GENE, La batalla del Ebro, Tarragona, Excma. Diputación Provincial, 1970, y La batalla del Segre. Repercusiones del Ebro en el Oeste de Cataluña, Tarragona, Excma. Diputación Provincial, 1972; Luis ROMERO, Desastre en Cartagena (marzo de 1939), Barcelona, Ariel, 1971, y El final de la guerra, Barcelona, Ariel, 1976; Ramón SALAS LARRAZABAL, Pérdidas de la guerra, Barcelona, Planeta, 1977; Jesús SALAS LARRAZABAL, La guerra de España desde el aire. Dos ejércitos y sus cazas frente a frente, Barcelona, Ariel, 1969, y Guernica: el bombardeo, Madrid, Industrias Gráficas España, S. L., 1981; Herbert H. SOUTHWORTH, La destrucción de Guernica. Periodismo, diplomacia, propaganda e historia, Barcelona, Ibérica de Ediciones y Publicaciones, 1977; Mª Teresa SUERO ROCA, Militares republicanos en la guerra de España, Barcelona, Ediciones Península, 1981; Daniel SUEIRO, La flota es roja, Barcelona, Argos Vergara, 1983; Manuel TUÑON DE LARA, Gernika: 50 años después (1937-1987). Nacionalismo. República. Guerra Civil, Universidad del País Vasco; Joan VILLARROYA I FONT, Els bombardeigs de Barcelona durant la guerra civil (1936-1939), Biblioteca Serrador.
La bibliografía acerca de los aspectos religiosos de la guerra civil ha aumentado considerablemente en los últimos tiempos. Una selección posible sería la siguiente: Alfonso ÁLVAREZ BOLADO, "Guerra civil y fenómeno religioso", en Miscelánea Comillas, 1986, 1987 y 1989; El mundo católico y la carta colectiva del Episcopado español, Burgos, Rayfe, 1938; Joan BADA, Guerra civil í Esglesia catalana, Barcelona, Abadía de Montserrat, 1987; Fernando GARCÍA DE GORTÁZAR, "Mateo Múgica, la Iglesia y la guerra civil en el País Vasco", en Letras de Deusto, 1986; Juan de ITURRALDE, El catolicismo y la cruzada de Franco, Vienne, Egi-Indarra, 1955; Juan María LABOR, Iglesias e intolerancias: la guerra civil, Madrid, Atenas, (s.a.); Albert MANENT y Josep RAVENTÓS, L'Esglesia clandestina a Catalunya durant la guerra civil (1936-1939), Abadía de Montserrat, 1984; Antonio MARQUINA, La diplomacia vaticana y la España de Franco (1936-1945), Madrid, CSIC, 1983; Antonio MONTERO, Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939), Madrid, BAC, 1961; Vicente PALACIO ATARD, Cinco historias de la República y la guerra civil, Madrid, Editora Nacional, 1973; Hilari RAGUER, Divendres de passió. Vida i mort de Manuel Carrasco i Formiguera, Abadía de Montserrat, 1984, "L'esglesia i la guerra civil (1936-1939). Bibliografia recent (1975-1985)", en Revista Catalana de Teología, 1986, y La espada y la cruz (La iglesia 19361939), Barcelona, Bruguera, 1977; María Luisa RODRíGUEZ RISA, El cardenal Gomá y la guerra de España, Madrid, CSIC, 1981; J. M. SÁNCHEZ, The Spanish civil war as a religious tragedy, University of Notre Dame Press, 1987; Paul VIGNAUX, Manuel de Irujo. Ministre de la République dans la guerra d'Espagne, París, Beauchesne, 1986.
Son interesantes algunas monografías acerca de lo que significó la guerra civil en algunas provincias. Algunos de estos trabajos se refieren a todos los aspectos de la vida en cada zona mientras que otros sólo hacen referencia a algunos muy concretos. Aquí se ha preferido agruparlos teniendo en cuenta a aquella de las dos zonas a la que se refieren. Necesariamente, de esta manera en cada una de las relaciones correspondientes a cada bando hay, junto a estas recientes monografías locales, estudios de carácter más general y libros que conservan su valor aparte de haber sido escritos hace ya tiempo.
Esto resulta especialmente cierto en la bibliografía relativa al bando gubernamental durante el período bélico. Una posible selección sería la siguiente: Rafael ABELLA, La vida cotidiana durante la guerra civil española: La España republicana, Barcelona, Planeta, 1986; José ARIAS VELASCO, La Hacienda de la Generalitat, 1931-1938, Barcelona, Ariel, 1977; Julio ARÓSTEGUI y Jesús MARTÍNEZ, La Junta de Defensa de Madrid (noviembre 1936 - abril 1937), Madrid, Comunidad de Madrid, 1984; Walther L. BERNECKER, Colectividades y revolución social. El anarquismo en la guerra civil española, 1936-1939, Barcelona, Crítica, 1982; B. BOLLOTEN, La revolución española. Sus orígenes, la izquierda y la lucha por el poder durante la guerra civil, Barcelona, Grijalbo, 1980; Franz BORKENAU, The Spanish Cockpit, The University of Michigan Press, 1963; Aurora BOSCH SÁNCHEZ, Ugetistas y libertarios. Guerra civil y revolución en el País Valenciano, 1936-1939, Valencia, Instituto Alfonso el Magnánimo, 1983; Josep BRICALL, Política económica de la Generalitat (1936-1939), Barcelona, Edicions 62, 1970; Julián CASANOVA, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa, 1936-1938, Madrid, Siglo XXI, 1985, y Caspe, 1936-1938. Conflictos políticos y transformaciones sociales durante la guerra civil, Zaragoza, Editorial Heraldo de Aragón, 1984; David CATTELL, Comunism and the Spanish Civil War, Berkeley, University of California Press, 1955; Carlos FERNÁNDEZ, Paracuellos del Jarama: ¿Carrillo, culpable?, Barcelona, Editorial Argos Vergara, 1983; Ian GIBSON, Paracuellos: cómo fue, Barcelona, Argos Vergara, 1982; Albert GIRONA, Guerra y revolució al País Valenciá, Valencia, Eliseu Climent, 1986; José Luis GUTIÉRREZ MOLINA, Colectividades libertarias en Castilla, Madrid, Campo Abierto, 1977; Frank MINTZ, L'autogestion dans l'Espagne révolutionnaire, París, Belibaste, 1970; F. MORENO GÓNIEZ, La guerra civil en Córdoba, 1936-1939, Madrid, Alpuerto, 1985; Antonio NADAL, Guerra civil en Málaga, Málaga, Arguval, 1984; George ORWELL, Homenaje a Cataluña, Barcelona, Ariel, 1970; Stanley G. PAYNE, La revolución española, Barcelona, Ariel, 19 70; José PEIRATS, Los anarquistas en la crisis política española, Buenos Aires, Editorial Alfa, 1964; Albert PÉREZ BARB, Trenta mesos de colectivisme a Catalunya, Barcelona, Ariel, 1970; Josep SOLÉ I SABATÉ y Joan VILLARROYA I FONT, La repressió a la guerra i la posguerra a la comarca del Maresme (1936-1945), Barcelona, Publicaciones de la Abadía de Mont d'Espagne, París, PUF, 1975; T. G. POWELL, Mexico and the Spanish civil war, University of New Mexico Press, 1981; Raymond PROCTOR, Hitler's Luftwaffe in the Spanish civil war, Wetsport Greenwood Press, 1983; Rosaria QUARTARARO, Política fascista nelle Baleari (1936-1939), Roma, Cuaderni della FIAP, 1977; Javier RUBIO, Asilos y canjes durante la guerra civil española, Barcelona, Planeta, 1979; Jesús SALAS LARRAZABAL, Intervención extranjera en la guerra de España, Madrid, Editora Nacional, 1974; Ismael SAZ y Javier TUSELL, Fascistas en España, Roma, CSIC, 1981; Fernando SCHWARTZ, La internacionalización de la guerra civil española, Barcelona, Ariel, 1971; F. Jay TAYLOR, The United States and the Spanish civil war, New York, Bookman Associates, 1956; Philip TOYNBEE, The distant drum, Refections on the Spanish civil war, London, Sidgwick and Jackson, 1979; Richard P. TRAINA, American diplomacy and the Spanish civil war, Indiana University Press, 1968; Ángel VIÑAS, El oro español en la guerra civil, Madrid, Ministerio de Hacienda, 1980; K. W. WATKINS, Britain divided. The effect of the Spanish civil war on british political opinion, Edinburgh, Thomas Nelson, 1963.
Finalmente, un aspecto también de la máxima importancia acerca de la guerra civil española es el de su impacto en los medios intelectuales y artísticos, tanto en España como en el extranjero. Sobre ello puede leerse: Alicia ALTED VIGIL, Política del Nuevo Estado sobre el patrimonio cultural y la educación durante la guerra civil española, Madrid, Dirección General de Bellas Artes y Archivo, 1984; José ÁLVAREZ LOPERA, La política de bienes culturales del Gobierno republicano durante la guerra civil española, Madrid, Ministerio de Cultura, 1982; Manuel AZNAR SOLER y Luis Mario SCHNEIDER, II Congreso de Escritores antifascistas (1937). Ponencias, Documentos y Testimonios, Barcelona, Laia, 1979; Frederick BENSON, Writers in Arms. The Literary Impact of the Spanish Civil War, New York University Press/London University Press, 1967; Anthony BLONT, Picasso's Guernica, New York, Oxford University Press, 1969; Valentine CUNNINGHAM, Spanish Front. Writers on the civil war, Oxford University Press, 1986; Herschel B. CHIPP y Javier TUSELL, Guernica. History, transformations, meanings, University of California Press, 1988; Fernando DÍAZ PLAZA, Si mi pluma valiera tu pistola. Los escritores españoles en la guerra civil, Barcelona, Plaza y Janés, 1979; Carlos FERNÁNDEZ CUENCA, La guerra de España y el cine, Madrid, Editora Nacional, 1972; Juan Manuel FERNÁNDEZ SORIA, Educación y cultura en la guerra civil (España, 1936-1939), Valencia, Nau, 1984; Aldo GAROSCI, Los intelectuales y la guerra de España, Madrid, Júcar, 1981; Mariano GÓMEZ SANTOS, Españoles sin fronteras, Barcelona, Planeta, 1983; Luciano GONZALEZ ELIDO, Agonizar en Salamanca. Unamuno (julio-diciembre de 1936), Madrid, Alianza Editorial, 1986; Juan Ramón JIMÉNEZ, Guerra en España (1936-1939), Barcelona, Seix Barral, 1985; Antonio MACIZADO, La guerra. Escritos: 1936-1939, Madrid, Emiliano Escolar, editor, 1983; Fernando MARTÍN MARTÍN, El pabellón español en la Exposición Universal de París en 1937, Sevilla, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1982; Josep RENAU, Arte en peligro, 1936-1939, Valencia, Ayuntamiento, 1980; Valencia, capital de la República. Catálogo de la exposición celebrada en 1986, Ayuntamiento de Valencia, 1986; Stanley WEINTRAUB, The last Great Cause. The Intellectuals and the Spanish Civil War, Londres, W. H. Allen, 1968.
Bibliografía sobre la Hispania visigoda
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Claudius Claudianus: De bello pollentino sive gothico, ed. M. Platanaver, Londres, 1922 (2ª ed. 1956).
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Iordanes: De Getarum sive gotorum origine et rebus gestis, ed. M.G.H., auct. ant. V.
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Bibliografía sobre las áreas culturales de la P. Ibérica prerromana
Para la delimitación del área de las unidades organizativas indígenas es fundamental la obra de M.C. GONZÁLEZ, Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania, Vitoria-Gasteiz, Instituto de Ciencias de la Antigüedad, Anejo n° 2 de Veleia, 1986. Referido a España en general véase la interesante síntesis de A. TOVAR, "Lenguas y pueblos de la Antigua Hispania. Lo que sabemos de nuestros antepasados protohistóricos", Lección inaugural del IV Coloquio sobre Lenguas y Culturas Paleohispánicas de la Península Ibérica, Vitoria, 1985 (tirada aparte) y Veleia 2-3, 1985-86 págs. 15-34. Un estudio de conjunto sobre el trifinium del valle medio del Ebro, aunque matizado en algunos aspectos por aportaciones posteriores del mismo autor, puede verse en G. FATÁS, Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza). II. Tabula Contrebiensís, Zaragoza 1980. Sobre la individualidad de Gallaecia son básicas las obras de G. PEREIRA MENAUT, "Los castella y las comunidades de Gallaecia", en Zephyrus, 34-35, 1982, págs. 249-267 y "Las comunidades galaico-romanas. Hábitat y sociedad en transformación", en Estudos de Cultura Castrexa e de Historia Antiga de Galicia, Santiago de Compostela, 1983, págs. 199-213 y, un poco anterior, G. PEREIRA y J. SANTOS, "Sobre la romanización del Noroeste de la Península Ibérica: las inscripciones con mención del origo personal", en Actas del I Seminario de Arqueologia del Noroeste peninsular, Revista de Guimaraes, 1980, vol. 3, págs. 117-137. Para la delimitación del territorio de los vascones puede verse el trabajo y la bibliografía en él recogida por J J. SAYAS, "Indoeuropeos y vascones en territorio vascón", en Actas del IV Coloquio de Lenguas y Culturas Paleohispánicas de la Península Ibérica, Veleia, 2-3, 1985-86, págs. 399-420. Como obra de carácter general, aunque con una división geográfica distinta, es muy interesante J. CARO BAROJA, Los pueblos de España, Barcelona, 1946 (reed. Madrid, Istmo, 1976).
Con respecto a la visión que los romanos tienen de los pueblos exteriores al imperio ("bárbaros"), véase Y.A. DAUGE, Le Barbare. Recherches sur le conception romaine de la barbarie et de la civilisation, París, 1981. Un análisis más amplio de las noticias de Estrabón sobre los pueblos del norte de Hispania y otros pueblos "bárbaros" se encontrará en P. BRIANT, Etat et pasteurs au Moyen-Orient ancien, París, 1983, especialmente el capítulo 1 "L'anthropologie antique du pasteur et du nomade", págs. 9-56 y, referido más concretamente a los pueblos del Norte, en J.C. BERMF "Tres notas sobre Estrabón. Sociedad, derecho y religión en la cultura castreña", en Gallaecia, 3-4, 1977-78, págs. 71-90 y M.C. GONZÁLEZ, "Notas para la consideración del desarrollo histórico desigual de los pueblos del Norte de la Península Ibérica en la Antigüedad", en Veleia, 5, 1988, págs. 181-187.
Bibliografía sobre las colonizaciones fenicia, griega y púnica
Como bibliografía de carácter general sobre las colonizaciones y los colonizadores véase D. HARDEN, Los fenicios, Barcelona, 1965; S. Moscati, Il mondo dei fenici, Milán, 1966; C. MOSSÉ, La colonisation dans l'antiquité, París, 1970; G. LÓPEZ MONTEAGUDO, "Panorama actual de la colonización semita en la Península Ibérica", en Riv. Stud. Fen., 5, 1977, págs. 155-204; M. ALMAGRO GORBEA, "Colonizzazione e acculturazione nella penisola iberica", Modes de contacte et processus de transformation dans les societées anciennes (Actas del Coloquio de Cortona. Mayo 1981), Pisa-Roma, 1983, págs. 429-461; E.C. GONZÁLEZ WAGNER, Fenicios y cartagineses en la Península Ibérica, Madrid, 1983; G. CHIC GARCÍA y G. DE FRUTOS REYES, "La Península Ibérica en el marco de las colonizaciones mediterráneas", en Habis, 15, 1984, págs. 201-227; J. MALUQUER DE MOTES, "La dualidad comercial fenicia y griega en Occidente", Los fenicios en la Península Ibérica, II, Barcelona, 1986, págs. 202-210.
Sobre la colonización fenicia y cartaginesa en general en la Península Ibérica destacan S. MOSCATi, L'épopée des phéniciens, París, 1971; Id. MOSCATI, I fenici e Cartagine. Societá e costume, Turín, 1972; C.R. WHITTAKER, "The western Phoenicians: colonisation and assimilation", en Procedings of the Cambrídge Philological Society, 200, 1974, págs. 58-79; A. PARROT, M.H. CHEHAB y S. MOSCATI, Les phéniciens. L'expansion phénicienne. Carthage, París, 1975; M. SZYNGER, "L'expansion phénico-punique dans la Mediterranée Occidentale. Problemes et methodes", en II Cong. Int. d'études des Cultures de la mediterranée Occidental, Argel, 1976, págs. 35 ss.; B. WARNING-TREUMANN, "West-Phoenician Presence on the Iberian Peninsula", en TAW, I, 1, 1978, págs. 15 ss.; S. MOSCATi, L'enigma dei Fenici Milán, 1982; H.G. NIEMEYER y otros, Phönizier im Westen, Maguncia, 1982; J.M. BLÁZQUEZ, "Panorama general de la presencia fenicia y púnica en España", en Atti del I Conv. Int. di Studi Fenici e Punichi (Roma, 1979). Roma, 1983, págs. 311-373; M.E. AUBET, "Los fenicios en España: estado de la cuestión y perspectivas", Los fenicios en la Península Ibérica, II, Barcelona, 1986, págs. 9-38.
Algunos trabajos interesantes sobre o a partir de las fuentes para el estudio de la colonización fenicia y púnica son J.M. SOLÁ SOLÉ, "Toponimia fenicio-púnica", en Enciclopedia Lingüística Hispana, Madrid, 1960, págs. 293 ss.; M.G. GUZZO, "Remarques sur la presence phenico-punique en Espagne d'aprés la documentation épigraphique", en II Cong. Int. d'études des Cultures de la Mediterranée Occidentale, II, Argel, 1978, págs. 33-42; G. BUNNES, L' expansion phénicienne en Méditerranée. Essai d' interprétation fondé sur une analyse des traditions littéraires, Institut Hist. Belge de Rome, tomo XVII, 1979; B.L. TRELL, "The World of the Phoenicians, East and West. The Numismatic Evidence", en Proceedings of the IX International Congress of Numismatics, Berna, 1979, págs. 421 ss.; E.C. GONZÁLEZ WAGNER, "Cartago y el Occidente. Una revisión crítica de la evidencia literaria y arqueológica", en In Memoriam Agustín Díaz Toledo, Granada-Almería, 1985, págs. 437-460.
Hay varios estudios referidos a las fases de la expansión y a asentamientos concretos, entre ellos W. CULICAN, "Aspects of the Phoenician Settlements in the West Mediterranean", en Abr-Nahrain, 1, 1961, págs. 36 ss.; H. NIEMEYER, M. PELLICER y H. SCHUBART, "La factoría paleopúnica en la desembocadura del río Algarrobo (Málaga)", en CAN, 9, Zaragoza, 1966, págs 246-249 y 250-254; H. SCHUBART, M. NIEMEYER y M. PELLICER, Toscanos, factoría paleopúnica en la desembocadura del Vélez, en Excavaciones Arqueológicas en España, 66, 1969; W. CULICAN, "Almuñecar, Assur and Phoenician Penetration of the Western Mediterranean", en Levant, 2, 1970, pp. 28-36; J. MUÑIZ, "Málaga y la colonización púnica en el SE peninsular", en Habis, 5, 1974, págs. 109-129; M. TARRADELL, Terracotas púnicas de Ibiza, Barcelona, 1974; Id. y M. FONT, Eivissa cartaginesa, Barcelona, 1975; H.G. NIEMEYER, "A la búsqueda de Mainake: el conflicto entre los testimonios arqueológicos y escritos", en Habis, 10-i1, 1979-80, págs. 279-3032; Id., "El yacimiento fenicio de Toscanos: balance de la investigación 1964-1979" , Huelva Arqueológica, 6, 1982, págs. 101-127; H. SCHUBART, "Phönizische Niederlassungen an der Iberische Südküste", en Phönizier im Westen (Köln, 1979), Mainz, 1982, págs. 207-234; Id., "Asentamientos fenicios en la costa meridional de la Península Ibérica", en Huelva Arqueológica, 6, 1982, págs. 71-99; M.E. AUBET, "Aspectos de la colonización fenicia en Andalucía durante el s. VIII a.C.", en Atti I Convegno Internazionale di Studi Fenici e Punici, III, Roma, 1983, págs. 815-824; Id., Tiro y las colonias fenicias de Occidente, Barcelona, 1987; P.A. BARCELÓ, "Ebusus: ¿colonia fenicia o cartaginesa?", en Gerión, 3, 1983, págs. 271-282; S. F. BONDI, "I Fenici in Occidente", en Modes de contacte et processus de transformation dans les societées anciennes. (Actas del Coloquio de Cortona. Mayo 1981), Pisa-Roma, 1983, págs. 379-407; O. ARTEAGA, J. PADRÓ y E. SANMARTÍ, "La expansión fenicia por las costas de Cataluña y del Languedoc", en Aula Orientalis, 4, 1986, págs. 303-314; S. F. BONDI, "Le role de Gadés dans 1'implantation phénicienne en Espagne", Aula Orientalis, 4, 1986, págs. 137-192; J. GASULL, "Problemática en torno a la ubicación de los asentamientos fenicios en el sur de la península", Los fenicios en la Península Ibérica, II, Barcelona, 1986, págs. 193-201; C. GÓMEZ BELLARD, "Asentamientos rurales en la Ibiza púnica", en Aula Orientalis, 3, 1985, págs. 177-192.
Las causas, objetivos y consecuencias de la colonización fenicia y púnica han sido analizadas en varios de los trabajos antes citados y en A. BALIL, "Los hallazgos monetarios y la influencia púnica en el Levante español", en Caesaraugusta, 7-8, 1957, págs. 111-114; J.M. BLÁZQUEZ, "Aspectos económicos y demográficos en la colonización fenicia", en XIV International Congress of Historical Sciences, San Francisco, 1975; Id., "Ultimas aportaciones al problema de los orígenes de la colonización fenicia en Occidente", en II Cong. Int. de estudios sobre las culturas del Mediterráneo Occidental, Barcelona, 1978, págs. 41 ss.
La colonización griega tiene algunos aspectos de carácter general comunes con la colonización fenicia; por ello remitimos a la bibliografía expuesta al principio. Específicamente sobre la colonización griega en general pueden consultarse J. BOARDMAN, Los griegos en ultramar: comercio y expansión colonial antes de la era clásica, Madrid, 1975; J.P. MOREL, "La expansion phocéen en Occident. Dix années de recherche (1966-1975)", en Bulletin de Correspondance Hellenique, 99, París, 1975, págs. 853-896; G. LÓPEZ MONTEAGUDO , "Panorama actual de la colonización griega en la Península Ibérica", en AEA, 50-51, 1977-78, págs. 3-14; E. RIPOLL PERELLÓ y E. SANMARTÍ GRECO, "La expansión griega en la Península Ibérica", en II Congreso Internacional de Estudios sobre las Culturas del Mediterráneo Occidental (1975), Barcelona, 1978, págs. 21-40; J. ARCE, "Colonización griega en España: algunas consideraciones metodológicas", en AEA, 52, 1979, págs. 105-109; J. ALVAR, "Los medios de navegación de los colonizadores griegos", en AEA, 52, 1979, págs. 67-86; M. ALMAGRO GORBEA, "La "colonización" focense en la Península Ibérica", en La parola del passato, 204-207, 1982, págs. 432-444; J.P. MOREL, "Les relations économiques dans l'Occident grec", en Modes de contacts et processus de transformation dans les sociétés anciennes, Pisa-Roma, 1983, págs. 549-580.
El análisis de las fuentes literarias y, sobre todo, el estudio de las excavaciones arqueológicas, tan importante para estas épocas, es normalmente recogido en la mayoría de los trabajos sobre el tema. Puede verse recientemente, como algo más específico, los trabajos de J.P. MOREL, "Les Phocéens en Occident: certitudes et hipothéses", en La Parola del Passato, 108-110, 1966, págs. 378-420; B.B. SHEFTON, "Greeks and Greek imports in the South of the Iberian Península. The archaeological evidence", en Phönizer im Westem. Madrider Beiträge, 8, 1982, págs. 337-370 y A J. DOMÍNGUEZ MONEDERO, "Reinterpretación de los testimonios acerca de la presencia griega en el sudeste peninsular y levante en época arcaica", en Homenaje a D. Luis Siret (1934-1984), 1986, págs. 601-611.
Algunos títulos específicos sobre establecimientos griegos y sus problemas de identificación, aunque es también un tema recurrente en todos los trabajos sobre colonización, son: J. MALUQUER DE MOTES, "Rhode, la ciutat més antiga de Catalunya", en Homenaje a J. Vicens Vives, vol. I, Barcelona, 1965, págs.143-151; Id., "Rodis y foceus a Catalunya", en In memoriam Carles Riba, Institut d'Estudis Helenics Departament de Filologia Catalana, Ed. Ariel, Barcelona, 1973; P. ROUILLARD, "Les coupes attiques á figures rouges du IV siécle en Andalousie", en MCV, 11, 1975, págs. 21-51; Id., "Les colonies grecques du Sud-est de la Péninsule Ibérique. Etat de la question", La parola del passato, 204-207, 1982, págs. 417-431; A J. DOMÍNGUEZ MONEDERO, "Focea y sus colonias. A propósito de un reciente Coloquio", en Gerión, 3, 1983, págs. 357-377; M J. PENA, "Le probléme de la supposée ville indigene á coté d'Emporion. Nouvelles hypotheses", en DHA, 11, 1985, págs. 69-83; P. CABRERA BONET, "Los griegos en Huelva: los materiales griegos", en Homenáje a D. Luis Siret (1934-1984), 1986, págs. 575-583.
Sobre el carácter y consecuencias de la colonización griega, aparte de títulos anteriormente indicados y de otros que se darán en el apartado dedicado al análisis de los pueblos del área ibera, véase G. VALLET y F. VILLARD, "Ceramique grecque et histoire économique", en Etudes Arquéologigues, París, 1963, págs. 205-217; J. MALUQUER DE MOTES, El impacto colonial griego y el comienzo de la vida urbana en Cataluña, Discurso leído en el Instituto de Estudios Ilerdenses el día 8 de Mayo, Barcelona, 1966; E. LEPORE, "Strutture della colonizzazione focea in Occidente", en La parola del passato, 121-133, 1970, págs. 19-54; V. LULL y M. PICAZO, "Algunos aspectos de la dinámica del movimiento colonial griego", en MHA, 4, 1980, págs. 13-17; E. SANMARTÍ, "Les influences méditterranéennes du nord-est de la Catalogne á l'époque archaique et la réponse indigéne", en La parola del passato, 204-207, 1982, págs. 282-297; T. CHAPA BRUNET, Influjos griegos en la escultura zoomorfa ibérica, Madrid, 1986.
Bibliografía sobre las lenguas peninsulares prerromanas
Aún hoy sigue siendo fundamental el libro de A. TOVAR, The Ancient Languages of Spain and Portugal, Nueva York, S.F. Vanni Publishers and Booksellers, 1961. Puede verse también como estudio antiguo de carácter general J. CARO BAROJA, "La escritura en la España prerromana", Historia de España dirigida por R. Menéndez Pidal, I, 3, Madrid, 1954, págs. 677-812 y, más recientemente, J. UNTERMANN, "La varietá linguistica sull'Iberia prerromana", AI í2 N, 3, 1981, págs. 15-35; J. DE HOZ, "Las lenguas y la epigrafia prerromanas de la Península Ibérica", Actas del VI Congreso Español de Estudios Clásicos. Unidad y pluralidad en el mundo antiguo, Madrid, 1983, págs. 351-396 y J. UNTERMANN, "Die althispanischen Sprachen", Aufstieg und Niedergang der römischen Welt, II, 29, 2, 1983, págs. 791-818.
Son igualmente importantes para este tema muchos de los artículos recogidos en las Actas de los cuatro Coloquios sobre Lenguas y Culturas Prerromanas (Paleohispánicas) de la Península Ibérica, editados los tres primeros en la Universidad de Salamanca y el IV en Vitoria n° 2-3 de la revista Veleia, del Instituto de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad del País Vasco. Estos artículos tienen por objeto alguna de las zonas lingüísticas que hemos estudiado a lo largo de este capítulo.
Como trabajos específicos referidos a alguna de las lenguas prerromanas y no recogidos en las Actas mencionadas conviene resaltar los siguientes: los estudios de M. GÓMEZ MORENO sobre el ibérico y recogidos en Misceláneas: Historia-Arte-Arqueológía, Madrid, 1949, "De epígrafia ibérica: el plomo de Alcoy", págs. 219-231, "Sobre los iberos y su lengua", págs. 233-256 y "La escritura ibérica", págs. 257-281. Sobre el celtibérico conviene ver M. LEJEUNE, Celtiberica, Salamanca, Universidad, 1955; J. DE HOZ y L. MICHELENA, La inscripción celtibérica de Botorrita, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1974 y A. BELTRÁN y A. TOVAR, Contrebia Belaisca. I: El bronce con alfabeto ibérico de Botorrita, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1982. Para el vasco son interesantes L. MICHELENA, "Romanización y lengua vasca", en Fontes Linguae Vasconum, 1984, págs. 189-198; J. DE Hoz, "El euskera y las lenguas vecinas antes de la romanización", en Euskal Linguistika eta Literatura: Bide Berriak, Bilbao, 1981, págs. 27-56; J. GORROCHATEGUI, Estudio sobre la onomástica indígena de Aquitania, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1984 y, del mismo autor, "Historia de las ideas acerca de los límites geográficos del vasco antiguo", en Anuario "Julio de Urquijo", 19, 2, 1985, págs. 571-594.
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Bibliografía sobre los pueblos del área indoeuropea
La delimitación del área de las unidades organizativas indígenas está en M.C. GONZÁLEZ, Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania, Vitoria-Gasteiz, 1986, con un excelente mapa. Los límites entre galaicos y astures y de los galaicos entre sí, así como de los astures con los cántabros y vacceos pueden verse en J. SANTOS, Comunidades indígenas y administración romana en el noroeste hispánico, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1985 y A. TRANOY, La Galice romaine. Recherches sur le Nord-ouest de la Péninsule Ibérique dans l'Antiquité, París, 1981. Los límites de los berones con los pueblos de alrededor (celtiberos, vascones, autrigones, várdulos) están en M.A. VILLACAMPA, Los berones según las fuentes escritas, Logroño, Diputación Provincial, 1980. Sobre el territorio vascón ver G. FATÁS, "Notas sobre el territorio vascón en la Edad Antigua", en Veleia, 2-3, 1985-86, págs. 383-397 y el documentadísimo J. J. SAYAS, "Indoeuropeos y vascones en territorio vascón", en Veleia, 2-3, 1985-86, págs. 399-420. Es muy interesante el trabajo de F. BURILLO, "Sobre el territorio de los lusones, belos y titos en el siglo II a. de C." , en Estudios en homenajea A. Beltrán, Zaragoza, 1986, págs. 529-549, así como para la Celtiberia en general el de M. SALINAS DE FRÍAS, "Geografía de Celtiberia según las fuentes literarias griegas y latinas", en Studia Zamorensia, 9, 1988, págs. 107-115. También es interesante al respecto A. TOVAR, "Las inscripciones de Botorrita y de Peñalba de Villastar y los límites orientales de los celtíberos" en Hispania Antiqua, 3, 1973, pp. 367-405. Sobre los límites con otros pueblos de autrigones y turmogos véase, J.M. SOLANA, Los autrigones a través de las fuentes literarias, Vitoria, 1974 y Los turmogos durante la época romana. 1. Las fuentes literarias, Valladolid, 1976. Para los vettones M. SALINAS, La organización social de los vettones, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982. Para los cántabros J. GONZÁLEZ ECHEGARAY, Los cántabros, Madrid, 1966. En general para todo el área J. MALUQUER, "Los pueblos de la España céltica", en Historia de España dirigida por R. Menéndez Pidal, I, 3, Madrid 1963 (3a. ed.), págs. 5-194; B. TARACENA, "Los pueblos celtibéricos", en Historia de España, dirigida por M. Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1963 (3a. ed.), I, 3, págs. 195 y ss. y F.J. LOMAS, "Pueblos celtas de la Península Ibérica", en Historia de España Antigua. 1. Protohistoria, Madrid, Ed. Cátedra, 1980, págs. 83-110.
Una panorámica general sobre la Edad del Hierro en Occidente puede verse en la Ponencia n° I del Coloquio Internacional sobre La Edad del Hierro en la Meseta Norte, Salamanca 30 de Mayo a 3 de junio de 1984, realizada por J. MALUQUER, "Panorámica General del Hierro en Occidente" y publicada con el resto de trabajos presentados en el n.° 39-40, 1986-87 de Zephyrus. Referida concretamente a la Meseta es la Ponencia IV del citado Coloquio realizada por F. J. GONZÁLEZ-TABLAS, "Transición a la Segunda Edad del Hierro" o la propia Ponencia de G. DELIBES y M. MANZANO en el citado Coloquio, aunque siguen siendo interesantes F. LÓPEZ CUEVILLAS, "La Edad del Hierro en el Noroeste. (La cultura de los Castros)", en IV Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas, Madrid, 1954 y J. MALUQUER DE MOTES, "La Edad del Hierro en la cuenca del Ebro y en la Meseta Central", en la misma obra de conjunto que el anterior. Para todo lo referido a las influencias a través de los Pirineos, son interesantes por los planteamientos que reflejan las aportaciones antiguas de M. ALMAGRO BASCH, "La España de las invasiones célticas", en Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1952, I, 2, págs. 47 y ss., pero las fundamentales las debemos a O. ARTEACA, "Problemas de la penetración céltica en el Pirineo occidental. Ensayo de aproximación", en CAN, 14, Zaragoza, 1977, págs. 549-564 y "Los Pirineos y el problema de las invasiones indoeuropeas", en II Colloqui Internacional d'Arqueologia de Puigcerdá, Puigcerdá, 1978, págs. 13-30; varios artículos de P. BOSCH GIMPERA en Etnología de la Península Ibérica, Barcelona, 1932 (reeditado en Graz, Austria, en 1974); los artículos de BELTRÁN y BLÁZQUEZ en el I Symposium de Prehistoria de la Península Ibérica, Pamplona, 1960 ("La indoeuropeización del valle del Ebro", págs. 103-124, de BELTRÁN y "El legado indoeuropeo en la Hispania romana", págs. 319-362, de BLÁZQUEZ). Junto a ellas debe teners e en cuenta M. ALMAGRO BASCH, "Ligures en España", en Rivista di Studi Liguri, 15, 1949, págs. 195?208 y 16, 1950, págs. 37?56 y P. BOSCH GIMPERA, "Celtas e ilirios", en Zephyrus, 2, 1951, págs. 141?154. El proceso en el territorio de los vascones históricos puede verse en A. CASTIELLA, La Edad del Hierro en Navarra y Rioja, Pamplona, Universidad de Navarra, 1976 y J. J. SAYAS, "El poblamiento romano en el área de los vascones", en Veleia, 1, 1984, págs. 289?310, donde se recoge abundante bibliografía.
Sobre las cerámicas excisas puede verse el artículo de O. ARTEAGA y F. MOLINA, "Anotaciones al problema de las cerámicas excisas peninsulares", CAN, 14, Zaragoza, 1977, págs. 565?586.
Algunas de las publicaciones de excavaciones que pueden servir como referencia de las zonas del valle del Ebro y del Duero en la Edad del Hierro son las de J. MALUQUER, El yacimiento hallstático de Cortes de Navarra, I y II, Excavaciones en Navarra, Pamplona, 1954 y 1955; Excavaciones arqueológicas en el Cerro del Berrueco, Salamanca 1958 y El castro de los Castillejos en Sanchorreja (Avila), Avila, 1958, así como J. GONZÁLEZ?TABLAS, Los Castillejos de Sanchorreja y su incidencia en las culturas del Bronce Final y de la Edad del Hierro de la Meseta Norte, Resumen de Tesis Doctoral, Universidad de Salamanca, 1983. Es interesante también M. BELTRÁN LLORIS, "Introducción a las bases arqueológicas del valle medio del río Ebro en relación con la etapa prerromana", en Estudios en homenaje a A. Beltrán, Zaragoza, 1986, págs. 495?527.
En cuanto a las influencias atlánticas puede verse E. MC WHITE, Estudios sobre las relaciones atlánticas de la Península Ibérica en la Edad del Bronce, Madrid, 1951. Sobre estos temas, más o menos directamente, tratan algunos artículos de los recogidos en las Actas de los cinco coloquios celebrados (cuatro publicados) hasta el momento Sobre Lenguas y Culturas Prehispánicas (Paleohispánicas) de la Península Ibérica, editados los tres primeros en Salamanca y el IV en Vitoria, como n° 2?3 de Veleia, revista del Instituto de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad del País Vasco.
Es abundante la bibliografía sobre la organización socio?política de los pueblos del área indoeuropea. De los numerosos títulos destacamos F. RODRIGUEZ ADRADOS, El sistema gentilicio decimal de los indoeuropeos occidentales y los orígenes de Roma, Madrid, 1948; M. VIGIL, "Romanización y permanencia de estructuras sociales indígenas en la España septentrional", en BRAH, 152, 1963, págs. 225?233; J. CARO BAROJA, "Organización social de los pueblos del Norte de la Península Ibérica en la Antigüedad", en Legio VII Gemina, León, 1970, págs. 13?62; A. BARBERO y M. VIGIL, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, Barcelona, 1974; F. J. LOMAS, Asturias prerromana y altoimperial, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1975 (reedición en Gijón, 1989); M.L. ALBERTOS, "Organizaciones suprafamiliares en la Hispania Antigua", Studia Archaeologica, 37, Valladolid, 1975 (=BSAA, 40?41, 1975, págs. 5?66) y "Organizaciones suprafamiliares en la Hispania Antigua. II", BSAA, 47, 1981, págs. 208?214; M. FAUST, "Tradición lingüística y estructura social. El caso de las gentilidades", en Actas del II Coloquio sobre Lenguas y Culturas Prerromanas, Salamanca, 1979, págs. 435?452; J. URRUELA QUESADA Romanidad e indigenismo en el norte peninsular. Un punto de vista crítico, Madrid, 1981; G. PEREIRA, "Los castella y las comunidades de Gallaecia", en Zephyrus, 34?35, 1982, págs. 249?267 y "Las comunidades galaico?romanas. Habitat y sociedad en transformación", en Estudos de Cultura Castrexa e de Historia Antiga de Galicia, Santiago de Compostela,1983, págs. 199-213; J. SANTOS, Comunidades indígenas y administración romana en el Noroeste hispánico, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1985; M.C. GONZALEZ, Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania, Vitoria-Gasteiz, Instituto de Ciencias de la Antigüedad, 1986; Id., "La organización social indígena del área indoeuropea de la Península Ibérica en la Antigüedad. Estado de la cuestión y consideraciones previas", en J.L. MELENA (ed.), Symbolae L. Mitxelena oblatae, Vitoria, 1985, págs. 547-556; C. GONZÁLEZ y J. SANTOS, "El caso de las llamadas gentilitates: revisión y propuestas", en Veleia, 2-3, 1985-86, págs. 373-382; M. SALINAS DE FRÍAS, Conquista y romanización de la Celtiberia, Salamanca, 1986 y F. BELTRÁN, "Un espejismo historiográfico. Las organizaciones gentilicias hispanas", en Actas del I Congreso Peninsular de Historia Antigua, vol. II, Santiago de Compostela, 1988, págs. 197-237.
Sobre el pretendido matriarcado entre los cántabros y otros pueblos del Norte véase J.J. BACHOFEN, El matriarcado, Madrid, 1987 (primera traducción en español); A. BARBERO y M. VIGIL, "La organización social de los cántabros y sus transformaciones en relación con los orígenes sociales de la Reconquista", en Hispania Antiqua, 1, 1971, págs. 197-232, recogido en Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, Barcelona, Editorial Ariel, 1974; J.C. BERMEJO, "Tres notas sobre Estrabón. Sociedad, derecho y religión en la cultura castreña", en Gallaecia 3/4, 1977-78, págs. 71-90; E. CANTARELLA, L'ambiguo malanno. Condizione e immagine della donna nell'antichitá greca e romana, Roma 1985 (2.a edición); R. FOX, Sistemas de parentesco y matrimonio, Madrid, Alianza Universidad, 1972; M.C. GONZÁLEZ RODRíGUEZ, Los vadinienses a través de su epigrafía latina. Tesis de Licenciatura. Vitoria, 1981 y AAVV, La femme dans le monde Mediterranéen, 1. Antiquité. Lyon, Maison de l'Orient, 1985.
Sobre el hospitium la bibliografia más interesante es la siguiente: J.M. RAMOS LOSCERTALES, "Hospicio y clientela en la España céltica", Emerita, 10, 1948, págs. 308-337; M. LEJEUNE, Celtiberica, Salamanca, 1955; F J. LOMAS, "Instituciones indoeuropeas", en Historia de España Antigua. Vol. I. Protohistoria, Madrid, Ed. Cátedra, 1980, cap. IV; M. SALINAS DE FRAY, "La función del hospitium y la clientela en la conquista y romanización de Celtiberia", en Studia Historica, 1, 1983, págs. 21-41; A. COELHO FERREIRA DA SILVA, "As tesserae hospitalis de Castro de Senhora de Saúde ou Monte Mourado (Pedroso.V.N. da Gaia). Contributo para o estudio das instituiçoes e povoamento da Hispania Antiga", en Gaia, 1, 1983, págs. 9-26 + mapas, fotos y láminas, así como un interesantísimo cuadro sinóptico de las tesseras de hospitalidad de toda Hispania; G. PEREIRA MENAUT, "Cambios estructurales versus romanización convencional. La transformación del paisaje político en el Norte de Hispania" en Estudios sobre la Tabula Siarensis, Madrid, C.S.I.C., 1988, págs. 245-259; M.D. DOPICo, La Tabula Lougeiorum. Estudios sobre la implantación romana en Hispania, Vitoria-Gasteiz, Anejo n° 5 de Veleia, 1988 y, de la misma autora, el interesante artículo que recoge y sintetiza el sentir actual sobre el tema, "El hospitium celtibérico. Un mito que se desvanece", Latomus, 48, fasc. 1, 1989, págs. 19-35.
Es quizá el de la economía uno de los capítulos donde más escasos son los estudios monográficos; por ello aún son válidos títulos ya un poco antiguos como J. COSTA, Colectivismo agrario en España, Buenos Aires, 1944; F. LÓPEZ CUEVILLAS, Las joyas castreñas, Madrid, 1951 y "El comercio y los medios de transporte en los pueblos costeños", Cuadernos de Estudios Gallegos, 10, 1955, págs. 145-153; J.M. BLÁZQUEZ, "La economía ganadera de la España antigua a la luz de las fuentes literarias griegas y romanas", Emerita, 25, 1957, págs. 159-184 y "Economía de los pueblos prerromanos del área no ibérica hasta la época de Augusto", en Estudios de Economía antigua de la Península Ibérica, Barcelona, Ed. Vicens Vives, 1968, págs. ir 191-269; M. SALINAS DE FRíAS, "Algunos aspectos económicos y sociales de los pueblos prerromanos de la Meseta", en MHA, 3, 1979, págs. 73-79; G. LÓPEZ MONTEAGUDO, Expansión de los "verracos" y características de su cultura, Universidad Complutense, Madrid, 1983. A esto hay que añadir los capítulos correspondientes de los manuales al uso (Cátedra, Labor, Espasa Calpe, Rialp, etc.).
Aparte de las obras de carácter general citadas en el apartado dedicado a la religión de los iberos, conviene señalar como específicas J. LEITE DE VASCONCELHOS, Religióes da Lusitania, II vol., Lisboa, 1905 (reimp. facs., Lisboa, 1981); J. M. BLÁZQUEZ, "Las religiones indígenas del área N.O. de la Península Ibérica en relación con Roma", en Legio VII Gemina, León, 1970, págs. 63-77; J.C. BERMEJO, "La religión y la mitología castreñas: problemas metodológicos. La guerra y los dioses de la guerra. Los ratones y los dioses: la representación de la plaga y la peste en el pensamiento antiguo y Los dioses de los caminos", en La sociedad en la Galicia castreña, Santiago de Compostela, 1978, págs. 27-117; M.L. ALBERTOS, "A propósito de algunas divinidades lusitanas", en Symbolae L. Mitxelena oblatae, vol. I, Vitoria, 1985, págs 469-472 y F. MARCO SIMÓN, "La religión de los celtiberos" en I Symposium sobre los celtíberos, Daroca, 1986. Institución "Fernando el Católico", Zaragoza, 1987, págs. 55-74 y G. SOPEÑA, Dioses, ética y ritos. Aproximaciones para una comprensión de la religiosidad entre los pueblos celtibéricos, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 1987, que recogen toda la bibliografia anterior.
Bibliografía sobre los pueblos iberos
Como monografía general sobre los iberos es todavía interesante la de A. ARRIBAS, Los iberos, Barcelona, 1965 y una algo anterior de D. FLETCHER, Problemas de la cultura ibérica, Valencia, 1960. Una monografía más reciente que conocemos sobre el tema es la obra de D. FLETCHER, Els ibers, Valencia, 1983. Existen también estudios sobre pueblos o zonas concretas, como por ejemplo los de R. PITA, Los ilergetes, Lérida, 1948; G. FATÁS, La Sedetania. Las tierras zaragozanas hasta la fundación de Caesaraugusta, Zaragoza, 1973; M. GIL MASCARELL y C. ARANEGUI, El Bronce Final y el Hierro Antiguo en el País Valenciano, Valencia, 1981; A. RUIZ, Los Pueblos Iberos del Alto Guadalquivir. Análisis de un proceso de transición, Tesis doctoral de la Universidad de Granada, 340, Granada, 1981; E. LLOBREGAT, Contestania ibérica, Albacete, 1972; J. UROZ, Economía y sociedad en la Contestania ibérica, Alicante, Diputación, 1981 y, del mismo autor, La regio edetania en la época ibérica, Alicante, Diputación Provincial, 1983; L. ABAD CABAL, Los orígenes de la ciudad de Alicante, Alicante, 1984; E. PONS y BRUN, L'Empordá- De l'Edat del Bronce a l'Edat del Ferro (1100-600 a. de C.), Girona, 1984; G. RUIZ ZAPATERO, Los campos de urnas del Nordeste de la Península Ibérica. Tesis doctoral, Madrid, Universidad Complutense, 1983-85. Para el conocimiento de lo que sucede en el valle del Ebro es importante, junto con la obra un poco anterior de Fatás, ya citada, el trabajo de F. BURILLO, El valle medio del Ebro en época ibérica. Contribución a su estudio en los ríos Huerva y Jiloca Medio, Zaragoza, 1980.
De especial importancia para el conocimiento de la formación de las distintas zonas del mundo ibérico son las Actas del Simposi Internacional Els origens del món iberic, celebrado en Barcelona y Ampurias en 1977 y publicado en la revista Ampurias, 38-40, Barcelona, 1976-1978, así como Els pobles Pre-romans del Pirineu, 2, C.I.A.P., Puigcerdá, 1976. Puede ser de interés también A. BELTRÁN, "Orígenes y desarrollo de las comunidades ibéricas", Cuaderni del Centro di studi per l'Archeolog'ia etrusco-italica II, Roma, 1978, págs. 29-48. Un reciente estado de la cuestión, sobre todo desde el punto de vista del análisis de la distribución del poblamiento incorporando las investigaciones más nuevas en la materia, puede verse en A. RUIZ y M. MOLINOS (ed. ), Iberos. Actas de las I jornadas sobre el Mundo Ibérico, Jaén 1985, Jaén, Ayuntamiento de Jaén y Junta de Andalucía, 1987. También en este sentido conviene resaltar obras anteriores, como las de J. MALUQUER, "Los pueblos ibéricos", en Historia de España dirigida por Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1954,1, 3, págs. 305-370; M. TARRADELL, El País Valenciano del Neolítico a la iberización, Valencia, 1962; J. FORTEA y J. BERNIER, Recintos y fortificaciones ibéricas en la Bética prerromana, Salamanca, Universidad, 1970; F. BURILLO, El valle medio del Ebro en época ibérica, Zaragoza, 1980 o P. LILLO CARPIO, El poblamiento ibérico en la provincia de Murcia, Universidad de Murcia, 1981. Es muy interesante también a este respecto el trabajo de A. Ruiz y M. MOLINOS, "Elementos para un estudio del patrón de asentamiento en las Campiñas del Alto Guadalquivir durante el Horizonte Pleno ibérico (Un caso de sociedad agrícola con estado)", Arqueología Espacial. Coloquio sobre distribución y relaciones entre los asentamientos, 4, Teruel, 1984, págs. 187-206.
Sobre el decreto de Emilio Paulo y las relaciones sociales en la zona meridional del mundo ibérico es necesario ver como estudios más recientes J. MANGAS, "Servidumbre comunitaria en la Bética prerromana", en MHA, 1, Oviedo, 1978, págs. 151-162; A. RUIZ RODRÍGUEZ, "Las clases dominantes en la formación social ibérica de la Península Ibérica", en MHA, 1, Oviedo, 1977, págs. 141-150; L.A. GARCÍA MORENO, "Sobre el decreto de Paulo Emilio y la Turris Lascutana", en Reunión sobre epigrafía hispana de época romano-republicana, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986, págs. 195-218 y F. MARCO, "La manumissio oficial de Emilio Paulo en el marco de la política internacional romana del siglo II a.C.", en Reunión sobre epigrafía hispana de época romano-republicana, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986, págs. 219-225. Puede verse también J. CARO BAROJA, "Regímenes sociales y económicos de la España prerromana", Revista Internacional de Sociología 1, Madrid, 1943, págs. 149-190; T. GIMENO, "Cambios sociales en el valle inferior del Ebro desde la iberización a la romanización", en MHA, 3, 1979, págs. 139-146 y M. ALMAGRO GORBEA, "Arquitectura y sociedad en la cultura ibérica", en Architecture et société de l'archaisme grec a la fin de la Republique romaine (Roma, 1980), 1983, págs. 387-414.
Para el conocimiento del tema de la realeza y los reyes en la España antigua es de obligada lectura J. CARO BAROJA, "La "realeza" y los reyes en la España antigua", en Estudios sobre la España antigua, Madrid, Cuadernos de la Fundación Pastor, 1972. _
Para la clientela y la devotio es conveniente ver J.M. RAMOS LOSCERTALES, "La devotio ibérica", Anuario de Historia del Derecho Español, 1, 1924; F. RODRíGUEZ ADRADOS, "La fides ibérica", en Emerita 14, Madrid, 1946, págs. 128-204; A. PRIETO ARCINIEGA, "La devotio ibérica como forma de dependencia en la Hispania romana", en MHA, 2, Oviedo, 1978, págs. 137-146.
Sobre la economía de los iberos pueden verse los trabajos de R. LÓPEZ DOMECH, "Aspectos económicos de los oretanos", en MHA, 3, Oviedo, 1979, págs. 21-29; A. RUIZ y M. MOLINOS, "Algunas consideraciones para la reconstrucción de las relaciones sociales en los sectores dominantes de la producción económica ibera (agricultura y minería)", MHA, 3, Oviedo, 1979, págs. 147-155. Siguen siendo importantes todavía hoy las aportaciones de E. CUADRADO, E. PLA BALLESTER y G. TRÍAS en la obra conjunta dirigida por M. TARRADELL, Estudios de economía antigua de la Península Ibérica, (Primera reunión de Historia de la economía antigua de la Península Ibérica), Barcelona, Ed. Vicens-Vives, 1968; J. PONS SALA, "Propiedad privada de la tierra y comercio campesino pirenaicos", en MHA, 3, 1979, págs. 111-124; T. GIMENO, "Formas y relaciones de intercambio comercial en el NE peninsular ibérico en torno al siglo III a.C.", en MHA, 4, 1980, págs. 151-165, lo mismo que F. Presedo, "Economía ibérica", en Historia de España Antigua. Tomo 1. Protohistoria, Madrid, Ed. Cátedra, 1980, capítulo VII. Sobre la minería en concreto véase C. DOMERQUE, "Note sur le district minier de Linares-La Carolina (Jaén, Espagne) dans 1'Antiquité", en Mélanges de préhistoire, archéo-civilisation et ethnologie offerts á V. Varagnac, París, 1971; T. TAMAIN, "Contribución al estudio de la antigua metalurgia del plomo en España", en Oretania, 12, 1962; M. SORIA y M. LÓPEZ, "Herramientas inéditas de las minas de "El Centenillo" (Jaén)", CAN, 15, 1979, o P.A. LILLO CARPIO, "Consideraciones sobre el laboreo de metales como factor determinante del poblamiento del SE en el I milenio a.C.", en Pyrenae, 15-16, 1979-80, págs. 167-179, sólo por citar algunos estudios recientes.
Sobre la moneda véase A. M. DE GUADÁN, Las monedas de Gades, Barcelona, 1963; Id., Las monedas de plata de Emporion y Rhode, Barcelona, 1968-1970; M.P. GARCÍA BELLIDO, Las monedas de Cástulo con escritura indígena. Historia numismática de una ciudad minera, Barcelona, 1982; L. VILLARONGA, Numismática antigua de España, Barcelona, 1979; R. C. KNAPP, "The Date and Purpose of the Iberian Denarii", The Numismatic Chronicle, 1977 y F. BELTRÁN, "Sobre la función de la moneda ibérica e hispano-romana", en Homenaje a A. Beltrán, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1986, págs. 889-914. Algún interesante punto de vista puede verse en M. TARRADELL, "Las cecas ibéricas, ¿economía o política?", en Homenaje a A. Beltrán, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1986, págs. 915-917.
Como obras sobre aspectos generales del arte ibérico pueden verse las de G. NICOLINI, Les bronzes figurés des sanctuaires ibériques, París., P.U.F., 1969 y L'art et la civilisation de l´Espagne antique. Les Ibéres, París, 1973; M. TARRADELL, Arte ibérico, Barcelona, 1968; A. GARCÍA y BELLIDO, Arte ibérico en España, Madrid, 1980; F. PRESEDO, "El arte ibérico", en Historia de España Antigua. Tomo 1. Protohistoria, Madrid, Ed. Cátedra, 1980, capítulo X; M. TARRADELL, "El arte ibérico", en Historia de España dirigida por M. TUÑÓN DE LARA, 1. Introducción, Primeras Culturas e Hispania romana, págs. 145-152; A. BLANCO, Historia del Arte Hispánico, I. La Antigüedad, 2, Madrid, 1981; T. CHAPA BRUNET, La escultura ibérica zoomorfa, Madrid, Editora Nacional, 1984 y V. PAGE DEL POZO, Imitaciones de influjo griego en la cerámica de Valencia, Alicante y Murcia, Madrid, C.S.I.C., 1985. Sobre aspectos más concretos deben verse F. ALVAREZ OSORIO, Museo Arqueológico Nacional. Catálogo de los exvotos de bronce ibéricos, Madrid, 1941; A. GARCÍA y BELLIDO, La arquitectura entre los iberos, Madrid, 1945 y, del mismo autor, La Dama de Elche, Madrid, 1943; F. PRESEDO, La Dama de Baza, Madrid, Trabajos de Prehistoria, 30, 1973, y La necrópolis de Baza, Excavaciones Arqueológicas en España, n° 119, Madrid, 1982; J. CABRÉ, "Arquitectura hispánica: el sepulcro de Toya", AEA 1, 1925; J.M. BLÁZQUEZ, "La cámara sepulcral de Tova y sus paralelos etruscos", Oretania, 5, Linares, 1960, págs. 233 y ss.; M.C. MARÍN CEBALLOS, "Algunos aspectos de la iconografía funeraria ibérica", Actas del I Congreso Andaluz de Estudios Clásicos (Jaén. 1981), 1982, págs. 271-275 y M. ALMAGRO GORBEA, "Pozo Moro. El monumento orientalizante, su contexto sociocultural y sus paralelos en la arquitectura funeraria ibérica", Madrider Mitteilungen, 24, 1983, págs. 177-293; A. GARCÍA y BELLIDO, "La pintura mayor entre los iberos", en Archivo Español de Arqueología, 18, 1945, págs. 250 y ss.; E. CUADRADO, Materiales ibéricos: cerámica roja de procedencia incierta, Salamanca, 1953; M. PELLICER, " La cerámica ibérica del Valle del Ebro", en Caesaraugusta 19-20, 1962, págs. 37 y ss. y, del mismo autor, "La cerámica ibérica del Cabezo de Alcalá de Azaila", en Caesaraugusta, 33-34, 1969-1970, págs. 63-88 y S. NORDSTRÖM, La ceramique peinte ibérique de la province d'Alicante, 2 vols., Alicante, 1969 y 1973 y también A. GARCÍA y BELLIDO, Iberische Kunst in Spanien, Maguncia-Berlín, 1971.
Sobre el traje de los iberos hemos seguido fundamentalmente a F. PRESEDO, "El traje ibérico" en Historia de España Antigua. Tomo I. Protohistoria, Madrid, Ed. Cátedra, 1980, pp. 210-214.
La bibliografía sobre la escritura ibérica se encontrará más adelante en la bibliografía correspondiente al capítulo de las lenguas prerromanas de España.
Para el conocimiento de la religiosidad de los iberos es imprescindible actualmente la Tesis Doctoral de M.C. MARÍN CEBALLOS (La religión de los iberos), realizada en la Universidad de Sevilla y, como tantos otros trabajos fundamentales de nuestra Historia Antigua, sin publicar por el gran costo que supone. Obras generales sobre la religiosidad de los pueblos prerromanos de España son las de J.M. BLÁZQUEZ, "La religiosidad de los pueblos hispanos vista por los autores griegos y latinos", en Emerita, 26, 1958, págs. 79-110; del mismo autor Religiones primitivas de Hispania. I. Fuentes Literarias y epigráficas, Madrid, 1962; Imagen y mito. Estudios sobre las religiones mediterráneas e ibéricas, Madrid, 1975 y Primitivas religiones ibéricas. II. Religiones prerromanas, Madrid, 1983 (con un apéndice de M.L. ALBERTOS sobre teónimos hispanos); J. MANGAS, "Religiones indígenas en Hispania", en Historia de España Antigua. II: Hispania romana, Madrid, Ed. Cátedra, 1978, págs. 579-612. De los estudios específicos hay que resaltar los de M.C. MARÍN CEBALLOS, "Documentos para el estudio de la religión Fenicio-Púnica en la Península Ibérica. II: deidades masculinas", en Habis, 11, 1979-1980, págs. 217-231, M.R. LUCAS, "Santuarios y dioses en la Baja Época Ibérica", en La Baja Época de la cultura Ibérica, Madrid, 1981, págs. 233-293 y F. MARCO, "Consideraciones sobre la religiosidad ibérica en el ámbito turolense", en Kalathos, 3-4, 1983-84, págs. 71-93.
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Tartessos ha sido objeto de varios Coloquios, Symposia y publicaciones de carácter monográfico, aparte de otros muchos estudios particulares. Entre los primeros destacan el V Symposium de Prehistoria Peninsular, Barcelona 1969 y el número 38-40, 1976-78 de la revista Ampurias.
Sobre los orígenes de Tartessos la bibliografía más interesante es A. SCHULTEN, Tartessos, Madrid, 1945; J. MALUQUER DE MOTES, "Nuevas orientaciones en el problema de Tartessos", en I Symposium de Prehistoria Peninsular, Barcelona, 1959, págs 273-301; J. DE M. CARRIAZO, Tartessos y "El Carambolo", Madrid, 1973; J.M. BLÁZQUEZ, Tartessos y la colonización fenicia en Occidente, Salamanca, 1975; M. BENDALA, "Notas sobre las estelas decoradas del S.W. y los orígenes de Tartessos", en Habis, 8, 1977, págs. 177-207; Id., "Las más antiguas navegaciones griegas en España y el origen de Tartessos", en AEA, 52, 1979, págs. 33-38; Id., "Historia de Tartessos", en Historia de Andalucía, Madrid, 1980, págs. 93 ss.; M.E. AUBET, "Algunas cuestiones en torno al período orientalizante tartésico", en Pyrenae, 13-14, 1977-78, págs. 81-107; E. C. GONZÁLEZ WAGNER, Fenicios y cartagineses en la Península Ibérica, Madrid, 1983; Id., "Aproximación al proceso histórico de Tartessos, AEA, 56, 1983, págs. 3-37; Id., "Notas en torno a la aculturación de Tartessos", en Gerión, 4, 1986, pp. 129-160; J.B. CIRKIN, "Les grecs et Tartessos", en La region mediterranéenne durant le premier milenaire av. n. e., Leningrado 1984; Y.B. TSIRKIN, "The Greeks and Tartessos", en Oikumene, 5, 1986, págs. 163-171 y F. Gascó, "Gárgoris y Habis. La leyenda de los orígenes de Tartessos", en Revista de Estudios Andaluces, 8, 1987, págs. 127-145.
Respecto al problema de las fuentes literarias y la arqueología pueden verse U. TÄCKHOLM, "Tarsis, Tartessos und die Säulen des Herakles", en OR, 5, 1965, págs. 143 ss.; Id., "Neue Studien zum Tarsis-Tartessosproblem", Opus, 10, 3, 1974, págs. 41-57; P. CINTAS, "Tarsis-Tartessos-Gadés" , en Semitica, 16, 1966, págs. 5-37; J. ARCE, "Tharsis-India-Aethiopia: a propósito de Hieronm., Ep. 37" , en Riv. Stud. Fen., 5, 2, 1977, págs. 127-130; M. ALMAGRO BASCH, "El problema de Tartessos según los documentos arqueológicos", en Cuaderni del Centro di Studi per l'archeologia etrusco-itálica 2, 1978, págs. 11-20 (=RUMadrid, 1, 1981, págs. 54-73); W. TYLOCH, "Le probléme de Tarsis a la lumiére de la philologie et 1'exegese", en II Congres International d'études des Cultures de la Mediterranée Occidéntale II, 1978, págs. 46 ss.; L. GARCÍA IGLESIAS, "La Península Ibérica y las tradiciones griegas de tipo mítico", en AEA, 52, 1979, págs. 131-140; L. GARCÍA MORENO, "Justino 44, 4 y la historia interna de Tartessos", en AEA, 52, 1979, págs. 111-131; S.B. HOENIG, "Tarshish", en Jewish Quaterly Rewiew 69, 1979, págs. 181 ss.; J. ALVAR, "Aportaciones al estudio del Tarshish bíblico", en Rív. Stud. Fen., 10, 1982, págs. 211-230; M. KOCH, Tarshisch und Hispanien, Berlín, 1984; J. GIL, "Tarsis y Tartesos", en Veleia, 2-3, 1985-86, págs. 421-432; E.C. GONZÁLEZ WAGNER, "Tartessos y las tradiciones literarias", en Riv. Stud. Fen., 19, 2, 1986, págs. 201-228; J.G. CHAMORRO, "Survey of archaeological research of Tartessos", en American Journal of Archaeology, 91, 1987, págs. 197-232; J. TISCHLER, "Der Ortsname Tarsos und Verwandtes", en Zeitschrft für Vergleichende Sprachforschung, 1987, págs. 339-350.
Entre los trabajos sobre la realeza tartésica están los siguientes: A. SCHULTEN, "Tartessos, la más antigua ciudad de Occidente", en Revista de Occidente, 1, 1923, págs. 67-94; W. BURKERT, "Le myte de Géryon: perspectives préhistoriques et tradition rituelle", en B. Gentili y G. Paione, Il mito Greco, Atti del Convegno Internazionale, Urbino 1-12 Mayo, 1973, Roma, 1977, págs 273-283; J.C. BERMEJO "La función real en la mitología tartésica. Gárgoris, Habis y Aristeo", en Habis, 9, 1978, págs. 215-232; Id., Mitología y mitos en la Hispania prerromana, Madrid, 1982.
La sociedad y la economía de Tartessos, aparte de en varios de los títulos ya antes mencionados, puede verse en J J. JULLY, "Le marché du métal en Mediterranée Occidentale au premier âge du fer: sémites et etrusques", en OR, 6, 1968, págs. 27 ss.; J. ALVAR, "El comercio del estaño atlántico en el período orientalizante", en MHA, 4, 1980, págs. 43-49; A. BISI, " Elementi orientali e orientalizzanti nell'artigiano tartessico", en Riv. Stud. Fen., 8, 1980, págs. 225 ss.; A. PRIETO ARCINIEGA, "La pervivencia del elemento indígena en la Bélica", en Faventia, 2, 1, 1980, págs. 37-46; M.E. AUBET, "La aristocracia tartésica durante el período orientalizante", en Opus, 3, 1984, págs. 445-468; M.C. FLORIDO NAVARRO, "Las ánforas del período orientalizante e iberopúnico del Carambolo (Sevilla)", en Habis, 16, 1985, págs. 487-516.
Las relaciones entre Tartessos y el mundo griego y fenicio, así como la influencia de estos elementos en el origen de la cultura ibérica pueden verse, aparte de en trabajos ya antes citados, en J.P. MOREL, "Les phoceens dans 1'extreme Occident vus depuis Tartessos", en La parola del passato, 120-123, 1970, págs. 285-289; M. ALMAGRO BASCH, "Las raíces del arte ibérico", en L'Aniversario de la Fundación del Laboratorio de Arqueología, 1924-1974, Valencia, 1975, págs. 251 SS.; Id., "Resistencia y asimilación de elementos culturales del Mediterráneo oriental en la Iberia prerromana", en Assimilation et résistence á la culture gréco-romaine dans le Monde Ancien, Bucarest-París, 1976, págs. 126-130; O. ARTEAGA y M.R SERNA, "Influjos fenicios en la región del Bajo Segura", en CAN, 13, 1975, págs. 737-750; L. ABAD CABAL, "Consideraciones en torno a Tartessos y el origen de la cultura ibérica", en AEA, 52, 1979, págs. 175-193; M. BENDALA, "Las más antiguas navegaciones griegas en España y el origen de Tartessos", en AEA, 52, 1979, págs. 33-38; J. ALVAR, La navegación prerromana en la Península Ibérica: colonizadores e indígenas, Madrid, 1981; Y.B. TSIRKIN, "The Greeks and Tartessos", en Oikumene, 5, 1986, págs. 163-171.
Sobre la escritura véase J. DE Hoz, "Escritura e influencia clásica en los pueblos prerromanos de la Península Ibérica", en AEA, 52, 1979, págs. 227-250; Id., "Escritura fenicia y escrituras hispánicas. Algunos aspectos de su relación", en Aula Orientalis, 4, 1986, págs. 73-84; J.A. CORREA, "Escritura y lengua prerromanas en el sur de la Península Ibérica", en Unidad y pluralidad en el mundo antiguo, Actas del VI CEEC, Madrid, 1983, págs. 397-411.
Bibliografía y notas sobre los reinos de taifas
Notas
(1) El proceso contra Ibn Hatim al-Tulaytulí. En el volumen VI de "Estudios Onomástico-Biográficos de al-Andalus" (1992).
(2) Cf. Miguel Asín en "Al-Andalus" 3 (1935), 383-389.
(3) CL Ibn Bassam: Dajira (cf. nota 4), 4, 1, 152-156.
(4) Cf. Ibn Bassam: Dajira, edición de Ihsán Abbás 3, 1, 409-418, y compleméntese con lo que el mismo Ibn Bassam nos narra de Abul-Fadl... b. Abd al-Wahid (4, 1, 17).
(5) Cf. el Catálogo El legado científico andalusí.
(6) Para estas cuestiones es muy útil la consulta del volumen miscelánea publicado por García Sánchez: Ciencias de la naturaleza en al-Andalus.
Bibliografía
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Guichard, P., L'Espagne et la Sicile musulmanes aux XIe-XIIe siécles, Lyon, Presses Universitaires, 1990.
García Sánchez, E. (ed.), Ciencias de la naturaleza en al-Andalus. Textos y estudios, Granada, Escuela de Estudios Arabes, 1, 1990.
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Vernet, J., La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente, Barcelona, Ariel, 1978.
Vernet, J., y Samsó, J. (Comisarios de la Exposición y directores del Catálogo): El legado científico andalusí, Museo Arqueológico Nacional, Centro Nacional de Exposiciones, Ministerio de Cultura, Madrid, 1992.
Viguera, M. J., Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes, Madrid, Mapfre, 1992.
Wasserstein, D., The rice and fall of the Party-Kings, Princeton University Press, 1985.
Califas almohades en al-Andalus
La consolidación del poder político almohade en el Magreb fue un hecho de esencial importancia, puesto que permitió prestar mayor atención al sector peninsular del Imperio. Hasta entonces, el califa Abd al-Mumin mantenía en al-Andalus una intensa actividad militar y diplomática, utilizando, además, los efectos psicológicos de sus victorias magrebíes. En 1160, llegaron noticias a Sevilla de que los rebeldes Ibn Mardanis e Ibn Hamusk habían sitiado Córdoba. En 1159, se había apoderado el primero de Jaén y poco antes, en 1158, habían tomado ambos Écija y Carmona. Sevilla quedaba así seriamente amenazada.Abd al-Mumin decidió entonces visitar y centrarse en al-Andalus y, para ello, estableció como base de operaciones Gibraltar. Allí permaneció durante unos meses hasta enero de 1161, en que confirmó a su hijo Abu Yaqub Yusuf, el que sería su sucesor, como gobernador de Sevilla, donde ya ejercía como tal desde 1155. A su vuelta de Marrakech, sede del Imperio, con conocimiento directo de la situación andalusí, mandó tropas al tiempo que fortaleció la conquista doctrinal mediante el envío de misivas recordando a sus súbditos las líneas esenciales del credo almohade.Era un hecho consumado que desde 1160 los resistentes andalusíes se dedicaron a atacar Sevilla, Córdoba y Granada, ciudades que exigieron sofisticadas estrategias militares para ser recuperadas. Entre tanto, el califa decidió trasladar la capitalidad de al-Andalus a Córdoba, empresa efímera, pues a la muerte de aquél, en 1163, ocho meses después de tomar dicha decisión, su hijo y sucesor Abu Yaqub determinó que Sevilla continuara ostentando la capitalidad.Abu Yaqub (1163-1184) heredó una situación en auge y supo mantenerla. Según los cronistas de la época, fue el más culto de todos los soberanos almohades y afirman que era erudito en árabe, literatura, ciencias religiosas, filosofía y medicina y, además, un gran bibliófilo que se rodeó de una corte ilustrada en la que contó con personajes de la talla de Ibn Tufayl y Averroes. En lo que se refiere al gobierno de al-Andalus, confió las distintas provincias a parientes y allegados, y decidió emprender la lucha contra Ibn Mardanis, que se mantuvo hasta la muerte de éste en 1172; sus familiares aceptaron finalmente a los almohades.Mientras tanto, en el Oeste peninsular Giraldo "sem Pavor", que comenzó sus ataques en 1163, tomó Trujillo, Cáceres y Evora en 1165; al año siguiente, Montánchez y Serpa, y en 1169, Badajoz, atacando incluso posesiones de Fernando II de León, que se alió con los almohades. Juntos entraron este mismo año en Badajoz, que quedó en manos musulmanas. Fernando II el Baboso fundaba poco después la Orden de Santiago y la "colocaba en la Extremadura cacereña, estratégicamente preparada para avanzar y guardar", tal como escribe Mª Jesús Viguera en su obra Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes.A pesar de las dificultades de control territorial, fueron éstos momentos de prosperidad económica, tanto en el Magreb como en al-Andalus, prosperidad que se reflejó también en una gran labor constructiva ejemplificada, aún hoy día, en diversos vestigios muy conocidos, como la Torre del Oro y el alminar de la gran mezquita de Sevilla, la Giralda.La expansión portuguesa continuaba, al tiempo que Alfonso VIII de Castilla acampaba cerca de Córdoba y se dirigía contra Sevilla y Algeciras en 1182, contando con el apoyo de Fernando IIde León, aliado de Castilla en 1183. Todo esto obligó a Abu Yaqub a volver a la Península desde el Magreb en 1184. Se dirigió a Santarem donde sufrió una herida mortal. Su muerte fue mantenida en secreto durante algún tiempo para evitar discordias hasta que fue nombrado sucesor su hijo Abu Yusuf Yaqub en Sevilla (1184-1199). Este fue proclamado en el Alcázar y a continuación marchó a Marrakech donde también fue reconocido. La situación a este lado del Estrecho se deterioraba y Abu Yusuf tuvo que volver a la Península; en 1190, desembarcó en Tarifa y continuó hasta Córdoba donde pactó treguas con Castilla, previamente acordadas con León. Su objetivo primordial se centraba en Portugal, donde también firmó treguas. De nuevo, marchó al Magreb para volver a la Península en 1195 para enfrentarse con Alfonso VIII de Castilla, al que derrotó en la famosa batalla de Alarcos, al norte de Córdoba. Esta victoria sobre los castellanos dio estímulos suficientes a los musulmanes para continuar hacia el norte, llegando a poner sitio a Toledo, aunque el califa tuvo que volver a Sevilla para retomar la capital de su Imperio, donde murió en 1199.Entre los problemas con los que se enfrentó Abu Yusuf se encontraba la cuestión de los fundamentos religiosos. Sumido en el celo de los eruditos más devotos, que denunciaban el peligro de ciertos pensadores, decidió quemar todo lo que aquéllos consideraban subversivo; entre los afectados estuvo Averroes, cuyas obras fueron prohibidas. Por otra parte, hay que señalar que se manifestó como un eficiente estadista, preocupado, al igual que su antecesor, por la actividad constructiva.
Cambio social
La transformación de España en el terreno económico no se puede disociar de ninguna manera de un cambio que ha tenido lugar al mismo tiempo en la sociedad. Esta afirmación no sólo vale para la etapa socialista sino también para la anterior de la UCD porque, en realidad, en este aspecto, como en tantos otros, la obra de los socialistas en el poder ha sido mucho más de continuidad con el pasado que de ruptura con él.
Sin duda gran parte de los cambios acontecidos en la Historia reciente española deriva del crecimiento económico o se relaciona con él. Ha sido éste, por ejemplo, el que ha permitido que la cuantía de las pensiones pasara en la década 1982-1992 de uno a cinco billones de pesetas, que se crearan casi un millón y medio de puestos escolares o que el gasto social se multiplicara por más de tres. Decía Aristóteles que las democracias suelen fundamentarse en sociedades igualitarias y esta afirmación tiene especial sentido en el caso de la España reciente, siempre que se tenga en cuenta que esa tendencia igualitaria data de 1977 y no de 1982.
Un rasgo muy característico de la España de la época de la transición es que ha llegado a lo que podría denominarse como una etapa de estancamiento demográfico, de tal manera que puede preverse que los casi 40 millones de habitantes que tiene en la actualidad no serán superados en mucho tiempo o no lo serán en absoluto. Procesos demográficos semejantes han acontecido en otras latitudes, pero el caso español tiene un rasgo muy peculiar que deriva de la rapidez con la que se ha producido el suceso. La disminución de la tasa de fecundidad ha sido tal que ha pasado de 2,8 hijos por matrimonio en 1960 a 1,3 en 1990, convirtiéndose en la más baja de Europa con la excepción de Italia; todavía no se ha producido un fenómeno de recuperación que ya ha tenido lugar en otros países como Suecia. En España se da la coincidencia de que hay muchos jóvenes porque el crecimiento demográfico hasta 1974 fue relativamente alto, pero al mismo tiempo empieza a haber una creciente población de edad avanzada. De ahí derivan problemas sociales graves a medio plazo en el mercado de trabajo y en las pensiones.
Si en ese punto la evolución española, aunque problemática, resulta un testimonio evidente de modernización, algo parecido puede decirse respecto al papel de la mujer en la sociedad. Los años de la transición han sido los de la masiva llegada de la mano de obra femenina al trabajo, de forma que de una tasa de actividad del 27% se ha pasado al 33% aunque todavía las cifras españolas están por debajo del 41% europeo. Hay profesiones enteras (como la de juez) que se han femineizado. Tal conquista se ha realizado a pesar de que la mujer ha tenido en su contra el hecho de que en tiempo de crisis económica la actitud social generalizada ha consistido en dificultar el aumento en la tasa de ocupación femenina.
Del incremento en los gastos del Estado en el bienestar social quizá el impacto más considerable se ha producido en educación, por más que se haya producido una difusión generalizada de la atención sanitaria. Un ejemplo bastará para percibir el cambio decisivo que se ha producido en el transcurso de un corto espacio de tiempo: de acuerdo con el censo de 1981 más de la mitad de los españoles mayores de sesenta y cinco años eran analfabetos o carecían por completo de estudios, mientras que en su totalidad, los menores de quince estaban escolarizados. En materia educativa se plantea un grave problema de calidad, pero la difusión de la enseñanza elemental e incluso la secundaria constituye una característica esencial e irreversible de la España reciente.
Todos estos rasgos parecen coincidir en mostrar a la sociedad española como sujeta a un proceso de rápida modernización. Este diagnóstico es, sin duda, cierto pero debe ser contrapesado constatando al mismo tiempo otras dos realidades. En primer lugar no cabe la menor duda de que la distancia entre la sociedad española y la europea sigue siendo importante. Por otro lado, así como en aspectos cuantitativos y materiales la identificación es cada vez mayor, respecto a los valores se mantiene una cierta distancia.
La sociedad española, por ejemplo, daba la sensación de estar, a comienzos de los ochenta, poco sedimentada en sus ideas y creencias. Resulta, por ejemplo, evidente que se ha experimentado un proceso de secularización aunque quizá con menor profundidad de la que habitualmente se piensa. Se ha triplicado el número de católicos no practicantes mientras que el porcentaje de los que se declaran agnósticos o ateos sigue siendo inferior al 10%. Lo característico es que este vaciamiento en cuanto a opiniones y a fundamentación del modo de vida no ha sido sustituido por nada nuevo. Da la sensación de que en ella hay una cierta anomia, como si se hubieran liquidado las formas de comportamiento del pasado sin haberlas sustituido por otras nuevas.
Ese rasgo, además, resulta válido para la sociedad española en los términos más generales. Los españoles siguen siendo poco tolerantes, escasamente informados y no están vertebrados por la pertenencia a un asociacionismo voluntario, rasgos todos ellos propios de una sociedad democrática. Los valores de la seguridad material y una cierta actitud cínica, despreciativa de cualquier tipo de moral social caracterizan a la sociedad española en un momento en que la sociedad occidental camina precisamente hacia unos valores posmaterialistas, más allá de los de la civilización de consumo. Quizá esos rasgos son, en definitiva, una consecuencia del propio proceso de transición que ha vivido la sociedad española.
Cambios y constantes de la sociedad
La idea generalizada de que la sociedad española del XIX hasta los años setenta, apenas si tuvo cambios importantes procede, en mi opinión, de una anacrónica actitud que pretende encontrar modificaciones semejantes en el siglo XIX a las que hubo en el siglo XX y a la comparación inadecuada de la evolución española con la que se dio en países de un grado y ritmo de desarrollo distinto, especialmente los anglosajones. Por otra parte, la imagen de una sociedad muy arcaica en la España de la Restauración, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, llevó a la interpretación de que difícilmente se podría haber dado cambio.
La realidad es que un atento análisis de los censos que tenemos desde 1797 hasta 1877, únicos que podemos tomar para poder analizar el conjunto del reinado de Isabel II, nos orientan al doble sentido de cambios y constantes.
Cambios que, sin entrar a juzgar si fueron positivos o negativos para muchos individuos de la época, son de suficiente entidad para sentar las bases de una transformación mucho más profunda y general que se dio en la sociedad española del siglo XX. Constantes en otros muchos aspectos que, por inercia, pueden llevar a considerar la sociedad española como atrasada y con escasa vitalidad en contraste con la que por entonces hay en algunos países especialmente avanzados del mundo occidental.
Con los presupuestos anteriores se pueden advertir algunos aspectos especialmente claros:
1. Aproximadamente el 86% de los españoles de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX vivía en poblaciones de menos de 10.000 habitantes. Si tenemos en cuenta solamente las de menos de 5.000 habitantes, veríamos que el porcentaje sería aproximadamente del 76% en 1787 y del 77,5% en 1860. Esto no quiere decir que no se hubiese dado en estos años un cierto grado de urbanización en España. El crecimiento de algunas ciudades especialmente de la costa fue considerable. Este crecimiento se hizo a costa de otras ciudades del interior que bajaron de población y de las poblaciones entre 10.000 y 5.000 habitantes que en el período 1787 a 1860 habían pasado de tener el 10% al 8% de los habitantes españoles. En 1860, este porcentaje era muy semejante el 85,5%.
2. La población que vivía del campo había descendido desde principios del siglo XIX a 1877 de un 70 a un 60%. Es decir, que quienes vivían de trabajos de servicios e industriales habían aumentado en un 10%, lo que se traduce en cerca de un millón seiscientas mil personas si tenemos en cuenta el crecimiento demográfico.
3. Predominaban los analfabetos, especialmente entre las mujeres, al sur del Tajo y en la España rural. Sin embargo, no era igual a principios del siglo XIX que en los años setenta. Los índices no ofrecen lugar a dudas, como veremos detalladamente más adelante. El descenso fue de casi un 20% y fue más acusado entre las mujeres que entre los hombres, aunque la diferencia seguía siendo enorme: en 1877 un 85% de las mujeres eran analfabetas frente a un 65% de los hombres.
4. A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX se observa una preponderancia de las clases bajas, próximas al 65% a principios del siglo, pero que tiende a ir disminuyendo muy lentamente.
5. Consiguiente debilidad de las clases medias, que en las primeras décadas del siglo XIX comienzan a incrementarse con diversos grupos. Aumenta la clase media en relación con los años precedentes si bien sigue siendo reducida. Se amplían sobre todo en las capitales de provincia y pueblos grandes, casi siempre coincidentes con las cabezas de partidos judiciales.
6. La burguesía de los negocios es muy baja en número, pero crece. De acuerdo con los resultados del Censo de 1860, de no fácil interpretación, la burguesía de los negocios representa aún una pequeña parte en proporción al resto de la población aunque se ha multiplicado. Los comerciantes y las personas dependientes de ellos, son cuatro veces más desde 1797 a 1877. Obviamente, en su mayoría eran minoristas, pero los mayoristas se multiplicaron paralelamente.
7. Aumenta el porcentaje de labradores autónomos, especialmente en la España situada al norte del Tajo y el Segura. En la Meseta Norte se percibe el fenómeno con más claridad que en otras zonas de España. Varios cientos de miles de antiguos labradores arrendatarios y pequeños propietarios que a principios de siglo se podrían situar en las clases bajas, gracias al proceso desamortizador, se consolidan y mejoran hasta formar parte de las clases medias y unos pocos de la burguesía de los negocios.
8. También, como consecuencia de la desamortización, en unión de otros fenómenos, especialmente al sur del Tajo-Segura, otros cientos de miles de pequeños labradores y jornaleros van a tener más dificultades de trabajo (pierden los arrendamientos y las tierras comunales) y se convierten en jornaleros. La imposibilidad de que la agricultura pueda absorber a esta nueva mano de obra incrementada por el crecimiento demográfico lleva a emigrar, antes o después. Ya en la primera mitad del siglo XIX, se constata una cierta movilización de la población campesina que emigra a la ciudad. Por el hecho de que la inmensa mayoría de la población española del siglo XIX vive en el campo, esta modificación no es tan importante en el mundo rural como en algunos núcleos de población urbanos beneficiarios de esa afluencia de habitantes que se dedicarán a la industria y los servicios.
9. Como se ve en el estudio de la economía de la época, y siempre en términos relativos, hay un claro avance industrial en algunas zonas españolas, todavía reducidas. A partir de la imbricación de ambos fenómenos se puede observar el nacimiento (en Barcelona y sus alrededores) del proletariado industrial. En este mismo sentido, hay que citar la demanda de mano de obra de la construcción del ferrocarril, que constituirá también un nuevo tipo de proletariado muy parecido al industrial. Mientras que en el Censo de 1797 los que se dedican a la industria relativamente moderna son unas pocas decenas de miles de personas, llegan a 190.000 y 210.000 en 1860 y 1877 respectivamente.
10. Los eclesiásticos y sus auxiliares disminuyen bruscamente. En relación con el Censo de 1797, en 1860 y 1877 el clero secular es un tercio menos en números absolutos, pero combinándolo con el crecimiento de la población el resultado es que ha pasado a menos de la mitad: Un sacerdote por 160 habitantes a uno por más de 400. Mucho mayor aún fue la disminución de religiosos.
11. El descenso del clero no afectó al clero parroquial ni a las parroquias, que permanecieron con un número muy semejante en casi ochenta años. No sólo se trataba de la cura de almas: tampoco los médicos aumentaron. Tanto los curas parroquiales como los médicos eran unos 21.000 y 14.000 a principios del siglo y una cantidad similar en los años setenta. La institución permaneció, aunque probablemente con más trabajo. Al sustituir a su colega anterior, cada cura o cada médico tendría que atender a más parroquianos o enfermos.
12. Se modifica sustancialmente el peso social de la nobleza. Este fenómeno afectó tanto a los hidalgos, que se verán desposeídos de sus privilegios del Antiguo Régimen, como a la aristocracia titulada que, además de perder los beneficios que conllevaban señoríos y derechos fiscales, frecuentemente derrochará su patrimonio, lo que llevó a un empobrecimiento de algunas casas. Su influencia y poder eran aún abundantes en las primeras décadas del siglo XIX, pero esta realidad no debe confundir respecto al declive más o menos lento.
13. El ejército y la armada arrastraron los efectos de las sucesivas guerras acumulando un excesivo número de jefes y oficiales, que venían a representar una proporción de uno a dos con respecto a la tropa. El conjunto del Ejército, desde principios del siglo XIX hasta 1877, salvo los períodos de guerras como la de independencia o la carlista o momentos concretos, estaba compuesto por unas 150.000 personas, de los que aproximadamente 10.000 eran de la Armada. De los 150.000, un tercio eran oficiales y profesionales y en torno a 100.000 soldados reclutados habitualmente por el sistema de quintas.
14. Los empleados públicos civiles casi se triplican en número entre 1797 y 1877 y son bastantes más del doble por habitante entre esas fechas. El Estado, tomado en su conjunto, no tendrá la misma fuerza y servicios que en el siglo XX, pero tampoco sería justo no apreciar el cambio que se ha producido.
15. Algo semejante ocurre con el número de profesores de enseñanza media y universitaria, estudiantes, abogados, técnicos civiles y otras profesiones liberales. Su incremento es un indicador de la multiplicación de la actividad en sus respectivos ámbitos, aspectos que se han multiplicado por dos.
No hay que pensar que la sociedad española se ha transformado profundamente. En cualquier caso, no conviene exagerar los cambios. Si no todo fue invariable, hay que admitir que la transformación española es más lenta e inestable que la que, paralelamente, se está dando en el mundo occidental. Los censos de 1860 y 1877 muestran claramente que aún estamos en una sociedad preindustrial, con una inercia básica en nuestra evolución social. Lo determinante de la sociedad es que continúa habiendo una amplísima base de clases bajas que en su mayoría habita en medios rurales. Predominan, e incluso se han incrementado, los tradicionales tipos de jornaleros y criados del campo. Efectivamente, el emplazamiento geográfico de la población y la distribución por actividades económicas nos trasmiten la imagen de una sociedad ruralizada.
Camino de Hispania
Alarico II (484-507), desde los inicios de su regencia, tuvo que hacer frente a la constante amenaza de Clodoveo, rey de los francos salios, cuyo afán expansionista llevó a constantes enfrentamientos a visigodos, francos y burgundios. Además de esta política, entró en juego la conversión de los francos al catolicismo en el año 496. Las relaciones inestables y las tensiones entre francos-católicos y visigodos-arrianos, obligaron a Alarico a enfrentarse en el campo de batalla contra Clodoveo en el año 507. Las tropas de uno y otro ejército se encontraron en las cercanías de Vogladum (Vouillé, cerca de Poitiers). Los visigodos fueron derrotados y Alarico murió en el enfrentamiento. Las consecuencias de esta derrota cambiaron de forma radical el futuro del pueblo visigodo que, abandonando sus asentamientos aquitanos, se vio obligado a huir hacia el sur penetrando por los pasos pirenaicos en la Península Ibérica.
La llegada y establecimiento de los visigodos en la Gallia nos es conocida por las fuentes literarias de carácter histórico, pero desde un punto de vista arqueológico, la presencia de los recién llegados es prácticamente inexistente. Es muy posible que debido a la enraizada tradición romana que existe en el sur y sur-oeste de la Gallia, desde el Océano hasta el Mediterráneo, no permita distinguir con claridad los productos venidos de talleres romanos de aquellos que podrían ser resultado de nuevas concepciones o fabricaciones. Sin embargo, recientes excavaciones puntuales, así como los hallazgos casuales, nos ayudan a definir la presencia visigoda a lo largo de los siglos VI y VII en la Narbonensis, puesto que dicha provincia formó parte del futuro reino visigodo de Toledo. La mayoría de estos documentos arqueológicos son pequeños conjuntos cementeriales, objetos de adorno personal, una serie de inscripciones donde está presente una onomástica con claras connotaciones visigodas y un grupo escultórico hallado en la propia Narbo, que quizá debiera ser fechado en el siglo VIII y no anteriormente. De cualquier forma, la documentación es escasísima para el siglo V y el resto de las zonas de ocupación visigoda centrada en Aquitania, mientras la sede de la monarquía estuvo en Tolosa.
La derrota de las tropas militares visigodas en el campo de batalla de Vouillé del año 507 supuso la desaparición del primer establecimiento visigodo en Occidente, pero se habían establecido ya las bases para la construcción de un nuevo reino, asentadas sobre un sólido proceso de aculturación que culminará esencialmente a finales del siglo VI en Hispania.
Caminos y carreteras
En las vísperas de la guerra de Independencia, la red de comunicaciones terrestres respondía a un planteamiento general que convertía Madrid en el centro de un sistema radial de caminos. La guerra los destrozó y desde 1814 a 1840 el presupuesto dio para poco más que intentar su arreglo y mantenimiento. Desde 1841 se inician nuevas construcciones que supondrían un avance decisivo en la configuración de la red de carreteras. En el lustro 1840 a 1845 se construyen más de 100 Km. anuales, pasando a 250 Km. en los siguientes, para alcanzar los 400 Km. a partir de 1850. Se dio tal impulso que, como señala Lacomba, si en 1833 había cerca de 4.600 Km. de carreteras, en 1855 eran ya más del doble con un kilometraje superior a 9.500. El ritmo sigue en los años siguientes y, entre 1856-1863, la media de construcción por año es de 500 Km. El resultado final es que a principios de los años 70 la red alcanzaba los 19.000 Km. de los que un tercio, aproximadamente, lo constituyen las carreteras de primer orden.
Los medios de transporte se basaban en la utilización de bueyes, mulas y caballos.
Los bueyes se utilizaban uncidos por parejas a las lanzas de las carretas, vehículos de dos ruedas que podían transportar hasta 460 Kgs. y que, habitualmente, marchaban agrupados formando carreterías de veinte a treinta unidades.
Las mulas podían arrastrar vehículos de tres tipos básicos: calesas de dos ruedas y varas, coches de colleras de cuatro ruedas y galeras, más pesadas que las anteriores y generalmente cubiertas, que cargaban hasta 1.380 Kgs. Además, servían como animales de carga formando recuas que dirigían los arrieros.
Los caballos, que proporcionan el más rápido de los medios de transporte hasta que funcionó el ferrocarril, podían ser sustituidos gracias a la existencia de postas, distantes entre doce y dieciocho Kms. pero cuya utilización estaba limitada a los correos o a la previa preparación del viaje.
El medio habitual de circulación por estas carreteras era la diligencia que transportaba hasta veinte pasajeros a una velocidad (incluyendo las paradas) inferior a diez Km./hora.
La primera línea regular se inauguró en 1816. Al extinguirse en 1828 el privilegio, que por diez años se había concedido a la Cía. de Reales Diligencias, surgen nuevas empresas como los Caleseros de Burgos y los Alquiladores de Pamplona, cuyas actividades quedaron truncadas por la Guerra carlista. En 1836 se reorganizó la Cía. de Reales Diligencias y al terminar la Guerra del Norte, reaparecieron los Caleseros de Burgos, funcionando ambas empresas en 1841, mientras que se construían otras nuevas, reservándose cada una recorridos específicos.
Desde 1841 se perfeccionó y mejoró el sistema, pero el decenio 1850-1860, con la aparición del ferrocarril, supuso una regresión de la diligencia.
El transporte de mercancías conoció una mejora paralela a las diligencias para pasajeros con la aparición de las galeras aceleradas, cuya única diferencia era que viajaban día y noche al adoptar el relevo que, hasta entonces, había sido un privilegio de las diligencias.
En todo caso, como ha observado Artola, a pesar del esfuerzo que se hizo por mejorar la red de carreteras, faltaba un vehículo adecuado capaz de aprovechar las posibilidades de la red.
Campesinos y trabajadores del campo
No todos los que habitaban en los medios rurales, aunque sí la mayoría, se dedicaban a la agricultura. En 1797 en torno a un 70% de la población vivía preferentemente del campo como rentistas, labradores, ganaderos, jornaleros, criados y pastores. Este porcentaje había disminuido al 62,5 y 59% en 1860 y 1877.
El Censo de 1797 es el que especifica con más detalle refiriéndose a los cabezas de familia: 805.235 jornaleros, 364.514 labradores propietarios, 507.423 arrendatarios. A esta última cifra he agregado el 68% de los hidalgos (273.400 personas considerados como labradores), 141.844 individuos que viven de la ganadería y la caza y 1.323 nobles considerados como rentistas propietarios. En total, dos millones cien mil individuos que se convierten en casi ocho millones si aplicamos los correspondientes índices para contabilizar sus familias. Ocho millones que son algo más del 70% de la población nacional que vivía del campo en 1797. Aunque las cantidades absolutas aumentan entre 1797 y 1860-1877, la proporción disminuye a un 62,5% (1860) y 59,1% (1877).
Anteriormente hemos tratado de algunos grupos incluidos entre los que vivían del campo: nobleza, hidalgos, burguesía agraria, ganaderos propietarios, labradores medios. Todos ellos vienen a suponer poco más del 20% del total nacional. Nos resta referirnos a la casi mitad de la población española que vivía del campo y que se pueden clasificar en tres grupos básicos: jornaleros, criados agrarios y pequeños labradores.
Así como hemos advertido importantes cambios entre los labradores medios y en ciertos grupos urbanos, si comparamos la situación de 1860 con la sociedad española de finales del siglo XVIII, observamos pocas modificaciones en el mundo rural de clases bajas. En todo caso, siguen siendo la gran mayoría de la población.
Las comparaciones anteriores nos autorizan a decir que, dado el grado de permanencia en la situación de las clases más desfavorecidas de la sociedad rural en un período tan prolongado, es difícil advertir cuándo nos referimos a 1750 o a 1860, por ejemplo. Muchas de las realidades son válidas para tan largo período de tiempo. Pero otras no y lo señalaré más adelante.
La población campesina no tiene unos rasgos bien definidos que permita diferenciar claramente en los censos entre los labradores acomodados y medianos, con explotaciones suficientes, y el gran número de pequeños labradores, con tierras en cantidad insuficiente para la subsistencia. Tampoco entre estos últimos y los jornaleros sin tierra y muchos artesanos que complementaban sus ingresos con el trabajo como jornaleros, o viceversa. Y, por último, entre el grupo anterior y los pobres de solemnidad, cuyo trabajo como jornaleros les producía unos ingresos que no les llegaban para comer buena parte del año. La confusión de sus límites es muy frecuente, lo que lleva a desconcierto a las propias fuentes censales. Esto no es sino reflejo de la necesidad que, especialmente en algunas zonas de España, tienen los pequeños agricultores de trabajar como jornaleros para completar sus ingresos y del peligro que periódicamente acecha a los jornaleros de quedarse en la indigencia.
El proletariado agrícola (jornaleros y criados) es predominante en la sociedad española de todo el siglo XIX, aunque hay una ligera y lenta tendencia decreciente que corresponde a la emigración del campo a la ciudad (considerable desde el punto de vista de las ciudades, que tenían muy poca población, pero apenas perceptible -hasta bien entrado el siglo XX- entre las masas de campesinos que, además, tenían un considerable aumento vegetativo).
El jornalero es el prototipo más abundante del trabajador de buena parte de las zonas de España. Si bien es predominante en la España al sur del Tajo, la zona del latifundio, existe en mayor o menor medida en el resto del país. El mundo rural reflejaba la diversidad geográfica del país y los efectos de siglos de historia.
Una gran parte de estos jornaleros sufría un paro estacional. Trabajaban por escasos jornales sólo la mitad de los días del año. Esta circunstancia y el hambre compelían a ofrecerse frecuentemente a mujeres y niños por un salario menor, para completar los ingresos del cabeza de familia. Una escasa alimentación, los horarios de trabajo de sol a sol y unas condiciones de vida, en el mejor de los casos, difíciles, repercutían en un menor rendimiento en el trabajo y, por tanto, en la productividad.
La división entre los pequeños labradores -propietarios y arrendatarios- y jornaleros sólo puede producir una imagen groseramente parecida a la realidad y en ocasiones inducir al error. Efectivamente, muchos de los labradores propietarios poseían sólo parcelas minúsculas que apenas les permitían vivir como no fuera auxiliándose de otras ocupaciones y a veces trabajando como braceros. Por otra parte, en la categoría de los arrendatarios había un abismo entre los que, al amparo de la enfiteusis o de contratos a largo plazo, podían considerarse seguros de la posesión de la tierra y los que corrían el riesgo de ser despojados de ella periódicamente.
Anteriormente hemos visto cómo el número absoluto de labradores permaneció estable en el largo período de tiempo que va desde 1797 a 1860. Sin embargo, el número de jornaleros y criados agrícolas aumentó considerablemente en esos mismos años. Quienes vivían de estos trabajos (población activa más dependiente) pasó de unas 3.600.000 personas a casi 5.400.000. Igualmente aumentó su porcentaje con respecto al total de la población nacional (del 32 al 37%). La conclusión es que el crecimiento demográfico, en lo que se refiere al mundo agrario, incrementó el número de jornaleros y criados a una agricultura escasamente productiva. Si aumentaba la población proletarizada a un ritmo mayor que el trabajo y los recursos, el problema social estaba servido.
Las cifras globales nos orientan sobre lo que ocurrió con los jornaleros, pero a la hora de analizar la estructura interna del sector agrario español, la diversidad regional, como nos la explica Domínguez Ortiz, nos puede acercar un poco a la realidad. En 1797, sólo la fachada cantábrica -desde Galicia al País Vasco- tenía menos del 25% de jornaleros. Estos eran más del 25% y menos del 50% en Castilla la Vieja, León (salvo dos enclaves en Zamora y Palencia), Aragón, Navarra, Levante y parte de Castilla la Nueva, fundamentalmente al norte del Tajo. Una tercera categoría, con más del 50% de jornaleros y menos del 75%, englobaba a una amplia zona española desde Murcia hasta Extremadura, que incluía buena parte de Castilla la Nueva y, más al sur, parte de Andalucía Oriental. Además, hay que añadir el enclave en Castilla la Vieja y León, Cataluña (no todo es Barcelona), Baleares y Canarias. Por último, con más del 75 % de jornaleros, Andalucía Occidental y el resto de la Oriental (Córdoba y Jaén). Estos porcentajes globales merecen una rectificación y explicación regional o incluso comarcal tal como, por ejemplo, lo hacen García Sanz, Bartolomé Yun o Alberto Marcos, para zonas determinadas de Castilla la Vieja, o Javier Donézar para Toledo. Lamentablemente, no podemos detenernos en éstos u otros trabajos, pero nadie mejor que ellos saben hasta qué punto las generalizaciones son válidas como referencia pero se matizan o incluso se contradicen al analizar una zona en detalle.
En todo caso, allí donde en 1797 había un mayor número de labradores, en 1860 nos encontraremos un mayor número de éstos y, sobre todo, más fuertes. En contrapartida, donde había más jornaleros éstos aumentaron por el propio crecimiento demográfico y en detrimento de los pequeños labradores, muchos de cuyos descendientes acabaron convirtiéndose en jornaleros.
Entre los trabajadores del campo, otro grupo tenía ocupación estable en las explotaciones de los labradores acomodados o de los propietarios absentistas. En este último caso, las fincas eran administradas por un capataz. Los criados, como se denominaba a estos empleados fijos, solían vivir hacinados en casuchas y, como en el caso de los jornaleros, todos los miembros de la familia, desde niños a viejos, trabajaban en mayor o menor medida. El recurso al criado es propio del labrador acaudalado. Existía también la figura de la criada que ayudaba al ama a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos. Por lo regular, vivían en la casa del ama, que las vestía y alimentaba. Las criadas percibían normalmente una pequeña cantidad en metálico que frecuentemente era sustituida por aportaciones en especie que entregaban a la familia de la criada.
Un tipo particular de criados son los pastores. Algunos, muy pocos, de los casi 114.000 que el Censo de 1797 señala como pastores, eran propietarios de sus rebaños. La mayoría eran asalariados que guardaban ganado de grandes propietarios o rebaños comunales.
En la zona extremeña próxima a Ciudad Real y Córdoba se nos describe la vida de los pastores de la siguientes manera: "Pasaban la vida junto a la majada conduciendo y guardando el ganado. Si no era soltero o viudo, vivía con su familia en un chozo construido con un entramado de varas recubiertas de una mezcla de paja y barro llamada bálago. Tenía forma cónica con una superficie de base de dos a seis metros cuadrados y una altura no superior a dos metros. La única puerta estaba orientada en contra del viento dominante. En su interior se levantaban sobre estacas algunos camastros que a su vez hacían de asiento. El chozo mudaba de lugar al mudar la majada. Normalmente, la familia del pastor pasaba a veces años enteros sin acudir al pueblo si estaba un poco alejado. Sólo muy esporádicamente el cabeza de familia iba a comprar algunas provisiones. Normalmente se tendía al autoconsumo. El pan se cocía en la mismo majada. Junto a la majada se tenía el cerdo, los gallinas y un pequeño huerto que surtían de la alimentación, que se complementaba con productos del propio rebaño. La pastora cardaba e hilaba la lana haciendo después parte de lo necesario para vestir, el resto se hacía con telas de lino o con pieles que curtía el pastor, quien también fabricaba albarcas, sandalias, zurrones, zamarras, delantales para su familia y para otras personas cercanas que le hacían encargos. Cuando el rebaño era muy grande vivían juntas varias familias de pastores y uno de ellos hacía de mayoral que organizaba y dirigía toda la actividad".
Los pequeños labradores, los labrantines, cultivaban pequeñas porciones de tierra y precisaban vender parte de sus cosechas inmediatamente porque lo necesitaban para mantenerse y pagar sus deudas a los usureros. El resto de la cosecha la utilizaban para su sustento. Como señala Domínguez Ortiz, con frecuencia muchos de éstos simultaneaban el cultivo de su pegujal con el alquiler de sus brazos a un labrador más rico.
Con los datos que nos transmiten los censos es imposible determinar el número de los que he denominado pequeños labradores. Eran un número considerable en la cornisa cantábrica (desde Galicia a Navarra) y en la zona al sur del Tajo y el Segura. En la zona intermedia predominaban los labradores acomodados y medianos. La adaptación a los cambios económicos y sociales fue muy diferente en las diversas zonas. En el norte hubo una muy temprana emigración (desde el siglo XVIII) de la población sobrante que, en mayor o menor medida, continuó a lo largo del siglo XIX. Durante este siglo, buena parte de los campesinos fueron adaptando sus explotaciones en función del mercado y muchos reconvirtieron sus explotaciones agrícolas en ganaderas. Sin embargo, en el sur, los pequeños labradores, agobiados por las deudas y la escasa productividad de sus fincas que muchas veces llevaban en arrendamiento, sucumbieron ante la demanda de tierras de los labradores acomodados y nuevos terratenientes, generadores de un latifundismo de nuevo cuño que vino a incrementar el nobiliario. Muchos de los hijos y nietos de estos pequeños agricultores acabaron trabajando fundamentalmente como jornaleros aunque conservasen un pequeño pegujal que completaba los escasos ingresos del jornal.
Carlistas e integristas
El carlismo resultó profundamente dañado por la fundación de la Unión Católica y su integración en el partido conservador, en 1884, lo que puso fin a la identificación entre católicos y carlistas existente desde 1868. No era el único revés grave que habría de experimentar en aquellos años. En julio de 1888 se consumó la escisión integrista que venía larvándose desde tiempo atrás.
El enfrentamiento entre quienes pretendían organizarse como partido y luchar en la legalidad, y los que defendían el retraimiento, esperando que la monarquía de Alfonso XII se hundiera por sí sola, data de los comienzos de la Restauración. Al principio, don Carlos apoyó a los partidarios del retraimiento -encabezados por Ramón Nocedal-, pero conforme fue estabilizándose la situación, fue adquiriendo conciencia de la necesidad de adoptar una postura más activa, y animó a quienes estaban dispuestos a impulsar la organización -el marqués de Cerralbo, especialmente-. En el fondo del dilema había una cuestión doctrinal y otra de carácter más material. Acomodarse al sistema -que no aceptarlo-, como indica Jordi Canal, implicaba un reconocimiento de la importancia del enemigo (el liberalismo, que como recordara en 1884 el sacerdote integrista Félix Sardá y Salvany, continuaba siendo pecado) que los más intransigentes se negaban a aceptar; en el fondo, era el mismo problema que afectaba a muchos católicos desde que León XIII aconsejara la participación en las instituciones liberales. La cuestión más material tenía que ver con el papel que jugaba la prensa en el carlismo; en ausencia de otro tipo de organizaciones, los periodistas tenían una importancia y protagonismo que indudablemente perderían al crearse otras estructuras partidarias. La polémica entre don Carlos y la prensa carlista terminó adquiriendo un tono doctrinal, en relación con la jerarquización de los poderes religioso y político, y acabó en ruptura total. La mayoría de los periódicos carlistas, 24, se declararon integristas, pero las bases continuaron siendo carlistas.
La escisión integrista supuso, por otra parte, algo muy positivo para el carlismo: soltar el lastre de quienes se oponían a la participación en la vida política. Ayudados por las nuevas leyes de asociaciones y electoral, habrían de conocer una gran expansión en la última década del siglo. En 1896, el periódico republicano El Globo reconocía en los carlistas una organización poderosa y completa; algo de que no pueden ufanarse en la actualidad ninguno de los partidos españoles. A través de una propaganda basada, como señala Jordi Canal, en la imagen, la palabra y el escrito, impulsaron la creación de una estructura de partido moderna -con espacios de convivencia e integración social- cuyo elemento más característico eran los círculos tradicionalistas.
Carlos III: a vueltas con Francia
El nuevo rey Carlos III iba a encontrar dificultades insalvables para mantener la política de relativa neutralidad fernandina.
El ascenso de Rusia en el este, el fortalecimiento de Prusia en el marco de las tensiones con Austria y, sobre todo, el expansionismo británico llevaron al nuevo rey a establecer un duradero acuerdo con Francia en 1761 que le asegurase una participación digna en el concierto internacional (Tercer Pacto de Familia). Ahora bien, aunque con fracasos parciales en los diferentes frentes, parece evidente que España disfrutó por vez primera de una teoría nacional en asuntos exteriores y no sólo de una teoría dinástica. Y no menos cierto que el norte diplomático se situó en individualizar la política exterior española evitando ir a remolque de los franceses, que no siempre eran fieles cumplidores de sus compromisos.
Bajo la batuta de Floridablanca, el interés comercial en la diplomacia española llegaría a su máxima expresión en dos frentes. Primero se manifestó en la apertura al mundo mediterráneo islámico con la firma de dos importantes tratados con Marruecos que otorgaron a España ventajas pesqueras, seguridades en el comercio marítimo y la posibilidad de establecer un consulado permanente. Aunque algo más conflictivas, también mejoraron las relaciones con Argel y Túnez, donde la burguesía mercantil catalana había fijado sus intereses concretados en los primeros acuerdos con estos países.
Y en segundo lugar, América se impuso como la pieza mercantil más importante de la Corona. Este último fue el motivo central de los costosos pero ineludibles enfrentamientos bélicos con Inglaterra y también de la imposibilidad de establecer un acuerdo con la misma. En 1762 estalló la guerra entre ambas naciones. Un año después, en la Paz de París, España se quedaba con la Luisiana francesa pero a costa de perder Florida y Pensacola así como Sacramento, esta última recuperada en 1777. Almismo tiempo, España se veía obligada a renunciar definitivamente a la pesca en Terranova y a conceder a los ingleses un permiso para cortar palo de Campeche en Honduras. Con todo, la revancha hispana no se hizo esperar. La oportunidad la ofreció la Guerra de Independencia americana, que permitió a la alianza franco-española imponer, en la paz de Versalles de 1783, la formación de los Estados Unidos, al tiempo que España podía recuperar las dos Floridas en América y también Menorca, aunque Gibraltar quedaría definitivamente en manos de los británicos.
Así pues, a pesar del acuerdo con los franceses y los conflictos con los ingleses, el interés nacional fue haciendo crecer la teoría de con todos y con ninguno. Pese a que ha merecido a veces el calificativo de política de tenderos, parece evidente que esta posición indicaba un mayor realismo en términos de beneficio nacional. La pluralidad en las relaciones y la equidistancia respecto a las diversas potencias europeas fueron dos conceptos al alza durante el reinado de Carlos III. Con ellos, las posiciones teóricas de Carvajal fueron llegando gracias a Floridablanca a su máxima expresión práctica.
Carlos IV: la Revolución francesa al fondo
Durante el reinado de Carlos IV las relaciones exteriores españolas se tornaron más turbulentas y dependientes. En los últimos años de la gobernación de Floridablanca y bajo la posterior dirección de Manuel Godoy, la política internacional borbónica estuvo marcada por dos rasgos fundamentales. El primero se refiere a las consecuencias que los sucesos revolucionarios franceses implicaron para toda la diplomacia europea de la época. Aunque entre 1789 y 1791 Floridablanca mantuvo las relaciones con la Francia revolucionaria, lo cierto es que a partir de esa última fecha su actitud fue más intervencionista al formar parte de la liga de monarquías absolutas europeas que se coaligaron frente a los nuevos gobernantes galos para la salvaguarda del antiguo régimen. Hermana de dinastía y obligada por los pactos de familia, España intervino finalmente contra la Convención francesa en 1793. Una guerra fronteriza que tuvo más de ideológica y dinástica que de interés nacional, derivando incluso en una guerra santa contra los revolucionarios franceses que representaban para los conservadores de distinta condición la muestra palpable de la conspiración urdida por los filósofos para subvertir el orden natural.
Y el segundo rasgo fundamental de la política exterior española del cuarto borbón fue la definitiva pérdida de la vieja aspiración de neutralidad y equidistancia, que si bien se había quebrado en parte en el reinado anterior sufriría ahora su definitiva defunción. En efecto, España estuvo durante la última parte del siglo a merced de los intereses de la política exterior francesa como bien lo mostraron los sucesivos acuerdos bilaterales firmados. Primero el Tratado de San Ildefonso en 1796, que supuso dos meses después la guerra contra Inglaterra y la pérdida de Trinidad. Y más tarde, en tiempos de Napoleón, el Segundo Tratado de San Ildefonso en 1800, el Tratado de Aranjuez en 1801 y el Tratado de Fontainebleau en 1805. Un Napoleón cuyo imperialismo territorial fue entendido, hasta la invasión, como una posibilidad de equilibrio internacional frente al expansionismo naval británico, con el que finalmente se medirían las fuerzas franco-españolas en la batalla de Trafalgar, contienda que dejó maltrecha a la armada hispana en 1805.
Así pues, la dependencia respecto de la política francesa supuso para España su inevitable entrada en sucesivas contiendas entre 1793 y 1808. Guerras que iban a producir un fuerte deterioro en la mermada hacienda estatal, un agravamiento de las tensiones ideológicas y políticas internas y, finalmente, la "amigable" entrada de las tropas napoleónicas en suelo peninsular con la excusa de ir a invadir Portugal, clásico aliado de los ingleses.
Atrás quedaban sepultados decenas de años de política exterior borbónica con un balance nada espectacular para España. En algo más de cien años, con la variedad de países e intereses que tuvieron que contemplarse y con un escenario europeo en permanente mutación, las autoridades borbónicas, con el rey a la cabeza, fraguaron un sistema de relaciones exteriores que no siempre contó con una teoría general bien explicitada y que no estuvo exenta de bandazos. A pesar de esta realidad, es igualmente cierto que algunos políticos reformistas quisieron forjar una política exterior que más que estar en función de los intereses dinásticos estuviera supeditada a los supremos beneficios nacionales: conseguir la paz exterior para regenerar el cuerpo interior de la monarquía. Sin embargo, a pesar de los voluntariosos intentos de hombres de la talla de Patiño, Carvajal, Wall, Ensenada o Floridablanca, no parece que esta idea de nacionalización de la política exterior, pese a su indudable avance, quedara definitivamente instalada en la doctrina española cuando todavía Carlos IV soñaba, en tiempos de la revolución francesa y muerto Luis XVI, con ceñirse la corona de Francia.
En esta aspiración a la paz exterior para la regeneración interior, la estrategia general del siglo fue la de aliarse con el vecino francés, hermano de dinastía, frente al expansionismo colonial británico que amenazaba con llevarse lo más preciado de la Corona: las vitales colonias americanas. El fracaso de los intentos de acercamiento a la potencia marítima anglosajona condujo a la diplomacia española a los sucesivos pactos de familia con Francia, que si bien cortapisaban a veces los intereses hispanos eran difíciles de soslayar si tenemos en cuenta la precariedad de las fuerzas armadas españolas durante la centuria y el agresivo comportamiento de los británicos, especialmente en el Nuevo Mundo. España había descubierto durante el siglo que ya no podía ser una potencia con aspiraciones imperiales, pero que todavía tenía importantes intereses que defender en la diplomacia mundial, entre ellos el vasto imperio americano, pieza clave para la acuciante mejora económica que el país precisaba. En este contexto no es de extrañar que el Atlántico acabara por sustituir al Mediterráneo en las preocupaciones de los gobiernos borbónicos.
Cartago y la Península Ibérica
Tras el fracaso de la I Guerra Púnica, el Estado cartaginés se vio inmerso en un segundo conflicto local ante la rebelión de sus tropas de mercenarios que no cobraban lo adeudado por Cartago. Sólo con la ayuda de Roma y la destreza militar de los bárquidas fue posible sofocar la rebelión. Además de la necesidad de pagar la deuda militar a Roma, esta misma rebelión fue otro factor que contribuyó para que triunfara la tesis de los defensores de extender el dominio de Cartago por el sur de la Península Ibérica. El general enviado por Cartago fue Amilcar, un miembro de la familia bárquida.
La estancia de Amílcar en el Sur peninsular se fecha entre los años 237-229/228 a. C. Una frase de los autores antiguos (Polibio, 2, 15; Diodoro, 25, 10) en la que dicen que Amílcar reconquistó Iberia ha dado pie a una larga lista de escritos modernos. No compartimos la interpretación de Schulten y de otros que sostuvieron que tales autores aludían realmente a un dominio púnico del Sur peninsular a partir del siglo V, dominio que habrían perdido durante la I Guerra Púnica. Bastaría entender que las colonias púnicas del Sudeste y, tal vez también, la propia Gades encontraron algunas dificultades por la presión de los pueblos iberos a raíz de los acontecimientos vinculados con la I Guerra Púnica.
Las noticias fragmentarias sobre la actuación de Amílcar en la Península permiten saber que tuvo que librar muchos encuentros armados con los pueblos del valle del Guadalquivir hasta conseguir su sometimiento, pero que consiguió extender los dominios cartagineses hasta la altura de Alicante. Se le atribuye la fundación de Akro Leuke/Castrum Album identificado con Alicante y de Ilici (¿Elche de Alicante o Elche de la Sierra?). No hay duda sobre una de las finalidades de Amílcar cuando se nos dice que enriqueció al Estado cartaginés con el envío de armas, hombres, caballos y dinero (Cornelio Nepote, Hamilcar, 4; App., Iber., 5). Y queda clara constancia de sus métodos de obtención de riqueza a través de los expolios de los enemigos y con el control de los distritos mineros -al menos, del de Castulo, Linares, situado en el área de los pueblos oretanos, a los que sometió-. El año 231 a.C, recibe Amílcar a una embajada de romanos interesados por el carácter de sus actividades y les responde que hace la guerra en Hispania para poder pagar la deuda que los cartagineses tenían con Roma. Sin duda ni unos ni otros prestaron demasiado interés al tratado del 348 a.C. que fijaba un límite de actuación cartaginesa en Mastia, área de Cartagena.
La desaparición de Amílcar luchando contra los iberos fue cubierta por otro miembro de la familia bárquida, por Asdrúbal, quien estuvo al frente de los dominios cartagineses en la Península hasta su muerte en que fue sucedido por Aníbal. Los éxitos militares de Amílcar pueden ayudar a entender la caracterización de la política de Asdrúbal de quien se dijo: "advirtió que la mansedumbre era más práctica que la violencia y prefirió la paz a la guerra", según Diodoro (25, 11); Asdrúbal contrajo matrimonio con la hija de un reyezuelo ibero (Diodoro, 25, 12); "administraba el mando con cordura e inteligencia" según Polibio (2, 13, 1); o bien, en palabras de Livio (21, 2, 3), "usó más su diplomacia que su fuerza y... estableció lazos de hospitalidad con los reyezuelos y con los pueblos así como de amistad". En todo caso, los éxitos militares de Amílcar hacían ahora posible otra forma política que, por lo demás, no había cambiado la línea de explotación de la Península. La fundación de Cartagena por Asdrúbal permite entender que los cartagineses controlaban también las minas de plata de sus cercanías así como el gran campo espartario, cuya producción era imprescindible para la fabricación de cestos, cordajes y otros útiles necesarios para las explotaciones mineras, para el equipamiento de los barcos y para otros múltiples fines.
Bajo Asdrúbal, Roma comenzó de nuevo a intuir el peligro potencial de una pronta recuperación de Cartago gracias a los excelentes beneficios que obtenía de la Península Ibérica. Y, para frenar una mayor expansión, Roma y Cartago sellaron el tratado del Ebro en el 226 a. C., en que se fijaba este río como límite de la posible expansión cartaginesa. Roma cumplía además con el compromiso de proteger los intereses de las ciudades griegas aliadas, Marsella y Ampurias.
Cuando se firma el tratado del Ebro, Cartago ya estaba libre de la deuda contraída con Roma a raíz de la I Guerra Púnica y la posición económica y militar del Estado cartaginés era de nuevo fuerte. A su vez, Roma no estaba en condiciones de ser más exigente ante la necesidad de atender a dos frentes de guerra muy complejos: el del Ilírico, en el que se resolvía el control del Adriático, la supresión de los piratas del mismo y la penetración inicial en el mundo griego; los conflictos se inician en las costas ilíricas en el 240 a. C. y Roma no logra dominar la situación hasta veinte años más tarde. Por otra parte, el ejército romano tuvo que emplearse a fondo en la Italia del norte desde que, a partir del 236 a. C., penetraron nuevos contingentes de pueblos célticos, ante todo de belgas. Hasta el 223 a. C. no se consigue la neutralidad plena de los boyos y la alianza incondicional con los vénetos y cenomanos y, hasta el 222 a. C, no se produjo la capitulación de los pueblos más belicosos, los insubros. Se entiende así que Roma, en medio de tales tensiones, se viera condicionada para firmar el tratado del Ebro, que no le resultaba nada ventajoso. Unos años más tarde, los saguntinos acuden a Roma en búsqueda de una alianza análoga a la que tenían las colonias griegas: Roma firmó un pacto con Sagunto en torno al 221/220 a. C. sin atender rigurosamente al tratado del Ebro.
Cuando los historiadores filorromanos tengan que explicar que las operaciones militares tienen el casus belli en la toma de Sagunto por Aníbal, se encuentran en una situación apurada para justificar la respuesta de Roma. El supuesto error de Polibio que sitúa Sagunto al norte del Ebro o interpretaciones modernas como la de Carcopino proponiendo que con el nombre de río Iberus se quería aludir al Júcar no son más que artificios para justificar la inocencia de Roma. Parece que, al fin, se va imponiendo el razonamiento de Picard y otros en el sentido de entender que tanto el Estado romano como el cartaginés hacían un juego político semejante y que ambos eran conscientes de que no había espacio político y económico para dos grandes potencias en el occidente del Mediterráneo: uno de los dos debía conseguir la posición hegemónica.
Casas y familias
Un expresivo texto tomado de las Varias noticias de Cristóbal Suárez de Figueroa nos servirá para mostrar la pluralidad de funciones que se desarrollaban en el seno de una familia. Suárez de Figueroa se pregunta ¿qué es una familia? y contesta: "Compónese de marido y mujer, señor y criado, siendo de todo perfecta y cumplida cuando intervienen hijos. Esta se puede dividir siguiendo la opinión de los filósofos en cuatro partes: conyugal, parental, señoril y posesoria. La conyugal contiene marido y mujer; la parental, madre, padre, hijos; la señoril, señor y criados; la posesoria, bienes muebles y raíces".
De un lado, la casa era el lugar de la reproducción, de las relaciones de consanguinidad y parentesco, el paterfamilias era progenitor biológico; de otro, era un espacio de producción, donde el paterfamilias es el posesor, el patrón para sus hijos y para sus criados, pues todos trabajan a sus órdenes bajo el mismo techo; por último, es una instancia de poder que gobierna la casa ("oikos despotés") y que, a su vez, la representa como vecino en la escala inmediatamente superior, la de la villa, o en sus relaciones con otros poderes señoriales. Normalmente, estas funciones le corresponden al padre, pero si éste ha fallecido pasa a desempeñarlas su viuda, que, así, se convierte en jefe de familia y vecino.
De esta pluralidad funcional, en las familias contemporáneas ha desaparecido lo productivo que hacía del padre un patrón -por ejemplo, de los talleres artesanos se pasó a las fábricas y, en consecuencia, la gente dejó de trabajar bajo ese mismo techo en el que vivía-, así como lo político, lo señoril para Suárez de Figueroa, -en este caso, en beneficio del Estado que terminó por reclamar y centralizar todo el poder en su propia y exclusiva sede. La familia contemporánea se ha reducido al cumplimiento de una función biológica y afectiva (lo conyugal y parental de nuestro texto) definida, social y psicológicamente, por el predominio de la intimidad y de lo individual.
En la España moderna, en cambio, la familia determinaba el estado al que pertenecían los que nacían en ella; un hijo de pecheros, lo era; un hijo de nobles, lo era. Además, una forma habitual de ascender socialmente cambiando de estado era, precisamente, el matrimonio, es decir, la entrada en una nueva familia. A la estrategia familiar se sacrificará lo individual; la defensa, promoción y perpetuación de los intereses familiares -del linaje- constituirán el objetivo básico de la familia y para ello se procederá a la fundación de mayorazgos, una forma, en suma, de asegurarse que la línea de sucesivos padres de familia tuviesen garantizados los recursos y el poder suficientes para servir a la familia.
Aunque, de hecho, fueron un instrumento predilecto y un signo distintivo de la nobleza, cualquiera podía fundar un mayorazgo si conseguía la preceptiva autorización real para hacerlo. Consistía éste en una forma de vinculación de un conjunto de bienes, tanto muebles -se puede vincular una biblioteca o una tapicería rica- como inmuebles, y rentas que pasaban íntegramente a poder de un único heredero, por lo general el primogénito varón. Atendiendo a las condiciones de su carta de fundación, el contenido del mayorazgo resultaba vinculado a una línea sucesoria, es decir, el conjunto de bienes no debían disgregarse nunca, ni siquiera por embargo, quedando obligados sus sucesivos titulares a mantenerlos siempre unidos. En consecuencia, estaban amortizados; por tanto, no era posible deshacerse de ninguno de ellos por venta puesto que por naturaleza eran inajenables.
De la misma forma que sólo se constituían con una licencia real, el titular podía solicitar de la Corona una autorización especial para imponer censos consignativos (hipotecas) sobre los bienes vinculados al mayorazgo, bajo pretexto de que esto resultaba indispensable para su preservación. La atención que debía prestarse a los otros miembros de la familia que habían quedado fuera del disfrute de los bienes vinculados podía ser un buen argumento en favor de estas peticiones, porque el titular tenía que seguir ocupándose de hermanos y hermanas segundones.
Una carta de Diego Sarmiento de Acuña a su hijo Lope explica muy bien esta condición, más que de propietario, de mayordomo o administrador que tenía el titular de un mayorazgo: "... aunque la poca haciendo que yo tengo es de mayorazgo y, siendo Dios servido, has de suceder en ella, no la has de llamar mía ni tenerla por tuya, llamarla has nuestra y tenerte por mayordomo de ella hasta haber acomodado a todos tus hermanos, que, de esta manera, serás señor de ella y de ellos y Dios y los hombres te ayudarán".
Una de las formas en las que se traducía esa obligación del mayorazgo de acomodar, como decía aquí Sarmiento de Acuña, a sus hermanos era la institución de capellanías, de las que solían beneficiarse los segundones de las casas. Para su fundación se exigía, también, el permiso real y consistían en que un patrón vinculaba y amortizaba los distintos bienes y rentas de que disfrutaría un capellán a cambio de atender los servicios religiosos de una capilla. Los sucesivos titulares de la capellanía serían designados por el patrón, quien solía elegir por lo general a miembros de la propia familia.
Es el mismo Sarmiento de Acuña quien expone en la ya citada carta a su hijo cuál era el sentido del señorío que atribuye al mayorazgo con respecto al resto de los miembros de su familia, advirtiendo cómo se debía proceder cuando se era paterfamilias: "Y, pues Dios te ha dado tal madre, conócela y sírvela de rodillas y a tu tío; a tus hermanos regalándolos y reprendiéndoles de lo que no deben decir ni hacer, advirtiéndoles con amor de lo que harán y el amor y respeto hasle de mostrar mayor a tus hermanas, en lo que se debe a las mujeres, como por ser parte más desamparada y, en fin, ser de la misma sangre que tú tienes en las venas y para ningún caso hallarás tan fieles amigos como tus hermanos".
Regalo y reprensión se mezclan en su acción, presidida por el amor y la amistad, los firmes valores en los que descansa su pequeña comunidad. Sobre la base de la tradición aristotélica, el pensamiento político moderno consideró que la amistad y el amor no eran cualidades, digamos, estrictamente privadas, sino también básicamente públicas y que las relaciones, por ejemplo, entre los monarcas y sus súbditos o entre el reino y el rey debían responder a ese paradigma de la amistad liberal y desinteresada. Así, la familia pasó a convertirse en un auténtico modelo para la construcción de otras comunidades a mayor escala.
En la España del siglo XVI podemos encontrar numerosos ecos de esa imagen familiar. El que se ha hecho más famoso es el que aparece en una carta, con justicia célebre, que Ribadeneira envió al Cardenal Quiroga en 1580 y en la cual refiere cómo el reino ha venido a disgustarse con Felipe II por culpa de la política adoptada durante la agitada década de 1570. Obsérvense los términos empleados por el jesuita para expresar ese disgusto de los súbditos caídos en el amor de su rey que: "... tan poderoso y tan obedecido y respetado, no es tan bien quisto como solía ni tan amado, ni tan señor de las voluntades y de los corazones de sus súbditos".
Esto respecto a los valores de amor y amistad que, presentes en la familia, deberían guiar la acción monárquica para con el reino. Sin embargo, la familia moderna, con su paterfamilias investido en incontestado señor de ese mínimo espacio que era la casa, también podía ser invocada para robustecer el poder del rey. Este, ahora, podía ser presentado como el padre de su reino que debía administrar económicamente como si fuera una casa. Como han observado los historiadores del poder, trasladar la potestad económica al gobierno general del reino redundaba en la capacidad de acción voluntaria de los soberanos.
La aparente contradicción entre estas dos posturas no viene más que a insistir en la importancia de la familia como elemento central del lenguaje político de la España de los Austrias. Y de una centrafidad que no afecta sólo a su imaginación o cultura políticas, sino también a su práctica.
Como ha sintetizado recientemente Jean Frédéric Schaub, mayorazgos y capellanías supusieron un extraordinario lazo de unión entre las familias y la Corona. Su fundación y la eventual enajenación de una parte de sus rentas o bienes resultaban fundamentales para el mantenimiento de los intereses familiares, pero, recuérdese, ambas cosas estaban en manos reales. De esta forma, las estrategias familiares pasaban por la colaboración con la Corona, la cual, a su vez, se beneficiaba de las redes de clientelismo y solidaridad que se forjaban, precisamente, sobre la base de linajes y familias entrando en la formación de bandos y facciones.
Casas y palacios
En el Magreb no se conservan restos de palacios ni de casas almohades. De las construcciones de esta poderosa dinastía en algunos lugares de al-Andalus, como el Algarve, Murcia, Málaga y Sevilla, quedan algunas referencias en fuentes literarias, en tanto las fuentes arqueológicas van precisando cada vez más diversas cuestiones a su alrededor. Cuenta el cronista cortesano Ibn Sahib al-Sala que el califa Abu Yaqub "levantó también en Sevilla los nobles palacios fuera de la Puerta de Yahwar", y en otro pasaje de su Crónica, precisa que, en octubre de 1171, el califa Abu Yaqub "ordenó también construir los nobles, famosos y felices alcázares de la Buhayra, pasada la Puerta de Yahwar, en Sevilla, en el lugar que antes la gente llamaba Luqm Faraun (Bocado de Faraón)... construyó alli alcázares y casas para el Gobierno, sobrepasando lo que había construido su hermano el altísimo señor Abu Hafz, para quien trabajó el almojarife Muhammad b. al-Muallim, junto al río de Sevilla, pasada la puerta de al-Kuhl... (Ordenó) que le acotaran la tierra baldía lindante con los alcázares y edificios... para hermosear la residencia, plantando olivos, árboles y vides y frutales raros... la construcción se cercó por los cuatro costados con un muro protector".El califa Abu Yusuf, por su parte, ordenó, en su primera campaña andalusí, en 1190-91 "que se le construyera en la ribera del Gran Río de Sevilla un recinto fortificado con alcázares y pabellones", según el cronista al-Marrakusi, que añade cómo en 1195, durante su segundo viaje a al-Andalus, aquel califa ya habitó en esas nuevas construcciones. En el Alcázar de Sevilla quedan algunos elementos de época musulmana, como el patio del Yeso, fechable en el siglo XII, aunque no pueda precisarse si al principio o al final de tal centuria, con lo cual es incierto saber si pertenece al período almorávide o al almohade. Mide 12,25 x 11 metros, hecho en ladrillo, con arquería sólo en un frente, de un gran arco central flanqueado a cada lado por tres menores, con intradós de yeso que dibujan curvas yuxtapuestas. Calada celosía romboidal corona los arcos menores. El jardín está dividido por dos andenes cruzados, como sucedía también en el Alcázar Viejo, relacionable con obras almohades, situado donde luego se alzó la Casa de Contratación.Sobre las casas andalusíes ha avanzado mucho su conocimiento en los últimos años, como se pone de manifiesto en varias publicaciones, entre ellas en la colectiva La casa hispanomusulmana. Aportaciones de la arqueología, Granada, 1990. Sobre la época almohade, en concreto, el descubrimiento y estudio del rico conjunto urbano de Siyasa (despoblado andalusí, cuyo topónimo pasó a la ciudad cristiana de Cieza, levantada en sus proximidades) ha permitido a Julio Navarro Palazón ofrecer importantes precisiones sobre la tipología de las viviendas: entre las de tipo complejo, el promedio de superficie construida oscila entre 100 y 150 m2 (aunque alguna sobrepasa los 200 m,), con cuatro crujías, en general un hermoso patio (una casa tiene dos), entre 32 m2 el mayor y 12 M2 el menor de las viviendas de este grupo, patio cuadrado o rectangular bastante regular, ricamente adornado (12 arcos se hallaron en una de las casas; otra tenía un ostentoso pórtico). Alrededor del patio se disponían el salón principal, una o dos alcobas, salón secundario, gran cocina (con alacena, hogar y banqueta), letrina, zaguán o pasillo acodado (resguardando el interior de la vivienda de la vista desde fuera), tinajero y, además, el establo. El tipo de casa elemental, que no rebasa los 50 m2 construidos, carece de alguna de la cuatro crujías configuradas por el patio (reducido incluso a 4 y 5 m2), y sus espacios están peor definidos por cuanto el poco espacio llevaba a que una misma dependencia se usara para varias funciones; estas casas menores tenían además letrina, en algunas se distingue un salón (aunque en otras su función la cumpliría la cocina, no siempre definida como pieza independiente); desaparecen los pasillos acodados y el zaguán. Se aprecian arranques de escaleras, que conducirían a un piso alto, de cuya distribución y amplitud no queda constancia.
Castigos para idólatras y fornicadores
En esencia, se condenan en el Concilio de Elvira con mayor gravedad la idolatría y todos los aspectos relacionados con prácticas de culto pagano. Pero la misma dura condena de ser arrojados fuera de la Iglesia por estas razones se aplica a los cómicos que, después de bautizarse, volvieran a ejercer su oficio. También alcanza la condena a las mujeres que se casaran con cómicos y comediantes, aunque a éstas se les aplica una pena menor. Resulta curioso que el oficio de cómico fuera considerado más grave que el de ejercer el lenocinio o prostitución y que éste último se equiparara al del clérigo que no expulsara de su casa a una mujer adúltera.
La fornicación es considerada como un delito grave que conlleva varios años de separación de la Iglesia. Pero la sanción se reduce considerablemente si los fornicadores se casan posteriormente. Con cinco años de excomunión se castiga a los padres que casan a sus hijas con herejes o judíos. Pero, sorprendentemente, idéntica pena se aplica también a la matrona que "encendida por el furor, flagelase a su esclava con tal intensidad que muriera entre dolores en el término de tres días", en el caso de que no hubiera pretendido matarla intencionadamente. De haberla matado con alevosía, la condena se eleva a siete años de separación. Pena muchísimo más leve que la impuesta a las vírgenes que violasen su voto una sola vez.
Del conjunto de todas las disposiciones se pueden sacar una serie de conclusiones, entre las que destacaremos algunas que consideramos especialmente relevantes. Así, por ejemplo, la necesidad de diferenciarse de los judíos. Varios cánones condenan el matrimonio con éstos, el hecho de que los judíos bendijeran las cosechas de los cristianos e incluso comer con ellos. Sin duda, el deseo de no ser confundidos con ellos -cosa que en esta época debía suceder con frecuencia- explica este antisemitismo, al tiempo que estos testimonios evidencian la existencia en Hispania de comunidades judías con cierta pujanza.
También se atestigua la desigualdad entre el hombre y la mujer ante un mismo pecado. Mientras el adulterio de la mujer conlleva su expulsión de la casa, el del marido no tiene consecuencias. Es más, si la mujer abandona al marido adúltero, no tiene derecho a divorciarse. Derecho en términos religiosos, claro está, porque el divorcio sí existía en términos jurídicos. El hombre separado de su mujer puede volver a casarse con otra, mientras que la mujer separada no podrá hacerlo hasta enviudar. El aborto también conlleva una severa sanción: la excomunión hasta el momento de la muerte.
Otra de las conclusiones que podríamos sacar es la que prohíbe todo tipo de espectáculos o prácticas tradicionales del mundo romano de carácter lúdico. Se condena, según vimos, a los cómicos y comediantes y a todo aquel que trate con ellos. Esta condena la reitera Cipriano de Cartago y de su explicación se desprende que el simple hecho de que se disfrazaran de mujer e imitaran actitudes femeninas, bastaba como prueba para considerar impúdico este arte. Tal vez en el fondo latiera cierta sospecha de homosexualidad. También se castigan los espectáculos de los aurigas por la violencia que conllevan y hasta el juego de dados, que supone un año de excomunión.
En esencia, hay un deseo de desmarcarse del contexto pagano en el que viven, incluso una lucha por defender su fe, sus prácticas, sus actitudes particulares frente a los demás. Tal vez fue esa tenacidad la que preservó al cristianismo de ser asimilado por el sistema romano tradicional, al contrario de lo que les sucedió a otras religiones orientales como el mitraísmo, el culto a Cibeles, los seguidores de Serapis, etc. El sincretismo religioso romano pocas veces rechazó una religión nueva; sencillamente la incorporaba, pasando los nuevos dioses a engrosar el panteón romano. No es extraño que el emperador Severo tuviera un altar particular en el que compartían el culto Mitra, Abraham, Jesús y Apolo, entre otros. Así, el peligro mayor para el cristianismo era ser absorbido por el sistema religioso romano. Desde las instancias eclesiásticas se toman todo tipo de disposiciones para preservar a la comunidad cristiana de actitudes que pudiesen implicar un relajamiento de su acendrado monoteísmo. A tal fin no basta separarlos del culto a los dioses romanos, sino del contacto e incluso del trato con determinados sectores, ya fuesen paganos, judíos o de cualquier otra religión. Esta determinación de intentar constituir a las comunidades cristianas en grupos separados del conjunto de la población propició el que sus contemporáneos viesen en ellos a los componentes de una secta oscurantista y en más de una ocasión manifestó su hostilidad contra la misma, pero al mismo tiempo logró que el cristianismo se mantuviese firmemente anclado a la creencia en un dios que excluía y combatía la existencia de todos los demás.
Castilla se abre al Atlántico
El período comprendido entre los años 1284 y 1474, o lo que es lo mismo entre la muerte del monarca Alfonso X el Sabio y la proclamación de Isabel I como reina de Castilla, puede ser contemplado, por lo que a la Corona de Castilla se refiere, desde ópticas contrapuestas. En efecto, para unos se asiste en dicha etapa al declive irremediable del mundo medieval, en tanto que otros encuentran en ella los primeros síntomas inequívocos de los tiempos modernos. En verdad todo depende de los elementos que se tomen en consideración a la hora de formular un juicio. Si nos fijamos, por ejemplo, en la convivencia de las tres culturas, cristiana, musulmana y judía, cuyos frutos más logrados se alcanzaron precisamente en el reinado de Alfonso X el Sabio, lo acontecido en los dos siglos siguientes constituye un fracaso incuestionable.
La expulsión de los judíos, decretada en marzo de 1492, seguida unos años más tarde por una medida similar con respecto a los mudéjares, sería la más rotunda manifestación del final de la coexistencia entre las tres religiones. Si, por el contrario, centramos nuestra atención en la proyección exterior de la Corona de Castilla, veremos cómo al concluir el siglo XV se ponía en marcha la gesta colombina, testimonio indiscutible de su apertura al antiguo mar tenebroso, es decir, al Océano Atlántico. Paralelamente, Castilla había extendido sus tentáculos por la costa occidental africana y las islas Canarias, al tiempo que desarrollaba, con notable intensidad, las rutas comerciales hacia la costa atlántica de Europa.
La entrada en la modernidad, no obstante, se puso asimismo de relieve en otros muchos aspectos. Uno de los más señalados tiene que ver con la construcción de un aparato de Estado eficiente, cuyos soportes eran una monarquía fortalecida, centro indiscutible del poder político, y unas sólidas instituciones centrales de gobierno, a la par que un personal técnicamente preparado para la gestión que se le encomendaba, los letrados. En este sentido, la monarquía de los Reyes Católicos puede considerarse uno de los ejemplos más acabados del incipiente Estado moderno.
Ahora bien, el camino recorrido entre los años 1284 y 1474 estuvo salpicado de numerosos obstáculos. La anarquía, frecuentemente atizada por la violencia de los malhechores feudales, estuvo a la orden del día. Añadamos las interminables luchas de bandos, que salpicaron la geografía de la Corona de Castilla de un extremo a otro. Tampoco faltaron la guerra fratricida (Enrique de Trastámara se enfrentó a Pedro I en los años 1366-1369) o la deposición de un monarca por parte de vasallos suyos (Enrique IV en la farsa de Avila, del año 1465). Luis Suárez, en una obra convertida en clásica, habló del conflicto entre nobleza y monarquía, cuya finalización llegó en tiempos de los Reyes Católicos con la victoria de la primera en el terreno social y económico y de la segunda en el político. Simultáneamente se incrementaba el descontento de los sectores populares, unas veces orientados contra los señores, como aconteció en Galicia con motivo de la segunda guerra irmandiña; otras, contra la odiada minoría hebraica o contra sus herederos, los cristianos nuevos o conversos.
Y, como trasfondo, la Corona de Castilla vivió en el transcurso del siglo XIV una crisis de altos vuelos, por lo demás común a toda la Cristiandad europea. Su síntoma externo más alarmante fueron las epidemias de mortandad que se propagaron por todas las tierras, y en primer lugar la peste negra de mediados de la centuria. Pero no hay que dejar en el olvido los frecuentes malos años que afectaron de forma negativa al mundo rural. Tampoco hay que perder de vista, para completar el panorama, la incidencia en tierras hispanas de los graves problemas que afectaron al conjunto de la Cristiandad en aquellos siglos. Nos referimos fundamentalmente a dos: el magno conflicto franco-inglés conocido como guerra de los Cien Años, por una parte, y al Cisma que vivió la Iglesia en las décadas finales del siglo XIV e iniciales del XV, por otra. Claro que, en contrapartida, desde mediados del siglo XV las perspectivas eran más halagüeñas, pues la crisis, tanto en el terreno demográfico como en el económico, había sido superada por completo.
Castilla y Aragón
Si la configuración sociológica de la España de los Reyes Católicos no permite establecer con claridad su caracterización dentro de los perfiles clásicos de unidad con que la historiografía más tradicional ha pretendido resumir el reinado y apuntar sus objetivos, la denominada unidad de España encuentra serias dificultades para ser admitida como realidad que supere a una mera yuxtaposición de reinos. A la diversidad religiosa, a la fragmentación estamental y a la difícil convivencia, ha de añadirse el carácter incompleto, limitado y muy ajeno al objetivo de una tendencia unificadora preexistente entre las dos Coronas. En la actualidad parece más correcto sostener que la Monarquía Católica, nacida del matrimonio de Isabel y Fernando, es un complejo en formación y no el mundo político terminado y cerrado que es imposible reconocer en la práctica independencia y autonomía de un reino, el de Navarra, que conservó todas sus instituciones a partir de su anexión a Castilla en 1515; en la existencia del reino de Granada, bajo el poder musulmán, que tras su conquista en 1492 mantuvo parte de su impenetrabilidad e identidad anteriores gracias a la cohesión interna de la nueva sociedad; en la fragmentación estatal de la Corona de Aragón con instituciones diferenciadas en Aragón, Cataluña, Valencia, y en la existencia de entidades políticas extrapeninsulares, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, y más adelante las Indias, cuyo control administrativo y económico escapó, como en casi todas las partes, del afán centralizador y de los objetivos unitarios que se han pretendido presentar como procesos acabados en el tiempo de su gestión como gobernantes.
Esta monarquía, que desde otras perspectivas historiográficas más coherentes presenta signos evidentes de precariedad, se nos presenta de todos modos como un proyecto político, ciertamente organizado, que de forma escalonada y no sin grandes dificultades tendió a homogeneizar la fuerza, mediante la construcción de un ejército permanente; aplicó hasta donde fue posible una rica variedad de esfuerzos tolerantes e intolerantes para asimilar las poblaciones excluidas del orden cristiano tradicional; organizó un conjunto institucional especializado que buscó centralizar la administración de la justicia, la gestión de la hacienda, la política de los Estados, la vida municipal y sus relaciones exteriores.
En este proyecto desempeñaron papeles diferentes los reinos originarios de la Monarquía Católica, Castilla y Aragón; el primero, con más disponibilidades y recursos humanos y económicos que el segundo, asumió el ser centro de dirección y de toma de decisiones que, en ocasiones, pretendieron exportarse e imponerse a los Estados más periféricos y extrapeninsulares de la monarquía. Esta diferenciación de papeles produjo problemas en el ensamblaje de las distintas formas de gobernar -excepción hecha de la política exterior-, que obedecían a las "identidades constitucionales" de cada reino y a las distintas capacidades ejecutivas pactadas desde las capitulaciones matrimoniales de Cervera de marzo de 1469, que limitaban la actuación de Fernando, ya rey de Sicilia, en las cuestiones tocantes a Castilla, hasta las concordias celebradas en Segovia en 1475, que todavía reafirmaban más la autonomía de Castilla respecto del futuro rey de Aragón, pasando por situaciones forzadas por coyunturas específicas, como las impuestas por la guerra civil castellana que obliga a la reina a ampliar los poderes de Fernando, o a la inversa, como ocurre con los poderes otorgados por Fernando a Isabel en Calatayud, en abril de 1481, con ocasión de la celebración de Cortes en Aragón y en Cataluña; o en Murcia, en mayo de 1488, por un motivo parecido.
Sin embargo, pese a todas las dificultades y diferencias de protagonismo, el proyecto fue desarrollado en Castilla, en Aragón y, fuera de la Península, en el Mediterráneo y en el Atlántico. En el interior, la conquista del reino de Granada, la institucionalización de las formas de gobierno y la actuación de la monarquía en las ciudades constituyen los ejemplos más significativos de un proceso que, en el exterior, culminó con el descubrimiento de América y con el resultado favorable de una hábil estrategia familiar.
Castilla y el Atlántico
Desde el siglo XIII se estaba produciendo una lenta pero inexorable mutación geográfica desde el Mediterráneo hacia él Atlántico, debido a numerosos factores, tanto políticos como económicos y tecnológicos.
La fachada marítima de Portugal y la costa atlántica de Andalucía ocupaban, desde ese punto de vista, una posición estratégica de primera magnitud. De ahí que se haya hablado por algunos historiadores del privilegio ibérico. Lo cierto es que en el transcurso del siglo XV la Corona de Castilla, que había puesto los pies en las islas Canarias al comenzar dicha centuria, fue protagonista de una notable expansión por la costa occidental de Africa, ya fuera para explotar sus pesquerías o para realizar un lucrativo comercio.
En esas actividades participaban, sin duda, los grandes linajes de la nobleza de Andalucía, como los Guzmán o los Ponce de León, a los que, además de señores de tierra adentro, se les consideraba como señores de la mar. Pero, sobre todo, había en la costa atlántica de Andalucía un abigarrado mundo de mareantes y de pescadores.
No tiene por ello nada de extraño que fuera precisamente en ese territorio en donde, años más tarde, encontrara Cristóbal Colón tanto el aliento como las bases materiales para llevar a cabo su proyecto de viaje a las Indias cruzando el Atlántico.
Castilla y el Cisma de Occidente
La Iglesia vivió una situación muy difícil en las últimas décadas del siglo XIV. Ciertamente la crisis de la centuria contribuyó al desarrollo, entre las masas populares, de una religiosidad emotiva y sensiblera. Pero el acontecimiento más grave de cuantos sucedieron en el ámbito de la vida religiosa fue el Cisma de Occidente, es decir, la coexistencia, desde el año 1378, de dos pontífices en el seno de la Iglesia. Pese a todo en la Corona de Castilla hubo, en los años finales del siglo XIV, un serio intento reformista, cuya cabeza visible fue el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio.
Las diversas naciones de la Cristiandad, una vez que estalló el Cisma, se encontraron ante un grave dilema: la necesidad de elegir entre el pontífice de Roma o el de Aviñón. Francia, aliada de Castilla, presionaba a ésta para que reconociera al pontífice aviñonense. Con la finalidad de tomar una decisión se celebró una asamblea del clero de la Corona de Castilla en Medina del Campo, en 1380. Aunque hubo algunas dudas, finalmente la asamblea se decantó en favor de Clemente VII, pontífice de Aviñón. Al año siguiente, 1381, Castilla declaraba solemnemente su obediencia a este papa. Todo parece indicar que desempeñó un papel muy importante en la decisión adoptada el legado pontificio Pedro de Luna, un clérigo de origen aragonés. Precisamente Pedro de Luna sucedería al pontífice de Aviñón en 1393, adoptando el nombre de Benedicto XIII.
Inmediatamente, se pusieron en marcha diversas vías destinadas a poner fin al Cisma. Fracasada la via facti se acudió a la via cessionis. La cuestión se solucionaría si los dos papas dimitían. Castilla presionó para que Benedicto XIII se retirara, pero ante su negativa una nueva asamblea de eclesiásticos, reunida en esta ocasión en Alcalá de Henares en el año 1398, propuso una medida ciertamente radical, la sustracción de obediencia al pontífice aviñonés. Ahora bien, como quiera que Benedicto XIII no renunció y por otra parte Castilla se encontró durante unos cuantos años al margen de cualquier pontífice, una nueva asamblea de eclesiásticos, reunida en 1402, recomendó, como mal menor, restituir la obediencia al papa de Aviñón, lo que se llevó a cabo en Valladolid en 1403.
Fracasada la vio cessionis se puso en marcha un nuevo método, la vio compromissi, que buscaba el logro de un acuerdo entre los propios pontífices. Enrique III puso su mejor voluntad para que se alcanzara la concordia, pero el fracaso de la proyectada entrevista entre el pontífice romano y el aviñonense no dejaba más camino posible para solucionar el Cisma que la via concilii, es decir, la convocatoria de un concilio universal de la Iglesia.
Catalanismo y vasquismo
Los propósitos de Francia respecto a Cataluña oscilaron entre la simple anexión del territorio del Principado, como fue explícitamente proclamado por el Comité de Salud Pública el 26 de mayo de 1794, o favorecer una hipotética emancipación. La primera de las opciones siempre contó con la absoluta hostilidad de los catalanes y, quizá por ello, se pasó de la propuesta anexionista a la que proclamaba el deseo de Francia de ayudar a los catalanes a liberarse del yugo castellano. En realidad, la idea de formar una república catalana independiente escondía un propósito de anexión gradual y a más largo plazo, como lo revela el texto del Comité de Salud Pública que señalaba que "es preciso romper los lazos comerciales de este país con el resto de España, multiplicarlos con nosotros a través de fáciles caminos, introducir la lengua francesa, hacer nacer el gusto y la necesidad por los objetos republicanos".
Las contingencias militares condujeron, sin embargo, a un renacer del sentimiento catalanista, muy diluido desde el triunfo borbónico en la Guerra de Sucesión. La economía de las zonas pirenaicas, basadas en su complementariedad con las del otro lado de la raya fronteriza, se vino abajo estrepitosamente a causa de la guerra y de la presencia sobre el terreno de un ejército numeroso.
El comportamiento de los catalanes ante el esfuerzo bélico que se les exigía no fue ni unánime ni entusiasta, y hubo resistencia al reclutamiento y frecuentes conatos de indisciplina y deserción. Para contrarrestar la tibieza catalana se utilizaron elementos que suponían un reconocimiento de la peculiaridad del Principado. En primer lugar, se pasó a usar la lengua catalana por parte de las autoridades en proclamas y manifiestos, lo que suponía un reconocimiento inédito desde 1714 de la lengua propia de los catalanes. En segundo lugar, se organizó el somatén, una modalídad estrictamente catalana de movilización con la que los catalanes se identificaban mucho más que con los regimientos regulares, que también había quedado proscrita tras el conflicto sucesorio. Y, finalmente, se permitió la creación de Juntas de Defensa y Armamento, en las que participaban delegados de los gremios junto a representantes de los ayuntamientos. Estas Asambleas estuvieron lejos de significar una recuperación institucional específica de Cataluña, pues una hipotética Junta del Principado, con alguna similitud a las suprimidas Cortes, nunca llegó a ser realidad, y sólo funcionaron Juntas de corregimiento con la única finalidad de "contener al enemigo" y bajo el control, en todo momento, del Capitán General, primera autoridad del Principado.
Las provincias vascas y Navarra constituían una realidad específica dentro de la monarquía centralizada y uniformista surgida del conflicto sucesorio. Conocidas como provincias exentas, se singularizaban por contar con fueros propios y cuerpos de representación provincial y gozar del control de las haciendas municipales y de las aduanas.
Al igual que en Cataluña, también los franceses tuvieron que decidir sobre la anexión de los territorios ocupados o su independencia, si bien en el caso guipuzcoano la segunda posibilidad fue planteada por diputados de la Junta General celebrada en Guetaria en junio de 1794. José Fernando de Echave Romero y su cuñado Joaquín María de Barroeta y Aldamar negociaron con las autoridades francesas la posible independencia de Guipúzcoa, si bien los franceses rechazaron esa posibilidad y consideraron a la provincia como país conquistado, aunque con opción a integrarse en la República, alternativa esta última imposible, pues los valores y conceptos revolucionarios eran absolutamente ajenos al mundo tradicional y corporativo de la sociedad vasca.
En opinión de Jean-René Aymes, la adhesión a la independencia no fue ideológica, "sino más bien pragmática, circunstancial y aleatoria", es decir, destinada a ganar tiempo y evitar que corriera innecesariamente la sangre tras la ocupación por los franceses de Fuenterrabía, Irún, Pasajes y San Sebastián y la nula respuesta militar del ejército regular y de la escuadra surta en el golfo de Vizcaya. Pero en algunos casos hay pruebas de que el colaboracionismo estuvo motivado por la identificación con la ideología revolucionaria. En la causa instruida contra D. Pablo Carrese y otros colaboracionistas de Tolosa, estudiada por Fernández Albaladejo, se aprecia una adhesión entusiasta y no circunstancial a la ideología revolucionaria, cuando se narra lo acontecido junto al "árbol de la libertad, al que besaban, miraban hacia Francia y exclamaban: ¡Viva la República! Volvían a besar, cerraban el puño y convirtiéndose hacia Madrid, se mantenían un rato en la más fiera postura, significando en mudo, pero horroroso mensaje que estaban dispuestos a ejecutar en nuestro adorado Monarca la mismo vileza, y atrevido desacato que en el suyo".
El foralismo fue estimulado y alentado por las autoridades con el fin de crear entre los vasco-navarros un mayor compromiso contra el invasor francés. Los fueros recordaban el carácter sagrado de la tierra y el deber ineludible de acudir en su defensa. Sin embargo, los resultados prácticos no fueron muy satisfactorios, pues en Vizcaya, Alava y, sobre todo, Navarra, los fueros provocaron problemas de alistamiento ya que, siguiendo estrictamente lo dictado por el régimen foral, no se podía obligar a luchar fuera de los límites de cada provincia. No es extraño que, una vez finalizada la guerra, las autoridades de Madrid se plantearan acabar con el estatuto peculiar de las Provincias Exentas; y aunque la ofensiva antiforalista no llegará a su última consecuencia -acabar con el sistema foral en su totalidad-, sí quedará en los responsables políticos de la Corte la idea de que los vascos y los navarros habían infringido la solidaridad nacional "al faltar esencialmente a sus deberes". Como señala Fernández Albaladejo, "entre 1796 y 1808 el régimen foral se sentó en el banquillo de los acusados".
Causas económico-sociales y étnico-culturales
El proceso exacto de las tensiones socio-económicas es difícil de determinar. Acién y otros autores como Salvatierra proponen un atractivo esquema: la población rural que, al socaire de los disturbios provocados por la conquista, se había liberado en parte de la dominación de la aristocracia visigoda, se vio progresivamente sometida a una fiscalidad estatal cada vez más pesada. La aristocracia indígena proto-feudal que subsistía vería la renta que obtenía de los derechos sobre la tierra y los hombres afectada por la extensión del sector administrativo, por las crecientes recaudaciones del Estado en el mundo campesino y por el desplazamiento de una parte de la población rural hacia las ciudades. Este doble malestar provocaría, por una parte, la huida de los campesinos hacia los husun (refugios) que servían habitualmente a la población rural y por otra parte, un encastillamiento de los ashab (señores) de las tierras en los lugares fortificados más complejos, desde donde intentarían controlar a una población que pretendía escapar. El afianzamiento de las estructuras estatales y el desarrollo de la civilización urbana engendraría, por otro lado, tensiones paralelas en los medios tribales, beréberes y árabes.
Este esquema tiene el mérito de proporcionar a la vez una causalidad económico-social y un cuadro explicativo de conjunto que permiten integrar la complejidad de las disidencias que pusieron en peligro el poder omeya. Me parece que el único defecto es que no sitúa en su justo lugar los antagonismos étnico culturales que las fuentes árabes consideran determinantes y de los que es imposible hacer caso omiso. Aunque no se vea en ellos más que una manifestación superestructural de tendencias o de movimientos más profundos, el caso es que los contemporáneos y sus sucesores inmediatos explicaron los conflictos civiles que desgarraron alAndalus en términos étnicos. La oposición entre los elementos arabo-beréberes por un lado y los elementos indígenas por otro probablemente no explica todos los enfrentamientos y abundan las excepciones, como en los antagonismos Qays-Yemen y Butr-Baranis en los medios árabe y béreber. Sin embargo, estos enfrentamientos emergen constantemente en los textos, aun considerando solamente los múltiples poemas compuestos -en árabe- entre las llamas de las luchas civiles que componían los poetas "nacionalistas" pertenecientes a una y otra etnia. En el marco de una arabización lingüística ampliamente adquirida, el poeta se vanagloriaba de su etnia árabe o cantaba los éxitos de los muladíes y el prestigio de sus jefes. Allí donde los acontecimientos se pueden seguir con más claridad, se observa que los que se llevaban la palma eran los elementos árabes. Este era el caso de Zaragoza, donde los Tuyibíes sustituyen a los Banu Qasi, y de Sevilla, donde los autóctonos son masacrados y dominan, al final del emirato, jefes árabes. En estos dos casos, la victoria de los árabes se hizo con la garantía del poder central que, después de parecer por un tiempo en trance de encontrar un acuerdo con los elementos muladíes, terminó aceptando el hecho consumado que le imponían los árabes.
En el centro, los muladíes de Toledo resistían con dificultad al afianzamiento del poderoso linaje beréber de los Banu Dhi I-Nun en los bordes orientales de su territorio. En Mérida, tampoco se acabó con el elemento indígena, sino que disminuyó su fuerza y abandonó la ciudad para reagruparse en Badajoz. En este caso como en el de Pechina, ciudad que creció vertiginosamente, el poder dejó que se constituyera un núcleo indígena islamizado de poblaciones trasplantadas que se estructuraron conforme al modelo urbano arabo-musulmán. El procedimiento es muy claro en el caso de Badajoz: Ibn al Yilliqi, refugiado durante cierto tiempo en territorio cristiano, volvió a la ciudad nueva donde logró el reconocimiento del poder central cordobés. Según al-Bakri, escribió al emir Abd Allah, que acababa de acceder al poder, para pedirle que delimitara sus tierras en un acto oficial y que reconociera la situación de sus muladíes a través de un pacto. Esta petición fue aceptada. Ibn Marwan envió una segunda misiva diciendo que no tenía grandes mezquitas donde proclamar la oración a nombre del emir ni baños públicos para lavarse y que sus compañeros, a pesar de su sedentarización, eran en su mayoría rurales. Pedía que se enviaran obreros encargados de construir la mezquita y los baños: la ciudad podría, entonces, rivalizar con las otras metrópolis. De hecho, el emir le concedió todo lo que había pedido. En la lejana Mallorca, conquistada por Ibn al-Jawlani con el consentimiento del emir Abd Allah, Ibn Jaldun indicaba que se habían apresurado a urbanizar la isla edificando mezquitas, baños y funduqs. La construcción de Pechina se hizo alrededor de una gran mezquita levantada por un notable árabe. Muhammad al-Tawil invirtió los beneficios del botín ganado a los cristianos en la urbanización de Huesca.
Ciencia y técnica en las taifas
El siglo XI se inició mal para los andalusíes: después de la guerra civil que duró más de veinte años, los reinos de taifas, que habían nacido como consecuencia de la misma, no sólo se desangraron luchando entre sí, con o sin ayuda de los reinos cristianos, sino que su política interior, excepto unos cuantos casos (Sevilla), se vio frecuentemente perturbada por luchas intestinas. Al fin y al cabo, si Sancho III el Mayor de Navarra o Fernando I de Castilla, al testar, repartían el reino entre sus hijos, lo mismo hacía Sulaymán b. Hud de Zaragoza. La diferencia radicaba en que los Estados musulmanes, mucho más numerosos que los cristianos, recurrían a éstos para que los ayudaran contra sus correligionarios. Para poder pagar a sus auxiliares -casi siempre los propios reyes cristianos, pero a veces también señores particulares (piénsese en el Cid, que estuvo al servicio de los Banu Hud de Zaragoza)- los impuestos sobre la población musulmana aumentaban constantemente. Y a esto se añadían los caprichos de los propios señores taifas: unos protegían a los poetas; otros, a los científicos, etcétera. Pero todo ello a costa de nuevas contribuciones que arrancaban a sus súbditos.Dentro del mismo círculo de los cortesanos existían numerosas rencillas que, en algún caso, tuvieron su importancia en el desarrollo científico-técnico. Maribel Fierro demuestra para Toledo, en un original artículo (1), cómo la sucesión de cadíes de esa ciudad bajo la égida de un mismo soberano, al-Mamún, pudo motivar cambios en la política científica. Said al-Andalusí, autor de la primera Historia de la Ciencia digna de ese nombre, ocupó el cargo, al menos dos veces (antes del 1058 y después del 1067 hasta su muerte). Este hombre estaba vinculado a la familia "liberal" de los Hadidí. Uno de sus amigos, al-Waqqasí (m. 1096), ha pasado a la posteridad con fama de librepensador a causa de su tendencia a colaborar con los cristianos, pero, especialmente, por un par de versos que se le atribuyeron y que decían: "Me aflige pensar que las ciencias de la humanidad son dos y que si las aprendo no tengo más que aprender / Una ciencia (la teología) cuya comprobación real es imposible y otra (la filosofía) cuya verdad de nada sirve" (2). Pero al-Waqqasí no era el único escéptico de la época. Fierro resume la situación con las siguientes palabras: "Es... cuando algunos médicos judíos abogaron por una persuasión universal... constituida a base de todo lo bueno y honorable ordenado por las diversas religiones, es decir, abogaron por una cultura ética. Es también la época en que se discutió en al-Andalus... la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios o la veracidad de la profecía o cuál de las religiones existentes es la verdadera. No es de extrañar, por tanto, que cuando Toledo cae en manos de los cristianos, un musulmán... se convierte al cristianismo diciendo que, en último término, el Dios de los cristianos y el de los musulmanes es el mismo". A estos grupos les parecía correcto el estudio de la ciencia de los antiguos, es decir, las obras de Aristóteles y de Ptolomeo. Sin embargo, en un cierto momento el cadiazgo de Toledo pasó a manos de Abu Zayd al-Hassa, vinculado con la familia de los Banu Mugit, conservadores, y las ciencias de los antiguos empezaron a ser mal vistas. El asesinato de Ibn al-Hadidí (3) (1076) en presencia del sucesor de al-Mamún, al-Qádir, debió hacer pensar a los científicos más destacados que era hora de buscar refugio en los Estados del sevillano al-Mutamid: el astrónomo Azarquiel (h. 1078), los agrónomos Ibn Bassal y Ibn al-Luengo y otros emigraron hacia el sur. Además, vivir en Toledo, Zaragoza u otros reinos con frontera directa con los cristianos no permitía tener tranquilidad de espíritu para dedicarse a la investigación que, aunque entonces no se llamara así, se practicaba en casi todo al-Andalus. Y para muestra, basta ver la biografía y los textos de uno de los visires de al-Mamún, Abu-l-Mutarrif b. Mutanna (m. 1063) (4).Estas difíciles circunstancias políticas, en que cada taifa iba por su lado, llevaron a los alfaquíes a interrelacionarse entre sí, por encima de las fronteras políticas para mantener la unidad y ortodoxia de su islam. Esa fue la misión del censor de costumbres Muhammad b. Labid al-Murabit, para conseguir que la pena capital dictada en Toledo contra el hereje Ibn Hatim -quien huyó- se cumpliera bastantes anos más tarde legalmente (1072) en Córdoba, que entonces dependía de Sevilla. Ahora bien: el censor de costumbres o sus mensajeros recorrieron media España para evitar que el Tribunal religioso de cualquier ciudad absolviera a un pecador, ya condenado, acusado de ser maniqueo (zandaqí).Pero, a pesar de todos estos inconvenientes, los estudios científico-técnicos se desarrollaron por doquier. A mediados del siglo XI eran conocidas y discutidas casi todas las obras, auténticas o no, atribuidas a Aristóteles; las poco recomendables ciencias ocultas y la mitología astral de Harran (Asia Menor) se introducían a través de Abu Maslama de Madrid y al-Karmani hasta el pie de los Pirineos; el Almagesto de Ptolomeo era objeto de la atención de Azarquiel, quien, con sus colaboradores, calculó unas nuevas Tablas astronómicas que son el precedente inmediato de las de Alfonso X, además de un Almanaque que es el único conocido en su género hasta ahora. Gracias a sus trabajos astronómicos, Azarquiel llegó a utilizar, por primera vez en el campo de la astronomía, una curva no circular: el óvalo del deferente de Mercurio, y a descubrir el movimiento del apogeo del Sol. Además, Azarquiel construyó dos clepsidras, a orillas del Tajo, que no sólo señalaban la hora del día sino también las fases de la Luna. Funcionaron hasta el reinado de Alfonso VII, cerca de medio siglo después de la reconquista de Toledo. En esta misma ciudad y época, con los mismos hombres, se realizó una serie de modificaciones del astrolabio que transformaron este instrumento en un útil de observación y cálculo más sencillo. Así nacieron la azafea, la lámina universal, los ecuatorios, etcétera, que se utilizaron en el mundo europeo hasta fines del siglo XVI (5).Personaje al que no se puede olvidar es Ibrahim b. Said, el de (Castellón de) la Plana, pues no sólo nos habla de él el cadí Said en su Historia de la Ciencia como de un joven sabio constructor de astrolabios en Toledo, sino que después de la muerte de aquél siguió trabajando primero en la capital del Tajo, luego en Valencia, y construyó numerosos instrumentos hasta fines del siglo XI. En el año 1080 parece que ya se había trasladado al Levante español, pues hizo uno de los primeros globos celestes que conservamos y que dedicó al alcaide Isa b. Labbún (lo tenemos documentado por la Dajira), señor de Murviedro (Sagunto). El análisis de sus astrolabios muestra que al-Sahlí construía -al menos nos consta en un caso- más láminas para latitudes de las que cabían en la madre del instrumento.Al mismo tiempo, en la Huerta del Rey de Toledo, Ibn Bassal -que había recorrido medio mundo con motivo de su peregrinación a La Meca- realizaba experimentos sobre injertos, mejora de especies botánicas, etcétera, que continuó más tarde en el Jardín del Sultán en Sevilla (6). La introducción de los cítricos en la Península estaba ya muy adelantada, pues en el siglo XI era conocida la naranja amarga y, probablemente, la dulce. Al mismo tiempo, los agrónomos andalusíes que se refugiaron en Sevilla desarrollaron un original sistema de clasificación de las plantas que puede considerarse como precedente del de Linneo.En Zaragoza se desarrolló especialmente el cultivo de las matemáticas y el análisis de las obras de Aristóteles. En el primer campo se distinguió su rey, al-Mutaman (1081-1086) cuya obra, que se creía perdida, se va encontrando ahora, poco a poco, en los manuscritos. En ese mismo campo hay que incluir al valenciano Ibn al-Sayyid, cuyos logros -que superaron a los de los griegos- nos han sido transmitidos en resumen por su discípulo Avempace. Es curioso observar la gran cantidad de alfaquíes y de hombres de letras -menos de ciencias- que residieron durante algún tiempo en Zaragoza. Esta cuña del islam, que avanzaba hasta los pies de los Pirineos, parece haber tenido una gran influencia en la introducción en el mundo cristiano de muchos conocimientos propios del árabe, gracias a su nutrida y, en parte, selecta, comunidad judía. Uno de ellos, el oscense Mosé ha-Sefardí, convertido al cristianismo en 1106, llegó hasta Inglaterra, en donde introdujo sistemas de cálculo árabes y tradujo al latín cuentos, algunos de los cuales se encuentran aún hoy en Las mil y una noches. Y también, y por los motivos que fueran, Zaragoza fue objeto de la atención de las primeras misiones cristianas que inauguraban un nuevo estilo de polémica religiosa entre el cristianismo y el islam occidentales. Said de Toledo, en su Historia de la Ciencia, demuestra estar bien informado sobre lo que ocurría en al-Andalus, aunque no de todo. Autores de primer orden se le escapan. Si sabe que en Cuenca al-Istichí está escribiendo el Libro de las cruces -en realidad una nueva redacción de la antigua astrología bajorromana traducida al árabe por al-Dabbí (h. 800)-, no tiene en cambio noticia de otros científicos importantes. Por ejemplo, no habla ni de Abd al-Karim b. Muttanna ni de Ibn al-Muad de Jaén el Joven (m. 1093), autor del primer tratado andalusí dedicado exclusivamente al estudio de la Trigonometría esférica y cuyo texto innovador no puede explicarse por completo a base de los conocimientos que habría adquirido en un hipotético viaje a Oriente, del que por ahora no se ha encontrado mención en las fuentes. Además, calculó correctamente la altura de la atmósfera de la Tierra.Al lado de la ciencia va la técnica, y es en el siglo XI cuando un tal Ibn Jalaf al-Muradí escribe el único tratado árabe occidental sobre mecánica hasta hoy conocido. Ha llegado a nosotros gracias a una copia hecha en la corte de Alfonso X el Sabio y en la cual intervino el célebre judío Rabí Zag (Ishaq b. al-Sid), uno de los principales ayudantes científicos del rey. El opúsculo de al-Muradí encabeza un manuscrito (conservado en la Biblioteca Medicea Laurenciana de Florencia) que tiene tratados distintos y de varios autores. El análisis del de al-Muradí ha permitido reconstruir la primera máquina que fue presentada, funcionando, en la exposición sobre El legado científico andalusí que tuvo lugar en Madrid en la primavera de 1992. La misma puede programarse de modo que la acción teatral que se realiza sobre el tablado se repita cíclicamente en un intervalo de tiempo prefijado y, en estas circunstancias, puede emplearse como reloj. La segunda máquina (intervienen dos caballeros, dos muchachas y dos infantes) puede ajustarse para que dé o haga sonar la hora a voluntad. Las restantes -más de veinte- siguen mostrando que nos encontramos ante una concepción distinta de la de los autores orientales que trataron del mismo tema como son los Banu Musa, del siglo IX, o al-Chazarí, del siglo XII. Pero lo más importante de todos estos juguetes, y algunos datos sueltos que figuran desperdigados por los textos literarios (como, por ejemplo, el de un laúd automático que estuvo en Toledo), es que nos dan una idea bastante aproximada de cómo podían ser las máquinas de la época y de cómo se podía transformar un movimiento circular en lineal y viceversa. Conocían las poleas, los polipastos, las palancas, engranajes de cualquier número de dientes o bien con dientes en sólo un sector de su circunferencia, las ruedas locas, los piñones, las cintas transportadoras, que a veces se bifurcaban; sabían producir movimientos alternativos o de vaivén, etcétera. Parte de estos artificios -no todos- tiene sus precursores en el mundo helenístico, pero, evidentemente, los mecánicos andalusíes sacaron de éstos y de los de su propia invención el máximo partido posible. Parece evidente que el mayor deseo del hombre era poder vivir sin trabajar, pero para ello habría que inventar los móviles perpetuos. Eso es lo que pretendió el autor de uno de los opúsculos que figuran en el citado manuscrito alfonsí al describirnos una serie de aparatos que elevaban teóricamente el agua en grandes cantidades sin consumo de energía. Pero, en medio de sus fantasías, aparecen otros que se basan en principios científicos correctos, aunque irrealizables en su época. Posiblemente, fue en este siglo XI cuando se introdujeron en la Península los molinos de viento y los de marea y, tal vez, se fijaran, por parte de los emires de Valencia y Játiva, Mubarak y Muzaffar, las primeras normas jurídicas por las que hasta hoy se rige el Tribunal de Aguas de Valencia.
Cistercienses y otras órdenes
Pese a la importancia de la reforma de la Iglesia y de la Cristiandad iniciada por los cluniacenses, la Iglesia no fue capaz de escapar a los condicionamientos de la época, mantuvo una estructura feudal semejante a la de los laicos y conservó idéntica organización económica y social, por lo que monjes y eclesiásticos pueden ser asimilados por sus riquezas y formas de vida a los nobles. Contra esta situación se alzan numerosos reformadores que creen se debe llegar a un cambio total de las costumbres y exigen la vuelta de la Iglesia al ideal evangélico de la pobreza; dentro de esta corriente se inscribe la comunidad cisterciense creada en 1098 por Roberto de Molesmes y prontamente extendida por la Península. Son de fundación cisterciense monasterios como Fitero, La Oliva y Leire en Navarra, Poblet y Santes Creus en Cataluña, Piedra y Rueda en Aragón, Valbuena, Sacramenia, Bujedo y Sotosalbos en Castilla, Sandoval, Moreruela, Valparaiso y Carracedo en León, Sobrado, Melón y Osera en Galicia, Belmonte y Valdediós en AsturIas, Tarouca y Alcobaça en Portugal .... San Bernardo de Claraval, cisterciense, está en la base de la creación y organización de las Ordenes militares creadas para acoger y defender a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa y combatir a los musulmanes, objetivo que despierta temprano interés en la Península, donde Alfonso el Batallador de Aragón y Navarra crea cofradías como las de Zaragoza, Uncastillo, Monreal o Belchite, precedentes de las Ordenes que se crearán en la segunda mitad del siglo XII. Calatrava fue la primera de una larga serie que incluye a las de Santiago, Alcántara y Avis y órdenes menos conocidas como las de Montegaudio, Santa María de España o San Jorge de Alfama; la disolución del Temple dio lugar en 1319 a la creación de dos nuevas órdenes: la de Montesa en la Corona de Aragón y la de Cristo en Portugal, que heredaron los bienes de los templarios...Por los mismos años en que surge el Císter y con características semejantes se fundan en Francia órdenes como la de Fontevrault, la Cartuja o la de los Premostratenses; en Fontevrault tienen acogida preferente las mujeres, por lo que ha llegado a afirmarse que se crea la abadía para acoger a las viudas de la alta nobleza; en la Península pertenecieron a este grupo los monasterios de Nuestra Señora de las Nieves, junto a Mayorga, protegido por la infanta Sancha, hermana del emperador, o el monasterio de Nuestra Señora de la Paz, junto a Oviedo, fundado por Guntroda Pérez, madre de una de las hijas de Alfonso VII. Los cartujos tienen sus primeras casas peninsulares en Scala Dei -1167-, entre Tarragona y Poblet, y San Pol de Mar en Cataluña, Portaceli en Valencia -1272-; más tardíamente se fundan las cartujas de Santa María del Paular en Castilla, Valldemosa en Mallorca... La Orden premostratense tiene casas en Fuentesclaras o Retuerta, La Vid, Sancti Spiritus de Ávila, San Leonardo de Alba de Tormes, La Caridad de Ciudad Rodrigo, Santa María la Real de Aguilar de Campóo, Ibeas de Juarros en Burgos; Vallclara, cerca de Montsant, Bellpuig en la comarca de Balaguer, Santa María de Artá en Mallorca, Urdax en Navarra...Cistercienses, premostratenses, comunidad de Fontevrault y cartujos buscan la reforma de la Iglesia mediante el ejemplo personal, huyendo de los honores y riquezas -aunque sus herederos no siempre lo consigan- y viviendo en el más absoluto aislamiento; otros grupos de clérigos y laicos aspiran a reformar las costumbres mediante la predicación, intentando convencer no sólo con el ejemplo sino también con la palabra; su actitud choca con la jerarquía eclesiástica, que se resiste a abandonar el monopolio de la predicación-enseñanza en favor de los laicos, y que teme que los fieles contrasten la teoría evangélica de los predicadores con la práctica de los clérigos y se opongan a la jerarquía por cuanto ésta se identifica con la nobleza feudal en el campo y con el patriciado en las ciudades.Entre los predicadores laicos destacan Pedro Valdo y Francisco de Asís; el segundo se acomodaría a las exigencias de la jerarquía y su movimiento será incorporado, tras la adaptación correspondiente, al sistema eclesiástico; sus seguidores formarán la orden franciscana. Pedro Valdo se negaría a aceptar la injerencia eclesiástica y sus teorías serán condenadas como heréticas por la Iglesia, y para combatir doctrinalmente a los valdenses y a los cátaros -otro grupo herético surgido en el sur de Francia- fue creada en el siglo XIII por Domingo de Guzmán la orden de los dominicos; completan esta relación de órdenes surgidas durante este período las creadas a comienzos del siglo XIII para redimir cautivos (trinitarios y mercedarios) y las de origen eremítico (carmelitas y agustinos). Todos estos frailes, por estricta que sea la regla, viven en el mundo, en las ciudades, y desempeñan un papel fundamental en la centralización realizada por Roma en el siglo XIII, y en las Universidades. Numerosos conventos franciscanos atribuyen su fundación a Francisco de Asís, peregrino a Santiago en 1213-1214, pero no parece que el santo interviniera en la fundación de las casas de Vitoria, Pamplona, Sangüesa, Tudela, Tarazona, Lérida, Cervera, Barcelona, Burgos, León, Astorga... aunque muchos de estos conventos fueron creados en vida del fundador y ya en 1217 se menciona la provincia franciscana de España, que se dividiría en tres, dada la proliferación de conventos, en 1322. Similar difusión tuvieron los monasterios femeninos (clarisas) existentes prácticamente en todas las ciudades peninsulares. La orden de los frailes predicadores o dominicos se extendió rápidamente por la Península, donde en 1217 ya existía un convento en Madrid y poco después el fundador creaba personalmente los conventos de Segovia, Palencia, Zamora, Santiago y Zaragoza, a los que siguieron los de Barcelona, Valencia, Játiva, Palma de Mallorca, Salamanca, Tarragona, Gerona...Si en algún lugar podían surgir órdenes dedicadas a la redención de cautivos en poder de los musulmanes era en la Península, en las zonas costeras amenazadas por los piratas, y catalanes fueron el fundador de los trinitarios, San Juan de Mata, y el de los mercedarios, San Pedro Nolasco, cuyas casas hallamos repartidas por toda la geografía hispana, y no menor difusión, aunque algo más tardía, tuvieron los mendicantes agustinos y los carmelitas, cuyos conventos coexisten con los antiguos monasterios benedictinos, agrupados por disposición del concilio de Letrán de 1215 en provincias.
Ciudadanía y rangos
El indicador más claro sobre el volumen de ciudadanos romanos y latinos de la Hispania republicana se encuentra en la atención al número de ciudades privilegiadas. Hay una salvedad que hacer siempre: no toda la población libre domiciliada en el ámbito territorial de una colonia o municipio disfrutaba de los mismos derechos. Existían los que, siendo ciudadanos por otra ciudad, tenían derechos de residentes, los incolae. Lomas ha resaltado la necesidad de ampliar el sentido de ese término para referirse a otros contingentes de población local que quedaron incluidos en el territorio colonial pero marginados y poseyendo su estatuto anterior de peregrinos: éstos poseían las tierras marginales que les permitía la subsistencia, mientras que las tierras mejores fueron repartidas y asignadas a los colonos, quienes poseían además los plenos derechos ciudadanos. Y frente a esta situación, encontramos también la de grupos de ciudadanos romanos o latinos residentes en ciudades que tenían un estatuto peregrino: uno de estos conventus civium Romanorum sirvió de base para la primera organización de Corduba como colonia. En todo caso, el listado de colonias y de municipios es siempre un buen reflejo del grado de difusión de los derechos privilegiados en el ámbito local.
El rango de los ciudadanos romanos de Hispania era muy diverso. Hasta fines del siglo II a.C., eran casi exclusivamente personas de rango decurional o bien pertenecientes a bajos estratos sociales. En las ciudades de mayor actividad comercial fue apareciendo una capa de ciudadanos que poseía grandes fortunas. Una pasaje del geógrafo griego Estrabón (III, 5, 3), escribiendo a comienzos del Imperio, dice lo siguiente: "Pues los gaditanos son los que envían los barcos de comercio más grandes y los más numerosos por el Mar Nuestro y por el mar de fuera de las Columnas, a pesar de que la isla que ellos habitan no es muy grande... Aun así, su número no parece ser inferior a ninguna de las ciudades con excepción de Roma. He oído que en uno de los censos recientes se contaron 500 gaditanos de censo ecuestre, lo que no hay en ninguna ciudad tampoco de Italia si se exceptúa a Patavium". Cádiz era municipio de derecho romano desde unos años antes, desde César. La referencia a los 500 gaditanos de censo ecuestre ya le llamaba la atención a Estrabón. La interpretación es dudosa si se entiende que había 500 personas del rango de los caballeros, equites, ya que éstos eran un ordo bien jerarquizado en esa época. Si se entiende en el sentido de que había 500 ciudadanos que tenían una fortuna superior a 400.000 sestercios, no hay obstáculo para aceptar la veracidad del testimonio que nos confirmaría a la vez las posibilidades de las ciudades portuarias para hacer fortuna.
Una familia gaditana, la de los Balbos, bien estudiada por Rodríguez Neila, emigra a Roma y bajo la protección inicial de Pompeyo y, poco después, del propio César accede al rango senatorial. Un miembro de los Balbos -Balbo- es quien, como patrono de Cádiz, costea la construcción de una ciudad nueva para desahogar la presión demográfica de la antigua Cádiz. Y algunas otras de las grandes familias de hispanos que comienzan a manifestarse como importantes senadores en el siglo primero del Imperio (los Séneca, Lucano, la familia de Trajano y Adriano) descienden de antepasados emigrados de Italia. Así, algunos descendientes de aquellos inmigrantes italo-romanos de los siglos II-I a.C., mejorada su fortuna en Hispania, retornan a Italia para integrarse paulatinamente entre los sectores de los dos rangos superiores (senadores y caballeros).
Ciudadanos romanos y latinos
Una presencia continua de romanos y latinos era la constituida por las tropas militares. En las fases iniciales de la conquista, aunque las cifras globales fueran semejantes, sus componentes se cambiaban cada pocos años en que se licenciaban unas legiones y eran reclutadas otras nuevas. Aun así, algunos de esos romanos o latinos contribuyeron a la procreación de hijos con estatuto indefinido y rechazados por las comunidades locales: la fundación de Carteya en el 171 a. C. para asentar a hijos de hispanas y de romano-itálicos con la consiguiente concesión de la ciudadanía latina es un testimonio evidente. Y nada permite suponer que no siguieran naciendo hijos de estas uniones que no contaban con un reconocimiento legal.
Pero, ya desde los comienzos, la participación en el ejército romano fue un medio de que los hispanos accedieran a la ciudadanía romana o latina. El testimonio más antiguo procede de la época de la II Guerra Púnica. Algunas tropas hispanas al servicio de Aníbal en Italia, cuando vieron que los romanos habían expulsado a los cartagineses de la Península Ibérica, optaron por cambiar de bando. El caso del hispano Mérico ha sido bien estudiado por García y Bellido. Mérico, con sus tropas, entregó la ciudad de Naxos a los romanos. En recompensa, Mérico recibió diversos honores, la ciudadanía romana y quinientas yugadas de tierra. Poco después, el Senado decretó que los hispanos que luchaban a las órdenes de Mérico recibieran para habitar la ciudad de Murgentia (Sicilia) con todo su territorio, del que 400 yugadas correspondían a Belígeno, el hispano que había hecho de intermediario entre Mérico y el comandante del ejército romano (Livio, 26, 30-31). Por otra parte, a partir del año 90 a.C., en virtud de la lex de civitate, los generales romanos tenían la capacidad de conceder la ciudadanía romana por méritos de guerra. Y ya dijimos antes que, al menos, un grupo de hispanos del valle medio del Ebro se benefició de tal medida como cuenta el bronce de Ascoli del año 89 a.C. (Dessau, 8.888). Cicerón resaltaba cómo Quinto Metelo Pio había concedido la ciudadanía romana a muchos (Pro Archia poeta, 26). Y, por otro pasaje del mismo Cicerón, queda constancia de que el mismo Metelo concedió la ciudadanía al saguntino Fabio, perteneciente a una ilustre familia de su ciudad (Pro Balbo, 50). Y concesiones semejantes a miembros de las oligarquías locales debieron ser frecuentes en la fase final de la República.
El volumen de tropas romanas enviadas a Hispania fue muy numeroso. Sólo para los años 197-169 a.C., según el cómputo realizado por Marín, llegaron 251.400 soldados; de ellos, 85.550 eran ciudadanos romanos y 165.850 eran aliados en su mayor parte latinos. Las malas condiciones económicas de Italia para amplias masas de campesinos permiten suponer que muchos de esos soldados no volvieron a Italia al ser licenciados. Y si nos situamos en el momento de las guerras entre cesarianos y pompeyanos, baste tener presente para comprender la incidencia del ejército que, en el año 49 a.C., había 7 legiones pompeyanas y 6 cesarianas, es decir, no menos de 80.000 hombres.
Ahora bien, hasta la fase final de la República no fueron muy numerosas las concesiones de ciudadanía romana o latina a los hispanos. Baste recordar que la creación de colonias latinas estuvo vinculada ante todo al asentamiento de italo-romanos, llegados como componentes del ejército o por otras vías. Contamos con revisiones recientes de la documentación, como la realizada por Marín, que nos aportan muchas precisiones al respecto.
Ciudades, pueblos y viviendas
La investigación sobre las ciudades y el campo ha sido una preocupación constante en la tradición historiográfica, pero en lo que a la Hispania de los siglos V al VIII respecta, los estudios son escasos. En los últimos años este interés ha ido creciendo y se intenta comprender el comportamiento que tienen los núcleos urbanos, cómo se modifica, evoluciona o se transforma su tejido urbano y, lo que es primordial, cómo se interrelaciona con el territorio que lo circunda. Las modificaciones, que se inician ya con el impacto propiciado por el cristianismo y se verán acrecentadas con la presencia de nuevos grupos poblacionales, serán lentas y acabarán perpetuándose definitivamente, aunque no en todos los casos, en la Edad Media. Estas transformaciones se harán perceptibles a todos los niveles, desde los aspectos políticos, económicos, administrativos y sociales, hasta los derivados de la religión.
Civilización del pan
La economía española durante el período de los Austrias Mayores respondió plenamente al tipo económico preindustrial. La mayor parte de la población se dedicaba a las labores agrarias y la demanda de alimentos constituía el primero de los gastos para la mayoría.
Se ha hablado de una civilización del pan, que animó a dedicar las tierras preferentemente al cultivo de cereales panificables ("tierras de pan llevar", trigo, centeno, cebada, avena, panizo) y en la cual el abasto de pan fue una preocupación constante. Aunque también el viñedo es un cultivo en expansión, el proceso de nuevas roturaciones que resulta característico del XVI hispánico se hizo bajo el signo del cerealismo y logró dar respuesta a la demanda creciente de una población en expansión, la cual, a su vez, pudo incrementarse gracias a que había nuevas tierras que se ponían en cultivo en las comunidades de villazgo.
Se roturaron tierras que habían sido abandonadas tiempo atrás, pero también otras que nunca habían sido puestas en cultivo. De esta manera, se produjeron muchos rompimientos de montes y dehesas, sobre todo de bienes de propios y comunes, así como de baldíos reales, lo que vino en detrimento del número y la calidad de los animales dedicados a la labranza. Se asistió así, por ejemplo, a una sustitución paulatina del tradicional trabajo con bueyes por el recurso a pares de bestias mulares, mucho menos exigentes en cuanto a su alimentación, pero, también, menos capaces de hacer los profundos surcos que permiten oxigenarse convenientemente a los suelos.
Las tierras también se cansaron, como se decía, porque el ritmo de continuas cosechas hizo que se modificara la rotación de cultivos, bienal (año y vez, pan y barbecho) o trienal (pan, rastrojeras en las que pasta ganado y barbecho). De la conjunción de un utillaje rudimentario con tierras mal abonadas resultó una agricultura extensiva cuya productividad era muy baja, estaba sometida a rendimientos cada vez menores y por tanto, exigía una mano de obra numerosísima.
Todo esto en un período caracterizado por una dependencia absoluta del medio, las plagas y el azote periódico (10, 15, 20 años) de las llamadas crisis agrarias de tipo antiguo, que provocaban un gran descenso en el producto o la entera pérdida de las cosechas y el incremento automático de los precios. La amenaza de las hambrunas era, por tanto, permanente, así como omnipresente la de las carestías.
Ya en condiciones normales, el peligro de desabastecimiento era cierto. En consecuencia, tanto las autoridades concejiles como las reales recurrieron a una serie de expedientes que intentaban alejarlo o disminuir sus efectos. En mayo de 1589, Felipe II, alarmado por "lo que estos días he visto de los campos", escribía al Presidente del Consejo de Castilla sobre ciertas medidas para prevenir los efectos de las malas cosechas que se temían: "Mírese si sería bien escribir a todos los partidos que miren cómo va lo del año en ellos y qué trigo, cebada y paja hay de los del año pasado y cómo está lo de los pósitos, así en grano como en dinero, y qué ganados hay, para que entendiendo bien todo lo que hubiere se trate de ordenar cómo se ayuden las unas partes a las otras y del modo de proveer de fuera lo que se pueda y pareciendo bien se escriba luego encargando esta diligencia a los corregidores para sus distritos y a los señores de vasallos para los suyos y poder más decir de consejo, que previniendo a esto ha días que mandé escribir a Sicilia con un correo yente y viniente para saber lo que allí hay y lo que se podría proveer por aquella vía".
En su carta al Conde de Barajas, donde se reserva a los corregidores y a los señores de vasallos un importante papel, Felipe II menciona dos de los medios a que se recurrió para evitar la escasez y la carestía del pan. De un lado, cita los pósítos locales, en los que se almacenaba grano de un año a otro y que también disponían de rentas para su compra. De otro, señala la posibilidad de importar cereal, aludiendo a que ya ha escrito a Sicilia, verdadero granero del Mediterráneo que suministró el llamado "pan del mar" a muchos puntos de la Monarquía. También se importaba el grano que, procedente de las llanuras al este del Elba, salía al Atlántico por los pasos del Sund.
Otro medio con el que se pretendía garantizar el abasto y prevenir la carestía era la tasa del pan. La tasa era el precio máximo al que, por real pragmática, se podía vender un producto y se imponía para garantizar el abastecimiento de las ciudades, donde los motines de subsistencias no tardaban en estallar. Dado que el pan era el alimento más demandado, siempre estaba sujeto a venta tasada, lo que repercutía enormemente sobre las haciendas agrarias, que, además, ya soportaban el peso de los diezmos.
La venta a la tasa constituía un grave inconveniente para la producción cerealística, y su imposición fue protestada por los agricultores. Por ejemplo, en 1567, hubo que rectificar al alza el precio en el que se había tasado la fanega de cebada nueve años atrás, porque se había dejado de sembrarla "por ser el precio tan bajo que no se allega al gasto que los labradores hacen".
El respeto a la tasa era obligatorio y las ventas a un precio superior al estipulado eran perseguidas judicialmente. Sin embargo, de hecho, se vendía pan por encima de la tasa, aunque sólo lo hacen aquéllos que podían esperar para sacar sus productos al mercado cuando todos los demás habían vendido y el grano empezaba a escasear. Ese tipo de rentable agricultura especulativa sólo se lo podían permitir los grandes productores o los grandes arrendatarios, pero no los pequeños propietarios que tenían que vender pronto y debían hacerlo a la tasa.
Las grandes propiedades rurales corresponden a los señores de vasallos, civiles o eclesiásticos, que cultivan directamente la parte dominical de sus estados, dejando el resto en manos de colonos y arrendatarios. También la nobleza urbana (caballeros, por ejemplo) fue propietaria de algunas tierras en los términos locales. Con el nombre de labradores se conocía a los pequeños propietarios rurales que cultivaban algunas parcelas de su propiedad (los labradores villanos ricos), pero que, por lo general, tenían que tomar otras en arriendo, pudiendo ser, incluso, todas. Los jornaleros, por último, no disponían de animales y utillaje como los labradores y se contrataban para realizar distintas labores agrarias (segar, vendimiar, etc.).
En la economía del campesino ocupan un lugar central los bienes de propios y comunes, así como las tierras baldías, que están abiertos, con ciertas condiciones, a su aprovechamiento. Sobre aquéllos pesó el abuso de las oligarquías locales, sobre éstas la necesidad de la Hacienda Real, que obligó a vender una buena parte de ellas durante el reinado de Felipe II. El pastoreo y la ganadería (crianza) constituían un necesario complemento de la labranza en las explotaciones agrarias.
Clarines de guerra en Madrid
La llegada de Baltasar de Zúñiga a Madrid en 1617 y su incorporación al Consejo de Estado representa el inicio de una nueva era en la política exterior de la Corona. En efecto, su experiencia diplomática -había sido embajador en Bruselas (desde 1599), en París (1603) y en Viena (desde 1608)- le había convencido de la necesidad de salvar al Emperador del avance de la herejía calvinista y de la subversión en sus tierras hereditarias, pero también de que sólo con su ayuda se podían asegurar los territorios españoles en Italia y los Países Bajos, por lo que abogó con todas sus energías a favor de una cooperación más estrecha con Viena, desviando el interés de los consejeros y del monarca de los asuntos del Mediterráneo hacia el centro de Europa.
Así pues, cuando la noticia de la defenestración de Praga llega a Madrid, en julio de 1618, los miembros del Consejo de Estado asumen sin vacilar las tesis de Zúñiga y aprueban la concesión al Emperador de un subsidio de 200.000 ducados. Dos meses más tarde se incrementa esta ayuda con otros 500.000 ducados, abandonándose definitivamente el proyecto del duque de Lerma de enviar una expedición naval contra Argel.
Los partidarios de Zúñiga se beneficiaron de una situación francamente favorable a sus propósitos. En 1618 el frente anti-Habsburgo de finales del siglo XVI se había deshecho. Sólo Venecia, Saboya y el elector del Palatinado, éste por motivos religiosos, mantenían viva la antorcha de la resistencia, desarrollando una notable actividad diplomática y propagandística. Ninguno, empero, poseía la fuerza necesaria para que su oposición resultara efectiva. En el caso del Palatinado, sus dirigentes lograron agrupar en 1608 a los príncipes luteranos y calvinistas en la Unión Evangélica, con la que se aliaron Inglaterra (1612) y las Provincias Unidas (1613), pero los católicos respondieron formando a su vez una coalición en torno a Maximiliano de Baviera (Tratado de Munich, 1609) con la intención de evitar que se expandiese el protestantismo en el Imperio.
Esta bipolaridad, que produjo algunos enfrentamientos, agudizados a raíz de la sucesión del ducado de Kleve-Jülich, estaba todavía viva en 1618. La rebelión de los bohemios y la decisión de Federico V del Palatinado de aceptar la corona de Bohemia, agraviando así al Emperador Fernando II, no sólo alteraron el precario equilibrio entre católicos y protestantes, sino que facilitó la intervención de España a favor de Viena enviando hombres y dinero: en 1619 la ayuda financiera ascendía ya a 3.400.000 ducados; en ese mismo año un ejército integrado por 17.000 veteranos atraviesa el Imperio para reunirse con las tropas imperiales destinadas a sofocar la revuelta de Bohemia.
El respaldo español a Fernando II contó en Bruselas con el beneplácito de los archiduques y de Ambrosio Spinola en la medida en que, pensaban, podía intimidar a los holandeses obligándolos a renovar o renegociar, en condiciones más favorables para España, la Tregua de Amberes por otros doce años. También contribuyó a que la Liga Católica se reforzara y a que Maximiliano de Baviera se comprometiera con el Emperador a prestarle auxilio bajo la promesa de recibir los territorios que conquistara en el Palatinado y la transferencia a su casa de la dignidad electoral.
Por el contrario, Inglaterra y Francia se abstuvieron de emprender cualquier acción militar, siquiera fuera intimidatoria. Jacobo I, interesado en alcanzar una unión dinástica con España, resolvió finalmente, superadas sus dudas, no participar en la aventura en que se había embarcado su cuñado al aceptar el trono de Bohemia; por su parte, Luis XIII, que había tenido que combatir la rebelión de sus súbditos hugonotes, defendía la legitimidad que asistía al Emperador para atajar por la fuerza de las armas el desacato de los bohemios. Todo lo más a que estaban inclinados era a ofrecerse como árbitros para lograr un acuerdo diplomático que evitase la confrontación, pero sus esfuerzos negociadores fueron inútiles.
A la neutralidad de Francia y de Inglaterra se sumará la de las Provincias Unidas. Es cierto que la disputa entre van Oldenbarnevelt y Mauricio de Nassau paralizó cualquier acción, pero superada la crisis a comienzos de 1619 los Estados Generales optaron únicamente -y no sin la renuencia de algunas provincias del interior- por entregar un subsidio mensual de 25.000 ducados a los rebeldes bohemios, negándose, hasta que ya fue demasiado tarde, a enviar tropas en su ayuda. Así, pues, las indecisiones de unos y las prioridades políticas de los demás jugaron a favor de España y del Emperador. En el mes de septiembre de 1620 Ambrosio Spinola invade los estados patrimoniales de Federico V y ocupa el valle del Rin, estableciendo un jalón más en la cadena de comunicaciones entre Italia y Flandes -el famoso Camino español-, reforzada ahora por el acuerdo entre los habitantes de La Valtelina y el gobernador de Milán, el duque de Feria, que facilitaba el desplazamiento por el territorio de los ejércitos españoles de Italia. Mientras tanto, las tropas imperiales y las de la Liga Católica avanzan imparables hasta las cercanías de Praga, donde los bohemios, en un intento desesperado de resistencia, son derrotados en la Montaña Blanca, perdiendo en la batalla los protestantes del reino su inmunidad y sus privilegios.
Clases bajas urbanas
A pesar del limitado conocimiento de la historiografía actual sobre el más importante sector de la sociedad española del siglo XIX, intentaré adentrarme resaltando los rasgos de dualidad entre los abundantes restos de la organización del Antiguo Régimen, que a veces se prolongan hasta el siglo XX, y la nueva sociedad que sólo lentamente se abre paso, sobre todo en las más importantes ciudades y su entorno.
Ya hemos visto cómo algunas ciudades crecen mucho, en términos relativos y comparadas con ellas mismas, en los primeros dos tercios del siglo XIX. Sin embargo, aún sigue siendo escasa la población que habita en ellas en relación con la que vive en los núcleos rurales.
La importancia de la población urbana reside, más que en el número, en su vitalidad, su capacidad de organizar y decidir el futuro de la nación y, en definitiva, en ser el elemento adelantado de la sociedad contemporánea que acabará siendo común en el siglo XX.
Sin embargo, no hay que pensar que todos los habitantes de las ciudades formaban parte de una sociedad evolucionada. Esto será una tendencia, una lenta tendencia, que tardará en imponerse. Por el contrario, sobre todo en las primeras cuatro décadas del siglo XIX, buena parte de los vecinos urbanos seguían pareciéndose más a sus antepasados del Antiguo Régimen.
En una considerable proporción (en Valladolid en el año 1840 más de 54%) las clases bajas se dedicaban al sector servicios y casi la mitad de ellos, entre los que abundaban las mujeres, trabajaban en el servicio doméstico seguidos de los mozos de comercio o pequeños tenderos autónomos -vendedores en puestos de mercados y similares- más próximos a las clases bajas que a las clases medias. Es destacable el hecho de que aproximadamente una cuarta parte de la población eran chicas de servicio, inmigrantes casi todas y empleadas en su mayor parte en casas particulares. Su trabajo no tenía horario ni días de descanso reglamentados. Su salario, más que en dinero, que era escasísimo, lo recibían en alimentación, habitación y vestido.
La idea de que la mujer ha comenzado a trabajar fuera de su propio hogar masivamente en España desde hace poco tiempo debe ser matizada. Es cierto, pero sólo aplicable a las clases medias y altas. En el Antiguo Régimen y en el período que estamos estudiando de la sociedad contemporánea, la gran mayoría de las mujeres, pertenecientes a las clases bajas en porcentajes en torno al 90%, trabajaban fuera de su casa al menos durante algún período de su vida, si no toda la vida. Lo hacían en el servicio doméstico (como fijos o como asistentas, lavanderas, costureras o amas de cría durante algunas horas al día) o en las tareas del campo, especialmente en los períodos de mayor trabajo. Algunas otras, relativamente pocas (menos del 20%), tenían trabajo en talleres, comercios, etc. Sin embargo, había muchas desigualdades, la principal es que percibían salarios inferiores a los hombres. El ideal que relegaba a la mujer exclusivamente al hogar, con un trabajo relativo en cuanto que eran ayudadas por otras mujeres que tenían a su servicio, era exclusivo de las clases medias y altas. Esto explica, que a medida que avanza la Edad Contemporánea y se amplía el número de familias que se integran en las clases medias, disminuyan porcentualmente las mujeres trabajadoras. El número de sirvientes urbanos, entre los que las mujeres eran la abrumadura mayoría en una proporción de tres por uno con respecto a los varones (según reflejan los censos de 1860 y 1877), creció considerablemente entre 1797 y 1860, pero se estabilizó con tendencia a disminuir entre esta última fecha y 1877.
El artesanado urbano no sólo sobrevivió a la desaparición legal del régimen gremial sino que creció en las ciudades y grandes pueblos. Representa uno de las aspectos más característicos de esta sociedad dual, como reflejan los censos analizados o estudios monográficos de algunas ciudades a través de los padrones municipales como, por ejemplo, Valladolid (G. Rueda y P. Carasa) y Granada (A.M. Calero).
Un sector del artesanado urbano y los inmigrantes procedentes del campo sufrieron un proceso de proletarización y entraron a trabajar en las nuevas fábricas, pocas, pero en número creciente a lo largo de todo el siglo. Esto, lógicamente, es más claro en aquellos núcleos industriales que ya hemos señalado en los epígrafes dedicados a la demografía. En Barcelona y su entorno este fenómeno se observa ya desde el siglo XVIII, como ha demostrado Pedro Molas en su obra sobre Los gremios barceloneses del siglo XVIII.
El Censo de 1860 diferencia la ocupación del sector secundario de tipo antiguo, la artesanía que agrupa a cerca de 666.000 individuos y oficios como carpinteros, herreros, zapateros, etc. que sumados a sus ayudantes suponen otras 556.000 personas, de los que trabajan en la industria relativamente moderna. En este último apartado, se distinguen los empresarios (unos 13.500 fabricantes) de los jornaleros en las fábricas (algo más de 154.000, de los que 100.000 son hombres y 54.000 mujeres) y los mineros (23.000). Son pues 177.000 obreros industriales y mineros que, por primera vez, aparecen diferenciados en el Censo de 1860 y que han llegado a los 200.000 en 1877. A ellos habría que sumar los empleados de los ferrocarriles en tareas desde maquinistas a trabajadores en talleres, agrupados en algunas ciudades como Valladolid. Los censos no especifican con claridad cuántos eran los trabajadores en los ferrocarriles, pero en todo caso no pasan de 5.000 en 1860 y 40.000 en 1877.
Esta población obrera se concentra en pocos lugares: en la ciudad de Barcelona y su comarca trabajan casi un tercio de todos ellos, con tendencia a aumentar en proporción al total nacional en las décadas siguientes. Otras provincias y ciudades destacadas por el número de trabajadores y por su crecimiento entre 1860 y 1877 son Málaga, Oviedo y Cádiz. Alguna empieza a despuntar como Santander y Vizcaya. Valencia y Sevilla tienden a estabilizarse con ocho y cuatro mil trabajadores, respectivamente, mientras que Alicante (Alcoy), que tenía más de 14.000 obreros, disminuye a poco más de 10.000. Algunas ciudades están en fase de franco declive como, por ejemplo, Gerona, Tarragona, Palencia, Salamanca y Segovia. Por fin, algunas provincias destacan por el número de mineros tales como Almería, Murcia, Oviedo, Ciudad Real, Huelva y Jaén.
Como queda dicho, en Barcelona y sus alrededores, se asentaron el mayor número de industrias en la primera mitad del siglo XIX. Contaba con una considerable masa de proletarios industriales, especialmente en la industria textil. Eran unos 50.000 en 1860 y más de 70.000 en 1877.
En Barcelona el sistema fabril no supuso, durante muchos años, grandes fábricas sino, más bien, empresas con un tamaño bastante reducido. En 1841 la empresa media tenía 18 obreros. Esta cifra ascendió hasta 52 en 1850 y 72 en 1861, pero la concentración nunca fue mucho más allá de este nivel.
En esta y otras regiones había también obreros industriales, por orden de mayor a menor, en los sectores mineros, metalúrgicos, ferroviarios y de la construcción. La jornada de trabajo solía ser bastante larga, en torno a 1850 frecuentemente de 10 a 12 horas diarias. Además, la clase trabajadora sufría todos los inconvenientes de la casi ausencia de contratos y regulación laboral.
Un último grupo, que pululaba especialmente en las ciudades portuarias y que constituía un peculiar sector obrero, era el de los marineros de marina mercante, distintos de los pescadores, que constituían una masa de 30.000 trabajadores a principios de siglo XIX, unos 45.000 en 1860 y 50.000 en 1877.
Clases trabajadoras rurales y urbanas
Dada la enorme desigualdad en el reparto de la propiedad de la tierra, la gran masa campesina, como ha escrito José Rodríguez Labandeira, "resulta(ba) perfectamente asimilable al proletariado rural". No obstante, pueden distinguirse situaciones muy variadas. De mejor a peor, grosso modo, podemos señalar, en primer lugar, a los que trabajaban la tierra en régimen de aparcería, una práctica muy poco extendida en el campo español -dadas el hambre de tierra y la abundancia de mano de obra-. Mucho más común era el arrendamiento, por un período de tiempo corto y con una renta alta, por lo general, aunque también se daban situaciones de arrendamientos que pasaban de padres a hijos por una renta módica. Nada de ello cambió ni presentó problemas especiales en la primera época de la Restauración. No sucedió lo mismo con dos formas específicas de cesión de la tierra, a largo plazo, en Galicia y Cataluña, el foro y la rabassa mona, respectivamente. En el primer caso surgieron conflictos, que habrían de incrementarse en los años siguientes, al negarse los campesinos a pagar rentas de gran antigüedad y titularidad dudosa. En Cataluña, los mayores problemas surgieron en los años 90, a causa de la filoxera. Los payeses reclamaron una mejora de las condiciones de los contratos, para compensar las pérdidas a causa de la plaga y los gastos de las nuevas plantaciones; algunos propietarios -haciendo una lectura literal de los términos del contrato- quisieron dar por terminados los arrendamientos con la muerte de las vides. En el Penedés, el enfrentamiento fue muy intenso; los republicanos federales jugaron un papel muy destacado en la movilización de los campesinos que, en general, consiguieron hacer prevalecer sus tesis.
Peor suerte era la de los trabajadores agrícolas asalariados, bien de los que tenían trabajo fijo, o, sobre todo, de los que eran contratados eventualmente, de acuerdo con las necesidades de las labores agrícolas. En todas partes, el atraso tecnológico implicaba bajos salarios para hacer rentables las explotaciones, pero la situación en Andalucía y Extremadura era escandalosa: las ganancias conseguidas -mediante trabajo a destajo de todos los miembros de la familia, de sol a sol (más de 16 horas al día)- en las temporadas de la siega de las mieses, el vareo de los olivos y la recogida de la aceituna, o de la vendimia, no sumaban lo bastante para asegurar ni siquiera una alimentación suficiente durante todo el año, cuando el trabajo era sólo esporádico.
En la industria, o en las minas, el trabajo era igualmente duro y largo, pero el salario era mayor que en las tareas agrícolas. A comienzos de los años 70, la jornada en las fábricas o talleres era con frecuencia de 14 horas; sólo en Cataluña parece que eran normales jornadas de 12 horas. El tiempo de trabajo fue reduciéndose en las siguientes décadas, hasta llegar a las 10-11 horas, por término medio, a principios de siglo. Pero mientras el jornal de un obrero no especializado en la agricultura era de 1-1,50 pesetas diarias, en 1900-1910, en las minas de Vizcaya era de 3,25-3,50, y en las de Asturias, de 4,50-5, durante la misma época; en la industria el salario era mayor: en Vizcaya, los metalúrgicos ganaban un 20 por 100 más que los mineros; en Cataluña, un peón albañil ganaba 2,50, pero salarios de 4 pesetas eran bastante normales en los distintos oficios. Por ello se explica, como escribe Juan Pablo Fusi, que "la perspectiva de habitar en un medio insalubre, de vivir hacinados en barrios y viviendas carentes de servicios higiénicos elementales, era para los inmigrantes una perspectiva quizá menos inquietante que la miseria de ciertas zonas rurales del país".
El servicio doméstico, por último, suponía un sector importante de las clases trabajadoras -90.000 hombres y 300.000 mujeres, según el censo de 1877-, en las condiciones más variadas.
Comerciantes y artesanos
Las actividades comerciales más relevantes se llevaron a cabo en ciudades o núcleos urbanos costero-portuarios o con puertos fluviales, donde por regla general existían comunidades de gentes de origen oriental. Hemos analizado ya el heterogéneo mapa poblacional de la Península Ibérica durante los siglos VI y VII y hemos apuntado la importancia que jugaron los orientales en la llegada de productos venidos de otras zonas del Mediterráneo. Cabe ahora tratar cómo se desarrolló este comercio y cuáles fueron las estructuras que lo hicieron posible. Este análisis es posible gracias a las fuentes textuales, la legislación escrita, así como los restos epigráficos y los materiales fruto del comercio, y muestra además que las redes de comunicación durante todo este período no desmerecen las de épocas anteriores, sino bien al contrario, perpetúan una tradición común al Mediterráneo oriental y norteafricano.
El comercio de ultramar estuvo en manos de los transmarinii negotiatores, que por regla general eran judíos y, sobre todo, sirios. La organización de este comercio, basada en la institución de características orientales de los transmarinii, estaba regida por el derecho marítimo de origen romano y no por una legislación propiamente visigoda. Es decir, aunque la legislación relativa al comercio de ultramar aparezca en las Leges visigothorurn, ésta estaba ya contenida en el Codex Theodosianus. Si bien existió un amplio comercio mediterráneo establecido entre las costas orientales, norteafricanas y las occidentales debido a que la mayoría de comerciantes eran -tal como decíamos- orientales, también se sabe por los textos que existió un flujo comercial de norte a sur, establecido a partir del tráfico marítimo o la red viaria terrestre. A los mercados organizados en territorio franco acudieron también los comerciantes hispánicos. En las Etimologías (XV, 2, 45) Isidoro hace una breve descripción de estas actividades, que resulta de interés por la información que se extrae:
"La denominación de mercatum deriva de commercium, pues en él se acostumbra vender y comprar cosas. Del mismo modo se llamo teloneum al lugar en que se descargan las mercancías de las naves y se paga el sueldo a los marineros. Allí se sienta el cobrador de impuestos, que fija el precio de los artículos y lo anuncia en voz alta a los vendedores".
De ello y de las leyes se deduce que un papel importante en la jurisdicción lo tuvieron los telonarii, también denominados vectigalia exactores, cuya función principal era la recaudación de impuestos, pero entre sus actividades se les ha atribuido a veces la función de jueces en los litigios comerciales surgidos en estos puertos costeros o fluviales. Es muy probable que, además de las mencionadas funciones fiscales, tuviesen la carga de fijar los precios de los artículos.
Un hecho importante, dentro de lo que son las actividades comerciales, es el momento de celebración del conventus mercantium, que era la reunión de mercaderes para celebrar mercado en el foro o plaza de ciudades o núcleos semiurbanos. Comerciantes y población se desplazaban desde los diferentes puntos de hábitat para participar en la compraventa.
Queda ahora por saber cuáles eran los productos que, gracias a estos mercaderes orientales y las diferentes rutas marítimas, llegaban a los diversos lugares comerciales. Es muy probable que el comercio más relevante fuese el de los tejidos, particularmente las sedas bizantinas y el de los metales como el oro, la plata y el bronce, además de elementos ornamentales marmóreos. También debieron formar parte los productos de carácter secundario, es decir, aquellos que no constituían la parte principal del cargamento, como por ejemplo, las especias. El comercio en sentido inverso, es decir de Occidente a Oriente, tuvo también sus productos comerciales, como por ejemplo, el esparto, el garum o los caballos hispánicos, que tanto aprecio tuvieron a lo largo de la Antigüedad y que siguieron siendo transportados a la pars orientalis en épocas tardías.
Las ciudades portuarias eran puntos neurálgicos de las actividades comerciales, pero también los otros núcleos urbanos fueron focos de atracción para la población libre especializada en diversas actividades, esencialmente artesanales. En estos ámbitos urbanos encontramos una gran cantidad de individuos libres, aunque no exclusivamente, dedicados a una profesión, originando así una gran actividad ciudadana. Cada una de estas especializaciones se reunía bajo la forma de gremio, collegiatus. Destacan los artesanos, toreutas, orfebres, herreros, arquitectos, ingenieros, escultores, canteros, picapedreros, carpinteros, chamarileros, curtidores, tejedores, tintoreros, médicos, maestros, etcétera.
Comercio
El dominio que ostenta la producción agraria en la organización económica y la consecuente dependencia de las actividades artesanales condiciona el carácter y el volumen del comercio, que en gran medida está constituido por productos derivados de la agricultura. No obstante, la importancia de los recursos mineros hispanos y su escasez en la península italiana favorecen el desarrollo del transporte de minerales mediante procedimientos relacionados con los distintos sistemas de propiedad y explotación de los yacimientos mineros.
La relación periferia-centro, que define de forma general la posición de las provincias hispanas con respecto a Roma y a la península italiana, condiciona también el tipo de relaciones comerciales, especialmente en lo que se refiere a los productos en los que se materializa. El punto de partida está constituido por la situación colonial del período precedente; las provincias hispanas abastecen a Roma en época republicana mediante el botín de guerra y con materias primas, como minerales y cereal; en cambio, reciben de los centros itálicos productos elaborados entre los que se encuentran los derivados de la agricultura como el vino, algunas manufacturas, como la vajilla propia de las cerámicas campanienses, y determinados productos de lujo.
Durante el Alto Imperio persiste esta situación de dependencia, aunque ya se producen determinadas modificaciones que reflejan una cierta inflexión en las tradicionales relaciones centro-periferia. El fenómeno se aprecia en el ámbito agrario, donde el desarrollo de la agricultura hispana fomenta un comercio en sentido contrario al del período republicano, y en las transformaciones de las actividades artesanales, que introducen los sistemas productivos itálicos y la imitación de sus productos, haciendo innecesarias algunas de las importaciones precedentes. La dinámica que se aprecia en el ámbito de la vajilla es bastante gráfica al respecto, ya que a las importaciones de fines de la República e inicios del Principado, procedentes primero de Italia y con posterioridad de la Galia, a las que conocemos respectivamente como sigillata aretina y sigillata sudgálica, le suceden desde el reinado de Tiberio o de Claudio producciones peninsulares conocidas como sigillata hispánica, que se difunden en las distintas provincias hispanas e incluso irradian a zonas más periféricas durante el siglo I d.C., como los territorios africanos.
No obstante, las propias características del Principado, y especialmente la proyección a las provincias de las propiedades imperiales, condicionan la naturaleza de los intercambios entre Hispania y Roma. Concretamente, las explotaciones imperiales generan un trasvase de riquezas mediante el correspondiente aparato administrativo (procuratores, arkarii, tabularii), que en principio afecta fundamentalmente a la explotación de algunos yacimientos mineros, pero que progresivamente se extiende a otros campos que abarcan las producciones agrarias de determinadas propiedades del emperador y la coacción que se ejerce sobre los medios de transporte marítimos para el abastecimiento de Roma. Esta evolución se intensifica durante el siglo II d.C. y alcanza su máximo desarrollo con las nuevas condiciones históricas de la dinastía de los Severos.
El elemento esencial que dinamiza el comercio hispano está constituido por el desarrollo del proceso de urbanización, que favorece ante todo el comercio local mediante sus propias instalaciones urbanas (tabernae, macellum), pero que asimismo canaliza, especialmente cuando las ciudades se ubican en enclaves costeros o fluviales favorables, el comercio de sus productos hacia los grandes centros de consumo del Imperio, conformados por Roma, Italia y las fronteras. A su vez, los gustos romanizados de las elites sociales que dirigen las colonias y municipios dan lugar a importaciones de productos de lujo procedentes tanto del mundo itálico como del Mediterráneo oriental.
La articulación territorial de Hispania y las condiciones favorables creadas por la erradicación de la piratería, a la que alude Augusto en su testamento político (Res Gestae), constituyen elementos que favorecen la intensificación del comercio, tanto en lo que se refiere a su marco peninsular como mediterráneo y atlántico. El control territorial y la nueva articulación administrativa materializada en el organigrama de las tres provincias hispanas dinamiza la construcción de la imprescindible red viaria, que ya se había iniciado en el período republicano. En este sentido, la conquista de los pueblos del norte permite una organización sistemática de la red viaria peninsular, que en gran medida se programa en relación con las fundaciones urbanas llevadas a cabo por Augusto.
El carácter específico de la red viaria hispana, en contraste con otras como la de la Galia, está constituido por su trazado periférico, que viene condicionado en líneas generales por la posición central de la Meseta y por los accesos naturales a ella. El litoral mediterráneo queda articulado mediante la Vía Augusta, que conecta a Hispania con Roma por la costa levantina, dirigiéndose en uno de sus ramales desde Carthago Nova hacia el interior en dirección a Acci (Guadix) para alcanzar el Guadalquivir y, por su cauce, la Baja Andalucía, hasta finalizar en Gades. Los territorios occidentales de la Península se relacionan mediante la llamada Vía de la Plata que une a Asturica Augusta (Astorga) con Emerita Augusta, conectando desde la capital de la Lusitania con la que se dirige hacia los centros del Bajo Guadalquivir, tales como Hispalis e Italica. Finalmente, los territorios septentrionales quedan relacionados mediante diversas vías, como la que une Asturica Augusta con Burdigalia (Burdeos) o la que articula todo el valle del Ebro.
Los ejes fundamentales de articulación del territorio se complementan con otros de menor proyección tales como los que unen Bracara (Braga) con Olissipo (Lisboa), a Olissipo con Pax Iulia (Santarén), a Emerita con Caesaraugusta a través de Toletum (Toledo) y del Valle del Jalón, o a Gades con Carthago Nova por la costa a la que conocemos como Vía Hercúlea. La construcción de redes de ámbito local, que relacionan a ciudades concretas, completa la nueva articulación de la Península. Su desarrollo e incluso la importancia estratégica que poseen para el Imperio puede reconstruirse mediante la información presente en los miliarios que marcan las distancias existentes desde un determinado punto de partida, y que también indican mediante anotaciones su construcción o su restauración por determinados emperadores, a cuya propaganda contribuyen. La distribución cronológica que los miliarios ofrecen en el territorio peninsular son claramente indicativos de una mayor preocupación por las rutas del centro, sur y levante peninsular durante los primeros años del principado, que contrasta con la importancia que adquiere la red viaria del noroeste a partir de mediados del siglo I d.C.
La función de la red viaria, cuya monumentalidad puede rastrearse en los puentes que han sobrevivido en Corduba, Emerita, Alcántara, etc., se relaciona más con las necesidades administrativas y militares de articulación y control territorial que con la organización del comercio. En realidad, la lentitud del transporte terrestre, derivada de la propia naturaleza de los medios empleados, en el que la tracción se realiza mediante bueyes, ya que se desconoce el atalaje que permite la collera pectoral sin oprimir la yugular o la herradura que hubiera facilitado el uso de animales de mayor rapidez, condicionan el que la red viaria favorezca esencialmente el comercio local de la ciudad con su territorio o la conexión de centros productores o consumidores con la red fluvial o costera que articula las grandes rutas comerciales.
Comercio exterior
Sabemos pocas cosas del comercio exterior. La escasez de datos es especialmente notoria hasta 1850. Las series estadísticas son breves y discontinuas. Como idea general se puede apuntar que su evolución corre pareja a la dinámica industrial y agraria: escaso crecimiento hasta 1854 y expansión desde entonces.
El comercio exterior estuvo, sobre todo, influido por la pérdida de parte de las colonias en esta primera mitad de siglo, pues absorbían más del 50% de nuestro comercio. A partir de 1830, y sobre todo desde 1840, se va rehaciendo (volverán a iniciarse contactos con las antiguas colonias). Se acelera en la década de 1850 sobre todo por influencia de la Guerra de Crimea, de la que España sale beneficiada. Francia e Inglaterra son, a partir de 1850, los países de destino de dos tercios de las exportaciones españolas, al tiempo que son sus proveedores más caracterizados.
El déficit en la balanza comercial será un hecho crónico en la economía española. La estructura del comercio exterior se caracteriza por el predominio en las exportaciones de materias primas (minerales) o agrícolas (especialmente vinos), lo que refleja el atraso económico español en relación con los países desarrollados durante la primera mitad del siglo XIX. Las importaciones presentan un cuadro menos homogéneo. En 1829, materias primas que España no tiene: azúcar, café, cacao, tabaco, pesca salada y tejidos. En 1840 las materias primas ya son, además de alimenticias, industriales (acero, hierro, cobre). Las de hierro decrecen en 1841 como consecuencia de la protección vasca. En la década de 1850 se importa trigo algún año (crisis de 1856), pero se hace muy evidente el aumento del hierro y carbón por el proceso de industrialización español.
La balanza comercial deficitaria se equilibra gracias a los saldos positivos del comercio colonial, la colocación de papel de la deuda exterior y la entrada de capitales extranjeros como aportación de base para la constitución de las más importantes sociedades anónimas.
La política de aranceles produjo una constante polémica ideológica entre el proteccionismo y el librecambismo, vinculada, además, a los intereses económicos regionales y a la coyuntura económica. Desde 1802 hasta la guerra de la Independencia se dan los primeros pasos para un arancel proteccionista moderno, suprimiendo el mercantilismo. Entre 1815 hasta 1841, cuando se han perdido la mayoría de las colonias, España sufre una etapa marcadamente proteccionista. Desde la década de los cuarenta comienza a ganar terreno el librecambismo, en medio de continuas controversias, aunque éste no estará vigente hasta el arancel de Laureano Figuerola de 1869.
Comercio y finanzas en el XVIII
En la búsqueda del deseado fomento económico, el comercio ocupó entre los gobernantes una posición de primera línea puesto que para muchos representaba la medida del progreso económico de la nación: el estado de las fuerzas productivas de la monarquía tenía en el tráfico mercantil el mejor barómetro. El esperado aumento de la producción agraria e industrial se vinculó a la posibilidad de conseguir nuevos mercados. Y aún más: la política internacional no sólo era el mantenimiento formal de los oropeles dinásticos, sino una manera de conseguir que la economía nacional se fortaleciese a través de buenos tratados comerciales. Los esfuerzos por promover la actividad mercantil estaban justificados en la mentalidad de unas autoridades fuertemente influenciadas por la idea de conseguir una balanza comercial favorable a España. La creación de juntas de comercio y consulados, el reforzamiento de la Junta General de Comercio, el impulso para la creación de compañías privilegiadas o los decretos de libertad de comercio con América, fueron otros tantos ejemplos de una política sinceramente preocupada por la reactivación comercial.
La tarea no era fácil. Las condiciones generales de la economía y la sociedad española no eran ciertamente las más idóneas para auspiciar la eficaz articulación de un mercado interior que ayudara a dinamizar el comercio hispano. Sin embargo, parece evidente que el incremento de la población, la agricultura y la industria, unido a una coyuntura económica bonancible en el contexto internacional, provocaron un aumento considerable de los intercambios tanto en el ámbito interior como exterior, este último principal preocupación de unas autoridades sabedoras de que en las colonias estaba la principal fuente de riqueza de la Corona.
El comercio interior de España, esto es, de una provincia a otra, es bien poca cosa. Esta sentencia del francés Alexandre de Laborde a principios del XIX, era una expresión bastante certera para describir el mercado interior español durante la centuria ilustrada. En efecto, el radio habitual de los intercambios en poco superaba el ámbito local o comarcal a través de los mercados y ferias que por doquier se celebraban. El autoconsumo campesino era elevado puesto que los hombres del campo se abastecían alimentariamente, producían parte de su propia vestimenta y la mayoría de los utensilios de trabajo o del hogar. Y lo poco que no era de elaboración propia, lo compraban a los artesanos locales. Además, las clases productoras tenían poca capacidad de consumo después de saldar sus cuentas con los señores, la Iglesia o el Estado. Y las rentas acumuladas por los poderosos tampoco representaron un tirón definitivo para el consumo. En estas circunstancias, el conjunto de la demanda nacional vivía en una situación de relativo aletargamiento respecto a lo que ocurría en otros países europeos. La penuria de la mayoría de los españoles y la desigual distribución de la propiedad y la renta, era los problemas centrales para elevar la demanda y el consumo.
A estos principales inconvenientes, se unía una serie de estorbos que dificultaban la articulación del mercado interior. Inconvenientes a los que las autoridades borbónicas trataron de poner remedio aun a sabiendas de que se topaban con los intereses corporativos y con la necesidad de movilizar unos recursos que la hacienda real no tenía. En cuanto a las facilidades para la libre circulación de productos, los gobernantes pusieron su empeño en eliminar las aduanas interiores entre los antiguos reinos, objetivo conseguido desde 1717 con la única excepción del caso vasco. Sin embargo, no tuvieron tanto éxito con los peajes interiores (portazgos, pontazgos y barcajes) que siguieron prácticamente intocados al estar buena parte de ellos en manos de la nobleza titulada. En 1757 se procedió a la anulación de los derechos de rentas generales que gravaban las mercancías con el objetivo de incentivar la libertad de su tráfico. En 1765 se decretaba la abolición de la tasa del grano con la intención de agilizar el tráfico de cereales. A pesar de estos esfuerzos, la práctica del comercio prosiguió fuertemente reglamentada durante el siglo por el Estado, los gremios y las autoridades locales. Así, por ejemplo, la hacienda pública continuó manteniendo por razones fiscales una serie de estancos en régimen de monopolio, entre los que destacaban el tabaco y la sal.
Finalmente, debe recordarse asimismo la deficiente situación en la que se encontraba el transporte, pieza vital en todo intento de incrementar las fuerzas productivas nacionales. En este sentido, tras unos primeros esfuerzos en la primera mitad del siglo (el puerto de Guadarrama, la carretera de Burgos a Santander por Reinosa), fue en tiempos de Carlos III cuando los planes viarios tomaron un impulso definitivo a través de un modelo radial que pretendía unir Madrid con las principales capitales, llegándose a construir unos 1.200 kilómetros. También se iniciaron una serie de carreteras interregionales y se emprendió la construcción de más de 700 puentes, de numerosos canales dedicados a estimular la comercialización agraria (Manzanares, Imperial de Aragón, Castilla) y el arreglo de bastantes puertos marítimos (Valencia, Bilbao, Barcelona) por los que navegó una flota mercante que llegó a alcanzar unas 175.000 toneladas, su nivel más alto desde los mejores años del Quinientos.
Todos estos esfuerzos tuvieron una relativa recompensa. Las manufacturas catalanas se extendieron por muchos rincones de la geografía hispana; la lencería gallega cruzó los campos de buena parte de Castilla; la sedería valenciana rebasó asiduamente los límites de su región; la lana castellana continuó la ruta del Cantábrico hasta tierras europeas; el pescado capturado con las artes de arrastre surtió el litoral y el interior; la siderurgia vasca encontró su salvaguarda en el propio mercado español. A pesar de las deficiencias estructurales comentadas, el comercio interior aumentó durante el siglo. Sin embargo, la mayor densidad de los intercambios no consiguió dar una mejor articulación al mercado interior hasta convertirlo en un verdadero mercado nacional.
Comercio y relaciones económicas exteriores
Las mejoras en los transportes y comunicaciones impulsaron, lógicamente, la integración del mercado nacional. A fin de siglo, sin embargo, según afirma Tortella, la unificación del mercado era todavía muy imperfecta, como demuestra la falta de un precio único, en todo el territorio nacional, de productos básicos, como el trigo o el aceite. Por otra parte, de acuerdo con fuentes literarias -José María de Pereda, por ejemplo- el trueque y no la economía monetaria estaba todavía vigente en algunas zonas montañosas y aisladas del norte del país. El contraste con el comercio de Barcelona o Madrid, que por las mismas fechas estaban introduciendo las nuevas técnicas de ventas -tiendas especializadas, grandes escaparates, publicidad en prensa y carteles, entre otras-, no puede ser más grande.
El volumen del comercio exterior de España fue relativamente modesto, entre 1.000 y 1.700 millones, en el período 1875-1900. Los países con los que se establecieron la mayor parte de los intercambios fueron Francia y el Reino Unido, seguidos a distancia por los Estados Unidos y Alemania. La balanza comercial, salvo en contadas ocasiones, fue deficitaria para España. Este déficit se saldó en parte con las remesas de los emigrantes y, sobre todo, con las inversiones extranjeras en sectores privados, como el ferrocarril y la minería, más que en Deuda pública.
La mayor parte de las exportaciones españolas entre 1875 y 1900, igual que a lo largo de todo el siglo, fueron alimentos -vino, pasas, aceite, naranjas- y materias primas -plomo, cobre, hierro-; ambos tipos de productos sumaban, en 1880, el 81,4 por 100 de las exportaciones y, en 1900, el 70,2 por 100. En esta última fecha, los productos semielaborados y manufacturados -corcho, tejidos de algodón, calzado- llegaron al 29,8 por 100.
En las importaciones, tanto los productos alimenticios -azúcar, trigo, bacalao y las manufacturas -bienes de equipo fueron disminuyendo progresivamente, mientras aumentaba la compra de materias primas -carbón, algodón en rama, maderas- que, en 1900, supusieron el 35,1 por 100 de las importaciones.
Esta estructura del comercio exterior, con predominio de productos primarios en las exportaciones y de manufacturas en las importaciones, es típica de un país atrasado; en comparación con los actuales países subdesarrollados, se ha señalado, sin embargo, la variedad de productos objeto de la exportación española, lo que le hizo superar con éxito crisis como la provocada por la filoxera, en los años 90. Por otra parte, muestra una evolución positiva, aunque lenta, de la estructura económica del país.
Por último, en relación con las finanzas, el último cuarto del siglo XIX contempló la consolidación del Banco de España como un banco nacional al servicio del gobierno. En 1874 el Banco de España había recibido el monopolio de la emisión de billetes. Desde entonces hasta 1895 la masa monetaria en circulación creció de forma acompasada a la tasa de aumento del Producto Interior por lo que, según Pedro Tedde, "no cabe hablar (...) de una política monetaria expansiva que tuviera efectos inflacionistas". De hecho, los precios durante el quinquenio 1891-95 eran un 17 por 100 más bajos que durante el quinquenio 1875-1879, de acuerdo con lo que fue común en la Europa de la gran depresión.
El sistema monetario español dejó de ser bimetalista -con el oro y la plata como base- en 1883, al suspender el Banco de España la convertibilidad de sus billetes en oro, dado el aumento de valor que este metal había alcanzado y que, de hecho, había desaparecido totalmente de la circulación.
El sector bancario privado -compuesto por las escasas entidades que habían sobrevivido a la crisis de 1866- se desarrolló de una forma relativamente lenta. Los hechos más destacados de su evolución fueron el inicio de la decadencia de la banca catalana -una banca tradicional, de intermediación financiera exclusivamente, sin relación apenas con la industria- y el auge de la banca vasca, de características opuestas, moderna, mixta, estrechamente conectada con el desarrollo industrial.
Comercio: entre el florecimiento y la recesión
El rasgo más característico del mercado español en el siglo XVII es que la mayor parte de la producción -tal vez el noventa por ciento- se comercializa en una área geográfica que no supera los cinco o seis kilómetros, o forma parte del autoconsumo; mientras el nueve por ciento restante de la producción se destina al comercio regional o urbano próximo y sólo el uno por ciento alimenta el mercado nacional e internacional, aunque al estar formado por mercancías de alto valor añadido proporciona grandes beneficios a los mercaderes.
En esta configuración del mercado, aparte de la reducida masa monetaria en circulación, incide de forma muy notable la red de comunicaciones. El transporte terrestre es sin duda el más costoso, ya que los caminos a menudo son impracticables por efecto de la lluvia, la nieve, el frío o el calor, cuando no a causa de la desidia de los municipios, a quienes cumplía su mantenimiento y conservación. No obstante, las principales rutas se hallaban en buen estado -así, la que enlazaba Medina del Campo con Burgos y Bilbao, la que unía Madrid con Toledo y Sevilla, o la que iba de Barcelona a Madrid pasando por Zaragoza- y, como ocurría en Europa, el tráfico que por ellas circulaba era bastante activo, de lo que dan fe los numerosos arrieros, en su mayoría campesinos que completaban sus ingresos con el transporte de mercancías, y las diferentes asociaciones de carreteros, entre las cuales hay que destacar la de Soria-Burgos, que a finales del siglo XVII contaba con más de cinco mil vehículos.
El tráfico fluvial, sin embargo, era poco utilizado en España porque los ríos no reunían las condiciones necesarias para la navegación. Esto explica los numerosos proyectos presentados a la Corona para hacerlos navegables, aunque no fueran aceptados por su alto coste. El Guadalquivir, una vez superada la barra de Sanlúcar, podía ser remontado hasta Sevilla y era, por tanto, uno de los pocos ríos por los que circulaban mercancías, lo mismo que el Ebro, surcado por barcazas que transportaban trigo entre Zaragoza y Tortosa, excepto en el tramo Flix-Mequinenza.
El tráfico marítimo era sin duda más barato que el terrestre. En la España del siglo XVII el principal puerto del Cantábrico fue el de Bilbao, seguido a distancia por los de Laredo, Santander y San Sebastián, todos ellos involucrados en el comercio con Londres, Amsterdam y Saint-Malo, aunque la mayor actividad mercantil correspondía a Bilbao. De los puertos gallegos, los de Vigo y La Coruña eran los más relevantes, ya que servían de escala en la navegación entre el norte de Europa, Sevilla y el Mediterráneo. En Andalucía, el puerto de mayor actividad hasta mediados del siglo XVII fue el de Sevilla, si bien poco a poco irá siendo desplazado por el de Cádiz, a causa del mayor tonelaje y calado de los buques, lo cual les impedía superar la barra arenosa de Sanlúcar. En la bahía gaditana adquirirán gran importancia también El Puerto de Santa María y Puerto Real. En el Mediterráneo sobresalen el puerto de Málaga, muy asociado con el comercio atlántico, aunque sin abandonar el tráfico con Génova y Livorno, lo mismo que Alicante, Valencia, Barcelona, Cartagena y Mallorca, donde recalaban buques de gran tonelaje procedentes del norte de Europa, así como de Marsella, Génova y Livorno, y barcos de cabotaje que ponían en contacto estas plazas con otras de menor importancia, pero cada vez más activas, tales que Denia, Tortosa y Vinaroz.
El comercio interior peninsular estuvo muy condicionado no sólo por la red viaria, sino por la existencia de aduanas. Castilla mantenía con Aragón, Navarra, Valencia, Vizcaya y Portugal una serie de puestos aduaneros (puertos secos) donde se cobraban aranceles -un diez por ciento ad valorem- por el tráfico de mercancías, salvo del ganado y los cereales, que tenían arancel particular, lo mismo que Navarra y los reinos de la Corona de Aragón, que mantenían a su vez su propio sistema aduanero. El destino fundamental del comercio interior era el de abastecer a las ciudades, tanto de los excedentes agropecuarios (cereales, vino, aceite y carne) como de otros muchos géneros de procedencia nacional o internacional (carbón, madera, textiles, hierro, acero, quincallería, especias, herramientas, muebles, cuadros y libros, por mencionar algunos artículos de fuerte demanda), porque los núcleos rurales se autoabastecían por lo común con lo que producían. De todas las ciudades interiores, Madrid fue la que generó un comercio más activo, dado su espectacular crecimiento demográfico, de tal modo que se ha llegado a decir que dominó el sistema comercial castellano.
El comercio exterior hispano también se vio afectado por el sistema aduanero, pues en las ciudades portuarias costeras del Cantábrico, Andalucía y Murcia se percibían aranceles por los géneros que entraban y salían: en los primeros, el diezmo de la mar; en los segundos, el almojarifazgo. Estos derechos suponían unos importantes ingresos para la Corona, pero representaban una rémora para la importación de productos extranjeros y para la exportación de los nacionales, si bien los primeros se vieron finalmente favorecidos con determinadas exacciones fiscales ante la necesidad de mantener abastecidos los reinos peninsulares y los territorios americanos.
Desde la perspectiva de la balanza comercial, el comercio exterior peninsular se puede decir que corresponde al de un país atrasado industrialmente, pues predominan las exportaciones de materias primas (lana fina merina y seda) con destino a los centros industriales del norte de Europa e Italia, y de productos agrarios (vino, aceite, arroz, aguardiente, frutos secos) conducidos en su mayoría al mercado americano, en tanto que las manufacturas (textiles, metalúrgicas, madereras...) constituyen, aparte de los cereales en las zonas costeras, una de las partidas principales de las importaciones, sin que la Corona ni las Cortes de cada reino fueran capaces de adoptar medidas proteccionistas que incentivaran la industria nacional. Además, el comercio exterior hispano actúa también de reexportador hacia Europa de productos procedentes de América (cochinilla, palo campeche, añil, cacao, azúcar y tabaco), los cuales, sin embargo, no compensan, como tampoco lo hace la exportación de mercancías nacionales, el alto valor de las importaciones, lo que desequilibra la balanza de pagos, que debe saldarse con la salida de metales preciosos, no obstante estar prohibida su extracción.
Este comercio, calificado de pasivo por losarbitristas, en contraposición al que se practica en Inglaterra, Holanda y Francia, sobre todo porque durante el siglo XVII son estas naciones -y sus mercaderes- quienes en verdad se benefician de los intercambios comerciales con España, experimenta una fuerte recesión a partir del final de la Tregua de los Doce Años, tendencia que se agrava con la reducción de las cantidades de plata procedentes de las Indias y que no es superada hasta la década de 1670, como lo refleja el movimiento comercial de los puertos de Bilbao, Alicante, Valencia, Málaga, Cádiz y Barcelona, puerto este último donde el valor del periatge se multiplica por dos entre los años 1600 y el decenio 1690-1700.
Con todo, el comercio con América, la Carrera de Indias, monopolizado por la Casa de la Contratación con sede en Sevilla, es el motor en última instancia de todo el comercio exterior de España. En efecto, la necesidad de abastecer aquellas posesiones, el hecho de que todas las mercancías exportadas tuvieran que ser registradas y embarcadas en Sevilla -desde la década de 1660 se podía hacer también en Cádiz-, fuesen nacionales o extranjeras, y que el principal producto importado de América, aunque no el único, lo constituyeran los metales preciosos, explican el constante tráfago de buques a través del Atlántico, así como el contrabando de mercancías, la piratería y la organización de las flotas, protegidas por convoyes de seis u ocho barcos. Pero también nos permite comprender la importancia que las colonias mercantiles extranjeras irán adquiriendo en las ciudades portuarias andaluzas y los esfuerzos de muchos de sus miembros para obtener carta de naturaleza y poder comerciar directamente con América, sin necesidad de recurrir a testaferros españoles.
Si hasta 1610 no dejó de crecer el tráfico comercial entre España y América de productos nacionales y extranjeros (aceite, vinos, mercurio y textiles, sean paños segovianos u holandeses o ingleses) a cambio de plata, perlas, cueros, azúcar, tabaco y productos tintóreos, a partir de entonces la tendencia se invierte, estancándose en los años 1610-1620, para hundirse en torno a 1640-1650. Varios factores coadyuvaron a este declive: la emergencia de las economías criollas, la presión fiscal -aumento de los derechos pagados en el almojarifazgo de Sevilla y del valor de la avería, un impuesto que recaía sobre las mercancías y los viajeros-, el costoso sistema de flotas, la incautación de las remesas de metales preciosos por la Corona, la caída de la demanda de plata americana en China, lo cual afectó a su vez al tráfico holandés en Asia, y el comercio directo de las potencias europeas con América, favorecido por el enfrentamiento con las Provincias Unidas, lo que hizo disminuir los intercambios, al menos hasta la Paz de Utrecht.
A partir de 1660 parece producirse una cierta recuperación del comercio con América. En este cambio de tendencia, los holandeses tuvieron bastante protagonismo, ya que vuelven a ocupar las posiciones perdidas en 1621, beneficiándose además de la guerra que la Monarquía hispánica mantenía con Francia y después también con Inglaterra, cuando no participa su Armada en la protección de las flotas. Además, semejante auge hay que relacionarlo con las transformaciones operadas en la organización del comercio americano, en particular con la práctica, cada vez más extendida, de establecer el avalúo o cálculo del aforo de los fardos y cajones en que va la mercancía, sin abrirlos para comprobar la carga y su valor, así como con la concesión de indultos a los buques que conducen géneros sin registrar.
Sin embargo, este resurgir comercial, perceptible en el incremento de las remesas de plata y en el volumen de mercancías exportadas, sólo favoreció a los mercaderes extranjeros, o al menos éstos fueron los que mayores ganancias obtuvieron, ya que los nacionales actuaron normalmente como intermediarios suyos, aunque algunos obtuvieran pingües beneficios e incluso alcanzaran una privilegiada posición social. Buena prueba de ello es que a finales de la centuria sólo el cinco por ciento de las mercancías embarcadas con destino a América eran españolas, mientras los franceses proporcionaban el veinticinco por ciento, los genoveses el veintidós por ciento, los holandeses el veinte por ciento, los flamencos el once por ciento, lo mismo que los ingleses, y el ocho por ciento los alemanes. Razón tenían los arbitristas cuando clamaban contra el comercio extranjero y la escasa participación de los españoles, pero sus proyectos, como el presentado en 1668 por Francisco de Salas y Eugenio Carnero con la finalidad de formar una Compañía española para el comercio armado, aunque fueran aprobados por la Corona, no vieron finalmente la luz. Distintos intereses particulares se conjugaron en su contra, aun cuando tampoco debe ignorarse que la estructura económica española del siglo XVII no estaba preparada para dar una respuesta adecuada al reto de las grandes potencias industriales europeas.
Comienzos del reinado y Guerra de Independencia
Nunca en España se había producido un destronamiento como el que tuvo lugar en marzo de 1808 en el que el rey Carlos IV fue sustituido por su propio hijo Fernando después del triunfo de un motín que tuvo lugar ante el Palacio de verano de Aranjuez.
En realidad, el descontento ante la forma de gobierno de Carlos IV y, sobre todo, de su ministro y favorito Manuel Godoy, venía de más atrás. Carlos IV era un monarca débil, dominado por su esposa María Luisa de Parma, y ambos por el favorito real, designado primer ministro en 1792. Su nombramiento puso de manifiesto la fragilidad del sistema de reformas que se había iniciado durante el reinado anterior y precisamente cuando la Revolución Francesa comenzaba a dejar sentir su influencia al sur de los Pirineos.
La penetración en España de las ideas revolucionarias fueron impulsadas como demostró el profesor Pabón- por el proselitismo girondino, y calaron en ciertos sectores minoritarios de la burguesía radical. El día de San Blas de 1795, un grupo de revolucionarios intentó dar un golpe en la capital de España. La plana mayor de la conspiración estaba compuesta por cinco o seis personas, entre las cuales se hallaba el maestro mallorquín Juan Picornell. Sus fines no estaban muy claros, aunque en un manifiesto que se distribuyó por las calles de Madrid, figuraba el lema del nuevo Estado que se pretendía imponer: "Libertad, igualdad y abundancia". No parece, sin embargo, que los conjurados quisieran llegar tan lejos como la Convención gala. La conspiración fue descubierta y sus instigadores fueron apresados y deportados, pero aquellos hechos ponían en evidencia que el germen revolucionario se había extendido por España.
La trayectoria que esa corriente revolucionaria tomó en los años siguientes no puede seguirse con nitidez, pero se sabe que a comienzos del siglo XIX empezó a dibujarse un partido fernandino, como fuerza de oposición al monarca y al que se arrimaron los descontentos. Ya para 1803 y 1804 se advierten indicios de un plan para cambiar a Carlos IV por Fernando VII. Para unos sería simplemente un medio de alejar a Godoy, para otros, la posibilidad de llevar a cabo importantes cambios políticos. Pero la primera maniobra de la que tenemos datos concretos fue la llamada Conjura de El Escorial, en 1807. Se trató de un intento fallido de sustituir a Carlos IV por el heredero, alentado por personas del propio servicio palaciego, como el canónigo Escóiquiz, preceptor del príncipe Fernando.
El último capítulo de lo que podría calificarse como la prerrevolución española coincidió ya con la invasión napoleónica. La familia real había huido a Aranjuez ante las alarmantes noticias que llegaban a la capital sobre las intenciones de los supuestos aliados, los franceses. Godoy había concluido con Napoleón el Tratado de Fontainebleau, a finales de 1806, por el que se comprometía a ayudar a los franceses en la conquista de Portugal a cambio del reparto del botín. Sin embargo, cuando las tropas napoleónicas fueron ocupando el territorio español en su paso hacia Portugal, Godoy comenzó a sospechar de las verdaderas intenciones del Emperador y tramó la huida de los reyes a Aranjuez para, desde allí, marchar a Sevilla y Cádiz, desde donde embarcarían con rumbo a América. La indignación popular por tanta cobardía fue lo que incitó a la movilización ante el palacio, aunque existen indicios para creer que hubo elementos de la nobleza descontenta que organizaron y financiaron el golpe, como ha señalado Martí Gilabert. Lo cierto es que cayó el odiado Manuel Godoy y, como consecuencia del motín, abdicó el débil Carlos IV. Fernando VII, el Deseado, subía al trono entusiásticamente apoyado por quienes habían derribado a su padre.
Conclusión: las Luces en España y el mundo hispánico
La Ilustración fue en España un movimiento intelectual para promover la modernización del país, pero sin voluntad de cambio social o político. La valoración final del reformismo ilustrado no puede ser taxativa, sino matizada, pues si bien la pedagogía ilustrada generó una nueva conciencia de la dignidad nacional, los resultados prácticos obtenidos quedaron lejos de las ilusiones de los intelectuales e incluso de una legislación que no dejó de estar aquejada de invencible ambigüedad.
Esta dualidad que caracteriza la época fue captada por los propios intelectuales ilustrados. Así, Manuel José Quintana podía subrayar los aspectos más positivos del reformismo, en unas palabras vibrantes, si bien no exentas de alguna reticencia: "Cuando se echa la vista a aquel decenio (1781-1790), asombra el incremento que habían tomado las Luces, y el vigor con que brotaban las buenas semillas esparcidas en los tiempos de Fernando VI y primeros años de Carlos III. En el sin número de escritos que cada año se publicaban, en las disertaciones de las academias, en las memorias de las sociedades, en los establecimientos científicos fundados de nuevo, en los de beneficencia que por todos partes se erigían y dotaban, en las reformas que se iban introduciendo en las universidades, en las providencias gubernativas que salían conformes con los buenos principios de administración, en el aspecto diferente que tomaba el suelo español, con los canales, caminos y edificios públicos que se abrían y levantaban; en todo, finalmente, se veía una fermentación que prometía, continuada, los mayores progresos en la riqueza y en la civilización española. Había tal vez demasiadas guerrillas literarias, tal vez no se seguía en el fomento de los diferentes ramos en que está cifrada la prosperidad social, el orden que la Naturaleza prescribe y se daba al ornato del edificio un cuidado y un esmero que reclamaban más imperiosamente sus cimientos. Pero esto nada quita del honor que se merece una época de tanta vida, de tanto ardor, de tanto aplicación..."
Por el contrario, otros escritores se creían en la obligación de señalar la insatisfacción producida por los resultados finales, aun reconociendo la buena voluntad y los aciertos parciales, como en el caso de Eugenio Larruga: "Hace casi dos siglos que trabajamos para conseguir el restablecimiento de nuestras antiguas fábricas y comercio, mas no lo hemos conseguido. El mucho número de providencias tomadas en este asunto tampoco han logrado el fin a que se encaminaban. Esto lo confiesa todo hombre sensato que sabe especular los asuntos de la patria sin pasión, que desprecia los escritos de pura adulación, y que indagando la raíz de lo bueno y lo malo de un cuerpo político, discurre con acierto para hacer los pueblos industriosos y comerciantes; y aunque no podemos dudar que se ha mejorado en estos últimos años tanto la administración, como la legislación comerciante, sin embargo restan que remediar algunos vicios ocultos, que nos frustran todas nuestras esperanzas, nos pierden al mejor tiempo nuestros adelantamientos y siempre nos tienen dependientes de la ley del extranjero en punto de comercio".
En efecto, la Ilustración no había transformado las estructuras profundas de la sociedad española, ni su ideología se había difundido suficientemente entre la población, pero en cambio sí había cumplido su misión histórica; establecer, no sin contradicciones, las bases intelectuales que permitirían el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Y lo mismo podía decirse de América, donde los ilustrados se habían servido de los instrumentos intelectuales puestos a su disposición por el reformismo para elaborar una alternativa al sistema colonial que no podía ser otra sino la independencia. El propio Simón Bolívar, el Libertador, podía reconocer su deuda personal con las enseñanzas ilustradas, que era también la deuda de la América independiente para con las Luces, cuando escribe a su preceptor, Simón Rodríguez, las famosas palabras: "Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Usted me señaló". Esta fue la gloria de la Ilustración en el mundo hispánico.
Conflictividad social y organización del movimiento obrero
El Sexenio democrático estuvo caracterizado por una alta conflictividad social, manifestada de forma compleja y violenta, viniendo a constituir un conjunto de experiencias abiertas a los problemas sociales propios de la época y, al tiempo, al estallido de una serie de conflictos de raíz secular.
Esta conflictividad social tuvo distintas manifestaciones, fue realizada por distintos protagonistas y a través de distintos criterios y métodos. Cada proceso político llevado a cabo implicaba una reacción en las clases trabajadoras, que se hallaban fuertemente integradas en el proceso histórico. Esta diversidad de actuaciones se produjo como consecuencia de la asociación de las múltiples fuerzas sociales que propiciaron los sucesos de septiembre de 1868.
Buena parte de los problemas cuestionados eran de naturaleza arcaica; habían permanecido durante siglos en la evolución de la sociedad española y ahora encontraban sus más directas formas de expresión: la ocupación de tierras y la quema de registros de la propiedad. Son conflictos localizados principalmente en el sur de la Península, donde el campesinado no propietario reclamaba el acceso a la propiedad de la tierra. Si bien este tipo de protesta había aparecido en otras ocasiones, cabe señalar que durante el Sexenio consolidó su sintonización con el discurso político, principalmente con el republicanismo, o más bien con una forma de entender, percibir y asimilar el mito de la organización federal.
A partir de 1869 factores como el hambre de tierras, la crisis o el incremento del número de desocupados supusieron la multiplicación de las ocupaciones de tierra, tanto en Andalucía como en La Mancha, Extremadura y Levante. Movimientos que fueron cosechando fracasos, aunque siempre se mantuvo viva la idea básica de que la hora del reparto social había llegado. Como contrapartida, la decepción que supuso la llegada de la República sin que se viera acompañada de una reforma agraria en profundidad. Así, 1873 marcó una ruptura hacia nuevas formas de consciencia y de acción. De ahí que durante el Sexenio se perfilen embrionariamente los trasvases de un sector del campesinado andaluz hacia la versión bakuninista de la Primera Internacional. El mensaje anarquista comenzó a calar en Andalucía, con un credo que encajaba con las seculares respuestas de rebeldía y la desconfianza hacia los partidos políticos.
A lo largo del siglo XIX, pero con más insistencia durante el Sexenio, los motines populares se sucedieron en las zonas urbanas preindustriales. Se trataba de movimientos espontáneos, no coordinados desde la acción política, provocados por situaciones concretas y precisas: paro, carestía del pan, llamada a quintas... Eran, pues, problemas cotidianos que exigían una solución inmediata; de ahí que el objetivo de los motines no estuviera sujeto a grandes programas o proyectos, sino más bien a situaciones que eran percibidas y sentidas como la alteración de la moral económica de la multitud.
Por motines entendemos toda una serie de acciones que van desde la simple manifestación, con un carácter más o menos violento, ante la autoridad local, hasta asaltos al interior de edificios oficiales o comercios, según fuera la causa del motín y su mayor o menor envergadura. Las autoridades, por su parte, contrarrestaban el motín con medidas de urgencia, como repartos de pan o contrataciones temporales de jornaleros y, en último término, con medidas similares a las empleadas contra las rebeliones campesinas.
Durante todo el Sexenio estos conflictos sociales proliferaron sin que desde la política se acertara a encontrar una solución adecuada para ellos. No fue posible resolver sus causas fundamentales: la carestía y la cuestión de las quintas; por el contrario sus efectos se vieron agravados por la crisis económica, el mal estado de la Hacienda Pública y el recrudecimiento de la guerra carlista. Especial importancia tuvieron los motines contra las llamadas a quintas, que salpicaron con distintos grados de intensidad la geografía española, sobre todo en 1870. Al fin y al cabo, la abolición de las quintas había sido una de las reivindicaciones más señaladas a las juntas revolucionarias durante los primeros tiempos del Sexenio. El grito de "¡Abajo las quintas!" expresaba una de las frustraciones más sentidas del Sexenio. La guerra cubana y la carlista hicieron técnicamente inviable su supresión. Ya en marzo de 1869 hubo un llamamiento a filas de 25.000 hombres. Los motines se propagaron por diversas localidades, sobre todo en Andalucía. En marzo de 1870 una nueva quinta provocó una oleada de manifestaciones y algaradas, posteriormente reproducidas en 1872 y 1873. Aunque los republicanos habían incorporado a su programa esta reivindicación, el recrudecimiento de la guerra carlista terminó por suspender el intento.
El movimiento obrero organizado se expandió considerablemente entre 1868 y 1874, coincidiendo con la penetración en España de la I Internacional. Si antes de 1868 el mundo obrero y sus conflictos se había producido en un contexto societario en el que predominaba la discusión en torno a los derechos de asociación y a las condiciones de trabajo, el Sexenio democrático aportó un clima de libertades que ayudó a reorientar el contenido del movimiento obrero. Así, la septembrina determinó las pautas de conducta de un movimiento protagonizado sobre todo por los obreros catalanes, que luego se propagó por el resto de los centros urbanos industriales y cuya actividad más representativa fue la huelga.
En un principio resultaba notoria la relación de proximidad que el movimiento obrero tuvo con el republicanismo federal y con el cooperativismo, para posteriormente ir desarrollando una autonomía de acción promovida desde la Internacional. Durante todo el año de 1869 se multiplicaron huelgas urbanas en Madrid, Barcelona, Sevilla y Valencia, como consecuencia de la inmovilidad de salarios y la escasez de empleos. El modelo de conflictividad específicamente obrero, organizado a través de la huelga, tomaba cuerpo en el escenario de la revolución de septiembre. El conflicto principal tuvo lugar en el mes de agosto de aquel año, en Barcelona, a través de los obreros del textil con el apoyo de las restantes asociaciones obreras catalanas. Pero el asociacionismo catalán, a la altura de 1868-1869, estaba en relación y tenía como motivación ideológica el republicanismo federal. Los síntomas de esta vinculación se denotaban en aspectos tales como la recomendación a los obreros de las candidaturas republicanas en las elecciones de 1869, al tiempo que dirigentes obreros ocupaban cargos en el partido. El fracaso de la insurrección general republicana de septiembre y octubre de 1869, la falta de éxito de los motines contra las quintas con participación obrera, en marzo de 1870, y la ausencia de reformas sociales fueron alejando al movimiento obrero de los partidos políticos y llevándole hacia la acción autónoma promovida por la Internacional.
El internacionalismo español, desde sus inicios en 1869, fue entendido en claves de bakuninismo, debido tanto a la influencia de Fanelli, su primer propagador en España, como a la propia naturaleza de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). El triunfo del bakuninismo sobre el marxismo se hizo palpable en 1870, en Barcelona, cuando el I Congreso de la Federación regional Española de la AIT apostó definitivamente por el apoliticismo y el colectivismo, como sucedería en Córdoba dos años después. Durante este intervalo de tiempo la Internacional fue conquistando seguidores en todo el país, siendo su difusión menos importante por lo cuantitativo que por lo cualitativo. Se extendía el conflicto industrial moderno de un proletariado militante.
En 1871-1872 la AIT experimentó un avance importante en el número de militantes -30.000 aproximadamente- y en su expansión geográfica. Había logrado penetrar más allá de Cataluña, por todo el territorio español, y ser atractiva no sólo para los obreros fabriles y los asalariados de los núcleos urbanos, sino también para los jornaleros del campo. Todo ello propició un clima inquietante para las clases conservadoras, sobre todo cuando llegaron las noticias sobre la Comuna de París. Se hizo palpable el temor ante una incipiente subversión del orden establecido, concediendo a la Internacional unas dimensiones que realmente no poseía.
El debate sobre la Internacional se trasladó a las Cortes, en un terreno ya abonado desde la primavera. El 28 de mayo, el jefe del Gobierno, Sagasta, había enviado una circular a los gobernadores civiles, concediéndoles amplios poderes para reprimir las actividades de la Internacional. Por otra parte los sectores más conservadores difundían, a través de la prensa, principalmente La Época, visiones apocalípticas sobre el orden público. A partir del 16 de octubre la Internacional fue la preocupación máxima de los diputados del Congreso, sobre su legalidad o no. Todos los grupos monárquicos cerraron filas en torno a la ilegalidad de la Internacional. Sólo estuvieron en contra algunos sectores del republicanismo. Por 192 votos a favor y 38 en contra, el Congreso aprobó la proposición del ministro de Gobernación, Candau, dirigida a presentar un proyecto de ley que disolviera la Internacional como atentatoria de la seguridad del Estado; es decir, declararla anticonstitucional. La resolución del Congreso no llegó a hacerse efectiva. La actitud del fiscal del Tribunal Supremo la descalificaba al insistir en la legalidad del derecho de asociación. El tema había adquirido una relevancia tal para el Gobierno Sagasta que se procuró, incluso, alcanzar un acuerdo internacional para unificar posturas contra la AIT.
Todo ello, sin embargo, no detuvo la progresión real de la Internacional. Esos 30.000 afiliados antes citados así lo demuestran. Su mayor fuerza seguía residiendo en Cataluña, al adherirse la mayoría de las sociedades obreras catalanas de etapas anteriores. Se extendió por Andalucía, con principales núcleos en Sanlúcar y Sevilla, que ejemplifican la penetración de la Internacional entre los jornaleros del campo. También se propagó por Levante, sobre todo en las zonas fabriles de Alcoy y Valencia, y, con menor importancia, por zonas de Extremadura, Aragón, País Vasco, Castilla y Galicia.
Mientras tanto, las disensiones en el seno de la AIT repercutieron en la Federación Regional Española. Las discrepancias entre marxistas y bakuninistas resultaron insalvables. El bakuninismo había logrado calar en toda España, salvo en Madrid, donde era fuerte la línea marxista en torno al periódico La Emancipación. En abril de 1872 el Congreso de Zaragoza de la Federación Regional Española reafirmó las tesis bakuninistas, expulsando de su seno al grupo madrileño. El asunto se resolvió con la creación de la Nueva Federación Madrileña, de signo marxista. La ruptura del internacionalismo originó en España una doble versión del movimiento obrero: el bakuninismo, mayoritario, cuyas tesis anarquistas se ratificaron en el Congreso de Córdoba de 1873, y el marxismo, en principio localizado en Madrid, muy relacionado con la Asociación del Arte de Imprimir, que desembocaría en la fundación del Partido Socialista Obrero Español, en 1879.
Conflictos étnicos y declive muladí
De la confusión cronológica de estos acontecimientos se desprende, sin embargo, un hecho: los Banu Tuyib, una destacada familia árabe de origen yemení establecida en la Marca Superior desde el siglo VIII, habían ayudado enormemente a la restauración del poder omeya. Hacia el año 862, el emir Muhammad les había confiado la misión de luchar contra la potencia cada vez más inquietante de los Banu Qasi. De este modo, escribe María Jesus Viguera, "Muhammad I había alzado contra los Banu Qasi a una familia bien arraigada en la zona y perteneciente al partido de los "árabes del sur", con su antigua oposición a los "del norte", entre cuya clientela contaban los Banu Qasi". Frente al señorío muladí de los Banu Qasi, fuertemente arraigado al oeste de Zaragoza (Arnedo, Tudela), el emir omeya favoreció, en los años 860, la constitución de un poder local competidor, cuya autoridad consagró sobre Daroca y Calatayud, al sur de la capital provincial. Tres cuartos de siglo después de los últimos enfrentamientos entre árabes el emir se aprovechó, en su propio interés, de los viejos antagonismos, apoyando un potente linaje árabe todavía capaz de movilizar alrededor de él antiguas solidaridades tribales.
Las rivalidades, persistentes o reactivadas, entre los diferentes elementos étnicos, aunque no fueran con seguridad el motor principal de la historia de al-Andalus -especialmente a medida que se iba fraguando la unificación arabo-islámica de la sociedad- no pueden ser minimizadas en exceso. Según una breve noticia transmitida por al-Udhri, después de haber controlado el poder en la Marca (en el 257/870-871), Lubb b. Musa b. Qasi, en el 260/873-874, "hizo una matanza de los árabes de Zaragoza, de distintas tribus (qaba'il), les hizo salir hacia Viguera y los mató allí, en un prado que se conoce con el nombre de Prado de los árabes (Mary al-Arab)". Los acontecimientos de los siguientes decenios muestran claramente que, al final del siglo IX, la pacificación relativa que los omeyas habían logrado imponer en al-Andalus no había hecho desaparecer ni el recuerdo de las realidades tribales entre los árabes y los beréberes, ni los sentimientos de oposición étnico-cultural entre los diferentes grupos que poblaban la parte musulmana de la Península.
En la Marca Superior, la restauración del poder directo de los omeyas sobre Zaragoza no iba a durar mucho tiempo. En efecto, desde el año 890, en medio de circunstancias confusas y, parece ser, con la complicidad del emir omeya, los Banu Tuyib asesinaron al gobernador nombrado por Córdoba y se apoderaron de la ciudad. Debieron luchar durante dos decenios contra los Banu Qasi, que no renunciaron a la recuperación del dominio sobre la capital regional que habían controlado en la época anterior. Los tuyibíes recibieron en esta ocasión la ayuda de los jefes locales muladíes hostiles a los Banu Qasi, como el de Huesca, Muhammad al-Tawil y lograron mantenerse en Zaragoza, donde constituyeron desde entonces el linaje local más potente, cuya importancia se afirmó en el siglo X y no tendría rivales cuando las familias muladíes desaparecieran en época de Abd al-Rahman III. El papel dominante de los tuyibíes en la Marca sustituyó al de los Banu Qasi y se mantuvo durante el califato y hasta los comienzos de los reinos de taifas del XI. Los verdaderos factores que llevaron a la sustitución del poder de una familia muladí por el de una familia árabe se nos escapan en gran parte, pero hay que resaltar el paralelismo con lo que ocurrió en otras regiones de al-Andalus, como Sevilla o Elvira. Al final del siglo IX y comienzos del X, en varios lugares se asiste al afianzamiento de los árabes, que estaban sólidamente arraigados en la época de la caída del califato, a comienzos del XI.
En las otras regiones sobre las que las fuentes dan alguna noticia, la evolución no es siempre tan fácil de seguir. La ciudad de Mérida parece que obedeció al poder central hasta 868, fecha en que estalló la revuelta de un jefe muladí perteneciente a una familia importante de la ciudad, Abd al-Rahman b. Marwan al-Yilliqi. Una expedición omeya logró someterlo y lo mandó residir en Córdoba. Pero, insultado por el potente visir y general Hashim b. Abd al-Aziz, se escapó de la capital en el 875 e intentó encontrar, en la región del Guadiana, un refugio seguro contra las tropas cordobesas que le perseguían. Fortificó la localidad de Badajoz, se refugió durante años en el reino astur-leonés, volvió en el 884 y terminó logrando que el emir Abd Allah reconociera su poder sobre Badajoz, donde los muladíes habían llegado en gran número y la habían convertido en una verdadera ciudad, que iba camino de sustituir a Mérida como capital regional. La propia Mérida, a la que estas vicisitudes habían reducido a poca cosa, pasó desde el reinado de Muhammad al poder de la familia o clan beréber de los Banu Tayit.
En cambio, Toledo se mantuvo como un núcleo urbano importante, poblado principalmente, como se ha visto, por muladíes y sin duda también mozárabes. La ciudad vivió una época relativamente tranquila después de haber sido sometida en el 856. La vida interna de la ciudad, que parece haber gozado de una autonomía bastante amplia, sufrió sin embargo alguna alteración. En el 872, el emir Muhammad se vio obligado a intervenir para mantener el orden: llamado por dos jefes toledanos que se disputaban el poder, reconoció a cada uno de ellos el gobierno de una parte de la ciudad. Como vimos, las relaciones de los toledanos con los grupos beréberes que poblaban las regiones situadas al oeste, al este y al sur de la ciudad eran difíciles desde hacía mucho tiempo. En el 259/872-873, los toledanos atacaron una plaza llamada Sakyan o Saktan ocupada por los beréberes (no sabemos si había alguna relación entre este hecho y la intervención del emir en el mismo año).
Las divisiones entre sus jefes les llevaron a la derrota. Al año siguiente, Ibn al-Athir hizo constar otra derrota sufrida por un fuerte ejército toledano, salido en campaña contra los beréberes hawwara de Santaver, que habían atacado con anterioridad una fortificación en los límites del territorio de Toledo. Allí también, la causa determinante de la derrota fue la rivalidad entre los jefes. Diez años más tarde, en el 887-888, el Bayan hace constar un tercer revés sufrido -no se sabe contra quién- por los toledanos, que habían reclutado a los beréberes expulsados de Trujillo. Los Banu Dhi I-Nun de la tribu de los hawwara, eran la familia beréber dominante en la región central, a la que el emir Muhammad había reconocido una preponderancia oficial sobre la región de Santaver.
Tal vez la razón por la que los toledanos se sometieron en el 283/896-897 a un miembro de la familia de los Banu Qasi fuera para ayudarles a hacer frente al peligro beréber. Eduardo Manzano, hablando de este acontecimiento oscuro, hace observar con razón que "la facilidad con que se produce la entrado de miembros de este linaje en la ciudad contrasta vivamente con la incapacidad que había venido mostrando la autoridad omeya para imponer su dominio durante toda la segundo mitad del siglo III/IX. Ello mueve a pensar que la familia muladí contaba con apoyos dentro de la ciudad que facilitaban su intervención". Este mismo Lubb b. Muhammad b. Qasi organizó en el año 898, desde Toledo, una expedición hasta el interior de la región de Jaén y se apoderó de la fortificación (hisn) de Cazlona, de la que el Bayan dice que estaba poblada entonces por cristianos en conflicto con Ubayd Allah b. Umayya Ibn al-Shaliya, un señor muladí local, que dominaba la región montañosa de Somontín (entre Linares y el Guadalquivir) y que quería, según parece, hacer de Cazlona, la antigua Castulo, el núcleo de su dominación político-administrativa. Según la misma fuente mató después a los ayam de la ciudad, es decir, aparentemente a los mismos cristianos, atrapados entre dos jefes muladíes y finalmente eliminados por uno de ellos. Como vemos, la composición étnica de este sector de las regiones centrales no era, en absoluto, menos compleja que la existente en otras regiones de al-Andalus.
Conflictos exteriores de Carlos I
Fuera de la Península, la década de 1520 no resultó menos problemática para el Rey Católico-Emperador que lo que lo era en el interior. De un lado, las Guerras de Italia se reinician en 1521 y Carlos V encuentra su gran rival caballeresco en Francisco I (1494-1547); de otro, la presión turca encabezada por Solimán el Magnífico llega ese mismo año hasta Belgrado; por último, se suceden los primeros movimientos del protestantismo alemán y Martín Lutero es condenado como hereje en la Dieta de Worms, también en esa fecha crucial del 1521.
En realidad, aunque haya que presentarlos por separado y cada uno de ellos responda a su particular proceso explicativo, todos estos conflictos se encuentran íntimamente unidos. Por ejemplo, Francia no dudará en aliarse con el Turco o con los protestantes para enfrentarse a la potencia del Emperador y éste podrá actuar de una forma más o menos decisiva contra los príncipes alemanes que se han ido uniendo a la Reforma sólo si se lo permiten sus compromisos en Italia o en el Norte de Africa, utilizando siempre la amenaza que representa Solimán para fortalecer su postura en España o dentro del Imperio.
Frente a la sedentarización que para la figura real supone la época de Felipe II, la primera mitad del siglo XVI está llena de monarcas-guerreros que acuden con sus huestes al campo de batalla. Así, Carlos I participará activamente en las campañas alemanas -recuérdese el célebre cuadro de Tiziano que lo retrata en Mühlberg- y lo mismo harán Solimán y Francisco I. Pero esto puede resultar especialmente peligroso. En 1525, el rey francés, que había cruzado los Alpes con un contingente numerosísimo de soldados, es derrotado en la batalla de Pavía, cerca de Milán, y hecho prisionero.
Trasladado a Madrid, en 1526 se firma el Tratado que lleva el nombre de esta villa por el que se pone fin a la primera guerra hispano-francesa de Carlos V, pero se dará paso rápidamente a una segunda conflagración en la que Francia se alía con Florencia, Venecia y el Papado contra Carlos V en la Liga de Cognac o Liga Clementina, llamada así en honor a Clemente VII de la casa de Médicis que la preside. La respuesta imperial a la Liga de Cognac o Clementina será el envío de sus tropas contra la misma Roma donde, con el Papa Clemente VII cercado en el Castel Sant'Angelo, se produce el saco de la ciudad por las tropas de lansquenetes y otros mercenarios que han entrado en ella bajo el mando del Condestable de Borbón. El célebre Saco de Roma de 1527 supuso una conmoción para toda Europa y deja bien claro tanto que el Emperador no se detendría en su intento de controlar Italia como que la Santa Sede era una potencia que entraba abiertamente en los enfrentamientos seculares de su tiempo.
Las guerras con Francia no terminarán con la Paz alcanzada en Cambrai en 1529 (Paz de las Damas), pero la hegemonía de los Austrias en la Península italiana va a ir asentándose progresivamente. Además de mantenerse en la posesión de Sicilia y Nápoles, Milán quedará definitivamente en la órbita de los Austrias españoles desde que el futuro Felipe II es investido como Duque de Milán; los Médicis son expulsados de Florencia y sólo volverán a ella bajo tutela hispánica; Génova abandona el partido francés y los Doria se convierten en grandes aliados de los españoles, poniendo a su servicio la fuerza marítima de su flota de galeras. En suma, la coronación de Carlos V como Emperador en Bolonia en 1530 por el Papa Clemente VII marca su ascendencia hegemónica en la Península, de la que sólo Venecia parece poder librarse.
La pujanza otomana que representa el largo sultanato (1520-1566) de Solimán el Magnífico, llegará a amenazar también Italia con su progresiva expansión desde el Mediterráneo oriental hacia las costas norteafricanas de Berbería, así como la frontera imperial avanzando sobre los Balcanes; ocupando Hungría, después de la batalla de Mohacs (1527), en la que muere el rey Luis II, y llegando a cercar Viena, por vez primera en 1529.
La Conquista de Túnez (1535) constituye el gran triunfo de Carlos V contra este enemigo tradicional de la Cristiandad que pone en jaque continuo el poder imperial y que, como un elemento más, entra en las operaciones diplomáticas europeas con toda naturalidad. Desde las costas norteafricanas del Magreb, los piratas berberiscos apoyados por los turcos atacaban continuamente las plazas y el tráfico comercial del Mediterráneo occidental, poniendo en grave peligro a Italia, los archipiélagos (Sicilia, Cerdeña, Baleares) y el mismo litoral valenciano y andaluz. En este escenario, Carlos V sí logrará compaginar su imagen de Emperador que defiende el mundo cristiano contra el infiel y la ley del Rey Católico que es heredero de la política norteafricana de Isabel I y de Cisneros (conquista de Orán), con lo que contará con el apoyo de sus súbditos peninsulares.
En 1529, Barbarroja (Kheir-ed-Din) se apodera de Argel y, desde aquí, cinco años más tarde se hace con Túnez, una plaza de importancia capital para la defensa del tráfico, en especial de cereales, entre Sicilia y los puertos españoles. El 31 de mayo de 1535, Carlos I parte de Barcelona con una gran flota en la que no sólo hay tropas españolas, sino también portuguesas, italianas, alemanas, flamencas y maltesas. A ella se unirá más tarde la armada genovesa al mando de Andrea Doria. En total más de cien barcos de guerra y trescientos de transporte que se dirigen hacia el Norte de Africa como si partiesen hacia una nueva cruzada.
Después de ser ocupada la fortaleza de La Goleta, a la entrada de la bahía de Túnez, caerá también la ciudad teniendo que huir Barbarroja. Al frente del gobierno de la plaza se restaura al antiguo rey, que firma un tratado de vasallaje con el Emperador. Este, no pudiendo tomar Argel, se dirige hacia Italia, que lo recibe como un héroe clásico y cristiano.
Pero la gloria de Túnez no supuso el final de Barbarroja ni terminó con el hostigamiento de los piratas berberiscos. En 1541, Carlos V intenta de nuevo tomar Argel, donde se había refugiado Barbarroja en 1535, y para ello se organiza una gran expedición naval en La Spezia. Su fracaso será conocido como el Desastre de Argel, cuyo recuerdo no será borrado por algunos éxitos que, como la toma de Africa-Mahadia en 1552, se logran contra el corsario Dragut, quien había sustituido a Barbarroja como principal aliado norteafricano de los turcos.
Los corsarios berberiscos mantenían continua relación con los moriscos granadinos y levantinos -Argel, por ejemplo, estaba lleno de ellos-, así como con Francia, que los utilizaba para impedir los contactos entre España e Italia, que suponían un peligro evidente para su fachada mediterránea. En realidad, esta colaboración no era más que una parte de las relaciones que Francisco I estableció directamente con Solimán el Magnífico, con quien firmó un tratado de alianza en 1536. Francia también formalizó contactos con los príncipes alemanes que se oponían a Carlos V y que habían creado con algunas ciudades la Liga de Esmalkalda en 1530.
El movimiento reformado iniciado por Martín Lutero en 1517 se convirtió rápidamente en soporte para numerosas aspiraciones sociales y políticas. En la década de 1520, caballeros y campesinos alemanes recurrieron al credo luterano para justificar sus protestas en sendas revueltas que acabaron por ser dominadas. Mayor relevancia y duración tendrá la vinculación con el Protestantismo de los intereses de los príncipes territoriales del Imperio. Bien porque compartieran la fe reformada y, en conciencia, se opusieran a la proscripción que Carlos V lanzaba contra Lutero como hereje; bien porque esperaran hacerse con las propiedades de abadías y episcopados que el luteranismo ponía en sus manos al suprimir el orden sacerdotal; bien, por último, porque hicieran de la Reforma un instrumento de su propio poder y autoridad, los príncipes coaligados en la Liga de Esmalkalda se opusieron militarmente a Carlos V quien, además de a sus campañas francesas y africanas, tuvo también que enfrentarse a las llamadas Guerras de Alemania.
Las razones de tipo político parecen haber sido especialmente importantes para explicar por qué los príncipes se adhirieron a la Reforma. De un lado, lo hacían porque así se debilitaba la posición del Emperador, cuya política, desde tiempos de Maximiliano I, tendía a recortar la autonomía alcanzada por los señores en sus respectivos territorios; de otro, la idea de autoridad que defendía y propiciaba el luteranismo reforzaba la capacidad de acción de los príncipes sobre sus súbditos particulares, porque los convertía en jefes de las distintas comunidades espirituales que se iban formando y porque dotaba a los titulares seculares de un poder incontestado en función de la teoría del origen divino del poder que había manifestado Lutero. A su vez, Carlos V se veía obligado a actuar en materia religiosa porque así lo exigía su condición de Defensor Fidei como brazo ejecutor de la Iglesia y porque no podría retroceder ante el robustecimiento de la posición de los príncipes en la esfera territorial.
Una vez que quedó claro que ni las Dietas (Augsburgo, Ratisbona) ni el Concilio General que, en principio, todos proponían no iban a servir para solucionar el conflicto espiritual, el enfrentamiento militar se reveló inaplazable. Aprovechando el respiro que le suponían tanto la Paz de Crepy con Francia (1544) como la firma de una tregua con el Turco, Carlos V inició la campaña danubiana de 1546, obteniendo la victoria de Ingoldstadt, y trasladó el teatro de operaciones a la cuenca del Elba al año siguiente. Aquí se produciría la batalla de Mühlberg (23-24 de abril, 1547), en la que el Emperador derrotó a los jefes militares de la Liga, Federico de Sajonia y Felipe de Hesse.
Sin embargo, Mühlberg es sólo un espejismo de victoria imperial sobre los príncipes protestantes. En 1552, Enrique II de Francia, el sucesor de Francisco I, firma con los príncipes alemanes el Tratado de Chambord y ocupa las plazas de Metz, Toul y Verdun. El Emperador sufre la humillación de tener que huir de Innsbruck y, además, fracasa estrepitosamente al intentar recuperar Metz (1553). La solución definitiva se alcanzará en la Paz de Augsburgo de 1555 por la que cada príncipe podrá determinar la religión de su territorio (cuius regio, eius religio), y la posición del Emperador quedará irremediablemente debilitada en el interior del Imperio.
El gobierno de Carlos de Gante llega, así, a su final con un balance no muy favorable en el que ni turcos ni príncipes alemanes han sido vencidos y, ni siquiera, los franceses que, ahora con el nuevo rey Enrique II, siguen contestando el supuesto poder universal que había querido imponer aquel Duque de Borgoña, Rey Católico y Emperador.
Las abdicaciones de Bruselas parecen haber sido más la solución a un momento crítico que ese abandono del mundo y de sus pompas con el que la mitología monárquica recreó el retiro a Yuste. La postura mantenida por Fernando de Austria, futuro Fernando I, era claramente contraria a los designios de su hermano, e incluso en la sucesión de su hijo Felipe II hay más de sustitución que de relevo.
Conquista romana y resistencia indígena
El período que media entre las últimas décadas del siglo III a. C. y el inicio del gobierno del emperador Augusto a raíz del resultado de la batalla de Accio, en el año 30 a. C., corresponde a una parte de la historia de la República romana y al sometimiento de gran parte de la Península Ibérica a Roma. Es, pues, el período de la Hispania republicana.
Con el éxito militar de la Primera Guerra Púnica (años 264-241 a. C.), el Estado romano había añadido a sus dominios territoriales de Italia los de Cerdeña y Sicilia, desalojando de ellas a los cartagineses. No había otro Estado tan poderoso en el occidente del Mediterráneo y no era inferior a los Estados helenísticos, herederos de Alejandro Magno, que comenzaban a desear relaciones de amistad con Roma. Si este sólido Estado occidental había conducido a la integración de pueblos y culturas diversas en un mismo proyecto político, reunía además la gran capacidad militar de disponer de un ejército compuesto mayoritariamente de ciudadanos frente a otros Estados que se veían obligados a contar en