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El Madrid de Carlos III
Después de la guerra de Sucesión (1700-1714) se produjo el ascenso a la Corona española de los Borbones, quienes llevaron a cabo una profunda reforma en muchos aspectos de la vida española y, también, en la arquitectura, algo que quedó bien reflejado en Madrid. La nueva dinastía borbónica trae a España nuevas ideas en lo político y lo administrativo. Una de las de mayor repercusión es quizás la necesidad de dotarse de un estado fuertemente centralizado, en el que se hace necesario, por tanto, ejercer el gobierno desde una gran capital, al estilo fundamentalmente del París francés de Luis XIV. Esta idea, comenzada a poner en práctica por Felipe V, nieto de Luis XIV, será continuada por sus sucesores borbones, quienes se esforzarán por hacer de Madrid un lugar clave para la vida política, económica, social y cultural de España.
De los monarcas borbónicos, será Carlos III quien tenga mayor influencia sobre la fisonomía de la capital, siendo conocido como "el mejor alcalde de Madrid". Realizó el primer ensanche, en el sector meridional, con las amplias avenidas y paseos de Acacias, Delicias, Melancólicos, Olmos y Chopera, mandó construir la actual Puerta de Alcalá, los Paseos de la Castellana, Recoletos y Prado y el Museo del Prado. Durante su reinado la población alcanzó los 160.000 habitantes.
Su consonancia con las ideas ilustradas imperantes en la época le llevan a promover la construcción de obras públicas, para uso y disfrute de los ciudadanos, a veces continuando la labor iniciada por sus predecesores. Las calles se amplían y se adornan con fuentes y jardines; se construyen puentes y nuevos y más modernos edificios; se arreglan caminos; etc. Para ello, los monarcas se rodean de grandes arquitectos, como Sabatini o Villanueva, que dan a la ciudad un aire neoclásico.
El ansia de saber y enseñar al pueblo se manifiesta en la construcción del Jardín Botánico o del Gabinete de Historia Natural, embrión del posterior Museo del Prado. Fuentes como la de La Cibeles o Neptuno engalanan las avenidas. La Puerta de Alcalá, obra de Sabatini, enmarca los paseos en los que la sociedad madrileña juega a su deporte favorito: ver y ser visto.
Arquitectura aparte, durante el Siglo de las Luces Madrid se convierte en punta de lanza del movimiento ilustrado. Se fundan Academias, como las de la Lengua, la Historia, la de Jurisprudencia de Santa Bárbara o la de Bellas Artes de San Fernando. También se crean nuevas instituciones de enseñanza superior, como el Seminario de Nobles, fundado en 1725 a instancias de Felipe V; la Real Escuela de Mineralogía de Madrid o la de Veterinaria; los Reales Estudios de San Isidro; la Librería Real (1716) -núcleo de la futura Biblioteca Nacional-; el Real Gabinete de Máquinas; Laboratorios de Química General, Química Aplicada a las Artes y Química Metalúrgica; el Observatorio Astronómico, de Villanueva, etc.
En Madrid, las instituciones oficiales se bastaban para aglutinar a la mayor parte de los representantes del movimiento ilustrado, con nombres como los de Antonio de Capmany, Pedro Rodríguez Campomanes, Eugenio Llaguno, Antonio Tomás Sánchez, Casimiro Gómez Ortega, José Vargas Ponce, Juan Bautista Muñoz o Gaspar Melchor de Jovellanos, Nicolás Fernández de Moratín, José Cadalso, Tomás de Iriarte, Félix de Samaniego, Casimiro Gómez Ortega o entre otros muchos.
En la primera mitad del siglo XVIII se produjo la destrucción del alcázar debido a un incendio (1734) y, en 1738, se inició la construcción del Palacio Real, abarcando hasta 1764.
El Madrid del siglo XVII
Nada más iniciarse el siglo XVII, Felipe III decidió el traslado de la corte a Valladolid. Sin embargo, en el año 1606, Madrid pasó a ser definitivamente la sede de la corte.
El Madrid del siglo XVII está caracterizado por ser una ciudad sede de la corte real. Fue Felipe II el que trasladó definitivamente la corte a esta ciudad y en los reinados sucesivos se fue consolidando una administración y burocracia propia de una urbe regia. El Madrid del siglo XVII veía como su población crecía rápidamente, ya que de muchas zonas como Castilla las familias nobles emigraban, en parte huyendo de la pésima economía que dominaba en esta época y en parte para asentarse cerca de donde pudieran tener influencias en la corte. El Alcázar estaba en plena remodelación pero seguía siendo una sede fría y triste para la moda del barroco. Así, el Conde Duque de Olivares, conociendo los gustos de Felipe IV, se encargó de construir una residencia de recreo digna de su señor y envidiable por todos (al menos en decoración interior), el Palacio del Buen Retiro. En estos momentos la administración en torno a la corte había crecido tanto que ésta era autosuficiente, pero los gastos se habían disparado y esto llevó a que Felipe IV pusiera en práctica un plan de recorte de los gastos burocráticos, dado que la situación económica del reino en esos momentos no era nada buena. Como podemos ver, el siglo XVII fue fundamental para esta ciudad, cambió su estatus de tal forma que le arrebató a Sevilla su protagonismo; de hecho según crecía Madrid, Sevilla disminuía en lo que había sido hasta ese momento una creciente población. Fundamental fue el hecho de que la corte atrajo hacía sí a muchos artistas, nobles, literatos etc., que veían en esta urbe su futuro profesional. Es el caso de Velázquez. De este modo Madrid llegó a suplantar el mecenazgo artístico de Sevilla.
En 1616 se comenzaron las obras de construcción de la Plaza Mayor y, dos años después, Felipe III adquirió y amplió con jardines y fuentes los terrenos que actualmente conforman el parque de El Retiro. En 1625, Madrid ya contaba con más de cien mil habitantes, lo que obligó a construir la cuarta muralla o cerca que rodeó la capital hasta 1868 y que pasaba por la actual calle Princesa, antiguos bulevares hasta Colón, Paseo del Prado, calle Segovia, Ronda de Toledo y, por el norte, abarcaba hasta Fuencarral. El crecimiento urbano posterior se realizó a expensas de los espacios libres que quedaron dentro de la cerca, construyéndose edificios de mayor altura.
También bajo reinado de Felipe III se construyeron edificios religiosos, como el convento de la Encarnación, y se comenzaron a celebrar las fiestas del patrón de la ciudad, San Isidro.
La Ilustración madrileña
Los hombres de las más variadas procedencias regionales abandonan sus lugares de origen para instalarse en la Corte, especialmente a partir de comienzos del reinado de Carlos III. De este modo, Madrid se convierte en crisol de la Ilustración, en el punto de contacto entre la aportación de los círculos locales y el reformismo oficial. Sin embargo, pese a que la labor de muchos de estos ilustrados asentados en la capital se desarrolla en estrecha vinculación con los medios gubernamentales, también aquí se puede señalar la existencia de una corriente autónoma que sólo ocasionalmente entra en el punto de mira del grupo dirigente de la vida política.
Algunas instituciones sirven de puente, como es el caso de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País que, impulsada por Campomanes y animada por Jovellanos, reúne también a otros ilustrados de menos renombre, que redactan las memorias, sostienen las empresas filantrópicas y llevan a cabo las actividades que caracterizan la vida cotidiana de la entidad: también el Real Seminario de Nobles o de los Reales Estudios de San Isidro, que convocan a profesores de todas las provincias de la Monarquía, los cuales ponen en común sus experiencias en distintos lugares y en distintos campos de actuación. Ahora bien, al margen de estos institutos oficiales o semioficiales surgen otra serie de círculos desvinculados del poder, que son el equivalente madrileño de las agrupaciones regionales de ilustrados que proliferan a lo largo de toda la geografía española.
Estas reuniones culturales de carácter informal se constituyen en Madrid desde finales del siglo XVII, al principio normalmente en casa de miembros prominentes de la aristocracia y con asistencia de algunos destacados representantes de los novatores, como Diego Mateo Zapata. Más tarde, algunas de estas tertulias obtendrán el reconocimiento oficial, como la celebrada en casa del marqués de Villena y embrión de la Academia de la Lengua, o la que tenía como marco la casa de Julián Hermosilla, que se convertirá en la Academia de la Historia, o la promovida por Agustín de Montiano, secretario de Gracia y Justicia, que se verá concurrida por hombres de la talla del preceptista Ignacio de Luzán, su discípulo Eugenio Llaguno y la familia Iriarte en pleno. A mediados de siglo, durante el reinado de Fernando VI toma el relevo la Academia del Buen Gusto, presidida por la marquesa de Sarria y frecuentada por Ignacio de Luzán, Agustín de Montiano, el marqués de Valdeflores y el erudito y jurisconsulto Blas Antonio de Nasarre junto a un numeroso grupo de aficionados a la poesía y a la literatura en general. La más importante de estas tertulias literarias fue la que se reunía en la fonda de San Sebastián, propiedad del italiano Juan Antonio Gippini, que hacia 1775 atraviesa su edad de oro con la presencia de los mejores escritores del momento, como Nicolás Fernández de Moratín o José Cadalso, o como los fabulistas Tomás de Iriarte y Félix de Samaniego, y también de hombres de ciencias, como el botánico Casimiro Gómez Ortega, director del Jardín Botánico de Madrid, y de prestigiosos eruditos, como los valencianos Francisco Cerdá y Juan Bautista Muñoz, el fundador del Archivo de Indias y padre del americanismo español.
Junto a estas tertulias en lugares públicos se desarrollaban los salones al gusto francés presididos por damas de la nobleza, como la condesa de Benavente o la duquesa de Alba, algunos de los cuales cambiarían su carácter debido a las preocupaciones más específicas de sus patrocinadoras, como el de la condesa de Montijo, que a finales de siglo se había convertido en uno de los núcleos del jansenismo español.
Asimismo, las redacciones de los periódicos eran lugar de reunión y de intercambio de ideas. Así puede ofrecerse el ejemplo del excelente Diario de los literatos de España que, nacido en 1737, agrupaba a Francisco Manuel Huerta, Juan Martínez Salafranca (autor de unas Memorias eruditas para la crítica de Artes y Ciencias, en 1736) y Leopoldo Jerónimo Puig, al tiempo que recibía las colaboraciones del humanista Juan de Iriarte o de Gregorio Mayans, oculto bajo el seudónimo de Plácido Veranio.
En cualquier caso, en Madrid las instituciones oficiales se bastaban para aglutinar a la mayor parte de los representantes del movimiento ilustrado. Así, a título de ejemplo, podemos considerar la nómina de los académicos de la Historia, que incluye en 1796 a un elenco realmente sobresaliente: Antonio de Capmany (que actúa de secretario), Pedro Rodríguez Campomanes, Eugenio Llaguno, Francisco Cerdá, Antonio Tomás Sánchez, Casimiro Gómez Ortega, José Vargas Ponce, Juan Bautista Muñoz o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos citados ya como abanderados de la renovación de la cultura española del Setecientos.
Madrid contemporáneo
Durante el siglo XX, Madrid es el escenario en el que se desarrolla buena parte de la vida económica, política y social nacional, convirtiéndose además en un foco de atracción para una gran mayoría de los emigrantes de la España interior. Algunos datos sirven para ejemplificar su pujanza, como que, en el primer tercio de siglo, por vez primera su tasa de natalidad fue superior a la de mortalidad, o que desde principios de siglo hasta 1930, Madrid y su provincia arrojaron un saldo positivo de 449.493 inmigrantes, prácticamente duplicando su población hasta llegar a los 952.832 habitantes.
En lo político, en estas primeras décadas del siglo XX Madrid vivó la muerte de Alfonso XII y, tras un periodo de regencia, la llegada al tono de Alfonso XIII. La convulsión social y política de esos años dio lugar a la dictadura de Primo de Rivera y a la proclamación, el 14 de abril de 1931, de la II República.
Son estos años de efervescencia: Madrid crece físicamente, los cafés se convierten en el centro de la vida intelectual y cultural y en sus calles y foros, como en tantas otras partes de España, se dirimirán las disputas políticas entre anarquistas, marxistas, monárquicos y fascistas, muchas veces de manera violenta. La sublevación de una parte del Ejército contra la República no triunfará en Madrid, que a partir de entonces se convertirá en un símbolo de la resistencia contra el avance de las tropas de Franco. Los bombardeos y el asedio serán constantes, siendo una de las ciudades más dañadas por la Guerra Civil.
La posguerra dejará un paisaje de hambre y miseria, muy bien plasmado en novelas como "La Colmena", de Cela. Los míseros años 40 dejan paso a una década de los 50 caracterizada por un incipiente despegue, en el que poco a poco van siendo superados los destrozos de la guerra. Madrid, no obstante, continúa recibiendo emigrantes, que buscan un trabajo en su industria, haciendo surgir nuevos barrios e incorporando poblaciones limítrofes. Esta tendencia continúa, acentuada, durante la década de los 60, en la que el llamado "desarrollismo" afecta de lleno a Madrid: la población accede a un mayor nivel de vida, crecen los servicios públicos o surgen nuevos edificios, más altos y modernos -Torre de Madrid, Complejo AZCA, etc.
Los convulsos años 70 son el comienzo del postfranquismo: la oposición democrática sale a la calle, la Universidad es el escenario de la agitación estudiantil y en los barrios obreros los movimientos opositores continúan con su labor frente a la Dictadura. En 1973, un atentado de ETA acaba con la vida del presidente del gobierno franquista, Carrero Blanco.
A la muerte de Franco, en 1975, comienza una etapa apasionante, la transición, en la que poco a poco en Madrid y en España se van ganando las libertades democráticas. Restaurada la monarquía en la persona de Juan Carlos I, el 19 de abril de 1979 se constituye el primer Ayuntamiento de Madrid votado por los ciudadanos, siendo su alcalde Enrique Tierno Galván. Son estos unos años presididos por el ansia de libertad y ruptura con el pasado, espíritu de renovación que se plasma a todos los niveles, pero especialmente en el campo de las artes, la música y el cine. Son los años de la "movida", que significarán una apertura al exterior y a la modernidad.
En 1983 Madrid se convierte en la capital de una nueva comunidad autónoma, la Comunidad de Madrid, viéndose incrementadas sus funciones políticas y administrativas. En 1992 fue nombrada Capital Cultural de Europa. Lamentablemente, a día de hoy Madrid todavía no se ha repuesto de los atentados sufridos el pasado 11 de marzo, donde casi 200 personas fallecieron por las explosiones de varias bombas introducidas en trenes de Cercanías.
Madrid en el siglo XIX
El siglo XIX se inició con la invasión napoleónica. El primer tercio del siglo constituye un parón en la evolución de Madrid.
Durante el siglo XIX, la ciudad y la población de Madrid participaron activamente en los distintos hechos y acontecimientos que jalonaron la centuria. Madrid conoció el levantamiento contra los ocupantes franceses -el famoso 2 de mayo, inmortalizado por Goya-; sus calles y cafés fueron escenario privilegiado para la difusión de las distintas ideologías políticas, cuando no de pronunciamientos; su población creció, gracias a la inmigración, por encima de los 200.000 habitantes, al tiempo que su contorno urbano se ensanchaba con nuevos barrios como el de Salamanca; recibe, en 1836, a la Universidad de Alcalá de Henares, que, en 1850, sería llamada Universidad Central, la única universidad que podría conferir el título de Doctor; se funda, en 1835, su Ateneo Científico, Literario y Artístico, desde cuyas cátedras se difundieron todas las ramas del saber entre las elites culturales y los políticos liberales que, desde toda España, acudían a Madrid; y así hasta un largo etcétera.
La concentración de buena parte de la burguesía comercial y financiera en la capital política de España hizo que Madrid se embelleciera con notables edificios. Una de las primeras grandes construcciones del siglo es el Palacio de Villahermosa, actual sede del Museo Thyssen-Bornemisza, edificado en 1805. Cronológicamente le sigue la Plaza de Oriente, proyectada por José Bonaparte para embellecer el entorno del Palacio Real. Comenzada a construir en 1816, su trazado definitivo lo realizó Narciso Pascual Colomer en 1850.
En 1818 comienza a levantarse el Teatro Real, cuyas obras, terminadas en 1850, fueron dirigidas por Antonio López Aguado. El Palacio del Senado, de 1820, fue edificado como salón de corte sobre un primitivo convento.
En 1827 se erige la Puerta de Toledo, conmemorando el regreso de Fernando VII tras la Guerra de la Independencia. El Congreso de los Diputados, de 1843, fue edificado según un modelo renacentista, al que más tarde se le añadió el gran pórtico neoclásico que hoy podemos apreciar.
El Palacio de Gaviria, de 1846, fue construido también en este estilo, añadiéndosele más tarde una cuarta planta. La Estación de Atocha, inaugurada en 1851 por la Reina Isabel II, fue destruida completamente por un incendio y reinaugurada en 1892.
Pocos años más tarde, en 1856, fue construido el Teatro de la Zarzuela, obra de Jerónimo de la Gándara.
Francisco Jareño y Alarcón fue autor del proyecto de la Biblioteca Nacional, edificio neoclásico cuyas obras comenzaron en 1866 y terminaron en 1892. Detrás de este edificio se construyó otro de excelente factura, que alberga al Museo Arqueológico Nacional.
En 1872 se construye el Palacio de Linares, palacete de reminiscencias francesas obra de Carlos Colubi. El Palacio de Cristal del Retiro, de 1877, fue edificado para celebrar en él la Exposición de Filipinas, y presenta una grácil arquitectura en hierro y cristal. También en el parque del Retiro y para una exposición, en este caso de minería, fue construido en 1883 el Palacio de la Minería, hoy llamado de Velázquez por su autor Ricardo Velázquez Bosco.
En 1879 comenzó la construcción de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, según un proyecto inicial a cargo del marqués de Cubas. Paralizadas las obras, éstas no se reanudaron hasta 1946, finalizando en 1993.
El Banco de España, proyectado por Eduardo Alaró y Severiano Sainz de Lastra, fue inaugurado en 1891 y construido imitando los palacios renacentistas venecianos. También en 1891 comienza a construirse el edificio de la Real Academia Española de la Lengua, obra de Miguel Aguado de la Sierra. De estilo neogriego, presenta una gran fachada principal, con pórtico adosado. Por último, a finales de siglo se construye el edificio de la Bolsa de Comercio, obra de Enrique María Repullés.
Madrid en el siglo XVI
Durante la primera mitad del siglo XVI, poco antes de convertirse en capital, Madrid apoyó el Movimiento Comunero (1518), al igual que habían hecho otras ciudades castellanas. Sin embargo, la derrota de éstos dos años después, en la batalla de Villalar, la obligó a rendirse. En esta primera mitad del XVI, se continuó con la construcción de monasterios, como el de San Felipe Neri, el de la Trinidad Descalza o la ermita de San Isidro.
El reinado de Felipe II marcó un hito trascendental en la historia de la ciudad, ya que fue él quien decidió el traslado definitivo de la Corte, sólo interrumpido en contadas ocasiones, a Madrid (1561). En esos momentos, la urbe estaba habitada por unas veinte mil personas aproximadamente, extendiéndose hasta las Puertas de Santo Domingo, Sol y Antón Martín. La reciente capitalidad atrajo especialmente a la nobleza, junto con numerosos hidalgos, pícaros, soldados o licenciados, entre otros, que buscaban hacer fortuna. Fue a partir de este momento cuando se inició el verdadero crecimiento, bastante caótico y desordenado, de la capital. El aumento brusco de la inmigración triplicó la población, produciéndose una enorme escasez de viviendas, que se pretendió solucionar con la "Ley de Regalía y Aposento" y "el Bando de Policía y Ornato", de 1591, creada con el cometido de que "aya limpieza, ornato y policía que conviene" a la Villa de Madrid. Nombróse a Francisco de Mora Maestro Mayor de Obras, apareciendo así, por primera vez, la figura del arquitecto municipal. De esta época es también la aparición de la conocida "Regalía de Aposento y casas a la malicia" que, como señala José del Corral, son genuinamente madrileñas. La referida regalía fue una de las cargas, y no la única, que ha tenido que soportar Madrid a cambio de la muy discutible ventaja de ser Corte. Era ésta la obligación que tenían todos los madrileños de dar la mitad de su casa para que sirviera de aposento a los miembros de la Corte. La consecuencia fue construir edificios que no sirvieran fácilmente a este doble fin, casas que se llamaron "de incómoda repartición", y a las que el pueblo llamó "casas de malicia". Se estima que a comienzos del siglo XVII existían unas seis mil viviendas de estas características.
Lo anterior explica que nuestra ciudad fuera la capital europea de la época con menos ornato y monumentos públicos. La belleza e interés arquitectónico de sus edificios eran mínimos. Las calles y plazas eran estrechas, asimétricas, tortuosas y carentes de racionalidad. No era mejor la salubridad y el alcantarillado que brillaba por su ausencia.
La actuación de la Junta se va a centrar prioritariamente en la mejora de los accesos a la capital. En este sentido, el arquitecto real Juan de Herrera construyó el Puente de Segovia sobre el río Manzanares, el cual facilitaba las comunicaciones con el Escorial y la Real Casa de Campo. Las antiguas calles de la Almudena y las Platerías se unificaron en una sola llamada Mayor, que se convirtió así en la arteria principal de la ciudad. Se conservaron las Puertas de Atocha, Toledo, Segovia, San Luis y Santo Domingo.
En 1566 el monarca ordenó la construcción de una muralla, la tercera de su historia, y otra serie de edificaciones, como la Casa de la Panadería (1590), el Convento de los Agustinos Recoletos (1592) o el primer Hospital General de la Villa (1596); un año después de la muerte del monarca se iniciaron las obras de la primera Puerta de Alcalá. Fuera de la capital, la obra más espectacular mandada edificar durante su reinado fue el Monasterio de El Escorial, cuyo arquitecto fue Juan de Herrera.
Para una mejor comprensión del Madrid de los Austrias en el siglo XVI, seguimos a Teodoro Martín Martín: "Escasas son las modificaciones urbanísticas que Madrid experimenta bajo el reinado del primer Austria. Carlos I visita a menudo la Villa, a causa de su afición a la caza. Estas estancias le llevan a modificar y reformar el Alcázar, renovando su fachada y construyendo en las inmediaciones una plaza. El conjunto adoptó una fisonomía de palacio-residencia que antes no tenía.
A imitación del Emperador los estamentos privilegiados construyen sus propias residencias o edificios de culto. Tal es el caso de la Casa de Cisneros o el palacio del tesorero del Rey Alonso Gutiérrez, que sirvió de base para el actual monasterio de las Descalzas Reales. De esta época es también la Capilla del Obispo en estilo gótico tardío.
Durante el reinado de Felipe II las modificaciones urbanísticas van a ser importantes. Dos razones las justifican; de una parte el traslado de la Corte a Madrid en 1561 con el consiguiente aparato burocrático que ello conllevaba; de otro lado, el incremento constante de la población que desbordaba sus posibilidades espaciales. La ciudad pasa de 20.000 a cerca de 60.000 habitantes en 1598.
En este espacio urbano se situaron innumerables iglesias y conventos como fueron los de Carmelitas Calzados, la iglesia de San Ginés, el Colegio Imperial de los jesuitas, que se inicia en este reinado, y el Monasterio de las Descalzas Reales, que se concluye ahora. Como ejemplo de palacio civil merece citarse la Casa de las Siete Chimeneas, construida en 1577, de cuyo original edificio resta la parte que mira a la plaza del Rey".
Mayrit: el Madrid árabe
"Madrid, castillo famoso, que al rey moro alivia el miedo". Los versos de Moratín evocan los orígenes de Madrid, un asentamiento árabe denominado Mayrit, palabra compuesta de la expresión árabe Mayra -madre, matriz- y del sufijo iberorromano -it, lugar-, como indica Herrero Fabregat, autor al que seguimos. Previamente a la llegada de los musulmanes pudo existir un pequeño núcleo de población visigoda, que, según Oliver Así, debió asentarse junto al arroyo Matrice, madre de aguas. También se han hallado restos más antiguos, correspondientes al periodo prehistórico y la colonización romana. La conquista cristiana hizo evolucionar el nombre del lugar desde Mayrit a Magerit, acabando en el actual Madrid. Volviendo a los versos de Moratín, el Mayrit árabe era fundamentalmente una fortaleza edificada para controlar un amplio territorio de frontera. Albergaría por tanto una guarnición, y a su lado se situaría el núcleo de población. La fortaleza, alcazaba, formaba el primer recinto amurallado, tras el cual se incluían una pequeña población. La medina, el núcleo comercial, es de construcción posterior y se hallaba delimitada por una muralla, de la que aún quedan escasos restos. Las murallas de Madrid fueron primero destruidas durante un ataque de Ramiro II de León, en el año 931. Posteriormente fueron reconstruidas por Abd al-Rahman III. La ciudad se estructuraba en función de un eje amplio, que corresponde al último tramo de la actual calle Mayor, desparramándose a su alrededor el típico urbanismo islámico de callejuelas y adarves. Dentro de las murallas había dos torres, la de Narigues y la Gaona. Se sabe también de la existencia de las puertas de la Vega, de Santa María y de la Sagra. La Medina estaba rodeada de una segunda muralla, actualmente considerada cristiana y del siglo XII. Esta muralla contaba con cuatro puertas, las llamadas de Moros, Cerrada, de Guadalajara y de Balnadú. La importante situación estratégica de Madrid hizo que se convirtiese en objetivo de los reyes cristianos. Fue Alfonso VI quien logró tomar la ciudad, punto desde el que se controlaba, como si de una avanzadilla se tratara, la defensa de Toledo.