Localización:
![]() |
Barcelona contemporánea
El siglo XIX deja una Barcelona burguesa e industrial, moderna, abierta al exterior. La entrada de aires de renovación cultural se plasma en la llamada Renaixença, movimiento que afecta a todos los niveles: literario, pictórico, arquitectónico, científico, político, etc. Barcelona se configura entonces como la ciudad más progresista de España, la puerta de entrada a nuevas tendencias y manifestaciones.
Al mismo tiempo, Barcelona es el escenario en el que se dirimen profundas diferencias sociales y políticas. Con respecto a las primeras, los movimientos obreros plantean sus reivindicaciones frente al poder económico de la burguesía, multiplicándose las huelgas y manifestaciones, que culminarán en el pistolerismo de los años 20. Con respecto a las segundas, Barcelona se convierte en capital del catalanismo, siendo frecuentes los roces con respecto a la política estatal desarrollada por el gobierno establecido en Madrid. Uno de los momentos culminantes de estos enfrentamientos será la Semana Trágica, de 1906, en la que la protesta por el embarque de tropas catalanas con destino a Marruecos derivará en sangrientos combates. En 1914 se creará la Mancomunitat de Catalunya. Las reivindicaciones nacionalistas llevarán a la creación de la Generalitat y la promulgación del Estatuto de Autonomía, en 1932.
A pesar de vivir tiempos tan convulsos en lo político-social, Barcelona se beneficia de una gran despegue económico en los años 20, gracias fundamentalmente al papel neutral de España durante la I Guerra Mundial. El mejor exponente de esta prosperidad es la celebración de la Exposición Internacional de 1929.
Barcelona es una de las capitales españolas en las que la sublevación militar del 18 de julio de 1936 no triunfa, gracias a la resistencia de sus ciudadanos y autoridades. La guerra civil, no obstante, dejará una importante secuela de víctimas y daños materiales, siendo bombardeada cruelmente por la Aviación y la Marina de Franco. La represión de los vencedores fue atroz, eliminando todos los logros anteriores. El paisaje de la posguerra fue, como en toda España, literal y metafóricamente grisáceo.
Los años 50 y especialmente los 60 significan el comienzo de la recuperación económica. La llegada de inmigrantes multiplica su población hasta situar a Barcelona como la segunda ciudad de España en población, tras Madrid, un aporte demográfico que, no obstante, crea graves problemas sociales y carencias. A pesar de ello, Barcelona crece físicamente y la calidad de vida de sus habitantes se incrementa de manera paulatina.
La muerte de Franco en 1975 supone la vuelta a la democracia y la recuperación de las instituciones catalanas. El proceso de crecimiento de Barcelona culmina con la celebración, en 1992, de los Juegos Olímpicos, ocasión que es aprovechada por la ciudad para renovar su configuración urbanística, embelleciéndose con nuevas y modernas construcciones -Estadio Olímpico, Hotel Arts, etc.-, y convertirse en una de las principales ciudades de España en el ámbito cultural.
En la línea de esta dinámica política cultural surge el Fórum 2004, un acontecimiento internacional en el que se pretende pensar y experimentar sobre los principales momentos culturales y sociales que debe afrontar el mundo a lo largo de este siglo XXI. El Fórum ha sido organizado de manera conjunta por el Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat de Catalunya y el Gobierno de España, recibiendo el apoyo de la UNESCO. Las actividades se desarrollan en dos espacios: el propio recinto del Fórum y la ciudad de Barcelona.
Durante los 141 días de su duración, entre el 9 de mayo y el 26 de septiembre de 2004, este importante encuentro cultural y ciudadano se estructura en torno a tres grandes ejes: la diversidad cultural, el desarrollo sostenible y las condiciones de paz. A través de diversas actividades culturales y lúdicas -exposiciones, talleres, espectáculos, conciertos, juegos o mercados- el visitante podrá disfrutar de este evento, sin olvidar los Diálogos, un programa de debates para reflexionar sobre los ejes mencionados, con la participación de más de 1.500 ponentes procedentes de todo el mundo.
La celebración de este importante evento ha permitido a Barcelona rehabilitar la zona litoral de la ciudad próxima al río Besòs y ganar un nuevo barrio, dotado de importantes infraestructuras que, evidentemente, siguen criterios de desarrollo urbano sostenible.
Barcelona, entre la Edad Moderna y la Contemporánea
La privilegiada posición que ocupa en el conjunto del Mediterráneo y su apertura al resto de Europa, convierte a la ciudad de Barcelona en una de las más pujantes de España, continuando un proceso que ya quedaba claramente apuntado durante la Baja Edad Media.
La Edad Moderna supone para Barcelona conocer los inicios de la industrialización, en mayor escala en relación con otros puntos del país. Las manufacturas, principalmente textiles, experimentan un despegue, beneficiadas por la entrada de capital privado y el apoyo ocasional de la hacienda, siendo las fábricas de algodón de Cataluña una de las mayores y más importantes novedades del siglo XVIII. Estas fábricas, efectos económicos aparte, crearon un sector empresarial con progresiva conciencia de clase y ligado en exclusiva al mundo industrial, permitiendo además forjar un incipiente proletariado industrial concentrado en Barcelona. El censo de Floridablanca nos informa de que Barcelona albergaba a 5.500 artesanos, de un total de 125.000 habitantes.
Importancia decisiva tiene también el arreglo de su puerto, así como los esfuerzos por constituir una banca estable en el último cuarto del siglo XVIII, que acabaron fracasando (Banco de Vitalicios, Banco de Fondos Perdidos, Banco de Cambios).
Con todo, y pese a padecer los indeseables efectos de la guerra -principalmente la de Sucesión, en la que Barcelona se manifiesta en apoyo del pretendiente Carlos y en contra de Felipe de Borbón, lo que le acarreará negativas consecuencias- o de la conflictividad social -Rebomboris del pá durante 1789-, el saldo del siglo XVIII para Barcelona es más que positivo.
El siglo XIX continúa con Barcelona situada a la cabeza de las manufacturas y el comercio catalán y español. Igualmente sufre guerras -Independencia, los Cien Mil Hijos de San Luis-; levantamientos o la represión de estos -el del general Luis Lacy, en 1817; el bombardeo ordenado por Espartero, en 1842- o huelgas y algaradas -1854, 1869-. Pero Barcelona continúa con su dinamismo a todos los niveles. Conforme avanza la industrialización, Barcelona y su entorno se convierten en avanzada de la inmigración durante la primera mitad del siglo XIX, contando ya en 1877 con cerca de 250.000 habitantes. Tal crecimiento se plasma en el derribo (1868) de unas murallas que impiden la expansión del tejido urbano y en un plan urbanístico de ensanche, el famoso Plan Cerdá. También, en datos como que Barcelona cuenta con la primera línea de ferrocarril peninsular -la Barcelona-Mataró, en uso desde 1848-; que en Barcelona y sus alrededores, se asentaron el mayor número de industrias en la primera mitad del siglo XIX, contando con una considerable masa de proletarios industriales, especialmente en la industria textil, cifrados en unos 50.000 en 1860 y más de 70.000 en 1877; con la segunda Universidad por número de alumnos, tras Madrid, de España -850 en 1857 y 1600 en 1868-; con más de siete sociedades recreativas o casinos; 59 sociedades de música y 32 de teatro; siete teatros y una plaza de toros con un aforo de más de 11.000 espectadores.
El binomio comercio-industria quedaría incompleto como explicación al progreso de Barcelona durante estos siglos si a ello no le añadimos un tercer factor: la existencia de una pujante y emprendedora burguesía de los negocios, grandes comerciantes que concentran buena parte de su actividad en la importación y exportación, en ocasiones vinculados a otras variadas inversiones. Esta burguesía acabará por definir en gran medida el tipo humano y social dominante en la Barcelona del XIX y XX, cuya gran puesta en escena se producirá de manera periódica y casi ritual en el Gran Teatro del Liceo.
Sin embargo, el camino de la industrialización y el desarrollo del capital traen consigo el surgimiento de un nuevo grupo social, el proletariado, cuya primera existencia puede constatarse en Barcelona. Ambos grupos, burguesía y proletariado, regirán y serán los actores fundamentales de las relaciones sociales, económicas y políticas durante lo que resta de siglo y el siguiente.
Barcino: la Barcelona romana
La ciudad romana de Barcino es el precedente inmediato de la actual ciudad de Barcelona. Colonia romana, fue fundada durante el reinado del emperador Augusto (27 a.C.-14 d.C.) en la llanura litoral que comprenden el Besós y el Llobegrat.
El primitivo recinto fue edificado sobre una colina que se llamó Mons Taber. Para su construcción se siguieron las pautas urbanísticas romanas, es decir, planta rectangular extendida sobre dos ejes (decumanus y cardo maximus) que se encontraban en el foro. Este coincide actualmente con la ubicación de la plaza de Sant Jaume. Como modo de honrar a Augusto, emperador divinizado, sobre la colina se construyó un templo, del que hoy tan solo pueden apreciarse cuatro columnas dentro del Centre Excursioniste de Catalunya.
El papel estratégico de Barcino, punto de llegada de los grandes ejes norteño y mediterráneo, otorgó a la ciudad desde muy pronto un activo desarrollo comercial y económico. Sin duda, esto provocó un importante aumento de la población y la expansión de la pequeña ciudad original. Este proceso de crecimiento en tamaño e importancia se vio refrendado cuando, a principios del siglo IV y tras la primera invasión de francos y alamanes, Barcelona había relegado a Tarraco como capital de la provincia romana denominada Hispania Citerior. De esta época (fines del siglo III y comienzos del IV) aun son visibles los restos de la muralla.
El Gaudí desconocido en Barcelona
La obra de Gaudí es conocida de una manera muy desigual. Unas -como la Casa Batlló o la Milà- por su evidente espectacularidad e inmejorable emplazamiento, son visitadas a diario por miles de personas, mientras que otras, ya sea por ubicarse salpicadas por la geografía urbana de Barcelona, o, quizá, por mantener, todavía, un uso privado, no tienen el mismo eco entre los visitantes que acuden a Cataluña para encontrarse con Gaudí.
Son obras que pasan casi desapercibidas, pero que deben dejar de serlo, para que, todo aquel verdaderamente interesado en Gaudí, pueda llegar a tener un conocimiento más completo y racional de su obra.
Gaudí ponía tanto interés en el diseño de una mirilla de puerta como en el de la torre de un campanario. Todos y cada uno de los elementos de una obra eran importantes para él porque todos estaban implicados en un proceso creativo-conceptual mucho más amplio que el mero diseño individual: el arte total, concepto básico para entender el trabajo del arquitecto y, por extensión, de la época del Modernismo. En esta ruta vamos a poder conocer los Pabellones y la verja de la Finca Güell, el Colegio de Teresianas, la Casa Calvet, la Finca Miralles, la Torre Bellesguard la Casa Vicens y el Palacio Güell.
El Park Güell de Barcelona
El Park Güell se encuentra emplazado en la barcelonesa montaña del Carmelo, que junto con la Creueta y la Montaña Pelada separan los barrios de Gracia y Horta del resto de la Ciudad Condal. En la actualidad el Park (siempre lo denominaremos así por ser la manera en que lo bautizó Gaudí, en alusión a su idea de parque a la inglesa) es uno de los lugares de interés culturals y turístico más visitados de Barcelona.
En 1899 el industrial y mecenas de las artes Eusebi Güell decidió la compra de la finca conocida como Can Muntaner de Dalt, para dar forma a su proyecto de construcción de una Ciudad Jardín, que contaría con un total de sesenta parcelas urbanizables.
La compra de los terrenos coincidió con un momento de euforia urbanística en Barcelona. Desde el derribo de las murallas medievales, a mediados del siglo XIX, la nueva burguesía industrial catalana había demostrado un gran interés en la construcción de nuevas viviendas en zonas, hasta aquel momento poco explotadas, que ofrecían mejores condiciones de vida, siendo el ejemplo más paradigmático el Eixample (Ensanche) de Barcelona.
La barriada del La Salud, lugar en donde se encontraba Can Muntaner de Dalt, es una zona con una compleja orografía, que presentaba diversas dificultades para la construcción de viviendas. Popularmente todo el barrio era conocido como La Muntanya Pelada.
Güell confió la obra a un joven arquitecto de su total confianza: Antoni Gaudí i Cornet. Éste proyectó una compleja red viaria que cruzaba, y salvaba las pendientes. Dotó al complejo de un mercado cubierto, una gran plaza y parcelas. El desarrollo del proyecto se llevó a cabo entre los años 1900 y 1914. Únicamente se llegaron a construir dos viviendas: la propia Casa Gaudí (en realidad era la Casa-Muestra) y la Casa Trias.
La ciudad soñada por Güell partía de los modelos utópicos de Garden City inglesas, nacidas como reacción a las aglomeraciones urbanas, a la superpoblación y a las condiciones insalubres herederas directas de la Revolución Industrial. No se trataba del único proyecto de similares características nacido en la capital condal, unos años antes el ingeniero Ildefons Cerdà planteó su Eixample de Barcelona dentro de unas directrices muy parecidas.
El proyecto, muy atractivo, no tuvo el éxito esperado entre la burguesía barcelonesa, convirtiéndose rápidamente en un estrepitoso fracaso. Los motivos hay que buscarlos en la lejanía de la ciudad y en la incomodidad para los desplazamientos y para la construcción de las casas que presentaba el territorio.
Ante este estado de las cosas no constituyó ninguna sorpresa que los herederos de Eusebi Güell abandonaran el proyecto a la muerte de éste, acaecida en 1918. Poco tiempo después el propio Antoni Gaudí decidió vender su casa a un reconocido constructor de pianos italiano llamando Chiappo Arietti. Gaudí, por su parte, se mudó a sus dependencias en la Sagrada Familia, vivienda que no abandonó hasta su muerte.
Cuatro años después, en 1922, el Ayuntamiento de Barcelona decidió comprar la urbanización con la idea de convertirla en parque público. En 1984 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En ese momento se procedió al inicio de diversas campañas de restauración dirigidas por los arquitectos Elies Torres, J. A. Martínez Lapeña, Joan Bassegoda i Francesc Maña.
El Paseo de Gracia
La Barcelona del cambio de siglo había recibido el impulso de la Exposición Universal celebrada el año 1888, modernizándola y dándole una nueva imagen.
La ciudad histórica estaba encerrada dentro del perímetro de murallas de origen medieval, impidiendo su crecimiento y propiciando que a su alrededor nacieran dispersos en el llano, una serie de núcleos de población, Sant Martí de Provençals, Sant Andreu del Palomar, Gràcia, Sant Gervasi, Sants... La campaña para la demolición de las murallas empezó en 1854 y al mismo tiempo se convocaba un concurso para trazar y distribuir el nuevo crecimiento de la ciudad hacia las poblaciones más cercanas. La unión del centro histórico con éstas poblaciones se definió en el proyecto de l' Eixample, del año 1859, que consistía en la urbanización del plano de Barcelona con una trama de calles paralelas y perpendiculares las unas a las otras que delimitaban manzanas de casas.
El Ayuntamiento declaró como ganador a un arquitecto local, Antoni Rovira i Trias, quién había articulado la urbanización a partir de ejes radiales que partían de la ciudad antigua. Pero fue el gobierno central quién escogió la propuesta de un plano más regular en su diseño y en su distribución, la que finalmente se ejecutó. Esta planificación era obra de Ildefons Cerdà, urbanista profundamente preocupado por la dificultades del obrero y por las condiciones sanitarias y de salubridad extremadamente insuficientes de Barcelona. Su distribución ideal, en la que proyectaba manzanas con espacios abiertos ocupados por jardines fue corrompida rápidamente por las clases dominantes, quienes lo modificaron de la mano de urbanistas, arquitectos y empresarios repetidas veces.
El Passeig de Gràcia fue inaugurado el 1827 y funcionaba como eje de comunicación entre la ciudad y la cercana población de Gràcia. Se ensanchó un antiguo camino, que seguía el trazado de un torrente de agua, que en su camino dejaba fuentes, jardines, unos Campos Elíseos y diferentes zonas de paseo. Con el crecimiento del Eixample se convirtió en la vía principal de la nueva ciudad, dotándola de iluminación, pavimento y circulación de los principales transportes públicos y privados. En ella se construyeron los mejores cines y teatros, se concentraron los mejores y grandes almacenes, así como se convirtió en el escenario de los grandes actos y paseos de la burguesía barcelonesa.
Contribuyendo a su ornamentación, el Passeig de Gràcia se dotó de unas farolas y bancos, diseño del arquitecto Pere Falqués.
Es en esta avenida donde los burgueses decidieron construir sus residencias, en una carrera de trasgresión respecto de los modelos más historicistas y académicos y de exhibición de su riqueza, encargando los proyectos a los mejores arquitectos del momento.
Buena muestra de ello nos la proporciona la llamada "Mançana de la Discordia", entre las calles Consell de Cent y Aragó. Su nombre lo debemos a que en ella se encuentran tres obras de especial relevancia de los arquitectos más emblemáticos del momento: Lluís Domènech i Montaner con la Casa Lleó Morera, Josep Puig i Cadafalch con la Casa Amatller y Antoni Gaudí i Cornet con las Casas Batlló y Milà.
La Barcelona altomedieval
La resplandeciente Barcino romana conoció, como el resto del imperio, un proceso de ruralización y abandono durante el Bajo Imperio. En este contexto es en el que se producen las llamadas "invasiones bárbaras", que afectarán a Hispania por mediación de suevos, vándalos, alanos y, más tarde, visigodos. Son estos últimos quienes harán de Barcino o Barchinona su capital durante un corto periodo del siglo V. A comienzos de este siglo, Ataúlfo se refugia tras sus murallas, perseguido por Roma tras haberse casado con Gala Placidia, hija del emperador Teodosio secuestrada por el rey visigodo Alarico tras su saqueo de Roma en el 410.
Con Ataúlfo se sitúa en Barcelona (415) su corte, que domina un extenso territorio visigodo a ambos lados de los Pirineos.
Pertenecen a este periodo algunos restos arquitectónicos, como el palacio episcopal y el primer palacio real de la Barcelona visigoda, cuya ubicación nos es desconocida, aunque se piensa que podría estar junto al conjunto episcopal y en la base del Palacio Real Mayor.
El desplazamiento de la corte visigoda a Toledo y la designación de esta ciudad como capital de su Reino relegará a Barcelona a un segundo plano, coincidiendo con una etapa de crisis e inestabilidad. La conquista árabe de la ciudad se produce entre los años 717-718, si bien no supone grandes cambios en cuanto a su estructura urbana, debido a que la presencia islámica finaliza pronto, cuando las tropas de Carlomagno, al mando de su hijo Ludovico Pío, la conquistan. Con ello da comienzo una nueva etapa, en la que Barcelona permanecerá bajo dominio franco y como punto principal de la llamada Marca Hispánica, territorio fronterizo que separaba el reino franco de los dominios musulmanes y gobernado por condes.
El primero de ellos fue Vifredo el Velloso, nombrado en el concilio de Troyes (878) por el rey franco Luís el Tartamudo. Con él se inicia la dinastía de los condes catalanes, todavía dependientes del reino franco.
La conquista de la ciudad por Almanzor en el 985 supone su destrucción y una breve etapa de ocupación. La alegación de los barceloneses de no haber contado con la ayuda de los francos para repeler el ataque supone que, en marzo de 988, el conde Borrel II rompa los lazos de vasallaje y se denomine "duque ibérico y marqués por la gracia de Dios".
Tras recuperarse, de Barcelona saldrá una expedición militar que tendrá Córdoba como objetivo, logrando un importante botín de guerra. Durante los dos siglos siguientes, los condados catalanes se irán uniendo mediante alianzas y matrimonios en torno a Barcelona, que se configura como su capital, controlando política y administrativamente un extenso territorio a ambos lados de los Pirineos y avanzando hacia el sur a costa de los dominios musulmanes.
La Barcelona bajomedieval
Durante la baja Edad Media, la pequeña Barcelona altomedieval se convierte no sólo en una de las principales ciudades de la Corona de Aragón sino del Mediterráneo. Urbe de vocación comercial, la expansión catalanoaragonesa por el Mare Nostrum tiene en Barcelona una de sus puntas de lanza: la oligarquía barcelonesa promueve la actividad mercantil, fuente de riqueza para la ciudad; en sus atarazanas se construyen las naves que enlazan los puertos mediterráneos; bancos, asociaciones mercantiles y estamentos están en permanente busca de oportunidades de negocio...
Barcelona creció especialmente durante la época de Jaime I - monarca que construyó una segunda muralla- y durante el reinado de Pedro el Ceremonioso -que hizo lo propio con un tercer recinto-. Carrére, uno de los mejores especialistas en la Barcelona bajomedieval, calcula que la ciudad pudo albergar hasta 50.000 almas, estando, por estas fechas, en continuo crecimiento.
Sin embargo, Barcelona, como el resto de ciudades de la Corona, experimentó las vicisitudes de la llamada crisis bajomedieval, una etapa en la que, a pesar del brillo de su actividad comercial, fue golpeada por las alzas de precios, las hambrunas y las epidemias. Así, se calcula que, de tener cerca de entre 40.000 y 50.000 habitantes en 1340 pasó a 38.000 en 1359 y a unos 20.000 en 1479.
De esta etapa quedan en Barcelona importantes monumentos. El principal de ellos es la catedral, dedicada a Santa Eulalia. Construida en estilo gótico, las obras comenzaron en 1298 y no acabaron sino hasta 1488, y en ellas participaron Jaume Fabre, Pedro Viader, el maestro Roque, Bartolomé Gual y Bargues Arnau.
La vocación marinera y mercantil de la ciudad queda refrendada con al erección de una iglesia dedicada a Santa María del Mar. Igualmente la Lonja, sede del comercio catalán, edificada en el siglo XIV para hacer las funciones de casa de contratación y mercado. O también las Atarazanas, astilleros, cuya edificación se inició en 1378.
El gótico catalán ha dejado otras obras de gran importancia, aparte de las citadas. Así, en cuanto a edificios religiosos, hay que destacar la Capilla Palatina o de Santa Águeda, en cuyo interior hay que apreciar el altar del Condestable, pintura de Jaume Huguet, el Salón del Tinell y la Capilla de los Reyes, mandada edificar por Pedro II. También hay que citar la Iglesia de Santa María del Pino (1322-1453), el Convento de Santa Ana (siglos XII-XIV) o el Convento de Pedralbes, que fuera fundado por Jaime II en 1326.
Los poderosos estamentos barceloneses contaron con un magno edificio, el Palacio de la Generalitat, de principios del siglo XV y que ha sido varias veces modificado y ampliado. Actualmente es la sede del gobierno de la Comunidad Autónoma.
Y cabe citar, por último, el Hospital de Santa Cruz, iniciado a principios del siglo XV, con un grandioso claustro gótico, que fue un centro dedicado a la atención de enfermos y menesterosos.
La Exposición Universal de Barcelona de 1929
La Exposición Internacional de Barcelona de 1929 constituyó un gran acontecimiento para la ciudad de Barcelona, no sólo desde el punto de vista cultural y económico, sino también desde el ideológico, el urbanístico y el arquitectónico.
El esfuerzo constructivo i urbanístico que supuso nos dejó como herencia una gran cantidad de palacios, pabellones y construcciones diversas: el Teatro Griego, el Pueblo Español, el Estadio Olímpico, los palacios de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el Pabellón de la Ciudad de Barcelona, la Casa de la Prensa, las Torres Venecianas, la Fuente de Jujol, etc. Desgraciadamente muchas de las construcciones desaparecieron inmediatamente después de la clausura de la Exposición, y otras fueron demolidas a lo largo del siglo XX, en muchas ocasiones para ser sustituidas por otros edificios más al gusto de las nuevas modas, que no por eso más adecuados a las funciones requeridas.
El año 1905 el arquitecto, erudito y político catalán Josep Puig i Cadafalch publicaba un artículo en el influyente periódico de la época "La Veu de Catalunya" con el título de "A votar! Per l´Exposició Universal". En él, el político solicitaba el voto para el Partido de la Lliga Regionalista. Pero iba más allá, reclamaba una nueva Barcelona, que se había de materializar gracias a la celebración en la ciudad de una nueva exposición universal que, al igual que la celebrada en 1888, sirviera para catapultar a Barcelona hacia la modernidad y el futuro.
La idea propuesta planteada por Puig i Cadafalch encontró un magnífico valedor en la persona de Francesc d´Assís Mas, uno de los dirigentes de la institución empresarial Fomento del Trabajo Nacional. Mas asumió plenamente el rol de portavoz del proyecto, y fue él quien llevó a cabo todas las negociaciones con las instituciones y organismos oficiales que se implicaron en la realización de la nueva exposición. Fruto de su constante trabajo fue la creación, el año 1913, de una comisión mixta encargada de la organización del evento. En ella se encontraban representantes del Fomento Nacional del Trabajo y del Ayuntamiento. El cargo de comisarios de la organización recayó en Françesc Cambó, Joan Pich i Pon i en el propio Josep Puig i Cadafalch.
Una vez decidida y aprobada la celebración de la Exposición, se dio inicio a un debate abierto y polémico sobre la elección del lugar en el que se celebraría la misma. De hecho, la ciudad se encontraba en pleno proceso de expansión y ofrecía diversas posibilidades, todas ellas con ciertos atractivos o justificantes lo suficientemente razonables como para ser elegidas. Los lugares que saltaron a la palestra fueron:
1. El Gran Bosque, cerca del río Besós.
2. La plaza de las Glorias Catalanas
3. Una solución mixta entre las dos primeras, unidas por una gran avenida, propuesta por el arquitecto Manuel Vega.
4. Los terrenos de la Ciudadela, en donde ya se había celebrado la Exposición Universal de 1888. Esta cuarta propuesta, menos ambiciosa y menos costosa que las restantes, era defendida con el argumento que otras ciudades (París, por ejemplo) ya habían celebrado varias exposiciones en un mismo emplazamiento.
5. La barriada de Galvany, por encima de la avenida Diagonal, con el razonamiento lógico de urbanizar la ciudad en dirección a la denominada "Zona Alta" y los núcleos de Sarrià y Sant Gervasi.
6. Montjuïc, que ya había sido comenzada a urbanizar tímidamente desde el año 1872. Presentaba el grave inconveniente de ser el único emplazamiento de los propuestos que no era llano. Hasta aquel momento ninguna ciudad del mundo había celebrado una exposición internacional en un espacio que no fuera llano.
Finalmente se adoptó una decisión drástica y que acarreó mucha polémica al elegir la última de las opciones, la montaña de Montjuïc, con la explanada en la que se encontraba el cruce de la antigua carretera de Madrid y la Gran Vía de las Cortes Catalanas, que acabaría siendo la plaza España.
Dos fueron los aspectos que generaron la polémica de la elección:
1. Se contradecía el Plan Jaussely. Este plan, del arquitecto francés Léon Jaussely, había ganado el concurso internacional convocado por el Ayuntamiento de Barcelona el año 1903 bajo el lema: "Concurso Internacional sobre anteproyectos de enlace de la zona del Ensanche de Barcelona y de los pueblos agregados entre sí con el resto del término municipal de Sarrià y de Horta". El plan criticaba la monotonía y la capacidad de adaptarse a la realidad topográfica de Barcelona del Plan Cerdà. A pesar de no llevarse a cabo en muchas de sus partes, el Plan Jaussely fue el fundamento sobre el que se asentó toda la nueva urbanística y la arquitectura barcelonesa de la primera mitad del siglo XX. Además este Plan potenciaba más la zona de la plaza de las Glorias Catalanas, en el extremo opuesto de la Gran Vía de las Cortes Catalanas, emplazamiento totalmente llano y, en principio más apropiado para la celebración de la Exposición, amén de lindar con las barriadas industriales de Sant Martí y del Poble Nou. Por si esto fuera poco los organizadores se encontraron con la oposición de aquellos que habían especulado con la posibilidad (para muchos la más probable) que la zona de las Glorias Catalanas fuera la elegida, comprando terrenos a la espera de poder venderlos a mejor precio para la exposición.
2. El segundo punto de discordia, ya apuntado anteriormente, era la propia topografía de la montaña de Montjuïc. En aquella época era una montaña casi sin urbanizar, abrupta y apartada de la ciudad.
De hecho, se trató de una decisión bastante arriesgada para la época. Por otra parte no dejaba de ser sorprendente que la decisión surgiera de la Lliga Regionalista, y que optará por un lugar llamado plaza España en detrimento de otro llamado de las Glorias Catalanas, con la connotación política, social y cultural que ello conllevaba.
La montaña de Montjuïc se comenzó a urbanizar el año 1872 a raíz de los estudios urbanísticos realizados por Ildefons Cerdà que acarrearon la creación de nuevos barrios entre los que se encontraban los de Sant Beltrà, de los arquitectos N. Aran (1867) y J. Fontseré (1875), y el de La Fransa, del arquitecto J. Amargós (1890).
Pocos años después, el mismo Josep Amargós presentó el anteproyecto que supuso el inicio definitivo de la recuperación de la montaña para la ciudad de Barcelona.
Cuando, en 1914, el espacio fue definitivamente seleccionado para la celebración de la Exposición de 1929, Montjuïc fue declarado espacio de utilidad pública.
A pesar del interés declarado en el proyecto, éste se fue materializando de manera lenta, hasta el punto que, en el momento de inauguración de la Exposición, algunos de los elementos más significativos de la misma, como la Fuente de la plaza España, aún no se habían acabado.
Podemos diferenciar dos fases en la construcción de los palacios, pabellones e infraestructuras de la misma: 1917-1923 y 1927-1929.
Entre 1917-1919 se produce el ajardinamiento de diversas fincas de la montaña de Montjuïc, a cargo del arquitecto francés Jean-Claude Nicolas Forestier.
Entre 1919-1923 se procede a la construcción de los palacios de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia, según proyecto de Josep Puig i Cadafalch, así como la Urbanización de Miramar, en la que intervinieron diversos arquitectos: A. Font y E. Saigner (1917); Jean-Claude Nicolas Forestier (1919) y F. Romeu (1919).
En la segunda fase, entre 1927-1929, se llevó a cabo la construcción de los restantes palacios y pabellones, bajo la dirección de diversos arquitectos, y la
construcción del Juego de Agua y Luz, según proyecto y dirección de Carles Buïgas.
El 19 de mayo de 1929 se inauguraba oficialmente la Exposición Internacional de Barcelona.
En 1930 se procedió a la demolición de los pabellones y de parte de los palacios. A pesar de ello algunos de los elementos de la exposición se conservaron, destinándolos a usos culturales o lúdicos:
- Palacio Nacional, que se convirtió en Museo de Arte de Cataluña (actual Museo Nacional de Arte de Cataluña) en 1934.
- Palacio de las Artes Gráficas, readaptado en Museo de Arqueología de Cataluña. Las obras se iniciaron en 1932 y se inauguró oficialmente en 1940.
- Palacio de la Agricultura, que fue destinado a Mercat de les Flors (Mercado de las Flores) e instalaciones deportivas.
- Pabellones de la Metalurgia, Comunicaciones y Transportes, Textil, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, convertidos en pabellones de la Feria de Muestra de Barcelona.
- Palacio Real, actualmente residencia de la familia real española en sus visitas oficiales a la ciudad o a Cataluña.
- Pueblo Español.
-Teatro Griego.
- Estadio Olímpico.
- Fuentes, jardines, cascadas y escaleras.
Los edificios del complejo de la Exposición de 1929 son un magnífico ejemplo de la arquitectura académica que imperaba en Cataluña durante la primera mitad del siglo XX, una vez acabado el modernismo, formas también vigentes en Europa y en Estados Unidos.
Lo realmente importante de la concepción de los palacios no fue, en ningún momento, su estilo, sino la sucesión de elementos compositivos y espaciales. De hecho, lo que se pretendía era establecer una serie de ejes y simetrías que realzaran la importancia del eje principal plaza España - Palacio Nacional.
De todo el conjunto podríamos destacar el Pabellón de Alemania, diseñado por el arquitecto Mies van der Rohe, demolido en 1930, pero reconstruido entre 1983 y 1986.
Otro aspecto que quisiéramos destacar son los jardines. De entre todos ellos son especialmente interesantes los proyectados por Jean-Claude Nicolas Forestier y su colaborador Nicolau Maria Rubió y Tuduri. El primero fue contratado personalmente por Francesc Cambó, uno de los comisarios de la Exposición. Su concepción del jardín se identificaba plenamente con los idearios Noucentistes de recuperación de la cultura tradicional mediterránea como rasgo definidor de la cultura catalana. Los dos artífices, sin entrar en consideraciones políticas, intentaron sintetizar en sus jardines todas las culturas que habían desarrollado a lo largo de la historia los jardines en el Mediterráneo; eso sí, realizando una reinterpretación de los modelos totalmente libre y personal.