Posiblemente sea éste el paisaje más famoso de Carlos de Haes que guarda el Museo del Prado. El artista busca en esta escena los aspectos grandiosos de la naturaleza, elaborando el lienzo con un realismo excepcional, jugando con la luz, los detalles de los árboles, las rocas o la hierba. El colorido empleado es absolutamente real aunque podamos apreciar cierto poso
romántico, las luces y las sombras están perfectamente conseguidas y la amplia tonalidad de verdes utiliza resultan admirable. Sin embargo, aún no da el salto al
Impresionismo, situándonos dentro del más puro
Realismo en la línea de
Corot. Algunos especialistas consideran a Haes como excesivamente academicista al recomponer demasiado los estudios tomados del natural.