Apodado el general Bonito por sus relaciones amorosas con la reina
Isabel II a la altura de 1846-1848, Serrano responde a las mismas características de los generales con protagonismo político en los años cincuenta y sesenta. Tras una rápida carrera en la
guerra carlista, inició su participación en la política bajo el manto protector de
Espartero, con el que acabaría rompiendo. Dotado de un desarrollado sentido del oportunismo político, supo ubicarse en las diferentes situaciones políticas que se sucedieron.
Capitán general de Cuba en 1859, ministro de Estado en el Gobierno
O'Donnell de 1863, sucedió a éste al frente de la Unión Liberal en
1867. Dos años después de haber reprimido las
barricadas de San Gil en junio de 1866, Serrano formó parte del triunvirato militar, junto al general
Prim y al almirante
Topete, que dirigió el
pronunciamiento de 1868. Una vez sancionada por la Constitución la forma monárquica de gobierno, fue nombrado Regente.
No cuajó, en 1872, el intento de que Serrano encabezara la causa alfonsina. Principal beneficiario del
golpe de
Pavía en enero de 1874, ensayó la posible consolidación de una república unitaria, pero la continuación de la
guerra carlista y la falta de apoyos frustraron el proyecto. Apartado de la política tras el pronunciamiento de
diciembre de 1874, acabó por reconocer a
Alfonso XII, procurando jugar un papel activo en la reorganización de las líneas liberales, pero fue
Sagasta quien, finalmente, se encargaría de esta labor.