El dinamismo de los mercados que acabamos de ver y el desarrollo de la
industria, del que pronto nos ocuparemos, no deben ocultar, como un espejismo, la realidad de una Europa eminentemente agraria. Y fue la agricultura el sector de la economía en que
los cambios, globalmente considerados, fueron menores. Hubo, no obstante, un crecimiento importante de
la producción agraria, que permitió mantener la
expansión demográfica del siglo. En buena medida, dicho crecimiento se realizó en el marco de las estructuras tradicionales -no faltan historiadores que hablan de continuismo rutinario, olvidando aparentemente la racionalidad de aquéllas, que la tenían, y los enormes esfuerzos y trastornos individuales y colectivos que exigiría su transformación-, que en modo alguno impedían el crecimiento. Y también hubo casos, no limitados a Inglaterra -a la que habitualmente se vincula la revolución agraria-, en que la
renovación de aquéllas fue la tónica dominante.