El zar
Pedro I, uno de los hijos menores del zar Alexis, nada más asumir el poder puso de manifiesto los objetivos que marcarían las líneas directrices de
su reinado: hacer de Rusia una gran potencia e insertarla plenamente en el sistema europeo de naciones. Para hacer realidad sus objetivos era preciso disponer de un aparato institucional desarrollado, centralizado y eficiente y de un ejército poderoso, bien pertrechado, al estilo occidental, que respaldara una política exterior agresiva. El resultado sería la creación de una monarquía burocrático-militar que haría, efectivamente, de Rusia una gran potencia. Ello haría necesario acometer un plan urgente y profundo de reformas que produciría importantes transformaciones en la estructura social y económica.
A pesar de haberse reservado el derecho a nombrar su sucesor, Pedro I no tuvo tiempo de elegirlo ni tampoco de establecer un sistema sucesorio determinado, lo que genera un largo
período histórico caracterizado por las conspiraciones palaciegas y la ausencia de personalidades relevantes, a excepción de la zarina
Isabel, que terminan siendo meros instrumentos de dominación de la nobleza, que recupera y amplia sus tradicionales privilegios en detrimento de la Monarquía absoluta y centralizada.
Con respecto al tercer gran monarca del la época,
Catalina la Grande, se pueden señalar
tres períodos en su política interior: la primera (1762-1773) caracterizada por el impulso a la economía bajo postulados mercantilistas y colonizadores. Es también la época en que
la Ilustración y el
pensamiento enciclopedista alcanzó una gran difusión, apareciendo intelectuales y pensadores que apoyarían el progreso y las innovaciones y la propia Catalina se convierte en protectora de las Luces. Tras la rebelión de Putgachov se abre una segunda etapa (1774-1789) donde se establece una nueva planta del Estado en sentido centralista y autocrático. Una última (1789-1796) mediatizada por el impacto de la Revolución Francesa y el temor a las ideas ilustradas que la habían generado.