El siglo VIII, clave como punto de encuentro entre el
final de la Edad Oscura y la época arcaica, renacimiento que continúa y se opone al período inmediatamente anterior, es también el punto de partida de un período rico en
logros culturales, en
transformaciones sociales y políticas y en
situaciones conflictivas. Las ciudades, a través de la afirmación en el plano económico, militar y político, se afirman como lugares de actuación de los propietarios de las parcelas de la tierra cívica,
los soldados defensores del territorio, los que se hallan en disposición de disfrutar de
la politeia, de los derechos de ciudadanía. La comunidad se amplía considerablemente, pero para ello pasa a través de
la stasis como conflicto interno y de la transformación del
sistema aristocrático, heredero de la
antigua realeza, en un sistema predominantemente oligárquico, en algunos casos tendencialmente
democrático.
Paralelamente, en íntima relación con todo lo anterior, el mundo griego amplía su escenario geográfico a través de la
expansión colonial, fenómeno vinculado por medio de lazos diversos con los cambios económicos de la polis en formación, hasta el punto de que, al mismo tiempo que se produce como efecto del modo de desarrollarse ésta, se transforma en factor influyente sobre el modo en que se configura a lo largo del período.
Si la historia de la Grecia arcaica en toda su extensión geográfica resulta rica en formaciones y en matices, sin embargo los fenómenos históricos van haciendo necesario que la atención se centre en dos ciudades de un modo específico,
Esparta y
Atenas, porque las realidades de la historia posterior imponen y hacen posible que a través de las fuentes sean las mejor conocidas de todo el mundo griego.