En el año 867
Basilio I inaugura una nueva dinastía, la de los emperadores macedónicos que, durante casi dos siglos, dirigió al imperio renacido
política y
culturalmente a través de un proceso que conoció luces y sombras. En época de Basilio y de su hijo
León VI (886-912), se perdieron frente a
los musulmanes las últimas posiciones en Sicilia (Siracusa cayó en 878, Taormina en 902) y también Malta (870) pero se restauró el dominio sobre la costa dálmata, en torno a Dubrovnik, y sobre el Sur de la península italiana, donde Bari, recobrada en el año 876, fue el principal centro bizantino. La situación tampoco era mala en
el Este, donde se sostenía bien la frontera con el mundo islámico en la línea del Taurus y la instalación de la dinastía de los Bagratuni en Armenia (885) permitía aumentar la influencia sobre este reino tan estratégicamente situado.