De todos los sucesores de
Pipino de Heristal, el bastardo
Carlos Martel habría de ser quien con mayor fortuna consolidase el poder de su linaje frente a la disolución interna y los peligros exteriores. Tras él serán sus herederos
Pipino el Breve y
Carlomagno quienes -respectivamente- otorguen el golpe definitivo a
la monarquía merovingia y eleven la dinastía a
rango imperial. De esta manera se pone de manifiesto la dualidad entre los dos imperios, rompiéndose definitivamente la unidad intentada en tantas ocasiones por
Bizancio.
El pontífice romano otorgará su absoluto apoyo al Imperio carolingio y la ruptura religiosa también se consolida.